El ungido

infeliz?

Feliz














[h=1]EL UNGIDO[/h]
La Flor de Hueso

DRAMA EN CINCO ACTOS


Personajes

Alejandro, Príncipe del Reino Azul y de los Vientos Fríos.
Sabrina, una chica frágil.
Un Búho Real, un Cuervo, un Lobo (habitantes del bosque).
Jesucristo.
Juan, César, Fernando (tres chavales del pueblo).
Kurt Cobain.
Espíritu 1, Espíritu 2, Espíritu 3 (perros del Infierno).
Satanás.
Una Gárgola.
Las Tres Arpías.
Louis y Claude, petunias parisinas.
Lucio Mefisto, espíritu endemoniado.
Dios.
Eustaquio, nutria con cabeza de hombre.




La acción se desarrolla en un pueblo y en un bosque cercano, siempre de noche o al amanecer. Es un bosque de la serranía extremeña, cuajado de encinas, alcornoques, fresnos, castaños, espinos, retamas, brezos, romeros y jaras, y serpenteado de arroyos y regatos que discurren entre laderas, cortados y formaciones rocosas de granito y pizarra. Alejandro y Sabrina se mueven por las imprecisas lindes de lo terrenal y lo espectral.




Prólogo Eustaquio (nutria con cabeza de hombre): Os presentamos este drama. Dos almas abrazadas en el camino que eligieron. Alejandro no tuvo suerte en vida y decidió ponerle fin con una soga tan áspera y ruda como su cuna extremeña. Sabrina era una chica de Alemania, de frágil salud, agravada por su inconstancia y desánimo. El destino y la fiebre se tomaron la libertad de ser verdugos. Murió como una flor marchita, desaguada en plena eclosión. Murieron la misma noche y en el mismo momento, mientras la Luna enjugaba una sola lágrima por los dos.Ahora, cada noche, Sabrina caerá a plomo hasta el sur, a lomos de un viento frío, y Alejandro, como un banco de niebla, la abrazará, para desaparecer los dos cuando este fenómeno atmosférico llegue a su fin.Esperamos, sin más, que disfrutéis de la vívida muerte que aquí os servimos en la bandeja plateada de la luna. Fundido de luces. Después aparecen en el escenario Alejandro, colgado de una soga, muerto, sobre la rama partida de un alcornoque, bajo uno de los focos, y al otro lado del escenario, bajo la luz de otro foco, Sabrina, muerta en la cama, y sus padres velando. Fundido de luces.
ACTO I
ESCENA I
(El alma de Alejandro vaga en la noche, después de la muerte. Se aleja del pueblo, adentrándose en el bosque. Alejandro luce un aspecto desaliñado, ojeroso y pálido)
Alejandro: Los tesoros de este bosque, con su cofre de niebla, deben conducirme a un despertar más brillante, al primordio en la ceniza esplendorosa.Un búho: Uh, uh. Mira entre las ramas y atisba en tu pasado, en esos tejados de plata y de barro, que apuntan al crisol de un nuevo día.Alejandro: Vaya, un búho que habla... ¿Cómo dices, que atisbe en mi pasado?Búho: Sí, nuestros actos futuros radican siempre en el accidentado sustrato del pasado.Alejandro: ¿Pero es que no ves que lo que hago es huir? Huir del pasado, precisamente. ¿Aconsejarías a un fugitivo de la justicia buscar una escapatoria atravesando los pasos vigilados por la policía? ¿A que no? En fin, quizá tus enormes pupilas de mercurio estén dañadas ya a esta fría hora. La Aurora se despereza y su bostezo llega arropado por una fina sábana de luz gris.Búho: Su tácito lamento no tardará en volver a cubrir los campos con un manto dorado de rocío. Y al igual que ella, tú tendrás que volver a aparecer. Tendrás que dejar de esconderte en algún momento.Alejandro: ¿Pero qué es esto? ¿Más obligaciones? ¿Qué clase de impía muerte me abraza ahora, que no me permite yacer inerte? ¿No es suficiente morir congelado en su frío abrazo pétreo?Búho: No, no lo es. No te engañes joven, no te resultará tan fácil escapar. El bosque es sueño de vivos y letargo de muertos. Tendrás que deambular mucho para hallar una salida, pero, ¿qué es, si no, la vida?Alejandro: Claro, eso mismo digo yo, y por eso estoy aquí…Búho: Buscaste la salida fácil.Alejandro: (Agitando la cabeza, desesperado) Pff… Dios, esto es… desesperante. No he muerto, y encima estoy hablando con un pájaro. (Elevando el tono.) ¿Encima tengo que darle explicaciones a un… búho?Búho: Sí has muerto.Alejandro: Pues no se nota.Búho: Eres un suicida. Puedes perderte y divagar todo lo que quieras por aquí. Ya no tienes obligaciones rutinarias o cotidianas y el día ya no existe para ti. Lo que no puedes es descansar. Dirás que sólo soy un búho y que ni siquiera estoy muerto, pero soy un alma de la noche errante y todas estas cosas sé. Adéntrate en el bosque. Recuerda que no es la Muerte, sino la Aurora, la que aún te tiene en su regazo, y pronto nacerá un nuevo día… ¡Iak! (Se va volando.)
(Alejandro continúa andando, cabizbajo y pensativo, entre alcornoques y madroños.)
Soy el espectro azul
Vengo de vientos cálidos y de un sopor de estómagos vencidos.
Tengo la vista abajo y es púrpura el rubor de mis mejillas.
Hubo un tiempo en mi tiempo, para morir bebiéndome la vida.
Si echo la vista atrás, supura mi garganta, y me abraza la soga que ha bebido.
En las cuencas hundidas de mis ojos, ahora hay lagunas gélidas, vacías.
Son fósiles de piel, lechos de frío,
que suplantan al río dividido,
que de tanto remar, me suplicó su muerte en dos orillas.
Soy el espectro azul que arde en el limbo,
fatuo, podrido, de gas y de intenciones,
que por buscarse en Dios, encontró a Dío.
Porque en el templo aquél de los pantanos, y de soles, de luz y verde brío,
la soledad es cosa de los hombres
y Dios silba el plural que es estar vivo.
(Se aproxima a un claro. Entra Sabrina. Alejandro se queda espiando en la penumbra, mientras Sabrina camina descalza y desamparada por el pedregoso páramo. Lleva un vestido largo y blanco, de tejidos vaporosos, desteñido, y su tez es pálida y ojerosa, pero refleja una serena belleza a la luz de la luna. Alejandro murmura unos versos, extasiado.) [h=2]El abrazo de las anémonas[/h]
(Ya va destensándose el arco del tiempo, que añora una flecha. Descuida su sino la noche sin blanco)
Tu sombra es un eco de alabastro.
Tus manos son las alas de la Luna,
con su temblor de vuelos postergados.
Duerme tu sonrisa en un sueño de esmalte
y besos fríos,
y el viento, que es galán, se pavonea
mientras ciñe tu escuálida cintura;
sopla como el invierno entre tus venas;
se estremece tu cuerpo, de goznes morados,
se dibuja un adiós y se fractura.
Así te encuentro, amada,
con los pies destrozados y la mirada baja,
con la vitola azul que le otorga la sangre
a tu estampa marmórea,
a tus sagradas ruinas.
Yo revivo en el cuenco de tu muerte,
yo bebo las cenizas de este canto...
y tu sombra es un eco que transluce
como la veta en flor del alabastro.
Tu sombra es un insomnio de azucenas
bajo la luz rosada de los nardos.


Alejandro: (Saliendo de entre las matas y llegando hasta ella.) ¿De dónde llegas tú, que el guión blanco y negro de la noche se escribe ahora en hermoso papel sepia? ¿Eres un ángel triste y desastrado en el abrazo eterno, o acaso un espejismo en el desierto que pueblo sin ser nadie?
Sabrina: Yo… Qué extraño… Yo te… (Se interrumpe, confundida.) Yo te conozco… (Pausa.) Creo que te conozco… (Sabrina se queda quieta, como conmocionada, mirando a Alejandro.) Yo te sentí en mi lecho de fiebre y muerte… como te siento ahora. Como una suave brisa que aliviaba mi mortal calentura. Como la inercia que abre cien espigas y granan otras mil flores de barro. Anémonas, anémonas deshechas… y de barro.
Tú… eres…
Alejandro: Mi nombre es Alejandro y no soy nadie. Yo soy un haz de aliento inacabado, que cuaja en la semilla de los justos, y me comen mis propios tegumentos. Mi vida se precipitó casi en caída libre. En una vertiginosa escalera oscura y sin salidas, cuyo último escalón aún pende como rama seca y tronchada, de uno de esos alcornoques.
Qué extraña sensación de plenitud… ahora.
Sabrina: Yo te esperé y te esperé, pero nunca llegaste.
Yo fui la Reina de Cartago en un mar de lágrimas, y me apagué. Jamás vi tu imagen nítida, pero sí las velas de tu barco que se alejaba más y más, desfigurando el rostro de mi ideal amante.
Soy Sabrina, de Alemania. (Alejandro se frota las manos e insufla aire, para calentarlas.)
Dame, dame tus manos heridas.
Alejandro: No, que pueden quebrarse en este frío.
Sabrina: (Atrayendo las manos de Alejandro hacia su pecho, tímidamente.) Mi pecho es una tumba de polvo de luna, que quiere teñirse con dos de tus rosas.
Alejandro: Toma, y dale sentido a este presente, que viene aderezado con tarjeta de muerte. (Le da las manos.)
Sabrina: Tu muerte es el regalo más oportuno. Es una sombra en la cegadora noche…
Alejandro: Yo no te sentí, Sabrina. No, no lo hice. Dios sabe que si lo hubiera hecho quizá no estaríamos ahora… ¿Realmente podemos ser dos almas gemelas? ¿En estas circunstancias? ¿Dos almas gemelas en la noche?
Maldito Cupido por su tardanza, bendito por su ceguera y su constancia.
Sabrina: Yo le bendigo por sus insensatas ráfagas, que no me importa nada la herida que estoy sintiendo. Oh dulce dolor inesperado.
Tú, mi alma gemela, mi faro y mi luz. El mar ahora calla. Calla porque vale más tu imagen que mil de sus embravecidas palabras. La luna le presta el espejo con tu imagen clara, y calla.
Alejandro: Que calle y que calme su respiración agitada esa bestia que nos engulló y que ahora nos deposita en esta escondida orilla. La playa desnuda nuestros corazones y esparce las prendas del naufragio.
Ven, cobijémonos de los astros hirientes que nos espían, y se ríen y nos humillan. Las celosas estrellas ya fruncen el ceño; llevémonos la luna. Vamos, Sabrina, al huerto donde crecen las zarzas y sangrar es el fruto sepultado en el vientre de la nada. Comamos de esta dicha de corazones pétreos y cuerpos arruinados, que aún el sol puede envainar sus puntas por un rato.
Sabrina: ¿Qué extraña sensación de confianza es esta que siento a tu lado, este aleteo de esperanza en el estómago? Comamos de esta ambrosía de dulces mariposas.
Alejandro: Comamos.

(Se dan la mano y se alejan. Salen)


ESCENA II
(El pueblo. Puente sobre la vía del tren. Es de noche. Entran Juan, César y Fernando.)

Juan: Venga, saca las cosas y echa una copa.
César: Toma; toma tú.
Fernando: Se esta bien aquí, ¿eh?
César: Sí, se siente uno libre.
Juan: ¿Libre de qué?
Fernando: Libre de todo.
Juan: Libre de este puto pueblo, ¿no?
César: Mira, escucha este tema.
Juan: ¿Ya estáis con el dichoso Kurt Cobain?
Fernando: Sí, ¿por qué no?
César: ¡Es que era un puto genio!
Juan: Una gran cabeza, un genio que se quedó sin su gran cabeza, ja.
Fernando: ¿No hacemos nosotros lo mismo?
Juan: Sí, pero poco a poco. La vida da asco, pero a mí me gusta más perder la cabeza a bocados. La verdad es que me encanta.
César: Intoxicar lo que está intoxicado, puede sanar, ¿no?
Fernando: Yo creo que sí. Además, la toxicidad crónica puede que tampoco sea un problema, y la iniquidad de lo inocuo asusta. A veces están tan blancas las manos, que asusta.
César: Pasa ese porro, Juan. Quiero la dulce inercia que me da la vida adolescente. Adolecer es tomar, y tomar es...
Juan: (Le interrumpe.) Tomar es sinónimo de respirar, ja.
Fernando: Pues vete a tomar por culo, a ver si revientas asfixiado, ja, ja, ja.
César y Juan: Ja, ja, ja.
César: Hablando de volar...
Fernando: ¿Quién ha hablado de volar?
César: El porro me ha hablado de volar... ¿No vuela mucha gente últimamente? Sí, el otro día ese tal Alejandro, y ayer otro chaval.
Fernando: Sí, el polvo de estrellas no está tan lejos, y todos tenemos alas para eso.
Juan: ¿Pillamos magia?
Fernando: Hay que dejar esa mierda. Esos bocados dejan una herida que asusta.
A ver, creo que tengo algo por aquí...
Juan: ¡Ah, gandul!
César: ¿Qué puede impulsar a alguien a plantearse seriamente dejar la vida? Las drogas, un dos, tres, responda otra vez.
Fernando: Las drogas.
Juan: Las drogas y su canto de cisne enfermo. La muerte de un ser muy querido. Hum...
César: Las drogas pueden conducirte a un callejón sin salida. Más bien cortarte los caminos, pero, aparte de eso...
Alejandro no se drogaba y ahí lo tienes. Bueno, ahí no lo tienes. Alejandro ha sido un amargado por la vida.
Fernando: Alejandro sí probó las drogas en tiempos, y quizá le marcaron. Eso sin hablar del alcohol, claro. Las drogas son los paraísos artificiales creados por el diablo para llegar antes allí. Todo es lícito en la vida, y la paloma que se eleva no va contra natura por dejar el nido o la rama. Sabe que tienta a los peligros del gavilán, pero también sabe que planear así es sentir el calor de Dios, es acercarse al sol empeñando las plumas, y es sentirse más grande bajo el astro.
César: Hay muchas ramas y muchos nidos y muchos cantos, y el sol no está hecho ni de carne ni de plumas.
Juan: Eso sí que es verdad.
Fernando: Lo es, pero el invierno tampoco está hecho de carne y plumas.
César: Yo sigo sin encontrarle una explicación clara a lo de ese chaval.
Fernando: Mira, hay muchos tipos de panes, hechos con distintas masas. Y el pan que se come todos los días en la mayoría de las mesas es pan blanco, hecho con blanca harina de trigo. Pero aun así, hay panes más quebradizos, de harinas más toscas, panes más bastos, que se comen de vez en cuando.
César: Ya.
Juan: Pues el pan de Alejandro, por lo menos era de centeno.
Fernando: Sí, y la miga de la que estamos hechos...
Juan: A veces se hace un bolo intragable.
César: Bueno, a ver qué tal está esta harina que tenemos aquí, ¿no? (Sosteniendo en la mano una carátula de CD con tres rayas de cocaína.)
Juan: ¡Este medio costal se estira que da gusto!
Fernando: ¡Y tanto que da gusto!
César: Y nosotros nos encogemos como personas, ensimismados por los brillos del diablo.
Fernando: El diablo resplandece en la noche y todos los astros se apagan un poco.
César: Es más fácil negarse a las estrellas que evaporarse hacia ellas con almas ignífugas.
Juan: Un tiro de esta harina, es como un pan más tierno.
Los tres: Comamos.




ESCENA III
(El bosque. Alejandro se despide de Sabrina y sigue deambulando, una noche más.)

Sabrina: Llega el momento de separarnos, cielo. Recuerda lo que nos pasó el otro día; ya empieza hoy también. El viento tira de mí con fuerza para devolverme a Alemania. La luz no tardará en llegar y nuestro amor tiene que apagarse.
Alejandro: No digas apagarse. Di que tiene que atenuarse bajo una luz superior. Las horas que pase lejos de ti no serán mías, serán bastardas. Y yo las devoraré con rabia, como hace Saturno con cada uno de sus hijos. Pero mañana volveremos a acoger al tiempo en maternal y amoroso seno.
Sabrina: Claro que sí. El viento del norte me traerá de vuelta a tu lado y recogeremos ramos de jazmines escarchados. Destilaremos su aroma nocturno en besos y abrazos. (Le abraza y le besa.)
Alejandro: Ay, cuánto falta aún para eso amor…
Mira todo ese rocío en la hierba que nos rodea. Todo ese licor vertemos hoy sobre los campos ebrios. Mira cómo se tambalean ante nosotros.
Sabrina: No se tambalean, mi vida. Es el viento el que comienza a moverlos con fuerza. Tengo que irme.
Alejandro: Espera. No se ha marchado todavía el lucero del alba. También vive en el norte esa estrella. Aguarda sólo un poco más; Venus te abrirá el camino, y así os retiraréis las dos, en amorosa estela.
Sabrina: ¿No dijiste que eran celosas las estrellas? Quizá ahora lo estén más con nosotros. Tengo miedo de que me suelte la mano pretendiendo perderme de vuelta a casa. ¿Cómo volveré mañana hasta ti?
Alejandro: No, las estrellas han cambiado su polaridad, y nos miran con buenos ojos ahora. No les importa nuestro tenue brillo mientras no les haga sombra. Ellas siguen siendo las protagonistas del baile cósmico.
Sabrina: Sí, pero mira las ramas, mira cómo se agitan. El baile se acaba Alejandro. ¿No ves cómo palmean los árboles en retirada, invitando a las parejas a abandonar la pista?
Alejandro: Tienes razón, perdona que sea tan terco. Pero es que esa tara se convierte en virtud cuando estoy a tu lado. (La besa y después Sabrina se aleja, con los cabellos revueltos al viento.)
Sabrina: Adiós. (Sale.)
Alejandro: Adiós querida, volveremos a vernos si el viento de tus fríos vuelve a apaciguarse a los pies de este volátil amo. Ahora mi camino se cierra entre frondas y chaparros, que son como el ensortijado cabello del Diablo. Si por aquí encuentro la paz... Sólo si encuentro algún signo de descanso...
Está de nuevo el alba cubriéndolo todo de cenizas, y este fuego mortecino que no para de arder, no me consume nunca... (Encuentra a un hombre sentado sobre el tronco de un viejo castaño caído en medio del monte.)
Pero... ¿Quién eres tú y qué haces aquí, como pez que se agita sobre la tierra?
Jesús: Yo soy aquél que primero voló entré flores y sangró miel, aquél que sufre la cara de su cruz, por los siglos de los siglos, que se inclinó y fue presa de su propio aguijón. Yo soy el suicida venerado por los hombres.
Alejandro: ¿Eres Jesús, tal vez, con tu aliento de menta y tu manto de huesos apilados?
Jesús: Ése soy yo.
Alejandro: ¿Y por qué debo encontrar yo ahora a Jesús, si no te encontré en vida y te busqué, como tantos otros?
Jesús: Porque estoy tan muerto como tú. Yo doné mi piel a una cofradía de abatanadores y tintoreros. Ellos tienen mi recuerdo y tú mi presencia.
Alejandro: Mísera vida...
Y dime, ¿a qué se debe que pasees ahora tus andrajos, ante mi andrajosa mirada?
Jesús: Tú no tienes casa y yo tampoco. Llamo a la puerta del desvelo y tú eres hoy mi huésped.
Alejandro: Yo, Señor, puedo ofrecerte poco, y lo sabes. Son mías las heridas de estos valles y también la sangre aguada, que baña sus laderas conmovidas.
Jesús: ¿Tienes un cigarro? Yo me alimento de humo.
Alejandro: (Dándole un cigarro.) Comamos.


ESCENA IV
(El puente sobre la vía. César y Fernando hablan apoyados a la baranda, mientras sostienen una copa. Juan está sentado, recostado en el murete, fumando un porro y bebiendo una copa.)

Fernando: ¿Dónde están esos alcornoques?
César: ¿Alcornoques? Se tiró desde este mismo puente.
Fernando: ¿Tú lo harías?
César: Pues no.
Fernando: Pues yo lo he meditado a veces, y creo que en determinadas circunstancias, si las cosas se ponen muy mal, sí podría hacerlo. César: ¿Te suicidarías?
Fernando: ¿Podría un río cabecear para no ahogarse? ¿Podría desviar su curso para aliviar su flujo descendente? Yo creo que todo en la vida son trances de inercia. El destino tiene su propia gravedad y todo es cuestión de tiempo. Gravedad y tiempo son amantes y esclavos de una pasión enfermiza.César: Tú que eres tan aficionado a Jesús, ¿Qué crees que opinaría él de este tema?Fernando: Yo soy Jesús, y él no opinaría nada que yo no diga.César: No sé...Fernando: Nada se sabe, todo es un juego centrífugo de acontecimientos. El destino está escrito, está sellado, no hay salida ni entrada. Puedo enseñarte tanto como tú quieras ignorar. Nadie, ni siquiera Dios, puede tener verdades o dogmas absolutos. El ser humano está impregnado de Dios y Este no puede arrancarse la piel aunque le abrase. Todo es todo y algo en todo es relativo.César: Hum...
Fernando: Sí, es fácil. Yo soy Dios y si yo muero, Dios morirá conmigo, y tendrá que rehacerse a través de cenizas.César: ¿Y la casualidad?
Fernando: No existe. Cuando el niño cayó al suelo, ya había alguien antes aguardando para recogerle.César: Ya...
Fernando: ¿Te parece que se me va la olla?
César: No, es sólo un punto de vista.
¿Tú crees que su alma, la de Alejandro, tiene salvación?
Fernando: Salvación sí. Probablemente lo que no tenga es paz.
César: ¿Por qué?
Fernando: Pues porque si no tuvo paz aquí abajo, menos va a tenerla allá arriba.
César: ¿Y crees que no habrá subido al Cielo o algo así?
Fernando: Seguramente esté atrapado entre dos mundos, pero no porque se suicidara, sino porque no conoció el amor. El amor es una cadena umbilical que nos tortura... y nos inyecta vida. El amor es una droga prohibida en las alturas, y no es volátil.César: O sea, que Alejandro no pudo volatilizarse como es debido…Fernando: Exacto.
César: ¿Y si intentamos invocar su espíritu para ayudarle?
Fernando: Pf, se te va la olla…
Pero la verdad es que podríamos probar, a ver qué pasa. Siempre me ha atraído ese tema, aunque nunca he tenido una experiencia.
César: Venga, vamos a preparar las cosas. Saca el ordenador, que miremos en internet cómo se hace.

(Preparan las cosas. Una hoguera, César, Fernando y Juan, alrededor. Se aparece un espíritu.)

César: Di, ¿quién eres?
Alejandro: Soy Alejandro Negro, Príncipe del Reino Azul y de los Vientos Fríos. Sentí vuestra presencia como perro que vaga por las cunetas.
Juan: ¿Quién has dicho que eres?
Alejandro: Alejandro, el resto... El resto es pompa que añade el barro.
César: ¿Por qué estás aquí?
Alejandro: El viento acarició mis impulsos e impulsó a la curiosidad entre caricias.
Juan: Tío, ¿Por qué te oprimiste el gañote?
Alejandro: Por lo mismo que tú y todos los ángeles del Cielo lo harían.
Juan: ¿Por amor?
Alejandro: Por falta de amor. Por desidia, cobardía, egoísmo... Nada en mi vida funcionaba y todo se fue complicando. Se me vino encima como una gran roca, y me sepultó. Fernando: ¿Crees que eres especial?Alejandro: Soy especial. Me dolía tanto, que tuvieron que dopar a los verdugos...
Juan: ¡Ja!
Alejandro: Bueno, la tolerancia es individual e intransferible.
Fernando: Sí, pero tú has transferido tu sufrimiento y quieres que lo aplaquemos.
Alejandro: Quizá tengas razón. Yo no sé lo que quiero y estoy perdido.
Fernando: Todos estamos perdidos.
¿Desearías morir completamente?
Alejandro: Quizá sí, pero del todo.
Fernando: Dios es quien coge flores y esconde velas.
Alejandro: Dios ha hablado conmigo y no tiene palabras.
César: Di, ¿qué podemos hacer por ti?
Alejandro: No lo sé, pensaba que...
Juan: Pensabas en echarte una copa con nosotros, ¡Ja, ja, ja!
Fernando: Explícanos qué sientes, qué quieres.
Alejandro: Hum. Pues como te he dicho, llegué a esta situación desesperado, al ver que mi agonía no tenía fin. Es más, se prolonga después de la muerte. Me quité la vida, algo que puede verse como un acto heroico porque requiere mucho valor. Pero no existe tal heroicidad, y sí el imperio de la tiranía. Los tiranos del destino son los únicos héroes, al haber sido capaces de doblar mi sufrimiento, lo cual parecía imposible. Ellos son los verdaderos héroes. Pero he aquí que de repente encontré un premio que sólo había podido intuir en sueños, en las últimas y más agónicas noches, como dulce ictus en mi desenfrenado riego hacia la muerte. Encontré a Sabrina al poco tiempo de andar por ahí deambulando. Y fue un éxtasis. Sí…, un mortal éxtasis. Pero me parece que es otra trampa del destino, por ser una cosa efímera. El tiempo que la he visto, el que puedo llegar a verla, creo que es mínimo, muy a mi pesar, y más grande el sufrimiento de la ausencia. Por eso digo que quiero morir, porque estoy cansado de sufrir. La muerte está jugando conmigo como lo hacía la vida, golpeándome y asiéndome en leves caricias para dejarme caer de nuevo. ¿Es amor lo que me mata o lo que me revive? ¿Es falta de amor?César: Hum. Es un amor intermitente, incompleto, lo que tienes con esa chica… ¿Crees que es tu sino, tu vida?Alejandro: No lo sé. Lo que sé es que es la primera vez que me enamoro y la sensación es dolorosamente deliciosa.César: Mira tú, ahora ya eres volátil…Alejandro: ¿Cómo? César: No, nada, nada… Podríamos intentar ayudarte a encauzar tu destino.Alejandro: ¿Hacia...?Fernando: Hacia la parte más empinada del cauce.Alejandro: Que así sea. Ahora debo irme. Mis estigmas vuelven a apagarse y la noche exhibe su dulce indiferencia, de acre regusto.
ACTO II
ESCENA I
(El bosque. Noche de niebla. Peñas y riscos sobre un arroyo. Tres espíritus con la apariencia de perros salvajes han acorralado a Sabrina y se disponen a atacarla.)
(Entran un cuervo, un lobo y el Búho, que cruzan la escena de acá para allá, alarmados.)
Un cuervo: ¡Iak, iak, iak! Hay un telón de sangre que oculta la tragedia en esta niebla vegetal de alisos y alcornoques. Allí, entre los espinos que se agitan, que están mojando sus cuchillos en el rojo frenesí del acto maquinado.Un lobo: Venid criaturas de la noche, a saciar el hambre que pincha como hielo en las entrañas.Búho: ¡Uh, uh, uh, uh! Hay una presa que baila entre las rocas. Sus miembros son pañuelos inflados por el miedo. ¡Vamos Rey de la noche, Rey del Manto de Plata! Ven, que Sabrina está jalonada por espíritus punzantes, para despedazar la leche de su echarpe y alimentar a los perros del infierno, los cachorros que no crecen ni dejan crecer, al amparo de una areola lunar descuartizada y un sol moribundo.
(Aparece Alejandro con una espada.)
Alejandro: ¡Ah, por mi bandera negra y mi escudo de sombras que no verán esos perros más manantial de luz que el del sumidero obturado del Infierno! Mi amada de magnolias se mece entre los palos de mi acero, entre mis ramas invernantes como fresnos al viento. Llévame con tus alas al risco de la noche, llévame a la batalla, a ese balcón envuelto en llamas.Búho: Vamos, sujétate, Alejandro, al arnés de mis garras.Alejandro: (Legando hasta los perros.) ¡Ah, bestias inmundas, limad vuestros colmillos en las rocas y dadme el pacto romo de la despedida!
(Combaten.)
Espíritu 1º: ¡Agrrr!
Vuelve a tu mal labrada sepultura, Rey de las Setas.
Espíritu 2º y espíritu 3º: ¡Ñrrr!

(Los tres perros se alternan saltando sobre Alejandro, y este los esquiva.)
Sabrina: ¡No, amor mío, no vengas a salvarme de la juguetona muerte! No hay Cielo para mí en esta noche opaca.Alejandro: Amor, tú eres el Cielo hundido en que me purgo, y estos perros son gatos a mi lado.Sabrina: Sea, pues, este aire denso, espectro de cinco filos, como una nebulosa desterrada, pariendo a la más baja de las estrellas.Búho: ¡Alejandro, a tu izquierda!Alejandro: (Lanzando un mandoble.) ¡Esa cabeza para ti, Búho!
(En una última arremetida, Alejandro es herido. Los dos espectros que quedan, escapan.)
Alejandro: ¡Aggg! Vuestros dientes infectos no infectarán mi muerte infecta. Huye, querida, a los brazos de barro del arroyo, y hazte agua, murmurando mi amor por los meandros. Volveré a verte pronto, ¡huye!
Sabrina: ¡Adiós, y sana pronto entre los riscos! (Sale de escena huyendo.)

(Aparece Jesús buscando a Alejandro, que ha caído herido en la pelea.)
Jesús: Aquí estás Alejandro, por fin te encuentro. Vaya, esa herida tiene mal aspecto.
Alejandro: (Desorientado.) Mmm. ¿A dónde me llevas?
Jesús: A curártela, con lágrimas de sauce y paños de luna. Vamos.
Alejandro: ¿Quién eres, un demonio?
Jesús: Oh no, Alejandro, tú deliras. Soy Jesús. No hables. Así… Ahora tienes que descansar.
(Después de un rato.)
Alejandro: Gracias, Jesús. Sigo sin entender qué haces y por qué me ayudas.
Jesús: No puedo hacer otra cosa. Vamos a ver; yo soy un espectro del bien y ellos lo son del mal. A mí ni me tocarían, porque no soy susceptible de cambio. Yo soy el blanco aliento de las cumbres y ellos se mueven en las sombras más bajas. Tú te paseas dándole sentido a la muerte.
Alejandro: Yo no puedo vencer al mal con indiferencia.
Jesús: No, no puedes.
Alejandro: ¿Y qué puedo hacer, Señor?
Jesús: No me llames así. Yo no soy señor de nadie.
Alejandro: Pero...
Jesús: Eso fue en otra vida, o en el inicio de esta. Ahora ya no recuerdo los sueños vespertinos.
Alejandro: Yo combatiré a quien me ataque o ataque a Sabrina, con el duro acero que me forja la luna entre los fresnos.
Jesús: Hazlo. Todos tenemos un destino, cumple el tuyo. Pero no olvides que tú sí eres susceptible de cambio. Y cuando lances tu piedra en esta orilla, las ondas quemarán otras orillas. Intenta no hundir tus pies en el plato equivocado de la balanza.
Alejandro: ¿Me ayudarás, Jesús?
Jesús: Bueno, yo silbaré contento cuando tú ices las velas...
Alejandro: Dime, ¿por qué dices que me paseo dándole sentido a la muerte, si ya estoy muerto?
Jesús: Precisamente por eso. Hay muerte en la muerte, y tú podrías morir de nuevo. Lo que ha pasado esta noche es una prueba de ello. Tu alma no tiene dueño y Satanás lanzará sus redes, pues él es el otro pescador de hombres.
Alejandro: ¿Por qué tanto interés por mí, con la cantidad de gente que muere cada día?
Jesús: Porque tu alma está atrapada y tiene mucho peso. Digamos que tú no eres un peón en esta partida. Piensa en el hombre que empiezas a ser y en el que estás dejando. Tu nombre adquiere resonancia en las tinieblas, como el canto del arroyo tañendo sus piedras, al llegar la primavera.
Alejandro: Pues por Dios y sus partidas, que si tocan a Sabrina, cortaré la cabeza de su rey.
Jesús: Cuidado, Alejandro. Torres muy altas han caído.
Alejandro: ¿Y qué pinta Sabrina en todo esto?
Jesús: Ella no se suicidó. Su alma es ligera como una hoja, y os pertenece a Dios y a ti.

ESCENA II
(Sabrina y Alejandro pasan la noche juntos, en una cueva. Reposan en un lecho bajo las rocas, después de hacer el amor.)

Alejandro: Dime amor, si tú notas cómo el frío ahora vuelve a su lecho de huesos, cómo el plasma se arropa en sus carnales brácteas de pálidos colores. Ha pasado una luz, encendida, invisible, sobre nuestras cabezas condenadas, entre los corazones soterrados.
Dime amor, ¿no es la noche más fría tras esta tenue hoguera en que yacemos, como un ramo de besos y sus ascuas? Es una servidumbre ahora más laxa, la que nos martiriza. Pero esta quietud de males, incorpórea, ¿no es acaso la calma que se esconde bajo el rostro acerado en la tormenta?
Sabrina: Abrázame fuerte cielo, que no sé si es la leve luz, que me falta, o el tiempo, que me ciega, o al revés, pero estoy tiritando, o titilando como un lucero. No quiero día sin ti, Alejandro, ni noche en el arroyo quejumbroso que es sentir tu ausencia. Dame calor, estréchame más fuerte.
Claro que noto ahora el hielo de los huesos, pero también la fragancia impregnada en la piel y su flamígero canto emplumado, que hace de cada poro de tu torso fuente de alas.
Esta noche es testigo carbonizado del incendio pactado que brotó en nuestros cuerpos.
Alejandro: Es el cráneo latente de la muerte, bajo nuestras cenizas.
Sabrina: Es un gigante viejo, ya cansado, que se desploma al ver cantos y luces. Y allí descansa, como una cordillera, infranqueable, de espaldas a las nubes que nos pueblan y al vigor sonrosado que eleva al nuevo día.
Abrázame fuerte amor, que el viento me devuelve a mis orillas, envuelta en velas negras. ¡Dios, sujétame, que me lleva! (Abrazando con fuerza a Alejandro, para no elevarse al viento.)
Alejandro: Nadie te llevará hoy de esta cueva. Con estos brazos, que son anclas, y esas olas, que son piedras, despistaremos al día entre sus vientos, y el sol será sólo un rumor equivocado, sólo una queja lastimera que se extingue.

(Quedan tendidos reposando.)
Sabrina: ¿Has oído? ¿Qué ha sido eso?
Alejandro: Yo no he oído nada… Ah, debe de ser un grupo de meloncillos que vi antes merodeando por aquí. Le robaban su pobre presa a un cárabo, los muy gandules. Andarán celebrándolo por ahí con sus escandalosos chillidos. Aunque un lironcillo no da para mucho…
Sabrina: No, no… ¡Ay! (Se incorpora, sobresaltada.)
Alejandro: ¿Qué pasa, amor mío?
Sabrina: He visto unas sombras pasar por ahí, entre las rocas. Y una de ellas se ha quedado parada como mirando hacia aquí.
Alejandro: No sé, espérate. Iré a mirar…
Sabrina: No, no salgas Alejandro, por Dios. (Le sujeta, reteniéndole.)
Tengo miedo… No quiero que la noche vuelva a robarnos a hurtadillas. Ni los vientos, ni el sol, ni nada.
La Luna nos ha confesado el secreto de la vida, al fin, y debemos custodiarlo, aquí, en esta cueva.
Alejandro: Las cuevas son sitio de ladrones, y este tesoro es una dádiva que no tenemos que esconder. Debemos disfrutarlo a nuestras anchas, y no pasar la muerte en los oscuros rincones de la codicia, postrados, como el avaro, ante su servil alma.
Sabrina: Ay, sí, pero… Esto no es un escondite, sino nuestra casa. Alejandro, por favor, date prisa. Ven tú antes que los vientos, que también nos acechan.
Alejandro: (Mientras se viste.) Quédate tranquila, reina. Porque estará Febo contigo en mi ausencia. Delante de esta gruta ha estacionado su carro y no dejará que ningún vientecillo venga a importunarnos. Sus rápidos corceles son los vientos del amor, y ahora descansan aquí, a nuestra puerta, mientras él charla distraído con su hermana Selene, amada benefactora nuestra. Antes de que el padre Zeus lo reclame de vuelta en su áurea mansión, estaré aquí de nuevo para arroparte y así dormir juntos bajo nuestras sábanas de piedra. (Sale.)
¡Aaaah, perros del infierno, volved con vuestro amo y dejadme con la mía! ¡Marchaos de aquí! (Se lanza sobre ellos con su espada. Los perros esquivan varias de sus embestidas, para, finalmente, apresarlo. Se lo llevan forcejeando ante la presencia de Satanás. Sabrina se eleva como una hoja al viento y vuelve a Alemania.)



ESCENA III
(El Infierno. Satanás martillea un hierro sobre un yunque. Llega Alejandro apresado por los perros, que lo dejan y salen)
Satanás: Vaya, vaya... Así que tú eres Alejandro, esa sombra escurridiza que huye de su sol.
Alejandro: En mi mundo ya no hay sol.
Satanás: Tengo entendido que giras en torno a tu astro particular, esa chica...
Alejandro: Sabrina. Más te vale no tocarla. Déjala fuera de esto.
Satanás: No tengo intención de hacerle daño. Claro, que eso no será por tus amenazas...
Alejandro: ¿Qué quieres?
Satanás: Te quiero a ti. Yo soy tu sol, y debes servirme y adorarme, como tantos otros.
Alejandro: ¿Me obligarás?
Satanás: Hum. Incluso Dios tiene que obedecer a ciertas leyes... físicas. No puedo hundir el cielo bajo el mar. Yo te invito a que me sirvas y vivas o mueras feliz.
Alejandro: Tú no eres Dios, Satanás.
Satanás: ¿Eras tú o no eras tú el que subió a aquél árbol? Dios no estaba allí. Yo sí.
Alejandro: Mi alma no va a seguir a nadie, sólo a mí mismo. Será rocío vaporoso para cubrir...
Satanás: ¿A tu blanca azucena? No seas cursi, Alejandro, yo puedo hacerlo mejor. Me siento más fuerte desde que has llegado a la noche. Vuelven a crecer espinas sobre mis rosas negras. Y yo te ofrezco el filtro que lava y purifica, el sólido sostén de una cascada eterna. Tú me hablas de vapor y yo te hablo de una sublimación sin límites. Ven a mí y vive para siempre.
Alejandro: ¿Y para qué quiero yo vivir para siempre mis antiguos suplicios? Para evitar eso me quité la vida.
Satanás: Yo no te hablo de la vida miserable que llevan todos los hombres, y que llevabas tú en particular. Te estoy hablando del goce y placer infinitos. No una vida de sacrificios como la que te exige ése alma en pena errante. Conmigo serás soberano y dueño de tus dominios.
Alejandro: Ambos os afanáis en ofrecerme otra vida. No entiendo…
Satanás: Lo mío es la eternidad. Mira, la vida es un cuento. Os empeñáis en que sea algo, que signifique algo. Vuestra vida humana o terrestre no significa nada. Únicamente es una excepción, una premisa que apuntala los sólidos cimientos de la nada, de la muerte. Ese es el verdadero Templo. Ese es el verdadero Reino. Pregúntale a Dios, creo que Él piensa lo mismo. La nada más inmensa. Ese es el Reino.
Alejandro: Ya, ya… ¿Pero tú crees que a mí me interesa algo todo esto? Yo soy un ser humano, soy egoísta y sólo quiero mi bien. No me interesan vuestra filosofía y metafísica.
Satanás: Eso que dices está muy bien, chico. ¿Ves como tú eres de los míos?
Alejandro: No, Satán, yo no soy de nadie… No creo que haya que enseñar nada al ser humano, ni bueno, ni malo. Dejadle hacer. Si tan poco importa en vuestra eternidad, parpadead y todo habrá pasado. Pero si algo aprendí de la vida, es lo malo que es olvidar su sentido. Jesús puede darle un sentido a mi vida, cosa que tú no consigues. Yo soy egoísta, pero eso es sustrato para una persona mejor. Es una premisa, como tú dices, para toda persona. Nadie está avocado a nada. Esa es la libertad que vosotros no tenéis, y ahora voy a renunciar a lo que me ofreces.
Satanás: (Aparte.) Tu pomposa confusión, mi pelado desaliento.
¿Y la muerte? ¿Y Sabrina? ¿Renunciarás a ellas?
Alejandro: Nunca, pero será un gozo finito, me temo.
Satanás: Yo también lo temo. Ándate con cuidado, hay burbujas de cielo bajo el mar. Y no confíes en ese Señor que nunca está. Tiene vástagos que se agitan como varas de olivo, que jamás dieron fruto.
Alejandro: Eso ya lo veremos. Puede que haya frutos de sobra para darte sepultura.
Satanás: Pobre iluso... ¡Dejadle ir!


ESCENA IV
(Después de la noche pasada con Alejandro y del apresamiento de este, Sabrina se eleva al viento y es llevada de vuelta a Alemania. Se pasea por las calles de un cementerio.)

Sabrina: Ay, gozo y felicidad míos... Me lleváis como lastre de un globo que siempre termina por aterrizar en este desaliñado cementerio, que me pesa más que la misma muerte. Si el amor es efímero, es inconstante y frágil, como una flor de almendro, ¿qué invierno tan gélido y persistente es este, que da con nuestras yemas florales en el limbo, y aquellas que se abrieron, en el suelo? No sostenía mi vida la carga de su entorno, ni sepultó la muerte al suyo. A cambio, me da este amor secreto, este tesoro ya enterrado, sin llave que yo guarde ni...
Una gárgola: Ese tesoro de tanto brillo, seguramente termine por pagar infelicidad.
Sabrina: ¿Quién eres, dónde estás?
Gárgola: Aquí, a tu derecha, tan quieto como brizna de mármol. Sí, soy esta gárgola que ves y que te observa paseando todo el día, arriba y abajo, mientras los afligidos visitantes de esta casa entran y salen sin saludarte, como si todos fueran distinguidos huéspedes, cuando ninguno lo es.
Sabrina: ¿Por qué hablas de infelicidad y brillo? Si su amor es tan tenue como el resplandor de un eclipse, sesgado por su propio corazón, que es el más grande de los astros. Llega puro, cristalino, sin mancha, y se aloja en la más llana de las fuentes, para verterse lento a mi boca sedienta.
Gárgola: Él es un ilegítimo de la Casa de David. Viene con mala estrella y se irá sin ninguna. No debes acercarte a él porque tú sí eres pura, y él...
Sabrina: ¡Él es más puro que el agua del cielo!
Gárgola: Él tiene un destino melodioso que destrozará tus tímpanos. Por el amor que te tengo, hazme caso y aléjate de él…
Sabrina: ¿Por qué me dices estas cosas, y por qué me resulta tan familiar tu repentino afecto?
Gárgola: Yo vivía en un castillo a orillas del Rin, y tuve que saltar, cuando la vida me empujó, desde una de sus torres. Lo último que sentí en esa vida fue la dura piedra del suelo, y también lo primero al llegar a esta.
Sabrina: (Con lágrimas en los ojos.) ¿Por qué lo hiciste, qué te obligó a saltar y dejar la vida? Dime, por favor, que no tenías una hija, y que esa hija no fue plataforma y espada para tu partida.
Gárgola: ¿Cómo va a ser espada lo que albergo en mi pecho? No había más plataforma que un corazón de padre, que ya es padre sin rumbo y que abandona el barco.
Sabrina: (Se derrumba en el suelo y se agarra la cabeza con las manos, desesperada.) ¡Aggg Dios, ya no quiero estos dedos que antes te rezaban, sólo quiero muñones para arrastrarme en este reino tuyo de serpientes! ¡Acepta mi plegaria de reptil!
Padre, tu muerte ahora se ciñe en esta soga que no mata, me pesa como el día en esta alma que sigue elevándose al final de cada noche. No quisiera haberte oído y no quiero oírte. Prefiero que vuelvas a la fría piedra que era tu recuerdo.
Gárgola: Reconozco que mi presencia es también dura y fría. Gárgola soy y gárgola tengo que ser...


ESCENA V
(Alejandro encuentra a Jesús, de nuevo.)

Alejandro: Hola Cristo, te andaba buscando.
Jesús: ¿Cómo Cristo? ¡Jesús!
Alejandro: ¿Sabes, Jesús, que hiervo de placer?
Jesús: ¿Sí? Pues quédate ahí, que placer que cambia de estado se transforma en dolor.
Alejandro: He pasado la noche con Sabrina... Y fue tan dulce, que ahora hasta el aire me sabe mal. Fue el paraíso que nunca tuve, bajo rocas y estrellas, que charlaban en ese lenguaje tibio y perfumado que sólo me dan sus brazos. Sólo sus senos pueden mover mis labios para esa lengua, pues son como dos lámparas de dúctil estaño, y yo sólo polilla mareada. Sólo...
Jesús: Bueno, bueno, ya me has iluminado con tus descripciones...
Alejandro: Todo ese Cielo en muerte, terminó en Purgatorio...
Jesús: Vaya, no me digas eso.
Alejandro: Satanás. Hasta allí me llevaron esos perros del fin de los infiernos.
Jesús: Dime, ¿qué pasó allí? ¿Qué intenciones tiene ese forjador de hielo que es Satán?
Alejandro: Quiere que me convierta en su sicario. Quiere hundirme en su seno y mover tu balanza.
Jesús: Esa balanza no es mía. Yo me diluyo aquí, en el recipiente.
Alejandro: Bueno, sea como sea, yo le dije que no, que no hay ni balanzas ni líquidos, que yo estoy fuera.
Jesús: Pero eso no es así, Alejandro. Tienes un importante papel que cumplir y va llegando la hora de actuar.
Alejandro: ¡Pues dime qué papel es ese, por el amor de Dios!
Jesús: Eres un descendiente de la Casa de David, el último y alejado hijo, que ha muerto sin dejar descendencia. El Templo de Dios se tambalea y en tu mano está reafirmarlo o darle el golpe de gracia.
Alejandro: Pero tú... moriste sin descendencia, ¿no?
Jesús: No. Ese es uno de los tópicos más asentados de la humanidad.
Alejandro: ¿Quieres decir que yo soy uno de tus vástagos?
Jesús: Tú eres el último de mis vástagos directos, y todo un olivar ansía tu fruto.
Alejandro: Creo que mi aceite ya se ha derramado y sólo persiste como mancha en el suelo.
Jesús: No, aún es posible que cumplas tu misión, pero es tu voluntad.
Alejandro: Dime, ¿qué he de hacer?
Jesús: (Pausa.) Tendrás que renunciar al amor de Sabrina.
Alejandro: ¡Nunca!
Jesús: Tienes que regresar a la vida y vivirla completa. Si refuerzas los pilares, reforzarás la estructura de los tiempos. El Templo no se caerá.
Alejandro: No renunciaré a Sabrina. (Sale.)


ESCENA VI
(César, Fernando y Juan en el puente, bebiendo alrededor de una hoguera.)

Fernando: Aquí dice: la Virgen del Agua será el fuego para el sacrificio en la pira de los tiempos.
César: ¿Y eso qué quiere decir?
Fernando: Ni idea, voy a por los otros papeles que tengo en el coche.
Juan: ¡Vaya unas rayadas en las que se mete tu hermano! Pasa el ron, tú.
¿Pero de verdad cree que vamos a ayudar a ese Alejandro? Se le va, se le va...
César: Lo cree de verdad. De alguna manera sabe o intuye qué está pasando y qué tiene que pasar. Además, el otro día se le apareció Alejandro y le contó que se había encontrado a Jesucristo y le había dicho que tenía un destino especial y…
Juan: ¡Venga ya!
(Una llamarada.) ¡Hostia, cuidado!
César: Aquí está.
Juan: Eres como el rey de Roma, ¿no?
Alejandro: Soy el Rey del Manto de Plata.
Juan: Bueno, ¿y qué te cuentas?
Alejandro: He venido a redimensionar el destino. Os necesito para hundir cielo en mar y zambullirnos en una vida a flote.
César: Fernando dice que la Virgen del Agua será el fuego para el sacrificio en la pira de los tiempos.
Alejandro: ¿Dónde está?
César: Ha ido a por más papeles.
Alejandro: La Virgen del Agua... ¿La virgen será el fuego o arderá?
Fernando: (Llegando.) Será el fuego, es lo que dice.
Alejandro: Me parece que voy a necesitar vuestra ayuda, pero aún no sé cómo. Las cosas se están poniendo difíciles al otro lado y empiezo a entender mi papel en esto.
Fernando: En ese limbo en el que estás...
Alejandro: No es el Limbo, aunque tiene que ver con vidas truncadas. Aquí te hablan los arbustos, los lobos y los búhos, y la sangre se vierte en afluentes que nunca llegan a su río, postergando el descanso de muchos otros que también escucharon la voz de Celeno.
Fernando: Creo que entiendo algo de lo que dices.
Alejandro: ¿Qué papeles son esos que estás consultando?
Fernando: Estoy sacándolas de internet y son profecías paganas sobre el fin del mundo.
Alejandro: Lee más.
Fernando: A ver. Aparte de información sobre fechas, lugares, etc., la profecía completa, la que antes empecé a leer, dice así:

Cuando la bestia implore la humanidad de Cristo,
estará más cerca.
Cuando la bestia cerque la Humanidad de Cristo,
será que está llegando.
Los espinos seguirán siendo espinos.
Las zarzas, zarzas.
La sangre, negra.
Los mares se abrirán y caerá el cielo,
que será sólo pasto de las sierpes.
La virgen del agua será el fuego
para el sacrificio
en la pira de los tiempos.
Todo estará cumplido y no habrá Reino,
sólo Rey.
Fernando: Este es el punto de vista de los satánicos, los que defienden la muerte de Jesucristo y de Dios, y el triunfo de Satanás.
Alejandro: ¿Podéis darme un par de cigarros?
Gracias, tengo que irme. Estaremos en contacto.
ESCENA VII
(Alejandro de vuelta en el bosque, por una senda de jabalíes. Llega a un claro, donde encuentra a las Tres Arpías, que intentan seducirle.)

Alejandro: (Hablando solo.) Dichoso de mí, que tenga una estrella a la que seguir, y desdichada mi estampa, que vaya a estrellarme en el intento.
Pero... ¿Qué...? ¡Parad! ¡Qué hacéis!
Arpía 1: ¡Iak! Estamos despedazando los últimos brotes tiernos de espelta, entre los cuales pensábamos que te hallaríamos.
Arpía 2: ¿Eres tú Alejandro, el Rey que no Tiene Espinas? En esta pradera deberías hallarte, primero abajo, y luego a la altura de un arbusto. Pero veo que te yergues impetuoso y lozano, sin más despojos que tus propios pensamientos.
Alejandro: ¿Quiénes sois?
Arpía 3: Hace un rato me pitaron los oídos, y seguramente tú no andarías lejos. Responde tú mismo, pues.
Alejandro: (Desenvainando y abalanzándose.) ¡Aaaah! ¡Dejad a esas hierbas descansar en su cama y subid a vuestras nudosas atalayas! No bajéis de allí si yo ando cerca y no andéis cerca si yo bajo de algún árbol.
Arpía 3: ¡Iak! Para loco, ¿o acaso no ves que nosotras sólo sorbemos el odio, la desdicha y la autocensura que supura en vuestros infectos vástagos, de vuestras podridas semillas? La carroña del bosque debe ser pasto de buitres y gusanos.
Alejandro: No, mientras yo ande cerca. Haréis un paréntesis en vuestro banquete y miraréis hacia otro lado.
Arpía 3: Vaya, eres menos sumiso que aquél viajero y su poeta, que escaldaron su corazón por equivocar el rumbo. No te conviene tenernos por enemigas, pues cuando llegue el momento, suplicarás que desgarremos tu cabeza desquiciada, una y otra vez, y volverás a hacerlo. Vamos, ven y retoza con nosotras un rato. ¿No te apetecen estos pechos, tan redondos y firmes que puedo sentirte... bajo tu ropa? Tres veces son para ti, y tú para ellos... un niño hambriento. Ven, y estruja nuestras nalgas por turnos. Fóllanos por detrás y olvida nuestros rostros. Ven, Rey, a este trono, que aguarda tu cetro, ciñe un velo de niebla sobre tu real tálamo. Ven, Alejandro, el remordimiento es un dardo que no mata, sólo aturde.
Alejandro: Ya escuché una vez tu voz, vieja arpía. Llamaba como urticaria... ¡Y mírame ahora! Hablando con los pájaros y las fieras de estas selvas inmundas.
Arpía 3: Sí, pero todo rey debe tropezar al menos una vez con su conciencia, antes de extender el terciopelo rojo de la sabiduría. La alfombra que se te extiende sigue ocultando las piedras de tus ojos cerrados.
Alejandro: Pues mis ojos aliviarán su peso y yo no tendré reino. Tampoco seré sabio. Sólo tendré mi corazón en paz.


ESCENA VIII
(Louis y Claude, espectros que deambulan entre el monte y malezas. Vienen desde París, en busca de Alejandro, al que consideran un nuevo Mesías.)

Claude: (Con marcado acento francés.) Uy Louis, yo ya no puedo más. Mis ligeras zapatillas de plasma pesan como piedras.
Louis: Oh, Claude, ¿cómo puedes quejarte tanto y no levitar? Toda esa energía que rechistas ya debería haberte vaciado. No venimos a España a ver los toros y sí otra suerte de espectáculo.
Claude: Uy Louis, que yo ya estoy muy viejo para esto y lo tengo todo visto. Prefiero unos toritos… ¡O un poco de flamenco! Sí, esos bailarines que estilizan el aire y lo pintan de negro.
Louis: Oh, Claude, ni toros ni flamenco. Venimos a ver la última lucha entre Dios y el Diablo; la flor cuajada de la Parusía, que esta vez carece de nata y se mece escondida en los espinos. Se balancea en la noche al son de unos vientos que no hablan de amor ni de paz en el mundo.
Claude: Tampoco a nosotros nos trajo una estrella y sí un helado viento parisino. Sin hablar de la caminata que llevamos por este desierto de gente, que es un infierno de maleza. Uy Louis... volvamos a París.
Louis: Oh, Claude, ya te he dicho que no. Este al que venimos a ver no es un predicador, pero supongo que tendrá algo que decir, más aún cuando está muerto y nosotros también.
Claude: Sabes que no me gusta que digas eso.
Louis: Pero si...
Claude: Esas palabras. Son odiosas, feas, soeces. Trata de convertir siempre “la mort” en un desatado remolino de lazos azules y cristales brillantes. De intenciones moradas, como deliciosa fruta madura.
Louis: Oh, Claude, me exasperas...
Claude: Siempre que pueda igualar el dobladillo bordado de los puños de mi camisa, y sostener este gabán de fino paño aterciopelado, me abriré a los perfumes de la noche, que es el amante más fiel que jamás encontré.
Louis: Está bien, pero sigue caminando.
Claude: Uy, Louis...
Louis: Di, Claude...
Claude: Debemos de estar acercándonos a un río, ¿no escuchas una cascada?
Louis: Sí, vayamos hacia allí.
Claude: ¿Por qué siempre hacemos eso al sentir la presencia de una fuente de agua?
Louis: Oh, Claude, debe de ser una especie de sumidero espectral, algo que nos atrae inexorablemente.
Claude: Mira, tras la fina hoja de agua que se afila en esas piedras, ¿no se adivina el cuerpo desnudo y fulgoroso de una bella joven?
Louis: Oh, Claude, así es. Y es tan hermoso ese cuerpo en su torsión, que la cascada parece guarecerla de la noche, por ser su brillo más afín al día, como el universo hace con el sol, al que esconde cada noche tras una catarata de estrellas y cometas.
Claude: Es pura leche el agua, que se tiñe a su paso como rico calostro.
Louis: No somos nosotros tiernos gatitos, sino más bien viejos asnos.
Claude: Uy Louis, que no entiendo del sexo de los ángeles, y podría confundirme en este caso.
Louis: (Susurrando.) Espera, silencio. Creo que se acerca alguien. Mira, entre esos arbustos.
Claude: Creo que alguien está haciendo lo mismo que nosotros dos. Con tanto “vouyeoir” esa muchacha va a empezar a sentir frío.
Espera, creo que se decide...

(Alejandro llega hasta el remanso de la cascada. Se queda a unos metros, dentro del agua, contemplando a Sabrina.)

Alejandro: ¡Oh, qué bella aparición, si es que puedo ver algo tan cegador, si es que mis otros sentidos pueden mostrarme lo que el tacto no puede, porque ha cristalizado en esta poza, tan lejos y tan cerca, como en un invierno de distancia!
No quiero despertar al bosque de este sueño, pues es seguro que luego no podrá recordarlo. Ella es una cascada en la cascada, un rincón aferrado a la inconsciencia, y cuando el agua choca y muere junto a sus pies, se dispone entre la pompa y la plata de sus exequias, y se vierte en mil flores de espuma, a flotar su cadáver bendecido.
Pobre del agua, que muere sin saciar la sed de verla de nuevo. Dichoso de mí, que vuelvo a sus pies una y otra vez, tan conducido, doméstico y tibio, alrededor de su fuente.
¿He de renunciar yo a este paraíso, a esta vida que me tachan de espejismo? No sé si seré capaz, como el agua no fue capaz de revivir tras ver la luz de sus formas, el divino semblante relajado, levemente inclinada la cabeza para escurrir su pelo. La blanca muerte del color tras los rosados pliegues de sus pezones… y de su boca, que es una muerte dulce y vivamente jalonada. No sé si seré capaz, al ver los brazos, los pechos, que otorgan movimiento a la más perfecta de las esculturas.

(Alejandro pasa a través de la cortina de agua.)

Sabrina: (Dando un grito.) ¡Ah! ¡Ay amor, ay Dios! ¡Qué susto más agradable!
Alejandro: ¡Hola de nuevo!
Sabrina: ¿Qué haces aquí? ¿Y qué ha sido de esos horribles perros?
Alejandro: Esta vez no me hicieron daño.
Sabrina: Y si te encuentran aquí, ¿qué te harán? Huye amor.
Alejandro: No puedo estar huyendo siempre. ¿A dónde voy a ir? Además, o esto es el Cielo o todo lo demás es el Infierno. Yo sólo quiero estar aquí arriba, contigo. (Subiendo sobre la roca en la que se encuentra Sabrina. Se besan.)
Sabrina: Me encontraba tan sola... que tuve que volverme agua para no correr abandonada al cauce de espinos y piedras, y luz de polvo. Ya no quiero volver al norte más... Quiero quedarme contigo...
Alejandro: Es difícil que tú despistes a tus vientos, y yo a mis perros. Es difícil sortear a dioses y diablos. Pero también es difícil encontrar algo de calor en la inmensidad de la muerte, mirar a una estrella y descubrir que la soledad y la fatiga se postran a nuestros pies con su lengua titilante.
Sabrina: Yo ya nunca me siento triste, porque sé que tú estás, Alejandro. Pero...
Alejandro: Pero, ¿qué?
Sabrina: Es que me han hablado en términos muy extraños... Me han dicho que me aleje de ti. (Se derrumba sobre él.)
Alejandro: Ay, amor, que me suena esa historia...
Sabrina: Pues a mí me retumba en los oídos.
Alejandro: ¿Quién te ha hablado? ¿Cómo, cuándo?
Sabrina: El quién es lo de menos, y el cómo y el cuándo son meras muletas para el quién. Fue hace unos días, en el cementerio que es la celda de mi prisión durante el día. Me hablaron de un extraño destino para ti y de infelicidad para mí.
Alejandro: Si mi destino me separa de ti, la infelicidad estará consumada y colmada.
Sabrina: La infelicidad será como la reliquia mancillada tras el incendio de un templo.
Alejandro: (Meditabundo.) Sí, pero el Templo no se caerá...
Louis: (Saliendo de entre los arbustos.) Perdón, ¿eres Alejandro, ese que se hace llamar “El del Manto de Plata”?
Alejandro: (Traspasando la cortina de agua.) ¿Quién anda ahí? Vamos, sal.
Louis: Tranquilo, compañero. Mi amigo Claude y yo sólo somos dos... petunias parisinas, que se mueren de sed si no les da un poco el sol, y hemos visto que en este remanso hay agua y luz de sobra. Sólo queremos hablar. (Se acercan.)
Alejandro: Dime, ¿qué queréis saber?
Claude: Uy Louis, es hercúleo este Alejandro, si tales dos nombres pueden juntarse en una sola frase, sin que estalle en pedazos.
Louis: Oh, Claude, calla, esconde tu cabeza de avestruz.
Me llamo Louis, de Paris. Nos hemos enterado de que luchas contra Satán, que eres la semilla de la Nueva Venida, pero que no predicas. ¿Es posible que no tengas ningún mensaje?
Alejandro: No creo que tenga más mensajes de los que tú puedas tener. ¿Y a quién iba a contárselos, aquí, en este cementerio viviente? ¿Para qué?
Claude: (Le da con el codo a Louis y susurra.) Tira, tira, tira del hilo.
Louis: Creo que lo que se busca es simple: salvar a la humanidad, ¿no? Simple de entender, quiero decir. Si tú prosperas, la humanidad lo hará también. Pero ¿por qué? ¿Has pensado por qué? Yo lo he hecho.
Alejandro: Pues no, no he tenido tiempo. Tiene que ver con el linaje de David.
Louis: Chhist. Cuidado con tus palabras, ni siquiera me conoces, y el viento es un consumado soplón.
Hay una manzana que está pudriendo a todas las demás que hay en el cesto. La humanidad es como un cesto de manzanas podridas que, curiosamente, contravienen a la pura y blanca carne de la manzana envenenada de Satán. Dios pardeó a la humanidad desde Adán y Eva. Ese bocado a las más blancas entrañas, oxidó el futuro de la vida.
Claude: Y ese cesto se ha quedado sin sus gases más nobles desde que tú estás aquí, suspendido en el tiempo.
Alejandro: El tiempo es un hábil fugitivo, así que ahora marchaos, quiero estar con Sabrina.
Louis: Sólo una cosa más, si me lo permites. ¿Qué pasa con todos los atormentados que, como nosotros, quedaron atrapados en esta ultra vida?
Alejandro: Yo no sé nada sobre eso, pero imagino que es un tema aparte. Creo que en mi pasaje sólo hay espacio para uno. Rogad a Dios.
Louis: Vaya con el nuevo predicador. Vamos, oh, Claude.


ESCENA IX
(Un charco a la vera de un arroyo. Jesús medita sobre una roca.)

Alejandro: Ah Jesús, aquí te encuentro. Tenía ganas de hablar contigo. Ten. (Le da un cigarro.)
Jesús: Hola Alejandro, ¿cómo va?
Alejandro: Bien y mal, como todo. Las cosas se van asentando. Mi amor por Sabrina; las revueltas aguas de mi destino. Ahora puedo ver más claro.
Últimamente todos me llaman rey y me hablan sobre mis designios. Lo primero lo empecé yo a modo de broma, y maldita la gracia que empieza a hacerme lo segundo.
Jesús: ¿Quiénes te han hablado?
Alejandro: Esos chicos del pueblo, las Arpías, los dos homosexuales, Sabrina. Todos parecen saber algo sobre el tema.
Jesús: Rey y designios... Ya ha comenzado, y tendrás que cargar con esa cruz, hazme caso.
Alejandro: De acuerdo, cargaré. Pero no me separaré de Sabrina. (Jesús le mira, no dice nada y baja la mirada.)
Bueno, ¿y qué debo hacer, Jesús? ¿Cuál es el fin y cuáles los medios?
Jesús: Creo que el fin ya lo sabes. Lo demás irá sucediendo. Nadie nace sabiendo caminar.
Alejandro: ¿Crees que soy un niño para mi cometido? Esas Arpías también insinuaron algo así.
Jesús: Creo que ya estás preparado para comenzar tu fin y acaba de nacer tu estrella. No desesperes y no quieras saber, todo se te mostrará.
Alejandro: Cuéntame Jesús, cómo fue tu vida y tu obra, cómo desempeñaste tu misión.
(Pausa.)
Jesús: Vamos a ver. Ni tú eres como yo, ni lo mío fue una misión tan impuesta como la tuya.
Alejandro: ¡Totalmente impuesta!
Jesús: Puede que eso vaya cambiando.
El caso es que yo sabía cuál era mi misión en el mundo desde la infancia. No hizo falta hablar con Dios, sólo esperar. La semilla que había en mí ya reverberaba antes de germinar y, poco a poco, fui teniendo conciencia más clara de las cosas, como una suave melodía, como un suave viento que arropara mi vida en el surco.
Alejandro: Quizá tuvieras un entorno adecuado para eso.
Jesús: Seguramente sí.
Alejandro: Continúa.
Jesús: Pues, a los treinta años, decidí marcharme de mi casa y de Nazaret.
Alejandro: ¿Fue difícil?
Jesús: No, fue algo instintivo. Nunca lo hice como algo forzoso, que no pudiera esperar. Como la lumbre brota del leño que aparentemente está apagado, pero que arde por dentro, así prendió la llama de mi nueva vida. Bueno, tres años, ya ves…
Alejandro: Los brotes nuevos de tu famoso árbol…
Jesús: Eso es.
Alejandro: Y entonces te fuiste mochila al hombro…
Jesús: No, sin mochila. Sin nada.
Primero fui al desierto, y allí no hace falta nada; más bien sobra. Después me fui a desnudar a los hombres, sin más artificios que la palabra y los actos.
Alejandro: Y eso en resumen era…
Jesús: Amor y verdad, verdad y amor.
Alejandro: Vale, parece fácil. Pero tú no te limitaste a eso. ¿Qué falló en ellos? ¿Qué falló en ti? No sólo te mataron, es que tu palabra no caló.
Jesús: Hombre, pues… Sí que…
Alejandro: No, Jesús, no caló. Porque quizá llovió en un desierto extenso y antiguo. Y aún perdura la marca de esas gotas en la superficie, en la inmensa superficie de ese desierto de almas. Pero no caló, Jesús, no caló. No llegó al corazón de la tierra preñada, y se disipó. Se evaporó tu aliento en el desierto, y tu semilla fue única y eterna. No hay más semillas.
Jesús: No te he cortado, pues tejías bellas metáforas, y lo hacías con el gusto con el que tejen los pájaros su trino.
No hay semillas, no. (Pausa.) Está mi árbol. Y están los vástagos de ese árbol. Tú eres uno de ellos.
Alejandro: Todavía me resulta difícil creer en ese tema.
Jesús: Pues no. No tiene nada de raro. Pero no sólo tú y mis descendientes. Hay más vástagos. Vástagos del amor y la verdad. La historia recogió un ramo, que luce en su cuenco occipital. Hermoso, siempre florido.
Alejandro: Hum. Yo creo que hay flores que no han cuajado bien del todo, pero en fin.
Jesús: Sí, pronto te mostraré una… Pero una flor, al fin y al cabo.
Alejandro: Como tú quieras, Jesús. Pero céntrate. Me acabas de decir que apenas hay un ramo, ¡un ramo de personas a lo largo de toda la historia de la humanidad!
Jesús: No es tan sencillo.
Alejandro: ¿Ah, no?
Jesús: Si así lo ves, es que no has entendido.
Alejandro: Bueno, vuelve a tu historia. ¿Qué falló en ellos? ¿Qué falló en ti? Y olvídate de tu misión divina. Pongamos que eso se consiguió.
Jesús: (Suspira.) Que soy mejor que ellos. Que al igual que mi semilla germinó intacta en un campo de cardos, y dio su fruto, así también los cardos medraron bien en su bosque de cardos, de tallos enhiestos y duro semblante espinoso. Y también dieron flor, y también dieron fruto.
Alejandro: Y sus semillas fueron esparcidas, bien diseminadas y esparcidas…
Jesús: Sí. (Pausa.) Me dirigí a ellos y les hice ver. Pero sus ojos llevaban demasiado tiempo abiertos y ellos olvidaban, nublaban mis consejos hasta el sueño. Les di de comer como se le da a un pajarillo caído del nido, pero mi libertad, mi falta de barrotes, quedó como el vacío a sus pequeñas alas. Juzgué hasta sojuzgar, día tras día, y olvidé que eran libres al principio. En su iniquidad, en su bestialidad. Libres de equivocarse, libres de pecar. Porque libre es el hijo que aprende, al fin, la vida. Y no es igual al padre.
Quizá veas en esto contradicción, pero la libertad tiene muchos ángulos y muchos planos.
Alejandro: ¿Crees que ahora pasaría lo mismo, en la actualidad, a día de hoy?
Jesús: Sí. Todo lo fui descubriendo poco a poco. No lo supe antes, ni lo supe después.
Alejandro: ¿Fue duro?
Jesús: Lo más duro… (Se corta.) Fue aterrador. Descubrir que una sonrisa se hace mueca de terror en tan poco tiempo…
Alejandro: Como un sueño…
Jesús: Que sigues solo, y que además quieren matarte…
Alejandro: Tremendo panorama para el más puro de los hombres. Ese merecimiento…
Jesús: No. La recompensa está en el camino, sea cual sea su final, su término medio, su duración. Por eso sigo creyendo en ti y en tu misión, que es la misma que comenzó al terminar la mía. Tienes que seguir. Habla con la gente, ama a tu familia, cuida a tus amigos. Ten hijos. Haz el bien. Habla la verdad.
Alejandro: Es esa balanza, ¿eh?
Jesús: Sí, es la vida, y tú tienes que contribuir con tu equilibrio. Abandonaste demasiado pronto. Tienes que seguir.
(Pausa.)
Alejandro: Lo haré.
Toma. (Le da un cigarro.)
Supongo que te encontrarías con todas esas cosas que tenemos los humanos… No me refiero a pecados capitales: la falsedad, la cobardía, la traición (sonríe), la falta de constancia en el amor profesado…
Jesús: El amor tiene en el odio una yema latente.
Sí, claro que encontré esas cosas. Qué remedio, amigo. Pero no me veas como a un extraterrestre, que llevaba toda mi vida viéndolas. Sólo quise no cometer esos mismos errores y ser un ejemplo. Sé un ejemplo. Callado. Sé siempre como un padre con su hijo, porque nunca habrá odio ni mácula en esa relación. Tu mácula está aquí.
Mira a las personas siempre bien. Por más que no parezcan buenas personas, que no te caigan bien, que te miren mal o se porten mal contigo. Porque entre las capas de una cebolla, siempre está la exterior, coloreada. Pero sabemos que el resto es blanco. Siempre es blanco, totalmente blanco. Tan sencillo como eso…
¡Qué impresionables son las personas, qué indefensas ante el miedo! La sugestión es arma para magos, y las personas siempre caen en sus propios trucos.
(Pausa.)
Alejandro: Un momento, oigo música... ¿No la oyes tú, Jesús?
Jesús: Sí, ese debe de ser Kurt.
Alejandro: ¿Kurt?
Jesús: Es un músico que viene a entonar su lamento por estos lugares.
Alejandro: ¿Kurt? ¿Kurt Cobain?
Jesús: Sí, ese es.
Alejandro: Vaya… Vamos a asomarnos. (Salen.)
















ESCENA X
(Entran Alejandro y Jesús. Se quedan aguardando a cierta distancia. Kurt Cobain toca la guitarra y canta, sentado sobre una roca, cerca de un charco, al pie de un arroyo.)

LAGO DE FUEGO

[h=1]¿A dónde va la mala gente cuando muere?
No van al cielo, donde los ángeles vuelan,
van a un lago de fuego y frío.
No se les vuelve a ver hasta el Cuatro de Julio.

Conocí a una mujer que vino desde Duluth,
mordida por un perro rabioso.
Ella fue a la tumba sólo un poco demasiado pronto,
voló y se tendió sobre la luna amarilla.

¿A dónde va la mala gente cuando muere?
No van al cielo, donde los ángeles vuelan,
van a un lago de fuego y frío.
No se les vuelve a ver hasta el Cuatro de Julio.

La gente llora, la gente se queja,
buscan un lugar seco al que llamar su casa.
Tratan de encontrar algún lugar para descansar sus huesos,

mientras los ángeles y los diablos van a lo suyo.

¿A dónde va la mala gente cuando muere?
No van al cielo, donde los ángeles vuelan,
van a un lago de fuego y frío.
No se les vuelve a ver hasta el Cuatro de Julio.
[/h]




(Llegan Jesús y Alejandro hasta Kurt Cobain.)

Jesús: Hola Kurt. He traído a un nuevo amigo, prendado de tus acordes. Este es Alejandro. Kurt Cobain: Hola.
Alejandro: Encantado de conocerte Kurt. Es un honor, yo te admiraba..., te admiro mucho.Kurt Cobain: Muchas gracias. ¿Y qué os trae por aquí?Jesús: Charlábamos y al oír tu música, no pudimos resistirnos. Alejandro tiene un papel importante que cumplir.Kurt Cobain: ¿Sí? Un papel semejante al nuestro, supongo.Jesús: No, no. Advierte que él ya está muerto y su papel empieza ahora. Realmente es un salvador presencial del mundo, y no debía irse aún, a diferencia de ti y de mí.Kurt Cobain: Entiendo. (Pausa.)¿Crees en la vida y en el hombre, Alejandro?Alejandro: Creo en el hombre como gusanos entre manzanas podridas, pero aun así, pienso que es capaz de llegar a las cosas más bellas y a los sentimientos más sublimes. Es un sinsentido hermoso. Tú creaste belleza Kurt, desde tu dolor. Todo lo que manaba de tus entrañas desgarradas, se esparció por el suelo como bellísimos mosaicos coagulados. Yo te admiro por haberte entregado del todo.Kurt Cobain: Hay una vaga consciencia en todo lo que hacemos, pero el fondo de todo está predeterminado. Yo dejé que la sangre fluyera. Sólo intenté que los cortes fueran limpios y que no doliera demasiado. Después me quedaba contemplando, extasiado y asustado. Creo que a Jesús le pasó algo parecido, ¿verdad?Jesús: Así es.Kurt Cobain: Te tocaré una canción...
(Tocando la guitarra española.)
[h=3]CAJA CON FORMA DE CORAZÓN[/h]
Me mira como a un Piscis cuando me siento débil.
He estado encerrado en tu caja con forma de corazón durante semanas.
Caí en tu trampa de alquitrán magnético.
Cómo me gustaría comerme tu cáncer cuando te vuelvas negra.
Oye, espera,
tengo una nueva queja,
siempre en deuda con tu inapreciable consejo.
Oye, espera,
tengo una nueva queja,
siempre en deuda con tu inapreciable consejo,
tu consejo.
Las orquídeas carnívoras siguen sin perdonar a nadie.
Me corté con cabello de ángel y aliento de bebé.
Himen roto de Su Alteza, me quedé a oscuras.
Échame tu cordón umbilical para que pueda volver adentro.
Oye, espera,
tengo una nueva queja,
siempre en deuda con tu inapreciable consejo.
Oye, espera,
tengo una nueva queja,
siempre en deuda con tu inapreciable consejo.
Oye, espera,
tengo una nueva queja,
siempre en deuda con tu inapreciable consejo,
tu consejo.
Kurt Cobain: Dios no dice nada. Dios está en todas partes y no dice nada, sólo entra en ti. Nadie dice nada.
Alejandro: Y tu corazón puede terminar atrapándote...Kurt Cobain: Como una caja. Y eso es cuando estás a salvo. Lo peligroso es salir de la caja y entrar en la cajita. (Se toca la cabeza con el dedo.)Déjame decirte Alejandro, que estamos completamente solos en el mundo, y es muy fácil que nos hagamos daño. Jesús era un idealista. Él y yo ya hemos hablado mucho. Yo también lo intenté a mi manera. Y aquí estamos los dos cubiertos de polvo y con una hermosa lápida. Ah, las lápidas, cuánto dicen y qué poco...Alejandro: ¿Qué les pasó a tus brazos?Kurt Cobain: (Girando el brazo derecho y mirándolo.) Jeringuillas.Alejandro: Ah…Kurt Cobain: Es el estigma que me ha tocado. Me lacera en las noches de luna, y si no hay luna también. Luego vienen esos pajarracos, esas putas del demonio..., las Tres Arpías. Y me hunden el pico, y revuelven y absorben toda mi sustancia, hasta que sólo me quedan venas. Ellas no tocan las venas, y acabo con la apariencia de un amasijo de cables, lejos de cualquier guitarra y melodía, y chirriando hasta que me compongo, después de varios días. Mis brazos son un sumidero de pecados y mis dedos terminan por redimirme.Pero en fin, todos tenemos pecados a las espaldas.Alejandro: ¿Tú también, Jesús? (Se hace un silencio.)No pienses tanto. ¿Qué hay de malo en ello? El hombre es el ser que es. No es bueno, no es malo. Es un animal de circunstancias y tiene los colmillos y la ternura del lobo. La vida es un juego, un gran ensayo, y si el hombre no pecara, se paralizaría, se haría piedra y arena.
Jesús: No es un desierto lo que yo buscaba, sino un mundo en el que se perdonaran los pecados, precisamente.Kurt Cobain: Cierto es. Nunca dijo que no hubiera que pecar.Alejandro: Sin duda fue el adalid de la paciencia.Kurt Cobain: Y de la esperanza.Jesús: Y de la soledad.Alejandro: Sí, equivocaste deseos y realidad. Fuiste demasiado honesto, demasiado bueno para el hombre. Hay que ser algo hipócrita, algo malo, algo... Algo de todo porque, al igual que hacen los animales, el hombre acaba matando a sus propios congéneres. Al raro, al débil…Kurt Cobain: Hablas bien, Alejandro. Tamizas a toda la Tierra en tu lecho rocoso, calcáreo e impermeable a nuestras aguas decadentes. Sugieres ser humano, el más humano de los tres, pero hay que mirar hacia arriba para encontrar tu mirada. Vienes con alma ignífuga, pero eres una hoguera con la boca abierta. Me alegra haberte conocido.Alejandro: Yo, Kurt, estoy más perdido que...Jesús: Tu camino enmarañado es hoy la hebra de la humanidad. Camina.
(Dicen adiós a Kurt Cobain y siguen andando arroyo abajo.)
Alejandro: ¿Qué pasa con ciertas personas, qué pasa con los condenados? ¿Qué pasa con los drogadictos, Jesús? Jesús: ¿Qué pasa?Alejandro: Sí. ¿Qué pasa con tu amigo Kurt? ¿No hay redención para ellos?Jesús: La hay.Alejandro: No, pero en vida. ¿Por qué están condenados y no hay alivio para ellos? Tú curabas a los enfermos cuando la compasión te abrumaba. ¿No hay compasión para éstos?Jesús: Nunca conocí a un drogadicto. Kurt no está condenado aquí por eso, lo sabes.Alejandro: No, pero lo estuvo en vida, y encima lo sigue estando ahora.Jesús: Eso es cosa de mi padre.Alejandro: Curioso juego el que os traéis tu padre y tú, y curiosa la forma en que os repartís los papeles.(Pausa.) Te contaré una historia. Había un leñador que vivía en el bosque, en una pequeña casita de madera, con su perro. Todos los días salían al alba a trabajar, y permanecían talando árboles, limpiando y apilando madera hasta casi entrada la noche. Luego, perro y dueño, por medio de sogas y arneses, arrastraban la madera hasta la cabaña y cenaban, cada uno lo suyo. Después se acostaban. Este hombre trataba mal a su perro, le daba patadas, puñetazos, y lo apaleaba. Pero el perro siempre se mostraba fiel y servil. Un día, el perro salió tras un conejo, que llevaría a su amo, pero no regresó. Llegó la noche y el perro no apareció, y el amo sufrió tembloroso de miedo y soledad. Cuando llegó dos días después, desorientado y hambriento, el amo lo abrazó y le hizo muchas caricias, y el perro volvió a dormir a los pies de su cama. Al día siguiente lo ató muy corto con una correa y volvieron al trabajo. De nuevo le pegó y le obligó a trabajar duro, y no le concedió ni un metro de libertad. Al poco tiempo el perro empezó a comer menos, fue debilitándose y murió. Y el amo se sintió más perro, menos libre y más apaleado que nunca. Recuerda que, al final, igual que el mar y el cielo, uno recibe lo que da.Jesús: Muy bien. ¿Y debe sentirse Dios amenazado? (Ríe.)Alejandro: Esta es la parábola. Quizá seas tú el que no entiende ahora.(Pausa.)Jesús: ¿Qué hace un ser humano si ve a un animal agonizando? (Pausa.) Dios si tuvo compasión con Kurt, Alejandro.Alejandro: No me parece una buena comparación, pero, en todo caso, primero intentará curarlo. Y después, si no funciona, le dará un final, antes que dejarlo vagar agonizando.Jesús: Tú hablaste de animales, ¿no?Alejandro: Sí, pero…Jesús: Si no funciona, sí, si no funciona…


ACTO III
ESCENA I
(Alejandro y Sabrina paseando por un claro. Alejandro encuentra una magnolia de hueso.)
Alejandro: ¿Sabes qué es esto? Una flor de hueso. Aquí crecen y se aprecian como algo bello y extraño. No existen los huesos para nosotros en este paraje de plasma. Huele… No es un olor, sino una sensación que te transpone a algo primitivo.Sabrina: (Huele la flor.) Es como… darle un beso en el ombligo a un recién nacido.Alejandro: Algo así.(Pausa.)¿Qué haces con tu pelo?Sabrina: Intento alisarlo, porque cuando estoy contigo se electriza… (Ríe.)Alejandro: Ven, dame la mano. Sube aquí. (Sobre una roca.) ¿Qué sientes más cerca, ese mar de estrellas que nos cubre las cabezas, o ese mar de árboles a nuestros pies?Sabrina: Ay, mucho más cerca las estrellas. Es como si pudiera tocarlas, fundirme con ellas. A veces alargo la mano y, con los dedos extendidos, puedo remover el cielo. Es como un fluido gelatinoso, no, menos denso, y se me engancha a los dedos, pero no queda al final ningún rastro perceptible. Es como si yo fuera más parte de esa materia que de ninguna otra. Los troncos, piedras y manantiales de por aquí, parecen de otro mundo, y yo de aquél que se eleva hasta el infinito.Alejandro: Sin duda es así. Tú y yo no pertenecemos ya a este mundo de materia y sí a ese otro de energía. Pero algo nos retiene aquí como la flor retiene a su aroma, una vez cortada.Sabrina: Pero, ¿por qué hablamos con animales vivos o sentimos la realidad en cosas materiales? Cuando me baño al pie de la cascada, es real el masaje del agua al golpear mi cuerpo, y también su crudo frío. Alejandro: Debe de ser algo simbólico, como para recordarnos dónde estamos.Sabrina: Si te amo con toda mi alma, ¿para qué quiero yo arrastrar el cadáver de mi memoria? No, no quiero huesos para nada, si acaso para adornar la oscura primavera que nos calienta, con la blancura de estas cálcicas rosas.Alejandro: No son rosas, sino magnolias al viento, sin parapetos de pinchos ni de hojarasca. Amor puro y desnudo, que florece en la nada.Sabrina: Sí cielo, pero ¿cuajará este amor para que nos veamos colmados de frutos algún día?Alejandro: Esa no es una pregunta que haya que hacerle al amor, que a veces es un parlanchín sordo y otras es un dictador tosco en el discurso.Sabrina: No, Alejandro… Los dos sabemos que algo está pasando. Tu destino es incierto, y el mío a tu lado… puede ser… flor de un día. ¿Qué quieren que hagas, Alejandro? ¿Quiénes son los que van a apartarte de mí?Alejandro: Es el mundo entero. Es Satanás y es Dios. Tengo que volver al sitio de donde nunca debí salir. Tengo que salvar al mundo, amor. Y no doy ni tres pasos sin tropezar… Si tú pudieras venir…Sabrina: ¿Por qué no puedo?Alejandro: Tu muerte fue por causas naturales. Estás aquí porque Dios te sostiene de un hilo. Por alguna razón lo hace… Pero en su tela todo está bien tramado, y a mí ya me tiene en el fondo. Sólo es cuestión de tiempo.Sabrina: Ven, abrázame. Abrázame muy fuerte.Tienes que recordarme, al menos. Y cambiarme en el agua de tus sueños, y tenerme presente en tus estancias, adornando el confort de un calor más nuevo que te aliente, de un amor futuro que temple por siempre tu corazón.Alejandro: ¿Amor futuro? Mi corazón estará siempre chapado y retrasándose, como un viejo reloj. No me hables del futuro, que es un monstruo demasiado abominable para acercarse a él.Sabrina: Vencerás a los monstruos, y a los fantasmas y a las tinieblas. Porque tú eres un Príncipe de Luz, el capitán de un barco que ya parte, a abrir un Nuevo Mundo al Viejo Mundo, a izar una Alianza en otras velas. Yo guardaré esta flor, y tú llevarás (Busca otra.)… esta. Que se alivien sus pétalos sin el peso del plasma, y que olor pase a aroma de este beso cautivo en la boca del tiempo. (Muy bajito, susurrando y empezando a llorar.) Cruel mueca de la muerte… (Se besan.)
ESCENA II
(Un paso de un arroyo.)
(Entra Sabrina.)
Sabrina: Vaya, ese anciano tiene dificultades para cruzar el río. Le ayudaré...Disculpe, ¿quiere que le ayude a cruzar?Lucio Mefisto: Oh, gracias joven. Sí, si eres tan amable. Está resbaladizo y yo ya no soy muy ágil.
(Pasan al otro lado.)
Lucio Mefisto: Dime chiquilla, ¿quién eres y qué haces aquí?
Sabrina: Soy Sabrina, de Alemania, y caigo aquí todas las noches.Lucio Mefisto: ¿Cómo una hoja?Sabrina: Como un mal sueño que se repite y del que sólo me despierta mi único amigo, mi amor.Lucio Mefisto: Pero no deja de ser una pesadilla, ¿verdad?Sabrina: ¿Quién es usted, señor?Lucio Mefisto: Soy Lucio Mefisto. Yo era un acaudalado comerciante italiano, siglos atrás. Pero por aquí ya no hay mucho que vender…Sabrina: ¿Usted también viene todas las noches?Lucio Mefisto: Sólo cuando la Luna está tan llena como una hermosa moneda… Dime, joven, ¿por qué esa tristeza en tus ojos? Son como dos pozos de agua trémula. ¿Cuál es la piedra que se ha desprendido de tu alma?Sabrina: Ay, Lucio, son tantas piedras que me hundo yo con ellas. Me arrastra hasta el fondo una avalancha de negros pesares lapidarios. Pero todos mis pesares son uno. Y uno es también el que me hace levitar y escapar de mi mortaja.Lucio Mefisto: ¿Es amor esa arma de doble filo?Sabrina: Amor lo es tanto como veneno. Es un frasco del que bebo a pequeños sorbos. Y camino aterrada, sabiendo que el precipicio de la muerte de todo se acerca más a mí a cada paso.Lucio Mefisto: ¿Amor es igual a muerte, dices? Pues mata al amor y vive.Sabrina: No hay daga tan afilada para el pecho de este amor. La Luna forjó su armadura en el yunque ceniciento de la Aurora, cuyos ojos son dos bolas de fuego, dos meteoros encendidos, pero que siempre mira con amable semblante. No puedo matar a este amor; prefiero seguir tambaleándome hasta que sea yo la que caiga sobre su empalizada presta. Y allí morir, como asustado pajarillo atravesada, que quiso hacer rincón florido del espino. No puedo, Lucio, no soy fuerte.Lucio Mefisto: Puede que te viniera bien un cambio de rumbo. Parece que la fortuna no te ha tratado bien hasta ahora...Sabrina: ¿La Fortuna? No me hables de la pueril Fortuna, que es como una barquita, presumida y caprichosa, que se afana en correr delante de cualquier viento galante que sacuda sus cabellos con rizados piropos, en lugar de mirarse en el sempiterno y aburrido espejo de las aguas del mar. La Fortuna siempre me tuvo celos y siempre trató de ahogarme, hasta que lo consiguió, por más que yo ignorara sus juegos y demandas. No podría tener más suerte ahora, pues yo no tengo suerte.Lucio Mefisto: La suerte se busca, chiquilla. Hay que lanzar los dados para encontrarla. Si tus dados fueron tan lejos que se perdieron, no esperes a que vuelvan ellos hasta ti. Cambia de dados y gana.(Pausa.)¿No será tu amor, por casualidad… ese Alejandro… Alejandro Negro, que…Sabrina: (Interrumpiéndole.) Ese es.Lucio Mefisto: Vaya… ¿Y por qué sigues a un muerto entre los muertos? ¿Es que tienes alma de penitente viuda? ¿Es acaso tu vida la que te niega la entrada, como un siniestro panteón funerario, que te ha esposado a una de sus rejas y después se ha cerrado por dentro?Sabrina: No sé, quizá sea eso, quizá tengas razón. Pero este es el semblante de la sinrazón. ¿Tú crees que Fortuna puede doblegar a Afrodita en algún pulso, cuando esta ni siquiera le tiende la mano? Némesis guarda mi casa.Lucio Mefisto: A decir verdad, Afrodita es obcecada como una mula e inflexible como columna de mármol. Pero… tensa la cuerda y tira… a ver qué pasa con ese templo, que no es sino un pórtico en realidad.Sé algo de tu amor, porque la Luna me paga bien. Alejandro es inconstante, débil en todos los sentidos, y te dejará.Sabrina: ¡Jamás!... Él…Lucio Mefisto: No niña, no viertas tu cuento en oídos de un viejo. Tu cuento no es de miel de romero, sino de agua y agapantos, siempre meciéndote sobre el estanque de tu propio llanto. Siempre sola en ese reflejo apagado y difuso. Alejandro no está hecho para tu amor, sino para el suyo propio.Sabrina: Ay Lucio, no seas tan duro conmigo o me ahogaré aquí mismo, en este charco.Lucio Mefisto: Recoge tus lágrimas y guárdalas para Pedro… No hay llave más preciada que esas perlas tuyas en el Cielo. ¡Venga niña, yérguete y respira hondo! No sigas a Alejandro por estas depresiones y camina a la cima. Vete a buscar la vida entre esas peñas; la fuente no está lejos y te espera. Tú no eres de aquí… Tu corazón es cálido y hay alguien que te llama a borbotones.Sabrina: ¿Quién…?Lucio Mefisto: Busca Sabrina, camina y busca. Quien busca… halla.
(Sabrina se gira y titubea.)
Lucio Mefisto: Por ahí, por ahí… ¡Camina Sabrina, busca!
ESCENA III
(Entra Lucio Mefisto al salón de fuego de Satanás.)
Lucio Mefisto: Buenas y eternas noches sean, Señor.Satanás: ¿Qué cuentas Mefisto, Mago Negro?Lucio Mefisto: Cuento que hay una ovejita descarriada, a punto de atorarse en estos riscos. Sabrina se dirige hacia ti.Satanás: ¡Viejo ladrón! ¡Buitre carroñero! Atacas al débil cuando está débil, se tambalea y casi no ve. Bien… Bien.(Pausa.)Y dime, ¿realmente está a punto, tan rápido?Lucio Mefisto: Lo está. Sólo necesitaba un pequeño empujón para entrar en el cerco. Recuerda que esta joven murió de tristeza, como un pájaro enjaulado. Es extremadamente débil y maleable. ¿Es por eso que la quieres, para enjaezarla sobre tu yunque y montarla a fuego? Mmm…Satanás: Sí, también, también, puede que eso también…Acabo de excitarme con tus palabras, y hace tres lustros que no… En fin, sí, me apetece montar esa yegua blanca y fría… hasta derretirla como escarcha de sucias cunetas.¿Sabes para qué la quiero? Para matar a Alejandro… Rematarlo.Lucio Mefisto: Ya, pero ¿cómo?(Pausa.)Dime que diabluras piensas, que tu perilla es un filón de maleficios…Satanás: Soy todo pecados, y a veces amaso una bola con ellos y me sale cuadrada.Mira, mago endemoniado; lo que quiero es no complicarme la vida con este nuevo vástago de los olivos, que se está envalentonando y me puede armar justicia. Prefiero infectarlo desde abajo, que no andar después pisándole los frutos, pringoso y pringado hasta las cejas. Este, si vuelve, me lleva de almazaras, nocturno y alevoso. No, no, el del Manto de Plata debe morir. Yo ya le ofrecí una vida plena y eterna…Lucio Mefisto: La chica, Satanaaás…Satanás: La chica, nívea, manchada de…Lucio Mefisto: Satanaaás…Satanás: (Berrido.) ¡Ya no hablo más, sucio estafador, rata desdentada! ¡Vete de aquí! (Berrido. Se va Lucio Mefisto.)(Pausa.)Ven, Allatou. (Se sienta en su regazo y la toca, ensimismado.)Sí…Ella es quien va a matarlo…
ESCENA IV
(Alejandro camina por el bosque, en medio de la noche. Encuentra al Búho.)
Alejandro: ¡Hombre, señor Búho! ¡Bien hallado, en ese alcornoque tuyo que rechina como el cuello podrido del cadalso! ¿Qué te cuentas?Búho: Pues un par de ratones y unos grados de Luna, en esta noche pobre y ojerosa. Está la cosa mal… No te miento, alguna que otra bellota…Alejandro: Está la noche ausente, como un manto a los pies del bosque tembloroso. Como el viento enfadado con las hojas… Como… Como Sabrina, por cierto. No la veo, no la encuentro. ¿Sabes tú algo de ella, Búho?Búho: No, hace días que no viene a jugar con el arroyo. Aunque puedo decirte que la vi a lo lejos, quizá antes de ayer, con el viejo Mefisto, cruzando un charco. El Alba ya se había echado su echarpe gris.Alejandro: ¿Mefisto dices? ¿Quién es?Búho: Hum… No quieras saber, porque no es nadie. Es sólo la sombra más delgada de la nada. Un estafador barato que trata con Satanás. Aunque la verdad es que puede llegar a ser peligroso, y tu chica le daba la mano…Alejandro: ¿No sería sólo para cruzar?Búho: Eso es lo que yo no sé.Alejandro: Vaya con la muerte y con la vida… No es la Tierra redonda, sino una mata informe, más bien alargada, de zarzas y cardos. El sol es un haz de espinos floridos, y la luna, una guadaña. La luna, como péndulo, va a terminar por cercenarme los caminos y confinarme a un yugo de muñones.Búho: No digas eso, Alejandro. Eres lo único que se mueve por aquí con la cabeza erguida y que aún pronuncia la palabra vida. Vida y amor son dos palabras hermanas y de la misma estatura, que no paran de pelearse. Pero tú vives y amas, Alejandro, y la pelea te eleva, y desde allí miras, coronado y radiante. Desde allí bajas.Alejandro: Amigo Búho, tus ojos tienen unas órbitas demasiado redondas para la realidad. Tu delirio no es elíptico, sino más bien un chorro lacrimoso sobre esas cuencas de pura poesía que tallas en la soledad de cada noche. Casi me animas amigo, pero el desánimo es tenaz, y viene aquí detrás.Búho: Pues no te des la vuelta y escapa.Alejandro: No es posible Búho, me lleva muy cerca, a punta de navaja. Y esta es larga, brillante, y afilada en el tiempo.Búho: Busca a Sabrina, corre a buscarla, si es lo que quieres.Alejandro: Ya no sé lo que quiero… No sé si es lo que quiero o lo que quieren… Empiezo a andar sin rumbo si miro a un punto fijo, porque tropiezo con todo. Búho: Vuela Alejandro, utiliza tus alas.Alejandro: Mis alas se quemaron en algún fuego fatuo. Es negra la tormenta que se cierne sobre esta ave empapada, y tú sólo un famélico paraguas, con muy poca tela y algunas varillas.Búho: Vete y busca a Jesús, porque tu corazón está huérfano. ¡Iak! (Sale volando. Alejandro sigue andando. Se deja caer, arrodillado, sobre el lecho de hojarasca.)Alejandro: Salvador presencial… ¿Y eso cómo se come? Soy como el aire cálido en la cueva, que hace que se acurruquen los lobeznos. Pero no soy lobezno, ni loba, ni lobo. Sólo aire… Ni garras, ni colmillos, ni piel que me conforte. Sólo aire… Es que estas mismas setas, que inhalan podredumbre, tienen más vida en sus rechonchos rostros que yo en mi alta y fingida lozanía. ¿Encontraré a otra mujer allí abajo? ¡Oh no, no digas eso, ingrato! ¡Maldita rata infiel, con alma de gato! Que pronto tiñes tus latidos, corazón pálido. Si ella me oyera… Y esta es la persona elegida para salvar al mundo… Este es el ungido… ¡Valiente cúmulo de despojos bajo las setas! ¡Sí, bajo las setas!
(Sigue caminando.)
Pero es que el amor es lo único que… Es como una lluvia en septiembre. Sí, para que crezca algo… Dios quizá me tenga algo guardado. Dios quizá…Yo a las estrellas ya no les pido nada. A Dios quizá. A las estrellas sólo que dejen de jugar conmigo, que se olviden de mí. Que tengo todas sus puntas clavadas y un sólo corazón, tullido. Que se olviden de mí, que yo no me olvidaré de ellas, y me coronaré de plata por las noches, y trenzaré una hebra y otra hebra, una constelación en cada nudo, y colgantes cometas y polvos del espacio, para las nebulosas de mi manto.Yo necesito a alguien, y una vida más plena, feliz, en compañía. Que me he pasado la vida solo, con mi llanto a cuestas. ¿Y qué es la vida, sino un esfuerzo de empatía, una queja constante? Pero para verterla en otros oídos. Yo he estado siempre retroalimentándola, de mi boca a mi oído y vuelta a empezar. Iluso de mí, que buscaba un público brillante en las estrellas y un auditorio esférico de soledad. No, la vida es buscar calor, cuando todos tienen frío. Acurrucarse o llorar, con ese llanto simple de la gente sencilla, que es un llanto de miedo de unos a otros, y ese miedo se transforma en bondad. Porque en el fondo del sucio corazón humano, hay siempre una mucosa que palpita, que resurge entre la basura como cuarzo rosado. Como el cristal de roca que habita en las entrañas, que conforma la materia divina, en capas superpuestas.No quiero a las estrellas. Quiero abrazar a la gente con el alma. Quiero tallar lo humano con el cincel mellado y el martillo tenaz de lo divino.No quiero a las estrellas.
(Alejandro se abre paso entre malezas y llega a orillas del arroyo. Se detiene en un alto desde donde divisa escondido.)
Alejandro: Vaya, ¿qué pasa ahí abajo? Pero qué cantidad de almas errantes allí reunidas… Está el Búho, está Jesús, está Kurt, hay jabalíes y lobos, pero… no está Sabrina. Mejor, estas aglomeraciones suelen ser escaparate de desgracias. Me acercaré…
ESCENA V
(Un prado junto a una gran cascada)
Alejandro: ¿Qué tocas, Kurt?Kurt: Nada, acordes sueltos.Alejandro: ¿Qué pasa aquí? ¿Y qué hacéis todos mirando a esa cascada? (Se miran todos y no dicen nada.)¿Ha crecido la cascada de un día para otro o soy yo el que ha menguado?, porque últimamente me siento como un ratón. Saltan los peces y se revuelcan las bestias. Parece como si un temblor o algún otro fenómeno extraño se acercase.Búho: No se acerca, está ahí.Alejandro: Ah, ¿y cuál es? Vamos, dime, amigo volador.Jesús: Es mi padre.Alejandro: Ja. (Ríe y mira extrañado.) ¿Es Dios? ¿Dios está aquí?Jesús: La cascada es Dios.Alejandro: Ya. (Se acerca.) ¿Tú eres Dios?(Pausa.)Vamos, me gustaría hablar contigo.Dios: Blirirblruriiiiri.Alejandro: (Se gira.) ¿Qué ha dicho?Dios: Bliriririiriiiii.Alejandro: ¡Esto sí que es surrealista! Lo siento pero no te entiendo.Dios: Todo lo que es importante yo lo digo así, ¿o es que nunca me has escuchado?Alejandro: Pues no sé si poco o más de lo que quisiera. Lo cierto es que nunca te he entendido.Dios: Bliriririiri.Jesús: Ya entenderás.Alejandro: ¿Por qué está copulando ese lobo con ese jabalí?Kurt: Dios los desorienta.Alejandro: Sí, claro, a mí también.A ver, Dios, esto es importante, pues tú me has elegido y es tu misión, no la mía. Dime, me gustaría saber por qué eliges a una persona tan imperfecta como yo, y por qué has creado un mundo tan detestable, y quieres alimentarme tras la náusea.Dios: Bliriririririir.Alejandro: ¿Otra vez? Pero si…Jesús: Quizá seas importante para él… Aunque también se elige a los pollos por su sexo, y jamás te preguntas sobre los huevos que tienes en casa, o miras siquiera una de las informaciones impresas en la huevera.Alejandro: Eres un cachondo, Jesús… ¿Ahora vas a decirme que tú nunca has necesitado una explicación? ¿No hablabas con “tu padre”? ¿No hablaba Él contigo?Jesús: De otra manera. Se trata más bien de escuchar, y no se trata de un idioma, porque para comprender a Dios debes aprender todos los registros de su divina lengua. Si tuviera que ceñirse a un idioma, te quedarías en los balbuceos de un recién nacido.Alejandro: Sí, pero para meterme en este embrollo sí que bastaban mis balbuceos, ¿verdad?Jesús: Eres muy impetuoso Alejandro. Hazme caso, de verdad. Yo soy lo más cercano que tienes a Dios y…Alejandro: Te hago caso Jesús. Pero yo no creo que seas tú más legítimo hijo que yo ni que nadie. Yo soy un hijo de Dios igual que tú, pero no por ser medio familia tuya. No, eso no tiene nada que ver. Todos los hombres son iguales ante Dios, y tú fuiste hombre.Jesús: Está bien, tienes razón, pero calla y escucha, deja ya de balbucear y compórtate como un hombre. Mira a esa cascada. Cierra los ojos, ábrelos otra vez y vuélvelos a cerrar. Ve caminando junto a Dios y descubre por qué pasan las cosas, por qué te pasan a ti, y por qué están las cosas en ti.Kurt: No todo hombre tiene ocasión de estar tan cerca de Dios, y volver… Esa agua que cae, está subiendo al Cielo. Que tu alma sea cuenco de callada roca y se eleve un rato, antes de caer a la terrenal poza de los hombres. Entonces, quedará cien años soterrada bajo el estrépito de los tambores.
(Se quedan todos mirando a la cascada.)
ESCENA VI
(Puente sobre la vía. Aparecen César y Juan sujetando a Fernando. Entra Alejandro.)
Alejandro: ¿Qué pasa aquí?César: ¡Ven Alejandro, corre, ayúdanos! Sujétale. ¡Tira!Dice que quiere tirarse, y ha estado a punto de hacerlo.Alejandro: ¿Y por qué no le habéis dejado? (César le mira duramente.) Vale, perdona, era broma.César: ¡Sujeta!Fernando: (Forcejeando, borracho.) Dejadme, apartad. ¡Quiero saltar, quiero morir!
(Le reducen.)
Alejandro: ¿No tenéis nada para darle y que se calme?Juan: Pues no. Ni café, ni sal, ni nada, no te jode.Alejandro: Bueno, pues dale más de beber. Eso lo aplacará.Fernando, ¿por qué quieres hacer eso?Fernando: (Visiblemente afectado por el alcohol.)¿Y tú quién eres? Mmm, estás desteñido, se te va la batería. Eh César, conéctale al coche, que se recargue, ja, ja, ja.Alejandro: Sabes de sobra quién soy.Fernando: Mmm, yo quiero morir Alejandro. Déjame ir contigo. No quiero saber nada de esta puta vida.Alejandro: Tú no puedes morir ahora, Fernando, porque te necesito.Fernando: No, te necesito yo a ti. Llévame contigo.Alejandro: A ver, cada uno que haga lo que quiera, Fernando. Yo te dejaría morir si es lo que deseas, pero no ahora. Además, dudo que lo hayas meditado mucho.Voy a contarte lo que yo he visto, aquí y allí, y más adelante te lo piensas y decides. Aquí sólo vi mierda. Bueno, es una forma de hablar. Tuve una buena infancia y una traumática adolescencia. Me acostumbré a leer y dejarme llevar por la fantasía, porque la realidad, la verdad de la vida, me atormentaba. Nunca me adapté a las personas y a sus rostros cambiantes. Nunca supe dónde terminaba la sonrisa y comenzaba la mueca. Me parecía que tras las puertas de mi casa comenzaba un mundo oscuro y de miedo, y veía pasar calle arriba y calle abajo a fantasmas, lúgubres fantasmas, con los mismos ropajes y distintas caretas. Eso sí que da miedo…César: ¿No había nada bueno en la vida para ti?Alejandro: Claro que sí. Mis padres, mi familia, amigos… La naturaleza, amaba la naturaleza. Pero ese es un amor, al igual que la familia, que se consume, que no dura eternamente. Ese era un hermoso decorado para mi vida, pero no valía para todas las escenas, y los cirios que antaño eran sobrias columnas, llegaron a ser tristes bases humeantes, o lenguas temblorosas y serviles, que no dejaban ver la cara de las cosas.César: La cara de las cosas es un garabato indescifrable.Alejandro: Cierto es. Es una mancha inhumana, desfigurada. La cara de las cosas es su cruz. Y yo sólo vi cruz donde había caras, sólo una pesadilla aterradora, un mal sueño debajo de mis sábanas.Juan: Alejandro, creo que no estás ayudando mucho…Alejandro: Amigo Juan, eres práctico y noble, eres sincero. Esto es lo que yo vi en la vida y esto es lo que probablemente vea ahora Fernando. Pero yo he visto la muerte y su penumbra. La tiniebla en los ojos del suicida. Del que no escapa libre de este mundo, porque no halló la paz consigo mismo. Ahí está Dios. Dios tiene que ungir a su criatura, y esta arderá al amor de lo bien hecho. Dios es como aquél músico que se quedó sordo. Y crea, porque es su naturaleza, crear. Pero no comprende casi nada de lo que hace, y no le hace falta. Si buscas un final rápido, sólo encontrarás una combustión rápida, escoria y cenizas. Eso es lo mínimo de la vida: cenizas. Y eso soy yo, un alma de cenizas. Fernando: Yo quiero un alma de cenizas, de escoria, y ver qué hay donde tú estás.Alejandro: Allí sólo hay más polvo y más cenizas. Es tierra del Diablo. Es un sitio donde cantan los ángeles caídos y berrea el demonio.Fernando: ¿Quién hay allí? ¿A quién conoces?Alejandro: Allí está vuestro admirado Kurt Cobain…Fernando: ¿Sí? ¿Le conoces?Alejandro: Es una sombra al viento que se arrastra, y hace lamento al viento, y al viento melodía. Se va comiendo al son de sus acordes, que vuelven a brotar de sus propios oídos. Fernando: Bueno, tú has encontrado allí el amor, ¿no?Alejandro: ¡Escucha lo que voy a decirte y quita esa cara de baboso!Sí, por extrañas circunstancias del destino, he encontrado allí el amor. Pero mi destino es especial, no sé por qué. Y temo que ese amor sea imposible. No encontró el amor allí Cobain, ni lo encontrarás tú.(Pausa.)Pero en ese destino del que te hablo es donde tú sí que entras. Tienes que intervenir.Fernando: ¿Sí? ¿Cómo?Alejandro: Aún no lo sé, pero lo sabré. Así que espera y no te quites la vida, porque pertenecemos a algo que está por encima de nuestra mísera existencia. O, por lo menos, nos pertenecemos a nosotros mismos y nos debemos un final en condiciones… Una paz.César: Espero que haya entendido algo…Fernando: Sí, la vida es un cuervo, de negro plumaje… Y la muerte es el esqueleto de ese cuervo y sus plumas al viento.Alejandro: Sí, pero hay que esperar.Fernando: ¿A qué?Alejandro: Hay que dejar que llegue la salvación.(Pausa.)Juan: ¿No decías que tu hermano sabía lo que estaba pasando? Pues parece que no tiene ni zorra.César: Yo qué sé… Incluso Jesús tuvo momentos de duda, Juan.
ESCENA VII
(Sabrina deambula desconsolada, lamentándose por la posibilidad de tener que renunciar a Alejandro. Camina por una loma, subiendo entre peñas y riscos hacia la cima de las montañas. Arriba, Satanás se aparece.)
Un grito y lágrimas de hielo. Sabrina clama al cielo
Me sangra la muñeca cada vez que pienso
que tengo que decirte adiós.
Ni siquiera los muertos le dicen adiós
a sus estrellas,
y se abren paso entre ramas bajas, largas, puntiagudas,
secas. Así se desgarre su abrigo de fiambre,
podrán ser los efluvios engastados en verde amatista,
esa que cristaliza tras el beso
que emerge en torbellino sulfuroso.
Como un estigma sufro mi destino,
como una sanguijuela me succiona
y sólo brota muerte,
una estampida de muerte con piel de marfil y corazón de ébano.
Nada de los tambores plateados de tu pecho
y el baile improvisado en tu sonrisa.
Ya sólo quiero el polvo que he trocado a la Luna,
porque decirte adiós no será suficiente para desengancharme.
Será un pacto de sueño con Caronte
en pago del eterno desafecto…
¡O vuelve como Orfeo y vende el nombre
que enciende el firmamento!
(Agotada, se tiende sobre una roca.)
Sabrina: Ay… Llevo dos días cayendo a los pies de esta loma, y luego subiendo y recorriéndola, y parece que fuera cordillera. Aquí no hay nada, ni nadie. Este viejecito se ha confundido en sus indicaciones porque… ¿O me ha mentido? No, parecía una buena persona, y ¿por qué me iba a mentir? He encontrado arroyos, que nacen de la pústula rocosa de este relieve herido, pero estas no son las fuentes a las que él me dirigía; y los vientos, que se ríen de mi soledad y silban como muchachos en sus círculos gamberros. Pero nadie… ¿Quién va a haber por aquí? ¿Qué va a haber por aquí? (Suspira.) No sé…Si Alejandro…
(Fogonazo. Aparece Satanás.)
Satanás: ¿Qué dices chiquilla? ¿Qué blasfeman tus helados labios? ¿Qué fruta vas a darme en este invierno? Cerezas son tus labios, siameses en el hueso de la lengua. No manches más tu lengua con ingratos…Sí, este es el aspecto de Satanás, que es el aspecto de Dios mismo. No te asustes, ¿cómo quieres que haga daño a una hermosura como tú? No, Satanás no daña a la belleza, hace pactos para preservarla… Tranquila... Y dime, ¿qué andas buscando por aquí?Sabrina: No sé… Una señal, un camino, una salida.Satanás: Pero no está Dios. ¿Verdad que nunca ha estado Dios para ti? Sabrina: Verdad. Nunca lo he encontrado.Satanás: Dios está con los ingratos, desleales, consagrados a una causa, olvidados de sí mismos. Con los que pueden vender al amor por su favor. Dios no está con casi nadie… y a todos da patadas. Se dice que Jesucristo fue un juguete en manos del Diablo. Yo te aseguro que no… Vuelve a jugar el Altísimo, y a tu Alejandro le han salido… hilos. De los codos (Gesticula burlonamente.)… y de las manos. (Gesticula. Sabrina baja la cabeza.)(Pausa.)Sabrina: Y este aspecto… ¿Este es el aspecto que tienes siempre?Satanás: Este el aspecto que tengo para las mujeres hermosas…Pero puedo ser llama, puedo ser hielo y páramo, puedo ser el dolor que vive en las entrañas. O amigo drogadicto, o jugador, o bebedor. Puedo ser lo que hay en medio de mujeres y hombres…(Pausa.)Vamos a ver Sabrina. Yo soy un dios, y te digo que Alejandro va a ser repescado por Dios y enviado a casa, como un perro de la perrera, adoptado. Créeme que hay muchas tretas, escaramuzas… ¡vías divinas!, como para que me sea casi imposible evitarlo. La cuestión para ti no es esa, sino que Alejandro se va de tu lado. Tu príncipe te deja compuesta y con el novio perpetuo que es la muerte. La muerte… si es que eres capaz de salir de aquí, porque ese plasma que te corona, princesa, como colina fresca en la mañana, puede hacerte de piedra en cada gota de rocío, y no levantar jamás un palmo del suelo, y arrastrarte como el hielo glaciar se arrastra, que no llega nunca a desembocar en nada. ¡Oh manta de lamento y frío! ¡Oh eterna descomposición de aquello que siempre se recompone!(Pausa.)Pero él se va. ¿Es eso amor? Él no va a quedarse aquí contigo porque no quiere. Puede hacerlo, si es su voluntad, pero no quiere. Ha decidido marcharse a no sé qué empresa. Te abandona.Sabrina: ¡Basta! Lo sé, lo sé muy bien. No martillees más mi corazón. No seas más tu mismo… que tú mismo. (Casi llorando.)Satanás: Yo te secaré esas lágrimas. Toma este pañuelo que te ofrezco: no llores, odia. Ese es el sentimiento más poderoso y reconfortante, mucho más que el amor. Ven conmigo y ten fe en el futuro que ahora te ofrezco (Dándole la mano y pasándole el brazo por encima.)… porque es el único que tienes. (En bajo, Sabrina ya no se da cuenta. Se van.)




























ACTO IV
ESCENA I
(El Infierno. Bacanal.)
Satanás y varios grupos fornicando en una orgía. Entra Sabrina, despacio y ensimismada, con la mirada perdida, ya vestida de negro. Empiezan a tocarla y Sabrina se deja hacer. Satanás la llama con un gesto y acude. Se tiende a su lado. Todos la tocan y ella acaricia a Satanás y le besa el pecho. Sigue bajando, besándole, y termina haciéndole una felación. Satanás se contorsiona de gusto. Al mismo tiempo, otros lamen a Sabrina y la acarician. Satanás se incorpora y la penetra por detrás. Sabrina (De cara al público.) muestra un gusto creciente en el semblante. Llegan los dos al orgasmo, extasiados y gritando. Satanás termina con un berrido.
ESCENA II
(Los dos mariquitas y Sabrina. Después llega Alejandro, justo cuando desaparecen los demás entre los matorrales.)
Claude: Uy Louis, ¿por qué vamos por lo más abrupto del bosque, entre tanta maleza? Se me engancha todo, y estas polainas son de lo mejorcito que tengo. Louis: Oh, Claude, te tengo dicho que si vamos al campo, vamos al campo.Claude: Al campo. ¿Qué se me habrá perdido a mí aquí? Uuy, uy Louis. Louis: Oh, Claude, ¡cállate ya! Me ha parecido ver una extraña sombra por ahí. Vamos, con cuidado, no hagas ruido.(Pausa.)Louis: Mira, creo que es Sabrina esa sombra negra que se balancea colgada allí en la cima. Vamos. (Se acercan.)Louis: Sabrina, ¿qué haces por aquí?Sabrina: Ah, sois vosotros… Pero no, no soy yo. Estoy paseando un rato mi mortaja. Se queja de que la asfixio y… Louis: ¿Qué dices, mujer? ¿Tú sabes dónde estás? Estás sólo a unos metros de las fauces del Infierno. Estás en la misma boca del lobo. Sabrina: ¿Lobo? Sí, pero ese lobo me amamanta, me alimenta con su blanca leche hirviendo. Mmm, no es un pezón lo que succiono pero… mmm, ¡cómo me gusta hacerlo…! Soy una cachorra, o cachonda, o…Claude: Para, para chica. Pero, ¿qué te pasa? ¿Quién te ha visto y quién te ve? La perla más blanca del collar, ¿se nos ha oscurecido?
Sabrina: Tanto como se oscurece el Universo, de punzantes heridas. Si yo me he oscurecido, entonces es que mi carne sería ya sólo epitelio calcinado, o una fiebre de urticantes medusas. Si yo me he oscurecido, es que estaba en el umbral de la blancura, en una transparencia que gritaba ya su más agónica afonía. No, yo no me he oscurecido. La oscuridad me ha envuelto en un abrazo tibio.Louis: Pero, tienes a Alejandro y os amáis… Y la verdad, yo no he visto más luz que en vuestro abrazo.Sabrina: Ah, no nombres el dolor ni eso otro, pues son ya dos palabras desterradas. Ya no siento. Tampoco padezco. Y así soy más una partícula inerte. Así alcanzo la muerte de puntillas.Claude: Uy Louis, esto no me gusta, aquí ha pasado algo.Louis: Pero Sabrina… ¿Y el amor de tu pecho? ¿Y la vida? Vamos, ven con nosotros. Vamos hacia el arroyo. Seguro que allí…
(La cogen de la mano y Sabrina forcejea un poco, pero se deja llevar.)
Sabrina: Pero no… Dejadme aquí, ingrávida. ¿No veis que descender es buscar más infiernos? Bueno, pues hacedme Perséfone y arrancadme de mi tenue primavera. Pero él no para de mirar atrás… Él tiene sus eurídices allá en…Louis: No delires, Sabrina, que sólo te llevamos a la vida.
(Llegan a los pies del arroyo. Sabrina se agacha y acaricia el agua.)
Sabrina: Dulce corriente. Tan cristalina como profunda y oscura. Tu espejo ahora me miente con la misma imagen antigua. Amarga realidad la que se hunde en tu lecho. Cripta anegada… Decidme qué hago aquí antes de que me desvanezca en alguna inercia.Louis: Pues… estamos esperando tranquilamente… (Escrutan con disimulo tras los matorrales, buscando a Alejandro.)Sabrina: Esperar tranquilo está bien. Cuando desaparece la tranquilidad, esperar es desesperar; la locura y su molinillo de colores chirriante.Claude: Mira, ha cantado el búho. Eso está mejor.Sabrina: Eso es un canto y las ranas cantan. Y los sapos cantan, y los lobos cantan, como canta el viento. Y el rechinar del alcornoque es un dulce canto. Y el miedo es un canto de suave melodía. Mirad, me voy con mi dueño, porque en sus cadenas me siento segura. Cada llaga es un trazo delgado y esbelto. Cada tirón es una pincelada más certera hacia la perfección de la muerte.Claude: No, chica, vamos… Se está aquí muy bien.Sabrina: No, dejadme ahora… (Se van forcejeando, intentando retenerla. Salen.)
(Aparece Alejandro.)
Alejandro: Me ha parecido oír… (Mira entre las matas.) No sé si estoy más sordo cada vez o más paranoico. Mmm, si hasta parece que huelo su dulce plasma… Paranoicos, todos mis sentidos están paranoicos.(Pausa.)Heme aquí, al lado del agua, como una pupa recién salida de su envoltorio. Pero hay más soledad aquí que adentro. Y ya no puedo volver al fango… Tampoco es esa una salida para mí.
El punto de partida
Las voces que tengo me comen por dentro,
y el cielo, mangual, me da sus estrellas.
Temo a la brisa que, suave, me da cenizas rosadas,
y al alegre ruiseñor que me invierte las mañanas.
En esta tela de araña, he vuelto a tejer mi vida,
pero me asustan las fauces que se agitan cuando llaman.
Oh Señor, ¡qué digo, oh Tiempo!,
que hacia poniente cabalgas,
cuéntame tus intenciones, cuéntame lo que me aguarda.
Si un destello del estribo
me muestra el sol de este enero,
una jáquima completa debe de ser fuego intenso.
Voy… a mi incineración… A mi aniquilación… A mi origen…
Al punto de partida.
(Sigue andando y encuentra a Kurt.)
Alejandro: ¡Kurt, bien hallado, necesitaba compañía!Kurt: ¡Hola! Pues bien, aquí me tienes. Si no tienes mucho que buscar… Piedras, agua, y allí estaré yo. La dicotomía de toda mi vida.Alejandro: Ahora que caigo Kurt, ¿por qué estás tú aquí? ¿Por qué en Extremadura?Kurt: Quizá yo esté aquí porque tú quieres que esté. Quizá ni siquiera esté y sea producto de tu imaginación. Quizá superpongamos capas, mundos paralelos, ultra vidas paralelas. Esto es tan irreal que puede ser que tanto tú como yo, estemos aquí y no estemos, o estemos en varios sitios a la vez. ¿No dicen que Dios es omnipresente? Pues algo así.Alejandro: Hum… Dimensiones que se cruzan y todo eso…(Pausa.)¿Tú aguantas bien aquí, Kurt? Yo me aburro soberana y eternamente. Lo único que me ataba a este mundo era Sabrina, y ahora, sin ella, no hago nada aquí, sólo esperar.Kurt: Sí, esperar, eso es… Por lo menos tú esperas algo. Los ramos de caléndulas retardan el crepúsculo en mi tumba, pero nunca sanaron las heridas, ni ahora ni antes.Alejandro: ¿Y tú, no esperas nada?Kurt: Nada inmediato. Lo único esperable es un juicio final y… bueno, ya sabes cómo va eso.Alejandro: Sí…(Pausa.)Es que sin Sabrina…Kurt: Es una mujer. ¿No has tenido desengaños? Alejandro: Nunca antes había estado enamorado.Kurt: Ah, pues… Búscala, ve a por ella, no vuelvas a la vida. Quedaos aquí los dos, si os amáis, a ver qué pasa. Luchad por vuestro amor. Chico, el amor no es algo que se elija según convenga. Este es tu amor ahora y no hay más opciones, hay que vivirlo. No se puede dejar para después.Alejandro: ¿Y qué pasa con Jesús?Kurt: Opino que todo lo que te está contando son milongas. Que quiere llevarte al huerto.Alejandro: Pues lo está consiguiendo. ¿Y por qué milongas?Kurt: Vamos a ver. Yo respeto a Jesús, admiro a Jesús. Pero hay algo enfermizo en todo esto. Creo que es otro ángel caído, y que ambos, el Demonio y él, siguen obcecados en sus objetivos, en su guerra particular. Quizá Jesús fuera un contrapeso a la tenacidad de Satanás, introducido por Dios. Pero al final, ante los dolores de cabeza, ha optado por dejarlos hacer y apartarse. A mí me da la impresión de que a Él no le convence ni uno ni otro. Alejandro: A veces pienso que somos algo así como un experimento.Kurt: Yo prefiero verlo más bien como una obra de arte.Alejandro: He leído acerca de Jesucristo, y a menudo lo ponen como a alguien muy tajante, casi hasta la intolerancia. Kurt: Del todo hasta la intolerancia. Pero no da la impresión de ser así. O quizá haya cambiado.Alejandro: Mira, yo siempre he pensado que las personas tienen ciertas aptitudes, y no se puede pretender que todos pinten bien o esculpan bien… O toquen bien la guitarra, o canten bien.Kurt: O que todos sean buenos. Pero quizá por eso él quiera introducirte ahí, en esa balanza, de la que ya te habrá hablado. Más garbanzos blancos… Yo lo veo absurdo. Que seas un descendiente suyo me da igual. No sé por qué él se cree mejor, y su linaje tiene que ser mejor.Alejandro: Bueno, aunque ignorado por Dios, si es un ángel… Y la verdad es que el mundo, así como está, es una mierda. No digamos peor…Kurt: Sí, puede que eso tenga sentido. Pero el ángel es él, no tú. En fin…(Pausa.)¿Quieres que te toque una canción?Alejandro: Claro, pero… ¿puedo elegir?Kurt: No, esta vez es obligado escuchar esta… Después eliges tú una.
SUZANNE (Leonard Cohen)
Suzanne te lleva
a su sitio junto al río.
Puedes oír pasar los barcos,
puedes pasar la noche junto a ella,
y sabes que está medio loca,
pero eso es por lo que quieres estar allí.
Y ella te ofrece té y naranjas
que vienen desde China,
y justo cuando quieres decirle
que no tienes amor para darle,
ella te sintoniza en su longitud de onda
y deja que el río conteste
que tú siempre has sido su amante.
Y quieres viajar con ella,
y quieres viajar ciego,
y sabes que ella confiará en ti,
porque has tocado su cuerpo perfecto
con tu mente.
Y Jesús fue un marinero,
cuando caminaba sobre las aguas,
y pasó mucho tiempo divisando
desde su solitaria torre de madera.
Y cuando supo seguro
que sólo los hombres ahogados podrían verle,
dijo: todos los hombres serán marineros entonces,
hasta que el mar los libere.
Pero él mismo fue roto,
mucho antes de que el cielo se abriera.
Abandonado, casi humano,
se hundió bajo tu sabiduría
como una piedra.
Y tú quieres viajar con él,
y quieres viajar ciego,
y piensas que quizá confíes en él,
porque ha tocado tu cuerpo perfecto
con su mente.
Ahora Suzanne te toma de la mano
y te conduce al río.
Ella lleva ropas viejas y adornos
del Ejército de Salvación.
Y el sol se derrama como miel
sobre Nuestra Señora del Puerto,
y ella te enseña dónde mirar
entre la basura y las flores.
Hay héroes entre las algas,
hay niños en la mañana.
Se asoman buscando amor
y lo harán así por siempre,
mientras Suzanne sostiene el espejo.
Y tú quieres viajar con ella,
Y quieres viajar ciego,
y sabes que puedes confiar en ella,
porque ha tocado tu cuerpo perfecto
con su mente.

ESCENA III
(Aparece Sabrina en un claro, en el que está Alejandro, andando muy despacio y portando una daga.)
Alejandro: ¡Sabrina, amor!¿Qué te pasa, por qué me miras así? (Retrocede despacio.)Sabrina: Hoy es un día fatal, funesto… La muerte peina sus rizados cabellos, y en ese mar embravecido, somos la espuma.Alejandro: Cariño, tranquila. Piensa bien lo que haces. Las cosas se han complicado, pero nosotros no somos culpables.Sabrina: Ah, ¿no? ¿No somos cómplices en el amor? Pero tú me has delatado ante ésa dama encapuchada que nos vigila.Alejandro: No, yo sólo huía hacia delante y no pude encontrarte… Yo te quiero, Sabrina.Sabrina: Pero vas a dejarme…(Silencio.)¿Verdad?¿Por qué huyes? ¿Pero qué quieres conseguir en ése mundo, allí abajo? Y si el viento reclama sus azotes de vuelta, entonces tú devuélveme las caricias que te di.Alejandro: Eras tú la que hinchaba mis velas, ¿recuerdas? Fuiste tú la que me animó hacia una Nueva Alianza.Sabrina: (Con las manos en la cara.) Dios… Sí… Pero la nueva alianza que tienes conmigo es la de la muerte. No hubieras pasado por aquí… Tu camino y el mío se entrelazan y mueren. Y aun así, me conmueve verte como sierpe a mí abrazada, y ni una sola marca de tu noble bocado. (Llora, desesperada.)Ibas a dejarme, ¿verdad?
(Silencio. Sabrina titubea, levanta el brazo, daga en mano, y se abalanza sobre Alejandro, gritando.)
¡Traidooor! (Finalmente se frena, trastabillándose, y se la clava a drede en su propio pecho.)Alejandro: ¡No! ¡Pero qué has hecho Sabrina!No, amor mío… ¿Por qué, por queeé? (La sostiene en su regazo y la acaricia.)Estrellas, venid. Que se apague esta daga.
ACTO V
ESCENA I
(Jesús y el Búho, en el bosque.)
Jesús: Búho, Sabrina ha muerto y temo la reacción de Alejandro. Ve, observa, estudia bien la situación, y háblale con tu alma ratonera.Búho: Se ha quedado dormido.Jesús: Mejor que mejor; observa y espera.Búho: Voy.
ESCENA II
(Atardecer. Alejandro y el Búho. Alejandro se despereza. El Búho le está observando desde la rama de un árbol.)
Alejandro: Ay… No me levantaré de aquí hoy, porque este lecho es tan lecho mío como de esta hojarasca, que ya va del pardo al gris, y del gris a su telaraña húmica, ácida y disuelta. La muerte ha tejido su cáliz en mí, y estoy boca abajo, buscando la tierra, sin raíces, lejos de su sangre (De Sabrina.), más cerca del grial mohoso y abollado que guarda la mía.Búho: (Llegando hasta Alejandro.) ¡Iak Alejandro!Alejandro: ¿Qué pasa, pájaro?Búho: Se ve tu manto de plata desde lejos. No deberías dormir aquí a estas horas.Alejandro: ¿Por qué? ¿Algún peligro, quizá?Búho: Muchos peligros.Alejandro: Me da exactamente igual.Búho: No seas tan duro contigo mismo, Alejandro. Sabes que Sabrina no debía estar aquí y que tarde o temprano…Alejandro: No soy duro conmigo mismo, es que ya no tengo nada que hacer aquí.Búho: Bueno, tienes una misión…Alejandro: Al cuerno con la misión. Yo me suicidé y no quería ni quiero nada. ¿A quién se le ocurre darle ninguna misión a un jodido suicida? A alguien que no puede con su propia vida, no le pidas que mire más allá de sus zapatos.Búho: Eso no es así. Únicamente quien ha transformado el alma propia, puede transformar el alma de sus hermanos, y hacer que el mundo sea menos doloroso para todos.Alejandro: ¡Venga ya!Búho: Tú no vas a morir, Alejandro Negro. Tus estrellas no son techo de manguales, sino más bien la cama de un faquir. Vas a levantarte y vas a andar sobre las cenizas de tus cenizas, y las de toda la humanidad.Alejandro: Pff… Otra cosa no, amigo, pero insistente… Cuando yo me levante, será para barrer esas cenizas y darme sepultura junto a todas ellas.Búho: ¿Recuerdas lo que te dije el día que te conocí?Alejandro: No.Búho: La Aurora abrazaba los tejados y tú escapabas a su aliento matinal, a sus grilletes de frío abrasador. Ha llegado la hora de volver a tu casa y a tus grilletes.Alejandro: Hace tiempo que no abro los brazos, Búho. Y estoy tan cansado de dar vueltas, que perderé pie de un momento a otro. Momentos de inercia, sí… Esposas bien ajustadas… y una bella pirueta. La vida me soltó de la mano…Búho: Tú te soltaste de la vida.Alejandro: Bueno, que me da igual. Vete a mirar a otra parte, ¿quieres? (Le lanza una piedra.)Búho: ¡Iak! (Se va volando. Alejandro continúa tendido.)
ESCENA III
(Un claro del bosque. Aparecen por un lado Jesús y el Búho, y por el otro, Satanás y Lucio Mefisto.)
Satanás: Dime Jesús, ¿por qué me has citado aquí? O te conozco mal, o tú tienes que estar muy desesperado…Jesús: Ambos nos conocemos bien, y ambos estamos desesperados.Satanás: ¿Sí? ¿Qué te hace pensar que yo lo estoy?Jesús: Vamos Satanás… La cosa se nos está yendo de las manos. Satanás: ¿Sabes cuántas cosas tengo entre manos? Me estás haciendo perder el tiempo. Tú y yo hace mucho que no hablamos, y nunca nos hemos entendido. Es más, nunca me has hecho ni caso.Jesús: Más de lo que puedas creer…Satanás: ¿Y por qué no has venido a verme en todo este tiempo? Las puertas de mi casa siempre han estado abiertas para ti. Y además, creo que a tu Padre tampoco le visitas mucho. (Aparte.) Alma en pena errante…Jesús: Mi tiempo en la muerte ha pasado como las últimas horas del día. En el crepúsculo todo permanece sereno y solitario, y así he estado yo, contemplando mi reflejo en las someras aguas de estos arroyos.Satanás: La luz crepuscular se te fue hace tiempo ya, Jesús. Tu reflejo vibrante y dorado antaño, ahora está yerto y almidonado, a la luz de la luna.Jesús: Sí, pero todo lo inunda aún: muerte y vida.Lucio Mefisto: Bah. ¿Crees que aún te recuerdan, de veras?Satanás: ¡Calla, carroñero! Respeta a tus mayores. Cállate o te convierto en moneda de barro. Mira, Jesús: tú y yo estamos hechos de la misma materia, y ya que esta no se descompone y debemos permanecer por los tiempos de los tiempos, tendríamos que tratar más y solucionar algunos problemillas que nos afectan a ambos. Jesús: Del tejido del Cielo hemos caído, Lucifer, y hemos deshilachado el manto del Altísimo. Como en una explosión nos expulsó de Su elevado cono. Pero si yo soy lava que erupciona y se arrastra hasta el mar de la ceniza, tú eres la lengua ardiente y sepultada, lejos de Sus oídos. Tus razones de ser son ígneas y prohibidas. Así que no me compares, no me hables de materia, tantas veces calificada como vil, porque una –la tuya- no es sino la negación de la otra –la mía-, y mi razón de ser empieza donde acaba la tuya. Pero convengo contigo que hemos de resolver algunas cosas. Y es por eso que nos encontramos aquí. Sé bien que Alejandro pasará por este lugar de un momento a otro, porque es tan autómata como la noche misma, y siempre dirige su rumbo por este claro y sobre esta hora, cuando la Luna no sabe si seguir o dar vuelta sobre sus pasos, por la oscura vereda que ha tomado.Satanás: Cuéntame, ¿qué pasa con el muchacho?Jesús: Pasa que está liado, tanto como al principio. Y que mucho me temo que no va a hacernos caso a ninguno de los dos. Satanás: Es terco, sí que lo es.Jesús: Pero tú y yo podríamos hacerle una oferta y salir ganando ambos.Satanás: Te escucho, diablo.Jesús: (Se oye a alguien acercándose.) Vaya, se ha adelantado el bribón. Ya viene rompiendo chaparros. (Susurrando.) Hablemos en voz baja y esperémosle…
(Le cuenta su plan al oído. Satanás asiente levemente.)
(Aparece Alejandro entre las matas.)
Alejandro: ¡Ah, Dios! ¡Qué susto!
Jesús: No, no soy Dios… Bueno, algo así somos los dos que aquí estamos.
Satanás: (Haciendo burla.) ¡Alejandro Negro, Príncipe de la Miseria, sin mendigos! Ven, siéntate. Vamos.

(Alejandro mira a Jesús, que asiente con la cabeza, y se sienta sobre una roca.)
Jesús: Mira, Alejandro, vamos a intentar llegar a un acuerdo. Ni para él, ni para mí. Para los tres, y, sobre todo, para ti. Vas a volver a la vida. A cambio, él se quedará con el alma de Kurt.Alejandro: ¿Y condenarlo al fuego eterno? No.Jesús: También se quedará con la de los chavales. Morirán para transponer tu alma y las suyas. Alejandro: ¿Pero qué…?Jesús: Ellos habrán muerto en extrañas circunstancias y tú volverás a la vida donde la dejaste antes de morir. Todo habrá sido como un sueño.Alejandro: Una pesadilla, desde luego. Pero no…Satanás: Sabrina también volverá a la vida y podrás ir a buscarla.Alejandro: ¿De verdad? Acepto. (Se levanta y camina pensativo.)Se me hace muy raro veros a los dos… juntos.Satanás: Muchas grandes batallas terminan con pactos.Alejandro: Sí, pero siempre pierde alguien. ¿Quién pierde aquí, aparte de Kurt y …? (Se interrumpe.)Dios. Dios pierde.(Pausa.)No, no, no, ¡no acepto! No acepto vuestras tretas, desalmados. No me condenaréis, como lo estáis vosotros. ¡Ángeles caídos, eso es lo que sois los dos! (Arremete contra ellos con su espada. Después escapa corriendo.)
ESCENA IV
(Alejandro llega al río, se acerca a una poza para lavarse los desgarros provocados por la atropellada huída, y se queda mirando en cuclillas. De repente, emerge una nutria con cabeza de hombre.)
Alejandro: ¡Ah! Pero… ¿Quién eres? ¿Qué eres?Eustaquio: No te asustes. Me llamo Eustaquio, y soy… Fui un hombre. Me tiré al río y me ahogué. Suicidio.Alejandro: ¿Y por qué estás así?Eustaquio: Los hay con más suerte y menos suerte…Alejandro: Un castigo… No hay perdón aquí, ¿verdad? No tuviste perdón de Dios.Eustaquio: No, ese es su hijo. Dios no perdona, castiga.Alejandro: Eso creo.Eustaquio: Además, para eso está este sitio.Alejandro: ¿Y el Purgatorio?Eustaquio: Eso es para… No sé, ¿qué más da?Yo ahora como peces crudos todo el día. Y lo detesto, pero no puedo parar.Alejandro: ¿Por qué te suicidaste?Eustaquio: Hum…Ya no lo recuerdo. Ya ni siquiera veo motivos de peso para hacer eso. ¿Por qué lo hiciste tú?Alejandro: Pues… Motivos que pueden parecerte disolutos. Fragilidad, vanidad… No me gustaba la gente.Eustaquio: No te gustaba la gente… Ja, a mí tampoco. ¿Y tú a ella? La gente da asco, pero todos somos gente.Alejandro: Quizá tampoco me gustara a mí mismo.Eustaquio: No es que una manzana pudra a todo el cuenco, es el cuenco el que pudre a las manzanas.Alejandro: Sí, conozco esa metáfora. La gente… La gente con sus pinchos… La gente con sus ladridos… La gente con sus corazas y sus escudos… Pequeña gente.Eustaquio: Son pequeños bancos de peces.Alejandro: Sí, ésa está bien…Son como planetas apilados, que le dan la espalda a las estrellas, pretendiendo que no existen. Han dejado tendida su alma, en esta noche de niebla eterna. Les pasa como a nosotros, ya se olvidaron de a qué habían venido, y los sueños les parecen tontos y sin sentido, cada mañana, al despertar.Hormigas que se comen la tierra del hormiguero, y dejan el azúcar a sus larvas.Eustaquio: Menudo poeta estás tú hecho… Podrías pasar más por aquí, y me entretienes.Alejandro: Yo soy como un cometa, de hermosa cola, pero no vuelvo, porque mi destino es ya chocar y rebotar en mi camino, que es un camino de locos, como trazado por dioses.Eustaquio: Bueno, pues yo te buscaré por los remontes.Alejandro: Déjalo, Eustaquio… No hay nada en mí. Sólo palabras vanas, ya te he dicho que soy como un cometa, como la hermosa chispa que abraza a la pólvora, antes de partir.Eustaquio: Sin duda tienes un aura mágica. Tú no estás hecho para comer peces. No aquí.Alejandro: Cuídate.Eustaquio: Espera… Esa chica te quería. Eres Alejandro, ¿verdad?Alejandro: Soy Alejandro.Eustaquio: La he visto muchas veces en el arroyo. Casi todas las noches coincidía con ella. O… O la buscaba yo, para espiarla, no te lo tomes a mal. No hubo noche en la que no pronunciara tu nombre.Alejandro: Gracias por decirme esto. Lo malo es que es como ponerle flores a un muerto. Mi fosa se abre y se cierra, como las alas de una polilla contra el cristal de los tiempos.Eustaquio: Tú y tus metáforas. No desesperes. Ya encontrarás… algo.Alejandro: Algo malo, seguro. Adiós.(Pausa.)Eustaquio: Piedras de río son sus pies, en plena crecida. En fin… Creo que esta divina representación ha llegado muy lejos y Dios debería proporcionarnos el desenlace ya. Le cuesta deshacerse del manto que lo envuelve en todas sus obras. Pero ese telón tiene que caer, ya sea para dicha o pena de sus protagonistas.
ESCENA V
(Alejandro rezando arrodillado, llorando, ante una cascada.)
Alejandro: Por favor, Dios mío, ayúdame ahora, que yo ya no puedo más y me persiguen. No creo que los chavales puedan sacar nada, al final, de sus conjuros y sus profecías. Y ellos quieren matarlos… (Pausa.)Yo no huía de la muerte. Soy un suicida y mi decisión no fue tomada a la ligera, sino después de mucho meditar y de mucho esperar, por si la vida terminaba viniendo en mi auxilio. No fue así y aquí estoy, y he sido embaucado por Jesús, en contra de mi amor más sincero y noble.
(Con más rabia, aunque resignado:)
Canto a la muerte
Me desligo de la carne, harto ya de tripas y colgajos,
con el corazón verde y la cara en harina.
Ay, buena muerte, que me descargas y disculpas todo el peso de mi desdicha. Tú no preguntas.
Harto ya del baño de la vida, de los licores y de los bálsamos, de las orgías. Ávido siempre de cuerpo y reñido con el alma, que se atomiza en un rincón mohoso del ser, mientras la luz eructa su más gris desdén, como fruto ya caído del crepúsculo.
Ay, buena muerte, que me descargas y disculpas todo el peso de mi desdicha. No hay más preguntas.
La muerte esgrime su pálido argumento y me exime de incómodos colores.
La muerte, que es un mar de espuma a la deriva, no pretende que nade o salga a flote.
Su abrazo es intenso y sincero, porque sólo quiere abrazar, no que la abracen.
La luna es una esfera de anémonas deshechas, y el sol se nos acerca lo preciso.
El universo ahora, es la materia oscura de la descomposición, su plateada tela de micelios, que van cubriendo todo con la pútrida manta de galaxias conectadas, que van emborronando los primordios del tiempo, las plantas que la ciencia fotografió en su más efímero estado, y que ahora sabemos, desde aquí, que sólo eran milésimas de un todo ya infectado en su raíz, segundos florecidos en un ramo de eones.
La muerte es lo que envuelve los espasmos de nuestro leve sueño.
Es terciopelo oscuro que no admite la duda, la aspereza.
La noche es soberana de toda la existencia.
Y yo que vacilé en acatar su mando, de laxas cadenas…
¡Aguerrido cadáver, ceniza acorazada! ¡Fúngico guerrero yo!
Ahora lo veo; la consternación fue mi venda, puerta de la clarividencia.
(Pausa.)
La bóveda negra que todo lo abraza… Hay huecos, hay grietas. Y la muerte transpira en eso que llamamos vida. Perfecciona su máxima dilatación. Y allí no hay escape, iluso de mí… Sólo formamos parte de una inspiración. Divina, quizás… De un proceso de respiración. (Inspira y expira.) No más.
Pero Dios…
(Entra Sabrina, que vuelve a vestir de blanco.)
Sabrina: (Llegando por la espalda de Alejandro.) Levanta, cielo, ya estoy yo aquí. (Alejandro mira hacia arriba y se incorpora un poco.)Alejandro: Pero… tú… estás muerta…Sabrina: Muerta en muerte, suicidio que ha sido mi nacimiento, a tu lado. Un ángel celestial llegó hasta la ciénaga de mi alma pétrea, y me ha evaporado a tus pies, en este prado. Abrázame, que ya todos los vientos se olvidaron de mí. Que todas las estrellas han perdido sus puntas y me cuentan, con tibias palabras de mercurio, cuán lejos han quedado las fiebres. Alejandro: Oh, amor mío… ¡Qué lejos han quedado esas estrellas y qué libre me siento! ¡Cómo lamento haberte desplazado, sujeto a mis cadenas! Pero Dios nos ha perdonado, porque en su grandeza tenemos cabida.Sabrina: Porque Dios es amor, cariño, porque Dios es amor. (Se abrazan.)
ESCENA VI
(Los chavales en el puente.)
Juan: Hace tiempo que no aparece Alejandro. ¿Qué habrá pasado, Fernando? (Cruza una sombra.) Joder, ¿qué era eso, un búho? Ha soltado lo que llevaba en sus garras.César: ¿No estabais a punto de descifrar esa profecía, y demás?Tomad una copita. Toma. Ten.Fernando: Sí. No sé que ha pasado. Creo que las profecías y nuestros deseos son tan exagerados… Queremos creer en algo, queremos que algo sea como creemos, y le damos vida en nuestra imaginación. Alejandro pensaba que iba a salvar al mundo y nosotros quisimos creerlo. Ha pasado lo de siempre, que nada ha pasado. El mundo sigue girando, más cansado y más enfermo, con más pecados y con más errores a nuestras espaldas, pero igualmente bello. Y ya había alguien para cargar con lo otro, ¿verdad? Pues vamos a vivir y olvidémonos de todo lo demás. No sé qué ha pasado… Pero sé que estoy a gusto, estoy feliz. Ya no quiero morir.Creo que Alejandro ha encontrado un camino allá arriba… Y yo, aquí abajo.Mirad allí. Marte y Venus han borrado ya su acuoso nimbo y resplandecen tras el velo de la luna llena. No hay estrellas que marquen sus semblantes. Ya no hay llantos…

(Brindan.)


FIN







































 
Por dios! que extenso apenas y alcansè a mirarlo, jajajja

pero que bueno que este por aquì que gusto, espero tener tiempito de noche para leerlo.


abrazos amigo
 
Wow creo que 3 días leo todo,
es un relato con muchos fragmentos.
Si un buen relato.
………..
 
Francisco, claro que me gustaría leerlo,por eso, no sé si te es posible ponerlo como documento en pdf para descargarlo, y leerlo poco a poco, además que la letra la veo tan pequeña, que me pierdo entre línea y línea.

Recuerdo que Salvador Pliego solia hacer eso,lo ponia en pdf para descargar, así le lei sus Cartas(una de sus tantas obras).


ojalá lo consideres. besossssssssss que tengas lindo día.
 

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo de nuestros Mecenas.

✦ Hazte Mecenas

Sin publicidad · Blog propio · Apoya la poesía en español

Atrás
Arriba