El Supositorio

Edouard

Poeta adicto al portal
inflado como una grasienta bola de pus, aquel ser nocturno se llevaba a su enervada boca de dientes postizos toda clase de repostería caducada. Hasta que una mañana de sol harapiento le empezaron a nacer las arritmias en el prostíbulo de camas de hojalata. Llamaron urgentemente al médico belicoso de la comarca. Y a este no se le ocurrió otra cosa que bajarle los cagados calzoncillos para de inmediato insertarle un negro supositorio gordo por el profundo orificio anal. El paciente resoplaba como si la vida y la muerte le fuera en ello. Entonces, los latidos de su mugriento corazón de escarcha comenzaron a ajar su pecho de próximo difunto enterrado en claustrofóbico ataúd de pino. Al instante empalideció, siendo su ángel protector el primero en desgajarse de su vagabunda alma. Para que así, el demonio de la muerte se lo llevase en esencia inmortal hacia los fragorosos infiernos. Donde allí, los réprobos de la Santa Biblia orinarían en su tez macilenta de condenado por impenitente gula.
 
Última edición:
homo-adictus, aquel personaje guloso, después de llevarse a la boca dulces en mal estado, tuvo que sufrir lo indecible en el prostíbulo por los ataques al corazón que su empacho le había proporcionado. Menos mal que llegó el mata sanos para introducirle por el recto el nefasto supositorio, aunque tuviese que bajarle la bragueta llena de mierda. Pero ni aún así logró el médico apartarlo de los feroces ataques en el corazón de nuestro condenado ser crapuloso. El cual terminaría en un ataúd. Siendo despertado sobrenaturalmente, cuando su ángel de la guarda se desquitó de él, por un ser infernal que lo llevaría a los reinos de ultratumba, donde otros seres de su misma condición pero archivados en el nefasto Libro Sagrado, le encharcarían de orina su semblante pálido y perruno. Atentamente Edouard.
 

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