El regalo de la diosa fortuna
Los tres niños se habían fugado del orfanato huyendo del maltrato; ateridos de frío contemplaban absortos la exquisita imagen que se ofrecía ante sus enormes ojos. Mientras sus escuálidos cuerpecitos tiritaban, sus sucias manitas se apoyaban en el escaparate de la dulcería, era la más lujosa de aquella ciudad, atestada de gente enfundada en elegantes abrigos. El dependiente salió para llamarles la atención... estaban ensuciando el escaparate y además molestaban a los clientes con su sola presencia. Una bellísima señora con un luminoso vestido pasó junto a ellos envolviéndolos con su manto en un suave calor y por unos instantes dejaron de temblar. La señora reprobó con la mirada al dependiente que se sintió avergonzado y bajando la cabeza se retiró a su puesto. Permanecieron ensimismados pegados al cristal, mientras el aroma a vainilla y pastel de chocolate, les dolía por dentro; La hermosa señora se acercó susurrándoles:
- ¿Cuáles son vuestros deseos pequeños?-
-Nosotros no tenemos deseos señora-respondieron sin dejar de mirar el escaparate- no nos los podemos permitir, solo tenemos hambre-
-Pero¿acaso no sabéis que los deseos de los niños son un derecho universal?- y, diciendo esto, depositó en sus manos una bandeja de las variedades más preciadas de la dulcería, soplando a la vez sobre un billete de lotería, que les entregó antes de desaparecer, dejando tras de sí una estela brillante.
Entre asombrados y extasiados saborearon poco a poco los deliciosos dulces temerosos de que se les acabaran; luego, amodorrados por el banquete, sintieron un dulce sopor y acurrucados entre unos cartones, se apretujaron los unos contra los otros tratando de protegerse del frío de aquella gélida noche de diciembre. Aferrando entre sus manitas el preciado tesoro que les había sido entregado por la bella señora, poco a poco se sumieron en un sueño reparador.
Al despertar del día veintidós, corrieron al bar más cercano, en la televisión, un niño de San Ildefonso cantaba el Gordo de Navidad: el 72.221; ...¡¡Era su número!!
La bella señora les había regalado un sueño maravilloso; ahora al fin tendrían un auténtico hogar para los tres.
Los tres niños se habían fugado del orfanato huyendo del maltrato; ateridos de frío contemplaban absortos la exquisita imagen que se ofrecía ante sus enormes ojos. Mientras sus escuálidos cuerpecitos tiritaban, sus sucias manitas se apoyaban en el escaparate de la dulcería, era la más lujosa de aquella ciudad, atestada de gente enfundada en elegantes abrigos. El dependiente salió para llamarles la atención... estaban ensuciando el escaparate y además molestaban a los clientes con su sola presencia. Una bellísima señora con un luminoso vestido pasó junto a ellos envolviéndolos con su manto en un suave calor y por unos instantes dejaron de temblar. La señora reprobó con la mirada al dependiente que se sintió avergonzado y bajando la cabeza se retiró a su puesto. Permanecieron ensimismados pegados al cristal, mientras el aroma a vainilla y pastel de chocolate, les dolía por dentro; La hermosa señora se acercó susurrándoles:
- ¿Cuáles son vuestros deseos pequeños?-
-Nosotros no tenemos deseos señora-respondieron sin dejar de mirar el escaparate- no nos los podemos permitir, solo tenemos hambre-
-Pero¿acaso no sabéis que los deseos de los niños son un derecho universal?- y, diciendo esto, depositó en sus manos una bandeja de las variedades más preciadas de la dulcería, soplando a la vez sobre un billete de lotería, que les entregó antes de desaparecer, dejando tras de sí una estela brillante.
Entre asombrados y extasiados saborearon poco a poco los deliciosos dulces temerosos de que se les acabaran; luego, amodorrados por el banquete, sintieron un dulce sopor y acurrucados entre unos cartones, se apretujaron los unos contra los otros tratando de protegerse del frío de aquella gélida noche de diciembre. Aferrando entre sus manitas el preciado tesoro que les había sido entregado por la bella señora, poco a poco se sumieron en un sueño reparador.
Al despertar del día veintidós, corrieron al bar más cercano, en la televisión, un niño de San Ildefonso cantaba el Gordo de Navidad: el 72.221; ...¡¡Era su número!!
La bella señora les había regalado un sueño maravilloso; ahora al fin tendrían un auténtico hogar para los tres.
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