Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
En un rincón escondido del bosque, donde los árboles susurran secretos y las mariposas juegan al escondite, vivía una niña llamada Lila. Ella no tenía muchos juguetes ni grandes tesoros, pero sí tenía algo que valía más que el oro: una pequeña regadera roja y un corazón lleno de sueños.
Cada mañana, Lila caminaba hasta su jardín secreto, un lugar que nadie más conocía. Allí, en vez de sembrar flores comunes, Lila sembraba sueños. Sí, sueños. Soñaba con dragones que tocaban el violín, con nubes de algodón que sabían a fresa, con bibliotecas infinitas donde los libros cantaban.
Lila tomaba su regadera, la llenaba con agua de luna —que recogía en un frasquito cada noche— y regaba con cuidado cada sueño plantado. Al principio, nada parecía crecer. Pero Lila no se rendía. Cantaba canciones dulces, contaba cuentos a las semillas y les daba paciencia, como quien le da abrigo a un amigo.
Un día, cuando el sol se asomó más brillante que nunca, el jardín despertó. Brotaron flores con pétalos de palabras, árboles con ramas que escribían cuentos en el aire y mariposas de tinta que volaban entre las ideas.
Desde entonces, el jardín se convirtió en un lugar mágico donde todos los niños que creían en la imaginación podían entrar… pero solo si llevaban consigo un sueño en el bolsillo y una sonrisa en el alma.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados
Cada mañana, Lila caminaba hasta su jardín secreto, un lugar que nadie más conocía. Allí, en vez de sembrar flores comunes, Lila sembraba sueños. Sí, sueños. Soñaba con dragones que tocaban el violín, con nubes de algodón que sabían a fresa, con bibliotecas infinitas donde los libros cantaban.
Lila tomaba su regadera, la llenaba con agua de luna —que recogía en un frasquito cada noche— y regaba con cuidado cada sueño plantado. Al principio, nada parecía crecer. Pero Lila no se rendía. Cantaba canciones dulces, contaba cuentos a las semillas y les daba paciencia, como quien le da abrigo a un amigo.
Un día, cuando el sol se asomó más brillante que nunca, el jardín despertó. Brotaron flores con pétalos de palabras, árboles con ramas que escribían cuentos en el aire y mariposas de tinta que volaban entre las ideas.
Desde entonces, el jardín se convirtió en un lugar mágico donde todos los niños que creían en la imaginación podían entrar… pero solo si llevaban consigo un sueño en el bolsillo y una sonrisa en el alma.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados