Diego Diaz
Poeta recién llegado
Qué lindo gato: hermoso, imponente y vivaz.
Intenté acariciarlo, me arañó.
Intenté alimentarlo, me mordió.
Intenté llamarlo, me gruñó.
Qué extraño gato: cauteloso, hostil y desconfiado.
Intenté acariciarlo, me gruñó.
Intenté alimentarlo, comió en silencio.
Intenté llamarlo, y vino a mí con cautela.
Qué pobre gato: lastimado, temeroso y solitario.
Intenté acariciarlo, ronroneó.
Intenté alimentarlo, comió con entusiasmo.
Intenté llamarlo, vino a mí con emoción.
Idealicé tu lado silvestre, vi las heridas de tu pelaje y brindaste tu confianza a mi acariciar. Abrí las puertas de mi hogar para que tuvieras un refugio acogedor y cálido.
Pero veo que mi hogar, para tu naturaleza independiente, no fue suficiente. Al primer brillo, te marchaste para perseguir otra mano. Al encontrarte conmigo nuevamente con ese collar de cascabel, me miras con la misma hostilidad e indiferencia de la primera vez que te vi, como si nunca hubieras descansado sobre mi regazo. Felino necio, aún te amo.
Ahora vuelves sucio y herido por haber sido abandonado nuevamente por quien no te quiso seguir cuidando. Qué gato tan descarado y cruel: no buscas mi compañía ni mis afectos, solo buscas mi techo mientras te sanas las heridas y limpias la suciedad de tu pelaje para salir nuevamente y desaparecer por la noche.
Qué tonto soy; a pesar de ser consciente de ello, mi corazón se acelera al escuchar tus pisadas en la entrada y así correr a abrir mi hogar nuevamente para ti, con la esperanza de que algún día decidas quedarte y dejes de mirar a la calle.
Qué tontos somos: lastimados, abandonados y conformistas.
Intenté acariciarlo, me arañó.
Intenté alimentarlo, me mordió.
Intenté llamarlo, me gruñó.
Qué extraño gato: cauteloso, hostil y desconfiado.
Intenté acariciarlo, me gruñó.
Intenté alimentarlo, comió en silencio.
Intenté llamarlo, y vino a mí con cautela.
Qué pobre gato: lastimado, temeroso y solitario.
Intenté acariciarlo, ronroneó.
Intenté alimentarlo, comió con entusiasmo.
Intenté llamarlo, vino a mí con emoción.
Idealicé tu lado silvestre, vi las heridas de tu pelaje y brindaste tu confianza a mi acariciar. Abrí las puertas de mi hogar para que tuvieras un refugio acogedor y cálido.
Pero veo que mi hogar, para tu naturaleza independiente, no fue suficiente. Al primer brillo, te marchaste para perseguir otra mano. Al encontrarte conmigo nuevamente con ese collar de cascabel, me miras con la misma hostilidad e indiferencia de la primera vez que te vi, como si nunca hubieras descansado sobre mi regazo. Felino necio, aún te amo.
Ahora vuelves sucio y herido por haber sido abandonado nuevamente por quien no te quiso seguir cuidando. Qué gato tan descarado y cruel: no buscas mi compañía ni mis afectos, solo buscas mi techo mientras te sanas las heridas y limpias la suciedad de tu pelaje para salir nuevamente y desaparecer por la noche.
Qué tonto soy; a pesar de ser consciente de ello, mi corazón se acelera al escuchar tus pisadas en la entrada y así correr a abrir mi hogar nuevamente para ti, con la esperanza de que algún día decidas quedarte y dejes de mirar a la calle.
Qué tontos somos: lastimados, abandonados y conformistas.