Abril de 2008
Abro los ojos.
Aferrado al volante
aparezco
como por arte de brujería
en la otra punta de la ciudad,
y en otro lugar de la arena del tiempo,
como si despertara
de un estado de coma:
cerrar los ojos en la tierra
y abrirlos
en la luna
a la velocidad del párpado.
Y jamás
recuerdo como surjo aquí, así
perdido
en esta inhóspita Nada,
con un penetrante hedor a goma de neumático,
sordo
al estallido de los dedos de alguien,
¡y con la sospecha de dejar un rastro
de entrañas en algún paso de peatones!
Abro los ojos.
Aferrado al volante
aparezco
como por arte de brujería
en la otra punta de la ciudad,
y en otro lugar de la arena del tiempo,
como si despertara
de un estado de coma:
cerrar los ojos en la tierra
y abrirlos
en la luna
a la velocidad del párpado.
Y jamás
recuerdo como surjo aquí, así
perdido
en esta inhóspita Nada,
con un penetrante hedor a goma de neumático,
sordo
al estallido de los dedos de alguien,
¡y con la sospecha de dejar un rastro
de entrañas en algún paso de peatones!