¡Cómo me duele el mundo, compañero!,
me duele el mar azul en su agonía,
si uniera sus tristezas a la mía
no quedaría tinta en mi tintero.
El hombre hace del mundo estercolero,
y lleva hasta el espacio su osadía,
no escucha la novena sinfonía
y vive de lo vano prisionero.
El hombre con el arte se redime
y así lo hace el poeta ante su espejo
encontrando en sí mismo lo sublime.
Ni el ayer ni el mañana es su reflejo,
él celebra la gloria del instante
y transgrede sus límites de amante.
En los últimos versos de mi poema, está la sombra del gran poeta
Walter Whitman, en "Canto a mi mismo" que he leído recientemente.
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