El último capítulo
Durante media vida
quise leer
el último capítulo.
No por impaciencia.
Por miedo.
Quería saber
si el viaje merecería
el cansancio,
si el amor justificaría
la herida,
si la ruptura
borraría los abrazos,
si el invierno
condenaría
a la primavera.
Leía la vida
como leo los libros.
Primero el índice.
Después el final.
Solo entonces
decidía entrar.
Necesitaba
la seguridad
antes del camino.
Pero el tiempo,
que nunca discute,
solo camina,
fue corrigiendo
mis certezas.
No con argumentos.
Con estaciones.
Con pérdidas.
Con encuentros.
Con personas
que llegaron
para marcharse.
Y otras
que permanecieron
sin que yo las esperara.
Comprendí
que el dolor
no desaparece
porque uno lo acepte.
Solo cambia
de lugar.
Antes ocupaba
todo el horizonte.
Ahora
es una montaña
dentro del paisaje.
Sigue siendo alta.
Pero ya no es
el mundo entero.
Entonces
dejé de preguntar:
¿Por qué?
Y comenzó
otra pregunta.
Más humilde.
Más lenta.
Más verdadera.
¿Qué lugar ocupará esto
en el conjunto
de mi vida?
No lo sé.
Y quizá
esa sea
la primera respuesta.
Porque no saber
es también
un espacio.
Un claro
donde todavía
caben posibilidades.
Durante años
confundí
el final
con el significado.
Si acababa mal,
todo había sido
un error.
Si acababa bien,
todo merecía
la pena.
Qué pobre
era mi mirada.
Una ruptura
no borra
el amor vivido.
Una muerte
no elimina
la ternura.
Una enfermedad
no cancela
la belleza.
Y un final feliz
tampoco rescata
una vida
que nunca fue habitada.
El último capítulo
no juzga
a los anteriores.
Solo escribe
el suyo.
La novela
es mucho más larga
que su despedida.
Aquello
que celebré
como un triunfo,
o lloré
como un fracaso,
hoy solo puedo
mirarlo
y decir:
que sea
para bien.
Quizá
solo fuera
un desvío.
Quizá
una puerta
que aún
no sé
adónde conduce.
También el pasado
sigue cambiando.
Creemos
que ya sucedió,
que quedó escrito,
que nada puede moverlo.
Y, sin embargo,
cada vez
que la vida
nos transforma,
vuelve
a escribir
sus márgenes.
Los hechos
no cambian.
Cambia
quien los contempla.
Y entonces
aquello
que pesaba demasiado
encuentra
su medida.
Y aquello
que apenas vimos,
de pronto,
se vuelve
imprescindible.
Nunca podremos
traer
todo el pasado
al presente
para comprender
su verdadero significado.
Siempre faltará
un capítulo,
una mirada,
un tiempo
que todavía
no ha llegado.
También llamamos
bien
a lo que deseamos,
y mal
a lo que rechazamos.
Pero la vida
sonríe
ante nuestras etiquetas.
No sabemos
qué será
un regalo
y qué será
una despedida.
Y muchas veces
ambas cosas
vienen
abrazadas.
Hasta el final
no puede leerse
del todo
este examen.
Y quizá,
ni siquiera entonces.
Porque tal vez
la vida
no sea
un examen.
Tal vez
sea
un manuscrito
que aprende
a escribirse
mientras
lo vivimos.
Nada permanece
solo siendo
lo que es.
Todo,
al vivirse,
se inclina
despacio
hacia su contrario.
La fuerza
descubre
la fragilidad.
La juventud
la lentitud.
La certeza
la duda.
La soledad
la compañía.
El amor
la libertad.
Y al acercarse tanto,
los contrarios
terminan
dándose
la mano.
No para desaparecer.
Sino
para reconocerse.
Fue el camino
quien permitió
el cariño.
Fue el roce
quien enseñó
la proximidad.
Fue el tiempo
quien gastó
las suelas
hasta descubrir
la piel.
Y la piel,
por fin,
comprendió
el suelo.
Ahora
ya no quiero
leer
la última página.
No porque
haya dejado
de tener miedo.
Sino porque
empiezo
a sospechar
que conocerla
cambiaría
mi manera
de vivir
las anteriores.
Prefiero
la sorpresa.
Prefiero
la conversación.
Prefiero
caminar
junto al tiempo
y preguntarle,
sin exigirle,
qué desea
añadir
a esta historia.
Quizá
cumplir años
no consista
en acercarse
al final.
Quizá
consista
en aprender
a leer
cada capítulo
con menos prisa,
con más matices,
con menos juicio,
con más asombro.
Porque la vida
me obliga
a releer
cada capítulo
desde el siguiente.
Nada
queda escrito
de una vez
para siempre.
Cada amanecer
corrige
una frase.
Cada pérdida
ilumina
un recuerdo.
Cada encuentro
devuelve
un significado
que antes
no podía verse.
Quizá
esa sea
la mayor sabiduría.
No conocer
el desenlace.
Sino aceptar
que incluso
el desenlace
seguirá cambiando
mientras exista
alguien
capaz
de mirarlo.
Por eso
ya no quiero
adelantarme
al tiempo.
Él
ha sido
un mejor escritor
que yo.
Siempre
añadió
un giro
que jamás
habría imaginado.
Siempre
encontro
una puerta
donde yo
solo veía
un muro.
Y cuando
creía
haber comprendido
la historia,
la vida
sonreía
en silencio
y escribía
un capítulo
que cambiaba
el sentido
de todos
los anteriores
Ahora
cierro el libro.
No porque
la historia
haya terminado.
Sino porque
he descubierto
que no soy
la lectora
que intenta
adivinar
el final.
Soy,
al mismo tiempo,
la página,
la tinta,
la mano
que escribe,
y la mujer
que aprende,
por fin,
a disfrutar
del capítulo
que tiene
abierto
entre las manos.
Dikia ©
12/07/2026
Durante media vida
quise leer
el último capítulo.
No por impaciencia.
Por miedo.
Quería saber
si el viaje merecería
el cansancio,
si el amor justificaría
la herida,
si la ruptura
borraría los abrazos,
si el invierno
condenaría
a la primavera.
Leía la vida
como leo los libros.
Primero el índice.
Después el final.
Solo entonces
decidía entrar.
Necesitaba
la seguridad
antes del camino.
Pero el tiempo,
que nunca discute,
solo camina,
fue corrigiendo
mis certezas.
No con argumentos.
Con estaciones.
Con pérdidas.
Con encuentros.
Con personas
que llegaron
para marcharse.
Y otras
que permanecieron
sin que yo las esperara.
Comprendí
que el dolor
no desaparece
porque uno lo acepte.
Solo cambia
de lugar.
Antes ocupaba
todo el horizonte.
Ahora
es una montaña
dentro del paisaje.
Sigue siendo alta.
Pero ya no es
el mundo entero.
Entonces
dejé de preguntar:
¿Por qué?
Y comenzó
otra pregunta.
Más humilde.
Más lenta.
Más verdadera.
¿Qué lugar ocupará esto
en el conjunto
de mi vida?
No lo sé.
Y quizá
esa sea
la primera respuesta.
Porque no saber
es también
un espacio.
Un claro
donde todavía
caben posibilidades.
Durante años
confundí
el final
con el significado.
Si acababa mal,
todo había sido
un error.
Si acababa bien,
todo merecía
la pena.
Qué pobre
era mi mirada.
Una ruptura
no borra
el amor vivido.
Una muerte
no elimina
la ternura.
Una enfermedad
no cancela
la belleza.
Y un final feliz
tampoco rescata
una vida
que nunca fue habitada.
El último capítulo
no juzga
a los anteriores.
Solo escribe
el suyo.
La novela
es mucho más larga
que su despedida.
Aquello
que celebré
como un triunfo,
o lloré
como un fracaso,
hoy solo puedo
mirarlo
y decir:
que sea
para bien.
Quizá
solo fuera
un desvío.
Quizá
una puerta
que aún
no sé
adónde conduce.
También el pasado
sigue cambiando.
Creemos
que ya sucedió,
que quedó escrito,
que nada puede moverlo.
Y, sin embargo,
cada vez
que la vida
nos transforma,
vuelve
a escribir
sus márgenes.
Los hechos
no cambian.
Cambia
quien los contempla.
Y entonces
aquello
que pesaba demasiado
encuentra
su medida.
Y aquello
que apenas vimos,
de pronto,
se vuelve
imprescindible.
Nunca podremos
traer
todo el pasado
al presente
para comprender
su verdadero significado.
Siempre faltará
un capítulo,
una mirada,
un tiempo
que todavía
no ha llegado.
También llamamos
bien
a lo que deseamos,
y mal
a lo que rechazamos.
Pero la vida
sonríe
ante nuestras etiquetas.
No sabemos
qué será
un regalo
y qué será
una despedida.
Y muchas veces
ambas cosas
vienen
abrazadas.
Hasta el final
no puede leerse
del todo
este examen.
Y quizá,
ni siquiera entonces.
Porque tal vez
la vida
no sea
un examen.
Tal vez
sea
un manuscrito
que aprende
a escribirse
mientras
lo vivimos.
Nada permanece
solo siendo
lo que es.
Todo,
al vivirse,
se inclina
despacio
hacia su contrario.
La fuerza
descubre
la fragilidad.
La juventud
la lentitud.
La certeza
la duda.
La soledad
la compañía.
El amor
la libertad.
Y al acercarse tanto,
los contrarios
terminan
dándose
la mano.
No para desaparecer.
Sino
para reconocerse.
Fue el camino
quien permitió
el cariño.
Fue el roce
quien enseñó
la proximidad.
Fue el tiempo
quien gastó
las suelas
hasta descubrir
la piel.
Y la piel,
por fin,
comprendió
el suelo.
Ahora
ya no quiero
leer
la última página.
No porque
haya dejado
de tener miedo.
Sino porque
empiezo
a sospechar
que conocerla
cambiaría
mi manera
de vivir
las anteriores.
Prefiero
la sorpresa.
Prefiero
la conversación.
Prefiero
caminar
junto al tiempo
y preguntarle,
sin exigirle,
qué desea
añadir
a esta historia.
Quizá
cumplir años
no consista
en acercarse
al final.
Quizá
consista
en aprender
a leer
cada capítulo
con menos prisa,
con más matices,
con menos juicio,
con más asombro.
Porque la vida
me obliga
a releer
cada capítulo
desde el siguiente.
Nada
queda escrito
de una vez
para siempre.
Cada amanecer
corrige
una frase.
Cada pérdida
ilumina
un recuerdo.
Cada encuentro
devuelve
un significado
que antes
no podía verse.
Quizá
esa sea
la mayor sabiduría.
No conocer
el desenlace.
Sino aceptar
que incluso
el desenlace
seguirá cambiando
mientras exista
alguien
capaz
de mirarlo.
Por eso
ya no quiero
adelantarme
al tiempo.
Él
ha sido
un mejor escritor
que yo.
Siempre
añadió
un giro
que jamás
habría imaginado.
Siempre
encontro
una puerta
donde yo
solo veía
un muro.
Y cuando
creía
haber comprendido
la historia,
la vida
sonreía
en silencio
y escribía
un capítulo
que cambiaba
el sentido
de todos
los anteriores
Ahora
cierro el libro.
No porque
la historia
haya terminado.
Sino porque
he descubierto
que no soy
la lectora
que intenta
adivinar
el final.
Soy,
al mismo tiempo,
la página,
la tinta,
la mano
que escribe,
y la mujer
que aprende,
por fin,
a disfrutar
del capítulo
que tiene
abierto
entre las manos.
Dikia ©
12/07/2026
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