Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
¿Qué era esto?
Lóbrego y húmedo, de paredes viscosas y un olor nauseabundo. Cada paso es asqueroso. La planta del pie se hunde, y al sacar el pié éste quedaba cubierto con algo muy parecido a la mucosa que se expulsa de la garganta como escupitajo.
Qué difícil es avanzar. Lo peor era que no existe un rumbo. Nosotros siempre buscamos la luz, pero ahí la luz era un ambiente azuloso, difuminado sobre todos los contornos.
De la mucosa brotaban insectos.
Miles.
Son moscos. Vienen en manchas que oscurecían el ambiente y se adhieren a mi cuerpo.
Percibo mi desnudez al sentir todas esas pequeñas heridas que provocaban sus trompas al penetrar mi piel. Siento la debilidad de la anemia: mareo y falta de fuerzas.
La nube se aparta de mí. Me queda la sensación insoportable de las picaduras. Pierdo el conocimiento. Cuando despierto me encuentro en algo parecido a la sala de hospital. Estoy acostado. Siento en mi brazo la presencia de una aguja. Poco a poco puedo ver a detalle todas las cosas. Me aplican una sustancia que parece ser suero. Al lado mío hay hombre. Se mira tan débil como yo. También recibe una transfusión. El líquido que le aplican es parecido al mío.
El hombre abre los ojos y me mira. Su mirada es de desesperación.
-El criadero -me dijo-, viste el criadero. Estamos en un criadero, somos como animales de establo.
Estoy desfallecido, no puedo responderle. Solo lo escucho. Me duermo. Al despertar me siento mejor.
El hombre de al lado ha desaparecido.
Una figura envuelta en una bata blanca se acerca y revisa mis signos vitales. Tiene cubierto el rostro con algo parecido una mascara anti gas.
-Dónde estoy -pregunto, no responde.
No sé cómo entre aquí de nuevo.
Primero los pasos, la visión azulosa, la nube de moscos desplazándose hacia mí, mi cuerpo desnudo lacerado por mil pequeñas trompas hambrientas.
Sobreviene el desmayo que me conduce por ese remolino interminable y sin fondo.
No soporto la desnudez. Voy por estas callejuelas cubriéndome hasta el rostro con los harapos que constituyen mi vestimenta. Luego vienen esos pordioseros a esculcarme meticulosamente en busca de algún bien miserable.
Me dejan desnudo.
Siento los zumbidos en los oídos, el escozor de sus trompas en la piel. Corro y grito, suplico auxilio.
Hay risas y miedo en las miradas de los hombres que se cruzan en mi carrera.
Al final siempre vuelvo aquí. Entre estas paredes blancas y esos hombres con máscaras anti gas que me aplican una y otra vez ese líquido en las venas.
Una y otra vez vuelvo a ese sitio, y de aquí a ese lugar lleno de esa mucosa asquerosa y pestilente.
Me dejan libre por las calles, pero siempre me encuentran.
Siempre me traen de vuelta aquí. Ahora también yo le le llamo El Criadero.
Lóbrego y húmedo, de paredes viscosas y un olor nauseabundo. Cada paso es asqueroso. La planta del pie se hunde, y al sacar el pié éste quedaba cubierto con algo muy parecido a la mucosa que se expulsa de la garganta como escupitajo.
Qué difícil es avanzar. Lo peor era que no existe un rumbo. Nosotros siempre buscamos la luz, pero ahí la luz era un ambiente azuloso, difuminado sobre todos los contornos.
De la mucosa brotaban insectos.
Miles.
Son moscos. Vienen en manchas que oscurecían el ambiente y se adhieren a mi cuerpo.
Percibo mi desnudez al sentir todas esas pequeñas heridas que provocaban sus trompas al penetrar mi piel. Siento la debilidad de la anemia: mareo y falta de fuerzas.
La nube se aparta de mí. Me queda la sensación insoportable de las picaduras. Pierdo el conocimiento. Cuando despierto me encuentro en algo parecido a la sala de hospital. Estoy acostado. Siento en mi brazo la presencia de una aguja. Poco a poco puedo ver a detalle todas las cosas. Me aplican una sustancia que parece ser suero. Al lado mío hay hombre. Se mira tan débil como yo. También recibe una transfusión. El líquido que le aplican es parecido al mío.
El hombre abre los ojos y me mira. Su mirada es de desesperación.
-El criadero -me dijo-, viste el criadero. Estamos en un criadero, somos como animales de establo.
Estoy desfallecido, no puedo responderle. Solo lo escucho. Me duermo. Al despertar me siento mejor.
El hombre de al lado ha desaparecido.
Una figura envuelta en una bata blanca se acerca y revisa mis signos vitales. Tiene cubierto el rostro con algo parecido una mascara anti gas.
-Dónde estoy -pregunto, no responde.
No sé cómo entre aquí de nuevo.
Primero los pasos, la visión azulosa, la nube de moscos desplazándose hacia mí, mi cuerpo desnudo lacerado por mil pequeñas trompas hambrientas.
Sobreviene el desmayo que me conduce por ese remolino interminable y sin fondo.
No soporto la desnudez. Voy por estas callejuelas cubriéndome hasta el rostro con los harapos que constituyen mi vestimenta. Luego vienen esos pordioseros a esculcarme meticulosamente en busca de algún bien miserable.
Me dejan desnudo.
Siento los zumbidos en los oídos, el escozor de sus trompas en la piel. Corro y grito, suplico auxilio.
Hay risas y miedo en las miradas de los hombres que se cruzan en mi carrera.
Al final siempre vuelvo aquí. Entre estas paredes blancas y esos hombres con máscaras anti gas que me aplican una y otra vez ese líquido en las venas.
Una y otra vez vuelvo a ese sitio, y de aquí a ese lugar lleno de esa mucosa asquerosa y pestilente.
Me dejan libre por las calles, pero siempre me encuentran.
Siempre me traen de vuelta aquí. Ahora también yo le le llamo El Criadero.