No hay tiempo de aprender poesia cuando se trabaja toda la vida.
Desafortunadamente, la vaina de la suerte es así, unos van al colegio a aprenderla; otros no, sino directo al vivir, a conocerla de otra manera. Los que no pudieron ir al colegio se gastan las energías, físicas y mentales, en sobrevivir; los que si pudieron ir no sufren tanto el riesgo, físico, de sobre trabajar, son mas devotos a las palabras brillosas, y con gran maestría, más concentrados en uno o varios excitantes proyectos a la vez.
Unos viven una vida brusca, como una tocadiscos, dando vuelta y vuelta por esa aguja del trabajo que no se quita si no hasta que se retira o se quiebra el disco. Lo bueno de este vivir es que la simplicidad o cristalina realidad son de gran poder, una sabiduría del saber que tener o estudiar más no significa ser mejor que los demás. Otros viven una vida más balanceada, con metas o ideales de una programada, o supuesta senda a la felicidad y, de repente, un día se dan cuenta que lo ya logrado no les gusta mas. El asunto es que en cualquier lugar, carrera o clase social hay insatisfacciones.
Escribo esto porque unos amigos, muy estudiados y conocedores de letras, me invitaron a una tertulia, o como decimos en México, a una pinche pachanga. Allí me preguntaron si todavia seguía escribiendo, de qué escribía, a quién leía, que si tenia horarios para escribir, etc. Así, entre vinos, cervezas y el relajo, de tales preguntas se inició una amigable y chistosa entrevista a este servidor.
Poeta Guerrión,
¿Se acuerda cómo fue que empezó a escribir?
– fácil, pasó cuando tenía como trece años, mis padres me dieron un papel para apuntar cosas para comprar en el mercado y acabé anotándole unas letras a la novia, mismas por las que después me hicieron burlas, tanto mi familia, como varios de mis vecinos.
Poeta,
a propósito de esas primeras letras a la novia, ¿podría corroborarme con unas cuantas de esas líneas, claro, si las recuerda?
– por supuesto, los poetas tenemos una memoria de elefante, pero aclaro, regresar a aquellos días traen nostalgias. Podría decir que a esa joven edad, usualmente, se copiaban poemas o fragmentos de otros poetas y se los dábamos a la novia, pero en esos menesteres del ir copiando, un día nací yo, el guerrión del hoy con sus propias musas. Mi primera novia se llamaba Santa, muy alegre, franca y muy querida, pero bueno, no deseo alargar más en esto, sino describir mis primeras notas que más o menos decían así;
Santa,
contento estoy vengas en el camión,
con tu lengua en mi garganta
pero en la próxima parada doy el bajon
porque para las mil cumbres (una colonia) puras madres que yo voy.
Poeta,
sus letras, para su entonces joven edad, eran algo explicitas o sofocantes de leer, pero dígame, ¿por qué dejo las composiciones, qué lo detuvo?
- Bueno, mi primera novia, de Santa nomas el nombre porque en su forma de ser era una diabililla escolar, alentadora de platicas, muy bella, de un mirar sin igual y una sonrisa que me sonrojaba así lo hiciera de lejos. Tan tremenda era ella - aún más alrededor de sus amigas – que un día que me reto a besarnos en el camión y, esa es la razón del escrito anterior.
De lo que me detuvo? pues, además de la policía por participar en huelgas sindicales, cosas del vivir como la juventud, la pobreza y el desamor también me detuvieron.
La vida en México siempre ha sido de festividades y ser joven y al lado de tanto alboroto, pues era muy difícil no participar o ser parte de los momentos. A lo menos para mí lo fue, y aun lo es, me es difícil sentarme a escribir y dejar pasar eventos del vivir que no vuelven mas.
La pobreza siempre ha sido muy normal en mi país, en lo personal, desde la enfermedad del jefe de mi hogar, o sea mi padre, tuve que trabajar en muchas industrias de la calle; vender periódicos, bolear zapatos, vender frutas, pan, limpiar vidrios, despachar gasolina, ayudante de construcción, etc., Además, tenía que seguir yendo a la escuela. Y aunque la estadía escolar no haya sido tan larga, así, estoy muy contento haya terminado el segundo de secundaria.
Lo del desamor, pues, nunca me fue fácil ser como muchos de mis amigos, es decir, nunca fui un gran futbolista ni buen boxeador, ni mujeriego, sino hijo de un predicador, con muchas reglas y horarios para la oración y el culto dominical. En el fondo siempre he sido algo chistoso, introvertido, sensible e imaginativo, muy enamorado, pero nada fuerte para olvidarme o arrancar del tajo el desamor de una mujer.
Poeta,
entiendo eso del vivir con carencias, para dígame, ¿le gustan las parrandas, ha tenido algún vicio? Lo pregunto porque entre muy reconocidos poetas esto es casi normal.
Pues, “vicios” de nicotina, alcohol u otras drogas no, nunca, lo que si tengo son esporádicos gustos por unas cervezas, un puro – solo si es cubano – y una tequilita de vez en cuando. En realidad yo empecé a fumar y a beber a la edad de 23 años, o de recién llegado a los Estados Unidos, mas nunca en casa o alrededor del barrio. No cigarros, ni cervezas por respeto o por temor a mis padres, ademas, si me hubieran visto por allí ya sabia la santa guarachisa que me esperaba.
Lo del ser parrandero nunca me ha llamado la atención, más bien soy un tipo del convivio social, de inmensos diálogos, y a la vez, amaestrado para escuchar y aprender de los demás y mucho más, si son de las mujeres. Así que mi tendencia es pasar un buen rato, destapar una o dos cervezas, descubrir algo mágico en las platicas e irme al hogar, todo muy simple.
Poeta,
¿Cuánto tiempo lleva viviendo en los Estados Unidos, cómo describe la razón que haya vuelto a sus notas otra vez?
- Llevo más de la mitad de mis años viviendo en este nuevo país, 27 para ser preciso, pero a pesar del tiempo todavía me siento como recién llegado, creo son cosas que se dan al despedirnos del ambiente natural o espiritual del que formabamos. En el fondo, pienso que del pasado nunca nos apartamos.
Sobre del asunto de reencontrarme con mis letras, en sí, nunca las abandone, más bien, siempre han estado allí, pero las distancias o el tiempo de acoplarme a un vivir sin documentos en esta país, y mil otras cosas más, pues, por suerte un día volvieron a resurgir. En si, esta rara forma de aparecer y desaparecer de mis letras es ya usual. La otra realidad es que los locos cambios que se ven en este moderno país, de repente, le quitan a uno la relajación o las ganas de pensar en escribir.
Al final, yo sabia que la trayectoria no tan familiar de mis apuntes les iban a causar risas, y también, en algunos, una mirada de perplejidad. Sus miradas me lo expresaban, un desconcierto de palabrear con alguien como yo - que nunca fue al gimnasio de los literarios o intelectuales - que fuese capaz de un escribir tan saludable, fresco y raro, pero como la vida es.
De pronto se acabo la entrevista, nos olvidarnos de las letras y empezamos a ser humanos, como unos chiquillos que no lidian con títulos ni otras pendejadas, sino con lo más fascinante que la vida les da, el desconocimiento del tiempo, una bella amistad y un reír tan medicinal para quienes somos padres, y a veces poetas.
Fidel Guerra.
Desafortunadamente, la vaina de la suerte es así, unos van al colegio a aprenderla; otros no, sino directo al vivir, a conocerla de otra manera. Los que no pudieron ir al colegio se gastan las energías, físicas y mentales, en sobrevivir; los que si pudieron ir no sufren tanto el riesgo, físico, de sobre trabajar, son mas devotos a las palabras brillosas, y con gran maestría, más concentrados en uno o varios excitantes proyectos a la vez.
Unos viven una vida brusca, como una tocadiscos, dando vuelta y vuelta por esa aguja del trabajo que no se quita si no hasta que se retira o se quiebra el disco. Lo bueno de este vivir es que la simplicidad o cristalina realidad son de gran poder, una sabiduría del saber que tener o estudiar más no significa ser mejor que los demás. Otros viven una vida más balanceada, con metas o ideales de una programada, o supuesta senda a la felicidad y, de repente, un día se dan cuenta que lo ya logrado no les gusta mas. El asunto es que en cualquier lugar, carrera o clase social hay insatisfacciones.
Escribo esto porque unos amigos, muy estudiados y conocedores de letras, me invitaron a una tertulia, o como decimos en México, a una pinche pachanga. Allí me preguntaron si todavia seguía escribiendo, de qué escribía, a quién leía, que si tenia horarios para escribir, etc. Así, entre vinos, cervezas y el relajo, de tales preguntas se inició una amigable y chistosa entrevista a este servidor.
Poeta Guerrión,
¿Se acuerda cómo fue que empezó a escribir?
– fácil, pasó cuando tenía como trece años, mis padres me dieron un papel para apuntar cosas para comprar en el mercado y acabé anotándole unas letras a la novia, mismas por las que después me hicieron burlas, tanto mi familia, como varios de mis vecinos.
Poeta,
a propósito de esas primeras letras a la novia, ¿podría corroborarme con unas cuantas de esas líneas, claro, si las recuerda?
– por supuesto, los poetas tenemos una memoria de elefante, pero aclaro, regresar a aquellos días traen nostalgias. Podría decir que a esa joven edad, usualmente, se copiaban poemas o fragmentos de otros poetas y se los dábamos a la novia, pero en esos menesteres del ir copiando, un día nací yo, el guerrión del hoy con sus propias musas. Mi primera novia se llamaba Santa, muy alegre, franca y muy querida, pero bueno, no deseo alargar más en esto, sino describir mis primeras notas que más o menos decían así;
Santa,
contento estoy vengas en el camión,
con tu lengua en mi garganta
pero en la próxima parada doy el bajon
porque para las mil cumbres (una colonia) puras madres que yo voy.
Poeta,
sus letras, para su entonces joven edad, eran algo explicitas o sofocantes de leer, pero dígame, ¿por qué dejo las composiciones, qué lo detuvo?
- Bueno, mi primera novia, de Santa nomas el nombre porque en su forma de ser era una diabililla escolar, alentadora de platicas, muy bella, de un mirar sin igual y una sonrisa que me sonrojaba así lo hiciera de lejos. Tan tremenda era ella - aún más alrededor de sus amigas – que un día que me reto a besarnos en el camión y, esa es la razón del escrito anterior.
De lo que me detuvo? pues, además de la policía por participar en huelgas sindicales, cosas del vivir como la juventud, la pobreza y el desamor también me detuvieron.
La vida en México siempre ha sido de festividades y ser joven y al lado de tanto alboroto, pues era muy difícil no participar o ser parte de los momentos. A lo menos para mí lo fue, y aun lo es, me es difícil sentarme a escribir y dejar pasar eventos del vivir que no vuelven mas.
La pobreza siempre ha sido muy normal en mi país, en lo personal, desde la enfermedad del jefe de mi hogar, o sea mi padre, tuve que trabajar en muchas industrias de la calle; vender periódicos, bolear zapatos, vender frutas, pan, limpiar vidrios, despachar gasolina, ayudante de construcción, etc., Además, tenía que seguir yendo a la escuela. Y aunque la estadía escolar no haya sido tan larga, así, estoy muy contento haya terminado el segundo de secundaria.
Lo del desamor, pues, nunca me fue fácil ser como muchos de mis amigos, es decir, nunca fui un gran futbolista ni buen boxeador, ni mujeriego, sino hijo de un predicador, con muchas reglas y horarios para la oración y el culto dominical. En el fondo siempre he sido algo chistoso, introvertido, sensible e imaginativo, muy enamorado, pero nada fuerte para olvidarme o arrancar del tajo el desamor de una mujer.
Poeta,
entiendo eso del vivir con carencias, para dígame, ¿le gustan las parrandas, ha tenido algún vicio? Lo pregunto porque entre muy reconocidos poetas esto es casi normal.
Pues, “vicios” de nicotina, alcohol u otras drogas no, nunca, lo que si tengo son esporádicos gustos por unas cervezas, un puro – solo si es cubano – y una tequilita de vez en cuando. En realidad yo empecé a fumar y a beber a la edad de 23 años, o de recién llegado a los Estados Unidos, mas nunca en casa o alrededor del barrio. No cigarros, ni cervezas por respeto o por temor a mis padres, ademas, si me hubieran visto por allí ya sabia la santa guarachisa que me esperaba.
Lo del ser parrandero nunca me ha llamado la atención, más bien soy un tipo del convivio social, de inmensos diálogos, y a la vez, amaestrado para escuchar y aprender de los demás y mucho más, si son de las mujeres. Así que mi tendencia es pasar un buen rato, destapar una o dos cervezas, descubrir algo mágico en las platicas e irme al hogar, todo muy simple.
Poeta,
¿Cuánto tiempo lleva viviendo en los Estados Unidos, cómo describe la razón que haya vuelto a sus notas otra vez?
- Llevo más de la mitad de mis años viviendo en este nuevo país, 27 para ser preciso, pero a pesar del tiempo todavía me siento como recién llegado, creo son cosas que se dan al despedirnos del ambiente natural o espiritual del que formabamos. En el fondo, pienso que del pasado nunca nos apartamos.
Sobre del asunto de reencontrarme con mis letras, en sí, nunca las abandone, más bien, siempre han estado allí, pero las distancias o el tiempo de acoplarme a un vivir sin documentos en esta país, y mil otras cosas más, pues, por suerte un día volvieron a resurgir. En si, esta rara forma de aparecer y desaparecer de mis letras es ya usual. La otra realidad es que los locos cambios que se ven en este moderno país, de repente, le quitan a uno la relajación o las ganas de pensar en escribir.
Al final, yo sabia que la trayectoria no tan familiar de mis apuntes les iban a causar risas, y también, en algunos, una mirada de perplejidad. Sus miradas me lo expresaban, un desconcierto de palabrear con alguien como yo - que nunca fue al gimnasio de los literarios o intelectuales - que fuese capaz de un escribir tan saludable, fresco y raro, pero como la vida es.
De pronto se acabo la entrevista, nos olvidarnos de las letras y empezamos a ser humanos, como unos chiquillos que no lidian con títulos ni otras pendejadas, sino con lo más fascinante que la vida les da, el desconocimiento del tiempo, una bella amistad y un reír tan medicinal para quienes somos padres, y a veces poetas.
Fidel Guerra.
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