Sobre un frondoso roble milenario, en plena estación de estío, el llameante sol de furibundos lamentos murmura con sus rayos que proyectan la magnífica sombra alada del árbol sagrado. Allí se aposta la imagen espantosa de un canoso verdugo, reflexionando en su mente de sacrílego asesino humeante, cuántas vidas ha sesgado en esta malhadada tierra de muerte y traición. Entonces se le aparece un niño de reluciente corona de gemas y, completamente desnudo, se acerca hacia él, sí, hacia el abominable rector de almas que van derechas al desamparado tártaro. Lo coge aquel de la mano gruesa y aún manchada de sangre sacrílega de muertos recientes, y le confiesa que si reza al Altísimo de profundo corazón sincero sus remordimientos y culpas se evaporarán mágicamente. Pero el pobre diablo, condenado por una ira salvaje, le da un puñetazo en los morros para a continuación estrangularlo. El niño gime ahogado como un inocente condenado, y la gracia divina abdica por toda una eternidad de asistir a la salvación de tal ralea espiritual nacida para el mal.
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