jmacgar
Poeta veterano en el portal
Subtítulo :
Aventuras y desventuras de una plumita blanca desde el Monte de Venus al Santo Grial...y mas allá.
La señora Dalloway se dispuso a salir de la habitación 532 del Waldorf Astoria tras haber estado un par de horas retozando con su joven amante al que había conocido por ser amigo de su adolescente hijo Peter, después de haber merendado muchas veces en su casa (¡cuántas miradas cómplices en aquella cocina!). Una vez se hubo puesto el atractivo vestido de mañana de domingo y los zapatos blancos de tacón alto, se colocó el elegante tocado que lucía unas pequeñas plumas blancas y grises en el lado derecho.
¡Ah, las plumas de la señora Dalloway!, eran una verdadera obsesión : en su casa las tenía por todas partes: hermosas plumas de pavos reales en diferentes lugares como elementos decorativos, la enorme jaula dorada del salón donde se podían ver una gran variedad de exóticos pájaros de los más variados y llamativos plumajes, una colección de plumas antiguas, de antes de la invención de la estilográfica, de renombrados escritores que había conseguido en subastas por precios delirantes y que ahora exhibía enmarcadas sobre su lujoso escritorio, plumas en sus diademas de brillantes, en sus broches de pedrería, en muchos de sus trajes y, sobre todo..., sobre todo en sus sombreros de los que tenía incontables, de las más variadas formas y tamaños, eso sí, siempre con una pluma como mínimo. Lola, la asistenta mexicana que tenía en su casa y que era muy rezongona, no paraba de exclamar cuando veía alguna pluma caída por el suelo de la casa : ¡Estoy hasta las narices de las plumas de la Señora Dalloway!
Pero volvamos al hotel donde habíamos dejado a la extraña pareja en el momento de abandonar la habitación de sus gozos. Tomaron sendos ascensores, o sea diferentes, para bajar y al llegar al vestíbulo el muchacho se adelantó para que no les viesen salir juntos tal como habían convenido. Cuando la Señora Dalloway salió al exterior un golpe de viento estuvo a punto de arrebatarle el sombrero, pero sus reflejos fueron suficientes para sujetarlo con rapidez y no perderlo. Sí salió volando, en cambio, una de las pequeñas plumas blancas que le servían de adorno.
Bueno, digámoslo todo, las plumas no sólo le servían de adorno pues a la Señora Dalloway, en los jueguecitos preliminares con su mozalbete, le encantaba que éste le pasara suavemente el sombrero entre las piernas para que las plumas le hicieran cosquillas mientras recorría con ellas el monte de Venus; ¡ antojos de mujer!
Bien, no nos desviemos y regresemos al tema que nos trae que son los avatares de la pluma blanca: la desprendida plumita, arrebatada por la ráfaga de aire, fue arrastrada por un remolino que la hizo ascender rápidamente en espiral y la elevó por encima de los mas altos rascacielos, tan alto llegó que casi rozaba las nubes más cercanas; luego el remolino la abandonó a su suerte allá arriba y quedó meciéndose en el éter, como se movería una cascarita de nuez en medio del océano, mientras bajaba lentamente, sin rumbo; bueno sí, rumbo si hubo, porque después de un buen rato de planear apareció por las inmediaciones de la torre de la Iglesia Católica de San Patricio que casualmente tenía, en una de las hermosas vidrieras que hay sobre el altar mayor, una pequeña abertura a modo de ventilación por donde quiso el capricho que se colara nuestra viajera pluma con toda delicadeza, como se filtran los rayos de sol por los cristaleras de colores de las Catedrales, ó como se introdujo la semilla de Dios en la Virgen María sin que fuera mancillada su virginidad (según la fe de los allí presentes) ; la plumita blanca quedó flotando en el amplio espacio de la nave central, justo sobre el lugar donde se oficiaba la misa, como si hubiese sido un místico objeto en levitación que comenzara a descender a lo terrenal, aunque en esta ocasión no fue a lo terrenal a donde descendió, pues un creyente podría decir que fue a encontrarse con lo divino, con Dios mismo; ¿y cómo podía ser eso? se preguntarán ustedes; pues fue por el capricho, que volvió a intervenir, quiso que su descenso coincidiera con el preciso momento en que el sacerdote consagraba el vino elevando el cáliz con las palabras rituales "Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna..." etc; fue en ese instante cuando el oficiante, en su estado de máxima concentración y con los ojos cerrados, no se percató de que el plumoncito, en levitación descendente, fue a zambullirse en el sagrado elemento quedando impregnado, bañado diríase más correctamente, por la sangre de Cristo (según la fe de los allí presentes).
Como es uso y costumbre en estas ceremonias, tras dar buena cuenta de la hostia, el sacerdote empinó el codo para tomarse de un trago el contenido del cáliz, que en este caso llevaba la pluma incluida. El golpe de tos fue tan fuerte que buena parte del contenido tragado (y sagrado, según la fe de los...,etc. ), salió despedido violentamente de su boca salpicando de rojo el impoluto mantel del altar mayor, los encajes del monaguillo que estaba a su lado y hasta el mantelito blanco que adornaba el reclinatorio destinado a los fieles a los que les gusta la comunión genuflexa, que de todo hay en la viña del Señor.
¿Y qué fue de la pluma? se preguntaran ustedes: la pluma que como se podrán imaginar había dejado de ser blanca, volátil, liviana y esponjosa, para convertirse en un amasijo de pelos rojos, fue encontrada en ese estado lamentable pegada a la nariz de Doña Dolores Vargas, la mexicana de velo negro a la que le gustaba sentarse siempre delante para ser la primera en comulgar y que, a la sazón, era conocida como Lola, la asistenta de la Señora Dalloway; si ella hubiese sabido la procedencia del objeto que ahora pringaba su nariz, a buen seguro que hubiese rezongado (y nunca con mejor razón) : ¡Estoy hasta las narices de las plumas de la señora Dalloway!
Aventuras y desventuras de una plumita blanca desde el Monte de Venus al Santo Grial...y mas allá.
La señora Dalloway se dispuso a salir de la habitación 532 del Waldorf Astoria tras haber estado un par de horas retozando con su joven amante al que había conocido por ser amigo de su adolescente hijo Peter, después de haber merendado muchas veces en su casa (¡cuántas miradas cómplices en aquella cocina!). Una vez se hubo puesto el atractivo vestido de mañana de domingo y los zapatos blancos de tacón alto, se colocó el elegante tocado que lucía unas pequeñas plumas blancas y grises en el lado derecho.
¡Ah, las plumas de la señora Dalloway!, eran una verdadera obsesión : en su casa las tenía por todas partes: hermosas plumas de pavos reales en diferentes lugares como elementos decorativos, la enorme jaula dorada del salón donde se podían ver una gran variedad de exóticos pájaros de los más variados y llamativos plumajes, una colección de plumas antiguas, de antes de la invención de la estilográfica, de renombrados escritores que había conseguido en subastas por precios delirantes y que ahora exhibía enmarcadas sobre su lujoso escritorio, plumas en sus diademas de brillantes, en sus broches de pedrería, en muchos de sus trajes y, sobre todo..., sobre todo en sus sombreros de los que tenía incontables, de las más variadas formas y tamaños, eso sí, siempre con una pluma como mínimo. Lola, la asistenta mexicana que tenía en su casa y que era muy rezongona, no paraba de exclamar cuando veía alguna pluma caída por el suelo de la casa : ¡Estoy hasta las narices de las plumas de la Señora Dalloway!
Pero volvamos al hotel donde habíamos dejado a la extraña pareja en el momento de abandonar la habitación de sus gozos. Tomaron sendos ascensores, o sea diferentes, para bajar y al llegar al vestíbulo el muchacho se adelantó para que no les viesen salir juntos tal como habían convenido. Cuando la Señora Dalloway salió al exterior un golpe de viento estuvo a punto de arrebatarle el sombrero, pero sus reflejos fueron suficientes para sujetarlo con rapidez y no perderlo. Sí salió volando, en cambio, una de las pequeñas plumas blancas que le servían de adorno.
Bueno, digámoslo todo, las plumas no sólo le servían de adorno pues a la Señora Dalloway, en los jueguecitos preliminares con su mozalbete, le encantaba que éste le pasara suavemente el sombrero entre las piernas para que las plumas le hicieran cosquillas mientras recorría con ellas el monte de Venus; ¡ antojos de mujer!
Bien, no nos desviemos y regresemos al tema que nos trae que son los avatares de la pluma blanca: la desprendida plumita, arrebatada por la ráfaga de aire, fue arrastrada por un remolino que la hizo ascender rápidamente en espiral y la elevó por encima de los mas altos rascacielos, tan alto llegó que casi rozaba las nubes más cercanas; luego el remolino la abandonó a su suerte allá arriba y quedó meciéndose en el éter, como se movería una cascarita de nuez en medio del océano, mientras bajaba lentamente, sin rumbo; bueno sí, rumbo si hubo, porque después de un buen rato de planear apareció por las inmediaciones de la torre de la Iglesia Católica de San Patricio que casualmente tenía, en una de las hermosas vidrieras que hay sobre el altar mayor, una pequeña abertura a modo de ventilación por donde quiso el capricho que se colara nuestra viajera pluma con toda delicadeza, como se filtran los rayos de sol por los cristaleras de colores de las Catedrales, ó como se introdujo la semilla de Dios en la Virgen María sin que fuera mancillada su virginidad (según la fe de los allí presentes) ; la plumita blanca quedó flotando en el amplio espacio de la nave central, justo sobre el lugar donde se oficiaba la misa, como si hubiese sido un místico objeto en levitación que comenzara a descender a lo terrenal, aunque en esta ocasión no fue a lo terrenal a donde descendió, pues un creyente podría decir que fue a encontrarse con lo divino, con Dios mismo; ¿y cómo podía ser eso? se preguntarán ustedes; pues fue por el capricho, que volvió a intervenir, quiso que su descenso coincidiera con el preciso momento en que el sacerdote consagraba el vino elevando el cáliz con las palabras rituales "Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna..." etc; fue en ese instante cuando el oficiante, en su estado de máxima concentración y con los ojos cerrados, no se percató de que el plumoncito, en levitación descendente, fue a zambullirse en el sagrado elemento quedando impregnado, bañado diríase más correctamente, por la sangre de Cristo (según la fe de los allí presentes).
Como es uso y costumbre en estas ceremonias, tras dar buena cuenta de la hostia, el sacerdote empinó el codo para tomarse de un trago el contenido del cáliz, que en este caso llevaba la pluma incluida. El golpe de tos fue tan fuerte que buena parte del contenido tragado (y sagrado, según la fe de los...,etc. ), salió despedido violentamente de su boca salpicando de rojo el impoluto mantel del altar mayor, los encajes del monaguillo que estaba a su lado y hasta el mantelito blanco que adornaba el reclinatorio destinado a los fieles a los que les gusta la comunión genuflexa, que de todo hay en la viña del Señor.
¿Y qué fue de la pluma? se preguntaran ustedes: la pluma que como se podrán imaginar había dejado de ser blanca, volátil, liviana y esponjosa, para convertirse en un amasijo de pelos rojos, fue encontrada en ese estado lamentable pegada a la nariz de Doña Dolores Vargas, la mexicana de velo negro a la que le gustaba sentarse siempre delante para ser la primera en comulgar y que, a la sazón, era conocida como Lola, la asistenta de la Señora Dalloway; si ella hubiese sabido la procedencia del objeto que ahora pringaba su nariz, a buen seguro que hubiese rezongado (y nunca con mejor razón) : ¡Estoy hasta las narices de las plumas de la señora Dalloway!
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