En insomnes y locas noches lunares a aquel maricón no se le empinaba la verga;por mucho que monjes concupiscentes se subiesen sus negras sotanas hasta la cintura y le mostrasen alegres sus magreadas nalgas por el hipócrita obispo del señor.Tanto alcohol había ingerido aquel ser de la otra acera que su miembro lo tenía flácido y arrugado.Entonces llegó la guardia civil y,aporreándolo bajo la risa estridente de los serviciales esclavos del nazareno,escucharon un viejo susurro de zorra indecorosa.Ahora quería nuestro bujarra que le amputasen el pene para no tener que preocuparse más por su ambigua condición de macho.La policía nacional llegó con unas herrumbrosas tenazas y,tanteando el carajo de unas dimensiones de niño impúber,se la insertaron en los genitales para acto seguido tirar de ellos y desmembrarlos de aquel cuerpo magullado ya,transformando a nuestro imbécil individuo en todo un poderoso eunuco.
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