El pendiente

King

Poeta recién llegado
Aún no sé porqué demonios

decidí hacerme el pendiente.

Me lo aconsejaron

varias mujeres con las que tuve

la tan maldita bendita suerte

de chocarme cara a cara

por la amplia

-en ocasiones estrechísima-

calle de la vida.

Recuerdo a varia de ellas.

Algunas eran más corpulentas

que las demás.

Las había femeninas y unas cuantas

de aspecto tosco como toros bravos.

Otras eran bajitas y graciosas.

También tuve que soportar actitudes

groseras

y que para nada tenían que ver

con la beatitud de sus sonrisas

y manos de tela.

Eso sí, todas ellas compartían

unos ojos impecables, puros,

que transpiraban paz y regocijo.

Un tipo de regalo concebido

por un escultor-mago (llamémoslo AZAR).


La cosa es que cuando me hice

el pendiente acababa de empezar

una época de soltería taaaan larga

que podría atarle los zapatos desde

Murcia al mismísimo Santo Pontífice.


No me malinterpretéis.

Me gusta como me queda el pequeño

aro plateado colgando en el lóbulo

de la oreja izquierda.

Es solo que, ¿porqué coño lo tengo ahí?
 

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