JimmyShibaru
Poeta recién llegado
Estoy escribiendo este relato... si os gusta lo sigo compartiendo lo que vaya escribiendo. Es tipo fantástico pero con un tono de distopia.
Un mundo en el que existía dos ciudades rivales, la ciudad mas rica y poderosa llamada Laka y otra más decadente y odiada, la ciudad Naktar. El historial de guerras entre estas ciudades era largo y extenso. Por lo que aun estando en consenso de paz la tensión se palpaba en el ambiente.
En este mundo donde la Fluorita abunda (un mineral que era capaz de aumentar la percepción y agudizar los sentidos ) sus usos eran variados, algunos lo necesitaban para tener mucho poder, otros se drogaban y otros ignoraban por completo los beneficios reales del mineral.
En un bar llamado “Darko” lleno en su fachada de pintadas vandálicas, en el interior los murmullos de los clientes variopintas hacían resonar en las paredes, todo el ruido se acumulaba. Criminales varios, contrabandistas y artistas frustrados se reunían para disfrutar del muro psicológico entre reír y la pena de vivir en una ciudad bastante desnutrida.
Roth llevaba la cuarta copa esa noche. Sola, en una mesa no muy grande, en un rincón del bar. Se iba a levantar y pagar las copas en la barra larga y extensa a unos metros de ella. Cuando un chico joven con un cigarro en la mano interfiere.
—Hola preciosa, pareces nueva por aquí.
—No soy nueva, solo que no frecuento mucho este bar en concreto.
La inexpresión del chico era evidente, como si no sintiera nada por dentro.
—Eso es como si fueras nueva. —Le dio un par de caladas al cigarro luego se miró las uñas de color rojo. —¿Cómo te llamas?
—Me llamo Roth.
—¿Y que te trae por aquí? —La mirada seguía inexpresiva aunque los ojos negros y muy dilatados se dirigieron en perspectiva al top escotado. —tienes atributos interesantes.
Roth frunció el ceño y se giró dándole la espalda, tiró las monedas sobre la barra, ni siquiera miró al camarero y se fue ignorando al chico como si fuera invisible. Cuando llegó a casa, con un golpe repentino barrio varios objetos que pasaron de la mesita del comedor al suelo. ¿Cómo pueden ser tan cerdos los hombres?, ¿acaso no se dan cuenta de lo ridículos que pueden llegar a ser? Pensó mientras apretaba los dientes. Se desvistió conforme se iba calmando. Entró en la ducha y las emociones se le atenuaron. Se estiró en el sofá con el pijama lleno de dibujos de piedras de Fluorita. Su cuerpo se relajó, pero sus pensamientos seguían orbitando en torno a la escena, como brasas que se negaban a apagarse del todo.
La noche se desvanecía y la madrugada asomaba tímida. En el cementerio de Naktar, el chirrido de las puertas abriéndose por el viento que susurraba suave. Por el camino apisonado con maleza creciente a los lados, Zod se dirigía a una tumba que como el resto estaba improvisada con madera y los nombres borrados aunque algo se podía llegar a leer. Se agachó y cerrando los ojos que se escondían bajo la capucha que llevaba recordó a su padre, esos momentos jugando al escondite, o esos otros momentos dándole consejos para no caer en la tentación del poder excesivo.
De pronto, unos pasos, que le hicieron volver al presente. Se levantó y vio a Konra. Se dieron la mano. Y acto seguido se encendió un cigarro.
—Nos volvemos a ver, señor Zod, mas conocido como el Rey Carmesí.
—Naktar no es lugar para la gente como tú. —le señaló con el dedo y luego lo bajó. —¿No eres demasiado joven para estar fumando?
—Soy detective, no descansare hasta que se haga justicia. —contestó Konra. —Y… soy mayor de edad, fumo lo que quiero.
—Lo único que vas a lograr es provocar otra guerra. —dijo en un tono altivo Zod.
—Eres particularmente negativo, pero no me voy a detener, no abra guerra. —dijo Konra apurando el cigarro.
—Sobrevivimos a nuestra manera. —se sacó la capucha dejando ver su pelo corto oscuro y sobre todo sus ojos furiosos. —Naktar no esta en venta, si es que estas pensando en negociar.
—Ah, ¿Cómo este? —se giró y puso su mirada en una estatua en una fuente llena de moho. —¿Te refieres a negociar y morir en el intento?
—El era un halo de esperanza, no me toques la moral.
—La fluorita esta destruyendo la ciudad, ¿no te das cuenta? —dijo Konra.
—Tu maldita ciudad nos deja solo las migajas —respondió Zod con un tono y mirada envuelta en furia. —¿no te das cuenta?
—Eso no es una justificación, los criminales mejor en una jaula, aunque ya sabes que a mi me da igual. —se acarició el mentón y prosiguió. —solo intento mejorar vuestra vida, traer paz real a la gente.
—No estoy dispuesto a negociar mi ciudad, lo siento. —dijo Zod en un tono serio pero suave.
—Eres un ser sediento de poder, solo quieres la Fluorita para mantener tu estatus en esta misera ciudad. —contestó Konra.
—Es así, este mineral brillante, algunos lo utilizan para evadirse, otros para aumentar sus capacidades y otros para el poder. —dijo mientras se señalaba a el mismo. —A mi no me quitaras del medio tan facilmente, la Fluorita es nuestra y nuestro propio problema, no metas las narices donde no puedes hacer nada.
—Tu obsesión por el poder y mantenerlo te ciega. —respondió Konra.
—¿Poder o condena?, son caras de la misma moneda y tu solo ves mi poder. —al terminar se inclinó y arranco un poco de la maleza al lado de su pie, arrojándola con desprecio al suelo.
El sol que ya iluminaba toda la ciudad radiaba con fuerza a pesar de las bajas temperaturas. Roth dispuesta a seguir con el espectáculo teatral del que formaba parte. Con paso firme se dirigía a la plaza central de la ciudad. Allí lo volvió a ver, el chico, concentrado en un lienzo, trazando formas oscuras y densas con pinceladas cargadas de intención.
Roth desvió la mirada, ignorándolo como la vez anterior. Pero su voz la alcanzó mientras pasaba:
—Me llamo Orzon.
Ella se detuvo un instante, apenas lo suficiente para responder sin volverse.
—No te he preguntado el nombre. Déjame en paz.
Orzon sonrió levemente, dejando el pincel en un vaso lleno de agua turbia.
—Eres la actriz que tiene a todos hablando de su obra, ¿no? —comentó con tono casual—. ¿Qué hacías en el bar anoche?
Roth lo miró por primera vez, sus ojos brillando con una mezcla de cansancio y enfado.
—No es asunto tuyo, pero supongo que ahogar las penas. Tanto estrés acumulado...
Orzon sacó un cigarro, encendiéndolo con calma. Dio una calada larga antes de responder:
—Ahogar las penas... entiendo.
Ella soltó una risa seca y amarga.
—No, no lo entiendes. —Levantó el dedo anular con un gesto directo—. Lo mejor que puedes hacer es dejarme tranquila.
—Te necesito, tienes dotes actorales y podríamos infiltrarnos en Laka.
—No se me ha perdido nada en Laka. —dijo cruzando los brazos con resignación Roth. —¿por qué deberia ayudarte?
—Porque hay mucho en juego. Me han dado un soplo sobre una mina de Fluorita que un grupo criminal quiere controlar. Pero no pueden hacerlo solos… nos necesitan a los dos.
—¿Y que tiene que ver eso conmigo? —contestó arqueando una ceja Roth.
—La mitad de la recompensa. —Orzon sonrió de lado, inclinándose hacia ella con un aire conspirador—. Monedas, muchas monedas. Suficientes para que dejes atrás este agujero y empieces de nuevo.
Roth guardó silencio, su mirada perdida por un instante mientras procesaba la oferta. Finalmente, extendió la mano hacia Orzon, con un gesto firme pero medido.
—Espero que valga la pena. —dijo con un tono serio, aunque su expresión revelaba una chispa de curiosidad.
Orzon tomó su mano, apretándola suavemente mientras una leve sonrisa asomaba en sus labios.
La Torre Blanca se alzaba majestuosa en el horizonte, su estructura imponente parecía desafiar las nubes, su superficie estaba cubierta por infinidad de pequeñas ventanas que formaban un patrón casi hipnótico. Entre los ladrillos que la componían, algunos relucían en oro, capturando los rayos del sol y reflejándolos en destellos deslumbrantes que iluminaban el entorno.
Un puente de oro puro conectaba la torre con la ciudad cercana, su brillo intenso contrastando con el azul profundo del lago artificial que rodeaba la torre. Este lago, perfectamente circular, reflejaba la edificación como si fuera un espejo, duplicando su grandeza en el agua serena y cristalina.
Al cruzar el puente y entrar en la torre, la opulencia del exterior daba paso a una elegancia aún más impresionante. Los muros interiores estaban cubiertos con tapices finamente bordados en hilos de plata y oro, representando historias y símbolos que parecían narrar la historia de las dos ciudades enfrentadas. El suelo de ónix blanco, pulido hasta el extremo, emitía un brillo suave que daba la impresión de caminar sobre luz sólida.
El aire, cálido y envolvente, llevaba consigo una fragancia dulce y embriagadora. Era una mezcla exquisita de flores exóticas y maderas aromáticas, un aroma que calmaba y a la vez embriagaba los sentidos, añadiendo una dimensión casi onírica al ambiente.
Zod con la cara seria miraba a Konra, acto seguido dejó ver su rostro con mas claridad al quitarse la capucha. Kori que se hallaba caminando por el puente de oro, era un joven de 19 años cuya presencia no pasaba desapercibida ni siquiera en aquel lugar, aunque no precisamente por su figura esbelta. Su cuerpo era robusto, con una barriga prominente que llevaba con naturalidad, como si formara parte de su identidad. Su cabello, corto y de un vibrante color pelirrojo, enmarcaba un rostro salpicado de pecas que cubrían sus mejillas y le daban un aire juvenil, casi travieso. Sus cejas, densas y expresivas, acentuaban la neutralidad de su mirada, como si constantemente evaluara el mundo sin emitir juicio alguno.
Vestía de forma sencilla, con ropa cómoda que abrazaba su cuerpo de manera ajustada pero sin pretensiones. Camisas de lino de tonos apagados y pantalones de tela flexible conformaban su atuendo habitual, siempre rematado con unas botas desgastadas que parecían haber recorrido incontables caminos en su rol como mediador.
A pesar de su apariencia sencilla y tranquila, su presencia en las salas de negociación era inconfundible, como si las pecas en sus mejillas y su cabello ardiente fueran un recordatorio de que incluso la calma podía tener destellos de fuego en su interior.
Loreen lo acompañaba a un ritmo mas acelerado. Su cabello lila brillaba bajo el sol deslumbrante.
—¿Estás segura de que puedes manejarte aquí? —preguntó Kori sin girar la cabeza, con un tono que no era de duda, sino de advertencia.
—¿Manejarme? —replicó con una sonrisa sarcástica—. Kori, nací en esta ciudad. Sé perfectamente cómo funcionan las cosas aquí... aunque no me guste admitirlo.
Kori levantó una ceja pero no respondió. Conocía ese tono: el de alguien que estaba a punto de hacer algo impulsivo.
Cuando cruzaron la gran puerta de la torre, el brillo del ónix blanco en el suelo y los tapices dorados en las paredes parecieron absorber cualquier ruido. Kori se detuvo un momento, respirando el aire cargado de dulces aromas. Loreen, en cambio, no perdió el tiempo admirando la opulencia; sus ojos estaban fijos en la sala donde Zod y Konra ya comenzaban a tomar asiento.
—Recuerda, tú solo observas y escuchas —le dijo Kori, deteniéndola con una mano en el brazo antes de que avanzara más.
Loreen lo miró, sus ojos chispeando con una mezcla de desafío y determinación.
—¿Observar? ¿Escuchar? ¿Mientras ellos discuten cómo mantener el mundo dividido por un puñado de piedras brillantes? —Sacudió el brazo para liberarse—. No vine aquí a quedarme callada.
Kori suspiró, un gesto que parecía combinar paciencia y resignación.
Loreen avanzó hacia el centro de la sala. Todos los ojos se volvieron hacia ella: Zod, con su ceño fruncido y mirada de desconfianza; Konra, arqueando una ceja como si evaluara el espectáculo.
—No podemos seguir así —dijo Loreen, su voz clara y firme, resonando en la gran sala—. No somos enemigos. Ninguno de nosotros.
Zod fue el primero en reaccionar.
—¿Quién eres tú?
—Soy alguien de Laka, alguien que sabe que esta guerra silenciosa nos está matando a todos. ¿Y tú? ¿Cuánto más puedes resistir, Zod, antes de que tu gente deje de creer en ti?
La tensión era palpable. Kori avanzó rápidamente, poniéndose a su lado.
—Loreen, esto no es un escenario para tus protestas. Estamos aquí para encontrar soluciones, no para agravar el conflicto.
Ella giró hacia él, cruzando los brazos con una sonrisa amarga.
—¿Soluciones? ¿Cómo las que has logrado antes? ¿Esa pasividad tuya ha cambiado algo?
Kori se mantuvo firme, aunque su mandíbula se tensó.
El silencio cayó en la sala. Loreen, a pesar de su rabia, se dio cuenta de que había captado la atención de todos. Incluso Zod y Konra parecían reflexionar sobre sus palabras.
Kori se giró hacia los presentes, su tono cambiando de sereno a firme.
—Loreen tiene razón en una cosa: no podemos seguir ignorando el impacto de nuestras decisiones. Pero si queremos que haya paz, necesitamos más que palabras. Necesitamos acción, y esa acción no puede ser unilateral.
Loreen lo miró sorprendida, pero no dijo nada. Por primera vez, sintió que Kori, aunque diferente a ella, entendía lo que estaba en juego.
Un mundo en el que existía dos ciudades rivales, la ciudad mas rica y poderosa llamada Laka y otra más decadente y odiada, la ciudad Naktar. El historial de guerras entre estas ciudades era largo y extenso. Por lo que aun estando en consenso de paz la tensión se palpaba en el ambiente.
En este mundo donde la Fluorita abunda (un mineral que era capaz de aumentar la percepción y agudizar los sentidos ) sus usos eran variados, algunos lo necesitaban para tener mucho poder, otros se drogaban y otros ignoraban por completo los beneficios reales del mineral.
En un bar llamado “Darko” lleno en su fachada de pintadas vandálicas, en el interior los murmullos de los clientes variopintas hacían resonar en las paredes, todo el ruido se acumulaba. Criminales varios, contrabandistas y artistas frustrados se reunían para disfrutar del muro psicológico entre reír y la pena de vivir en una ciudad bastante desnutrida.
Roth llevaba la cuarta copa esa noche. Sola, en una mesa no muy grande, en un rincón del bar. Se iba a levantar y pagar las copas en la barra larga y extensa a unos metros de ella. Cuando un chico joven con un cigarro en la mano interfiere.
—Hola preciosa, pareces nueva por aquí.
—No soy nueva, solo que no frecuento mucho este bar en concreto.
La inexpresión del chico era evidente, como si no sintiera nada por dentro.
—Eso es como si fueras nueva. —Le dio un par de caladas al cigarro luego se miró las uñas de color rojo. —¿Cómo te llamas?
—Me llamo Roth.
—¿Y que te trae por aquí? —La mirada seguía inexpresiva aunque los ojos negros y muy dilatados se dirigieron en perspectiva al top escotado. —tienes atributos interesantes.
Roth frunció el ceño y se giró dándole la espalda, tiró las monedas sobre la barra, ni siquiera miró al camarero y se fue ignorando al chico como si fuera invisible. Cuando llegó a casa, con un golpe repentino barrio varios objetos que pasaron de la mesita del comedor al suelo. ¿Cómo pueden ser tan cerdos los hombres?, ¿acaso no se dan cuenta de lo ridículos que pueden llegar a ser? Pensó mientras apretaba los dientes. Se desvistió conforme se iba calmando. Entró en la ducha y las emociones se le atenuaron. Se estiró en el sofá con el pijama lleno de dibujos de piedras de Fluorita. Su cuerpo se relajó, pero sus pensamientos seguían orbitando en torno a la escena, como brasas que se negaban a apagarse del todo.
La noche se desvanecía y la madrugada asomaba tímida. En el cementerio de Naktar, el chirrido de las puertas abriéndose por el viento que susurraba suave. Por el camino apisonado con maleza creciente a los lados, Zod se dirigía a una tumba que como el resto estaba improvisada con madera y los nombres borrados aunque algo se podía llegar a leer. Se agachó y cerrando los ojos que se escondían bajo la capucha que llevaba recordó a su padre, esos momentos jugando al escondite, o esos otros momentos dándole consejos para no caer en la tentación del poder excesivo.
De pronto, unos pasos, que le hicieron volver al presente. Se levantó y vio a Konra. Se dieron la mano. Y acto seguido se encendió un cigarro.
—Nos volvemos a ver, señor Zod, mas conocido como el Rey Carmesí.
—Naktar no es lugar para la gente como tú. —le señaló con el dedo y luego lo bajó. —¿No eres demasiado joven para estar fumando?
—Soy detective, no descansare hasta que se haga justicia. —contestó Konra. —Y… soy mayor de edad, fumo lo que quiero.
—Lo único que vas a lograr es provocar otra guerra. —dijo en un tono altivo Zod.
—Eres particularmente negativo, pero no me voy a detener, no abra guerra. —dijo Konra apurando el cigarro.
—Sobrevivimos a nuestra manera. —se sacó la capucha dejando ver su pelo corto oscuro y sobre todo sus ojos furiosos. —Naktar no esta en venta, si es que estas pensando en negociar.
—Ah, ¿Cómo este? —se giró y puso su mirada en una estatua en una fuente llena de moho. —¿Te refieres a negociar y morir en el intento?
—El era un halo de esperanza, no me toques la moral.
—La fluorita esta destruyendo la ciudad, ¿no te das cuenta? —dijo Konra.
—Tu maldita ciudad nos deja solo las migajas —respondió Zod con un tono y mirada envuelta en furia. —¿no te das cuenta?
—Eso no es una justificación, los criminales mejor en una jaula, aunque ya sabes que a mi me da igual. —se acarició el mentón y prosiguió. —solo intento mejorar vuestra vida, traer paz real a la gente.
—No estoy dispuesto a negociar mi ciudad, lo siento. —dijo Zod en un tono serio pero suave.
—Eres un ser sediento de poder, solo quieres la Fluorita para mantener tu estatus en esta misera ciudad. —contestó Konra.
—Es así, este mineral brillante, algunos lo utilizan para evadirse, otros para aumentar sus capacidades y otros para el poder. —dijo mientras se señalaba a el mismo. —A mi no me quitaras del medio tan facilmente, la Fluorita es nuestra y nuestro propio problema, no metas las narices donde no puedes hacer nada.
—Tu obsesión por el poder y mantenerlo te ciega. —respondió Konra.
—¿Poder o condena?, son caras de la misma moneda y tu solo ves mi poder. —al terminar se inclinó y arranco un poco de la maleza al lado de su pie, arrojándola con desprecio al suelo.
El sol que ya iluminaba toda la ciudad radiaba con fuerza a pesar de las bajas temperaturas. Roth dispuesta a seguir con el espectáculo teatral del que formaba parte. Con paso firme se dirigía a la plaza central de la ciudad. Allí lo volvió a ver, el chico, concentrado en un lienzo, trazando formas oscuras y densas con pinceladas cargadas de intención.
Roth desvió la mirada, ignorándolo como la vez anterior. Pero su voz la alcanzó mientras pasaba:
—Me llamo Orzon.
Ella se detuvo un instante, apenas lo suficiente para responder sin volverse.
—No te he preguntado el nombre. Déjame en paz.
Orzon sonrió levemente, dejando el pincel en un vaso lleno de agua turbia.
—Eres la actriz que tiene a todos hablando de su obra, ¿no? —comentó con tono casual—. ¿Qué hacías en el bar anoche?
Roth lo miró por primera vez, sus ojos brillando con una mezcla de cansancio y enfado.
—No es asunto tuyo, pero supongo que ahogar las penas. Tanto estrés acumulado...
Orzon sacó un cigarro, encendiéndolo con calma. Dio una calada larga antes de responder:
—Ahogar las penas... entiendo.
Ella soltó una risa seca y amarga.
—No, no lo entiendes. —Levantó el dedo anular con un gesto directo—. Lo mejor que puedes hacer es dejarme tranquila.
—Te necesito, tienes dotes actorales y podríamos infiltrarnos en Laka.
—No se me ha perdido nada en Laka. —dijo cruzando los brazos con resignación Roth. —¿por qué deberia ayudarte?
—Porque hay mucho en juego. Me han dado un soplo sobre una mina de Fluorita que un grupo criminal quiere controlar. Pero no pueden hacerlo solos… nos necesitan a los dos.
—¿Y que tiene que ver eso conmigo? —contestó arqueando una ceja Roth.
—La mitad de la recompensa. —Orzon sonrió de lado, inclinándose hacia ella con un aire conspirador—. Monedas, muchas monedas. Suficientes para que dejes atrás este agujero y empieces de nuevo.
Roth guardó silencio, su mirada perdida por un instante mientras procesaba la oferta. Finalmente, extendió la mano hacia Orzon, con un gesto firme pero medido.
—Espero que valga la pena. —dijo con un tono serio, aunque su expresión revelaba una chispa de curiosidad.
Orzon tomó su mano, apretándola suavemente mientras una leve sonrisa asomaba en sus labios.
La Torre Blanca se alzaba majestuosa en el horizonte, su estructura imponente parecía desafiar las nubes, su superficie estaba cubierta por infinidad de pequeñas ventanas que formaban un patrón casi hipnótico. Entre los ladrillos que la componían, algunos relucían en oro, capturando los rayos del sol y reflejándolos en destellos deslumbrantes que iluminaban el entorno.
Un puente de oro puro conectaba la torre con la ciudad cercana, su brillo intenso contrastando con el azul profundo del lago artificial que rodeaba la torre. Este lago, perfectamente circular, reflejaba la edificación como si fuera un espejo, duplicando su grandeza en el agua serena y cristalina.
Al cruzar el puente y entrar en la torre, la opulencia del exterior daba paso a una elegancia aún más impresionante. Los muros interiores estaban cubiertos con tapices finamente bordados en hilos de plata y oro, representando historias y símbolos que parecían narrar la historia de las dos ciudades enfrentadas. El suelo de ónix blanco, pulido hasta el extremo, emitía un brillo suave que daba la impresión de caminar sobre luz sólida.
El aire, cálido y envolvente, llevaba consigo una fragancia dulce y embriagadora. Era una mezcla exquisita de flores exóticas y maderas aromáticas, un aroma que calmaba y a la vez embriagaba los sentidos, añadiendo una dimensión casi onírica al ambiente.
Zod con la cara seria miraba a Konra, acto seguido dejó ver su rostro con mas claridad al quitarse la capucha. Kori que se hallaba caminando por el puente de oro, era un joven de 19 años cuya presencia no pasaba desapercibida ni siquiera en aquel lugar, aunque no precisamente por su figura esbelta. Su cuerpo era robusto, con una barriga prominente que llevaba con naturalidad, como si formara parte de su identidad. Su cabello, corto y de un vibrante color pelirrojo, enmarcaba un rostro salpicado de pecas que cubrían sus mejillas y le daban un aire juvenil, casi travieso. Sus cejas, densas y expresivas, acentuaban la neutralidad de su mirada, como si constantemente evaluara el mundo sin emitir juicio alguno.
Vestía de forma sencilla, con ropa cómoda que abrazaba su cuerpo de manera ajustada pero sin pretensiones. Camisas de lino de tonos apagados y pantalones de tela flexible conformaban su atuendo habitual, siempre rematado con unas botas desgastadas que parecían haber recorrido incontables caminos en su rol como mediador.
A pesar de su apariencia sencilla y tranquila, su presencia en las salas de negociación era inconfundible, como si las pecas en sus mejillas y su cabello ardiente fueran un recordatorio de que incluso la calma podía tener destellos de fuego en su interior.
Loreen lo acompañaba a un ritmo mas acelerado. Su cabello lila brillaba bajo el sol deslumbrante.
—¿Estás segura de que puedes manejarte aquí? —preguntó Kori sin girar la cabeza, con un tono que no era de duda, sino de advertencia.
—¿Manejarme? —replicó con una sonrisa sarcástica—. Kori, nací en esta ciudad. Sé perfectamente cómo funcionan las cosas aquí... aunque no me guste admitirlo.
Kori levantó una ceja pero no respondió. Conocía ese tono: el de alguien que estaba a punto de hacer algo impulsivo.
Cuando cruzaron la gran puerta de la torre, el brillo del ónix blanco en el suelo y los tapices dorados en las paredes parecieron absorber cualquier ruido. Kori se detuvo un momento, respirando el aire cargado de dulces aromas. Loreen, en cambio, no perdió el tiempo admirando la opulencia; sus ojos estaban fijos en la sala donde Zod y Konra ya comenzaban a tomar asiento.
—Recuerda, tú solo observas y escuchas —le dijo Kori, deteniéndola con una mano en el brazo antes de que avanzara más.
Loreen lo miró, sus ojos chispeando con una mezcla de desafío y determinación.
—¿Observar? ¿Escuchar? ¿Mientras ellos discuten cómo mantener el mundo dividido por un puñado de piedras brillantes? —Sacudió el brazo para liberarse—. No vine aquí a quedarme callada.
Kori suspiró, un gesto que parecía combinar paciencia y resignación.
Loreen avanzó hacia el centro de la sala. Todos los ojos se volvieron hacia ella: Zod, con su ceño fruncido y mirada de desconfianza; Konra, arqueando una ceja como si evaluara el espectáculo.
—No podemos seguir así —dijo Loreen, su voz clara y firme, resonando en la gran sala—. No somos enemigos. Ninguno de nosotros.
Zod fue el primero en reaccionar.
—¿Quién eres tú?
—Soy alguien de Laka, alguien que sabe que esta guerra silenciosa nos está matando a todos. ¿Y tú? ¿Cuánto más puedes resistir, Zod, antes de que tu gente deje de creer en ti?
La tensión era palpable. Kori avanzó rápidamente, poniéndose a su lado.
—Loreen, esto no es un escenario para tus protestas. Estamos aquí para encontrar soluciones, no para agravar el conflicto.
Ella giró hacia él, cruzando los brazos con una sonrisa amarga.
—¿Soluciones? ¿Cómo las que has logrado antes? ¿Esa pasividad tuya ha cambiado algo?
Kori se mantuvo firme, aunque su mandíbula se tensó.
El silencio cayó en la sala. Loreen, a pesar de su rabia, se dio cuenta de que había captado la atención de todos. Incluso Zod y Konra parecían reflexionar sobre sus palabras.
Kori se giró hacia los presentes, su tono cambiando de sereno a firme.
—Loreen tiene razón en una cosa: no podemos seguir ignorando el impacto de nuestras decisiones. Pero si queremos que haya paz, necesitamos más que palabras. Necesitamos acción, y esa acción no puede ser unilateral.
Loreen lo miró sorprendida, pero no dijo nada. Por primera vez, sintió que Kori, aunque diferente a ella, entendía lo que estaba en juego.