El peso de un amor perseguido

victorialozano

Poeta recién llegado
Hay heridas que sangran en silencio.

No dejan manchas sobre la piel,
pero inundan el alma de un dolor
que no encuentra descanso.

Nadie imagina lo que es despertar
con el pecho apretado,
con la respiración temblando,
con el corazón preguntándose
si hoy será el día
en que todo termine.

Vivo con la ansiedad abrazada a mi cuerpo.

Se sienta a mi lado al despertar.

Me acompaña cuando intento comer.

Me sigue cuando cierro los ojos.

Y duerme conmigo cada noche,
recordándome que el miedo
también puede tener voz.

Hay días en que siento
que me estoy ahogando sin agua.

Que mis pulmones olvidaron
cómo respirar tranquilidad.

Que mi corazón corre desesperado
sin saber hacia dónde escapar.

Y mientras tanto,
mi mente inventa cientos de finales.

Todos duelen.

Todos terminan igual.

Con lágrimas.

Con ausencia.

Con un amor obligado a esconderse.

Y entonces llega la bronca.

Esa bronca inmensa
que quema más que el fuego.

Bronca porque amar
nunca debió convertirse en un motivo para tener miedo.

Bronca porque existen personas
que creen que las amenazas
pueden reemplazar al cariño.

Bronca porque el odio
camina libre,
mientras nosotros caminamos
mirando por encima del hombro.

¿Qué clase de mundo
obliga a dos personas
a esconder un abrazo?

¿Qué clase de corazón
disfruta sembrando terror
donde solo había amor?

Me duele pensar
que si nos encontraran juntos,
podrían hacerle la vida imposible.

Me duele imaginar
que una simple mirada,
una conversación,
un abrazo,
puedan convertirse
en motivo de nuevos problemas.

Y entonces aparece la desesperación.

La que me pregunta
una y otra vez:

"¿Qué hacemos ahora?"

¿Seguimos esperando?

¿Seguimos luchando?

¿Seguimos creyendo?

¿O dejamos que el miedo
decida por nosotros?

No quiero que el miedo
escriba nuestra historia.

No quiero que las amenazas
tengan la última palabra.

No quiero vivir escondiendo
el amor que llevo en el pecho.

Pero tampoco quiero perderlo.

Porque perderlo sería
como arrancarme el alma
con las manos desnudas.

Hay noches
en las que abrazo mi almohada
imaginando que es él.

Le hablo al silencio.

Le cuento cuánto lo extraño.

Cuánto daría
por escuchar su voz
aunque fuera unos segundos.

Cuánto daría
por volver a verlo sonreír
sin que el miedo nos acompañe.

Y entonces lloro.

Lloro hasta quedarme sin fuerzas.

Lloro porque extraño.

Porque tengo miedo.

Porque estoy cansada.

Porque mi corazón
ya no sabe cuánto más resistirá.

A veces me pregunto
si alguien entiende
lo que significa amar así.

Amar sabiendo
que el miedo puede aparecer en cualquier momento.

Amar sintiendo
que cualquier paso en falso
podría traer consecuencias.

Amar mientras el corazón
late con más fuerza
por temor que por tranquilidad.

Es un dolor
que nadie debería conocer.

Es una angustia
que consume lentamente.

Es una batalla
que se libra en silencio.

Y aun así...

Cada vez que estoy a punto
de rendirme,
levanto la mirada al cielo.

Porque si hay algo
que todavía no pudieron quitarme,
es la fe.

La fe de que Dios
escucha incluso
las lágrimas que nunca pronuncié.

La fe de que Él conoce
cada latido acelerado.

Cada ataque de ansiedad.

Cada noche sin dormir.

Cada oración hecha entre sollozos.

Él sabe cuánto duele.

Él sabe cuánto pesa.

Él sabe cuánto amo.

Y aunque hoy
las respuestas no lleguen,
aunque el camino siga siendo difícil,
aunque el miedo quiera instalarse para siempre...

No quiero dejar de creer.

Porque Dios nunca prometió
que el camino sería fácil.

Prometió caminar a nuestro lado.

Quizás hoy
no podamos entender
por qué vivimos todo esto.

Quizás mañana tampoco.

Pero tengo la esperanza
de que algún día
miraremos hacia atrás
y entenderemos
que Dios jamás nos abandonó.

Que incluso cuando todo parecía perdido,
Él seguía sosteniendo nuestras manos.

Por eso,
aunque tiemble...

seguiré caminando.

Aunque llore...

seguiré orando.

Aunque tenga miedo...

seguiré creyendo.

Porque el odio
no puede ser más fuerte
que un amor sostenido por Dios.

Porque las amenazas
no pueden apagar
la luz que Él enciende.

Porque la oscuridad
siempre parece eterna...
hasta que el primer rayo de sol
rompe la noche.

Y yo espero ese amanecer.

Lo espero con lágrimas.

Con el corazón cansado.

Con las manos temblando.

Pero también con la certeza
de que ningún dolor es eterno.

Algún día volveremos a respirar tranquilos.

Algún día los abrazos
dejarán de esconderse.

Algún día el miedo
será solo un recuerdo.

Y cuando ese día llegue,
miraremos al cielo
y entenderemos
que la esperanza nunca fue una ilusión.

Fue la mano de Dios
sosteniéndonos
cuando sentíamos
que ya no podíamos más.

Hasta entonces,
seguiré creyendo.

Seguiré amando.

Seguiré esperando.

Porque el verdadero amor
no nace de la ausencia del miedo,
sino de la decisión
de no dejar que el miedo
nos robe el alma.

Y mientras Dios siga guiando nuestros pasos, ninguna amenaza, ningún odio y ninguna oscuridad podrán borrar el amor y la esperanza que guardamos en el corazón.
 
Hay heridas que sangran en silencio.

No dejan manchas sobre la piel,
pero inundan el alma de un dolor
que no encuentra descanso.

Nadie imagina lo que es despertar
con el pecho apretado,
con la respiración temblando,
con el corazón preguntándose
si hoy será el día
en que todo termine.

Vivo con la ansiedad abrazada a mi cuerpo.

Se sienta a mi lado al despertar.

Me acompaña cuando intento comer.

Me sigue cuando cierro los ojos.

Y duerme conmigo cada noche,
recordándome que el miedo
también puede tener voz.

Hay días en que siento
que me estoy ahogando sin agua.

Que mis pulmones olvidaron
cómo respirar tranquilidad.

Que mi corazón corre desesperado
sin saber hacia dónde escapar.

Y mientras tanto,
mi mente inventa cientos de finales.

Todos duelen.

Todos terminan igual.

Con lágrimas.

Con ausencia.

Con un amor obligado a esconderse.

Y entonces llega la bronca.

Esa bronca inmensa
que quema más que el fuego.

Bronca porque amar
nunca debió convertirse en un motivo para tener miedo.

Bronca porque existen personas
que creen que las amenazas
pueden reemplazar al cariño.

Bronca porque el odio
camina libre,
mientras nosotros caminamos
mirando por encima del hombro.

¿Qué clase de mundo
obliga a dos personas
a esconder un abrazo?

¿Qué clase de corazón
disfruta sembrando terror
donde solo había amor?

Me duele pensar
que si nos encontraran juntos,
podrían hacerle la vida imposible.

Me duele imaginar
que una simple mirada,
una conversación,
un abrazo,
puedan convertirse
en motivo de nuevos problemas.

Y entonces aparece la desesperación.

La que me pregunta
una y otra vez:

"¿Qué hacemos ahora?"

¿Seguimos esperando?

¿Seguimos luchando?

¿Seguimos creyendo?

¿O dejamos que el miedo
decida por nosotros?

No quiero que el miedo
escriba nuestra historia.

No quiero que las amenazas
tengan la última palabra.

No quiero vivir escondiendo
el amor que llevo en el pecho.

Pero tampoco quiero perderlo.

Porque perderlo sería
como arrancarme el alma
con las manos desnudas.

Hay noches
en las que abrazo mi almohada
imaginando que es él.

Le hablo al silencio.

Le cuento cuánto lo extraño.

Cuánto daría
por escuchar su voz
aunque fuera unos segundos.

Cuánto daría
por volver a verlo sonreír
sin que el miedo nos acompañe.

Y entonces lloro.

Lloro hasta quedarme sin fuerzas.

Lloro porque extraño.

Porque tengo miedo.

Porque estoy cansada.

Porque mi corazón
ya no sabe cuánto más resistirá.

A veces me pregunto
si alguien entiende
lo que significa amar así.

Amar sabiendo
que el miedo puede aparecer en cualquier momento.

Amar sintiendo
que cualquier paso en falso
podría traer consecuencias.

Amar mientras el corazón
late con más fuerza
por temor que por tranquilidad.

Es un dolor
que nadie debería conocer.

Es una angustia
que consume lentamente.

Es una batalla
que se libra en silencio.

Y aun así...

Cada vez que estoy a punto
de rendirme,
levanto la mirada al cielo.

Porque si hay algo
que todavía no pudieron quitarme,
es la fe.

La fe de que Dios
escucha incluso
las lágrimas que nunca pronuncié.

La fe de que Él conoce
cada latido acelerado.

Cada ataque de ansiedad.

Cada noche sin dormir.

Cada oración hecha entre sollozos.

Él sabe cuánto duele.

Él sabe cuánto pesa.

Él sabe cuánto amo.

Y aunque hoy
las respuestas no lleguen,
aunque el camino siga siendo difícil,
aunque el miedo quiera instalarse para siempre...

No quiero dejar de creer.

Porque Dios nunca prometió
que el camino sería fácil.

Prometió caminar a nuestro lado.

Quizás hoy
no podamos entender
por qué vivimos todo esto.

Quizás mañana tampoco.

Pero tengo la esperanza
de que algún día
miraremos hacia atrás
y entenderemos
que Dios jamás nos abandonó.

Que incluso cuando todo parecía perdido,
Él seguía sosteniendo nuestras manos.

Por eso,
aunque tiemble...

seguiré caminando.

Aunque llore...

seguiré orando.

Aunque tenga miedo...

seguiré creyendo.

Porque el odio
no puede ser más fuerte
que un amor sostenido por Dios.

Porque las amenazas
no pueden apagar
la luz que Él enciende.

Porque la oscuridad
siempre parece eterna...
hasta que el primer rayo de sol
rompe la noche.

Y yo espero ese amanecer.

Lo espero con lágrimas.

Con el corazón cansado.

Con las manos temblando.

Pero también con la certeza
de que ningún dolor es eterno.

Algún día volveremos a respirar tranquilos.

Algún día los abrazos
dejarán de esconderse.

Algún día el miedo
será solo un recuerdo.

Y cuando ese día llegue,
miraremos al cielo
y entenderemos
que la esperanza nunca fue una ilusión.

Fue la mano de Dios
sosteniéndonos
cuando sentíamos
que ya no podíamos más.

Hasta entonces,
seguiré creyendo.

Seguiré amando.

Seguiré esperando.

Porque el verdadero amor
no nace de la ausencia del miedo,
sino de la decisión
de no dejar que el miedo
nos robe el alma.

Y mientras Dios siga guiando nuestros pasos, ninguna amenaza, ningún odio y ninguna oscuridad podrán borrar el amor y la esperanza que guardamos en el corazón.
Un desgarrador testimonio sobre el dolor de vivir un amor perseguido por la ansiedad, el miedo y las amenazas.

Saludos
 

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