Évano
Libre, sin dioses.
Llegó un día en el que Ismael, hijo del conde de Cabestro, decidió que su rostro no sería visto por ninguna persona más, ni siquiera por él mismo, por lo que se ocultó la cabeza con un cubo de hojalata. Y se lo puso tan rápido que no me dio tiempo a verle el rostro, por lo que no podré explicar las faccciones de este y si era rubio o moreno, o saber la causa que le llevó a ello jajaja...
Tal condado medieval no destacaba por la variedad de artículos y enseres, sino que era un lugar donde los objetos se limitaban a los aperos normales del campo y algunos de herrería, cerámica y cestería, por lo que Ismael decidió taparse, ya no el rostro, sino la cabeza casi entera. Para ello se colocó un cubo de hojalata en la cabeza, utilizando el asa del cubo para fijarlo al cuello, quedando libre tan solo la boca. Redondeó dos agujeritos para los ojos y frente al espejo juró que nadie habría de ver nunca más su cara adolescente, ni él mismo.
El señor conde de Cabestro era demasiado condescendiente con su primogénito y único hijo. Pensó que tal excentricidad pasaría pronto, pero no fue así, sino que las semanas y los meses transcurrían e Ismael continuaba paseando por el poblado con su cubo de hojalata en la cabeza.
Al principio, los plebeyos temieron tan extraña conducta e intentaban no acercarse al muchacho, sobre todo los mozos y mozas. Pero pronto fueron perdiendo el miedo y en cualquier esquina se turnaban para apedrear al pobre Ismael. Haciéndoles una gracia enorme el ruido que despedía tan reluciente cubo de hojalata al ser apedreado. La cosa fue a más, ahora eran decenas de mozos y mozas los que seguían los pasos del aturdido encubado. Veíase una comparsa de fiesta tras él por las callejas empedradas de la aldea, algunos aporreando con palos la cabeza de Ismael, otros riendo desaforadamente y, unos pocos, apiadándose de tan alocada conducta.
Se vio forzado, el conde de Cabestro, a dotar a su hijo de la escolta necesaria; pero eran tantos, los del séquito guasón que acompañaban siempre a Ismael, que de nada sirvió. Por lo tanto, a grandes problemas, grandes soluciones, se dijo el señor feudal. A partir de ahora, todo ciudadano de su feudo debería salir a la calle con un cubo de hojalata que le cubriera la cabeza. El que desobedeciera el mandato acabaría encerrado en las celdas del castillo, a pan y agua. No hace falta decir la de protestas que surgieron, menos del herrero, que estaba encantado con los pedidos que se le abalanzaban.
En poco tiempo, el condado era el hazmerreír del reino. Hasta allí se aventuraban caballeros de todos los rincones del país, para cerciorarse de que lo que le llegaban a sus oídos era cierto, siendo obligados, antes de su entrada en el condado, a comprobar la comodidad de tan curioso sombrero, con la prohibición de quitárselo, bajo la misma pena que los ciudadanos del condado.
Las imágenes de aldeanos labrando las tierras con cubos en la cabeza, yendo a lavar al río, vendiendo en el mercadillo, dialogando en cualquier esquina ; y foráneos observando con la misma encubada, o asistiendo a misa de tal manera, era surrealista, si por aquel entonces existiera tal término.
El cura decidió comunicar al obispado la conducta de sus feligreses, la imposibilidad de representar el sagrado ritual, dadas las risas y los interminables golpes que se daban unos a otros en mitad del oficio, con el consecuente estruendo y algarabía general. Pero no obtuvo solución alguna. El obispado insistió en que el señor del condado de Cabestro era muy poderoso para llevarle la contraria. Que se esperara a que pasara la moda.
Pero la moda no pasaba y el verano se adentraba.
En invierno el cubo había sido casi beneficioso, por el frío y la lluvia, aunque molesto cuando el agua caía sin cesar; pero ahora, en un verano caluroso como ninguno, el dichoso cubo calentaba la sesera en exceso, incrementando aún más los nervios y organizándose unas peleas que daba miedo verlas.
El señor conde, siempre con sus ideas prósperas, decidió organizar unas justas para descargar adrenalinas; duelos entre los que tuvieran problemas entre sí, que a estas alturas eran casi todos los plebeyos, menos el herrero, que continuaba amontonado monedas con tal prosperidad fortuita.
Una raya en el suelo de tierra, que dividía el territorio de los contendientes con un círculo del que no podían salir si no querían perder, era el campo de batalla. Una cachiporra a cada uno y a golpear al contrario hasta que se rindiera o cayera desfallecido. En tan singular duelo se admitían que apostasen los contendientes. Primero empezaron por jugarse a las mujeres, pero pronto se cansaron, pues nadie quería ganar, por lo que decidieron apostar aperos de labranza, ganado, mulas, objetos útiles para la vida diaria y hasta los más preciados bienes: la tierra que poseían. Era normal ver correr la sangre cuello abajo y los cubos tan abollados que ya estaban tan encajados en la cabeza que era prácticamente imposible sacárselos. Otros se dedicaban a chocar los cubos como si ciervos en celo fueran.
La tranquilidad de las aldeas del condado se fue a la porra. Ahora todo eran atronadores ruidos de hojalata, creciendo estratósfericamente los dolores de encéfalo, por lo que el sanador de turno también incrementaba las riquezas extraordinariamente.
La vida en el condado de los cabezas de hojalata, que es como empezaba a nombrarse dicho territorio, iba aposentándose en la normalidad (si normalidad es acostumbrarse a vivir de tal manera), salvo algunos incidentes y malestares, como las fiestas de palacio, donde ya no se lucían peinados ni sombreros a la última moda; o esos músicos encubados, donde la oquedad de la hojalata recogía en ocasiones los ecos del violín, bandurria o pianola de turno, y que desvirtuaban al mejor músico. Aunque para otros quehaceres era un clara ventaja, como para ese amante que ahora era difícil descubrir la identidad, que no tenía ahora por qué tomar tantas precauciones como antaño, pues todos los cubos eran iguales, menos aquellos que estaban aporreados a mansalva y que distinguían a sus poseedores como gente gamberra, peleona, o gente de justas, jugadora. Decíamos que los amantes deambulaban más tranquilamente por las calles, no teniendo, en muchos casos, que esperar al refugio de la oscuridad de la noche, por lo que se veían entrar y salir cabezas de hojalata de las casas a cualquier hora del día o de la noche.
Pero he aquí que al conde de Cabestro se le avino un problema enorme: el rey le había comunicado la intención de visitarle pronto; y al rey no podía obligarlo a cubrir la excelencia de su cabeza con un cubo de hojalata.
Paseaba de lado a lado del gran salón del palacio que daba a la calle central de la aldea, pasando de vez en cuando por la ventana, con las manos enlazadas en la espalda y meditando en alto, por lo que resonaban las mismas palabras dos o tres veces dentro del cubo y en sus oídos, según la inclinación o postura que tomara el cuerpo.
—¡Esto no puede ser er...! Este dichoso hijo mío debe desistir de cubrirse la cabeza eza! ¡El rey ey!, ¡va a venir enir... Señor ñor...!
En tal estado meditativo se encontraba cuando hizo acto de presencia el cubo de su primogénito y, bajo él, el primogénito mismo.
—¡Hola hijo ijo!, a ti quería verte erte. El rey llega ega. Has de acabar con esta situación ación.
—Yo a nadie obligué padre. ¿Y por qué eligió un cubo tan grande? Le hace eco.
—En algo he de distinguirme irme... Dime ime, ¿desistirás de tu actitud itud? ¿Me harás ese favor avor?
—No padre, la mujer que deseaba me rechazó y juré que jamás ninguna persona volverían a ver mi rostro.
—¡Por Dios ios... con las mujeres que hay ay! ¿Quién ha sido ido?, que la mandaré emparedar dar...
—No padre, no le diré quién es.
—¡Hijo ijo, viene el rey ey! ¡No podemos presentarnos ante él así sí...!
En esta encrucijada se hallaba la conversación cuando un soldado mensajero penetró estruendosamente en la sala, cayendo de bruces y tirando dos jarrones, de porcelana con flores, que embellecían la puerta; amén de pillarse los dedos entre las baldosas y la lanza de la mano derecha, y torcerse la muñeca izquierda con el escudo.
—¿Qué maneras son estas de entrar trar, soldado ado? —Dijo el conde de Cabestro.
—Perdone mi señor, es que tengo la cabeza pequeña y me baila en ella el cubo de hojalata, por lo que a veces mi visión es torpe —contestó el soldado mensajero, incorporándose lentamente.
—¡Será posible ible...! ¡Hágase construir uno más pequeño eño, so atontado ado!
—Sí, mi señor, así lo haré.
—¡Bueno eno! ¿Qué le trae ante mi grandiosa persona con tanto jaleo leo?
—¡El rey, mi señor, el rey está llegando al condado!
Continúa abajo...
Tal condado medieval no destacaba por la variedad de artículos y enseres, sino que era un lugar donde los objetos se limitaban a los aperos normales del campo y algunos de herrería, cerámica y cestería, por lo que Ismael decidió taparse, ya no el rostro, sino la cabeza casi entera. Para ello se colocó un cubo de hojalata en la cabeza, utilizando el asa del cubo para fijarlo al cuello, quedando libre tan solo la boca. Redondeó dos agujeritos para los ojos y frente al espejo juró que nadie habría de ver nunca más su cara adolescente, ni él mismo.
El señor conde de Cabestro era demasiado condescendiente con su primogénito y único hijo. Pensó que tal excentricidad pasaría pronto, pero no fue así, sino que las semanas y los meses transcurrían e Ismael continuaba paseando por el poblado con su cubo de hojalata en la cabeza.
Al principio, los plebeyos temieron tan extraña conducta e intentaban no acercarse al muchacho, sobre todo los mozos y mozas. Pero pronto fueron perdiendo el miedo y en cualquier esquina se turnaban para apedrear al pobre Ismael. Haciéndoles una gracia enorme el ruido que despedía tan reluciente cubo de hojalata al ser apedreado. La cosa fue a más, ahora eran decenas de mozos y mozas los que seguían los pasos del aturdido encubado. Veíase una comparsa de fiesta tras él por las callejas empedradas de la aldea, algunos aporreando con palos la cabeza de Ismael, otros riendo desaforadamente y, unos pocos, apiadándose de tan alocada conducta.
Se vio forzado, el conde de Cabestro, a dotar a su hijo de la escolta necesaria; pero eran tantos, los del séquito guasón que acompañaban siempre a Ismael, que de nada sirvió. Por lo tanto, a grandes problemas, grandes soluciones, se dijo el señor feudal. A partir de ahora, todo ciudadano de su feudo debería salir a la calle con un cubo de hojalata que le cubriera la cabeza. El que desobedeciera el mandato acabaría encerrado en las celdas del castillo, a pan y agua. No hace falta decir la de protestas que surgieron, menos del herrero, que estaba encantado con los pedidos que se le abalanzaban.
En poco tiempo, el condado era el hazmerreír del reino. Hasta allí se aventuraban caballeros de todos los rincones del país, para cerciorarse de que lo que le llegaban a sus oídos era cierto, siendo obligados, antes de su entrada en el condado, a comprobar la comodidad de tan curioso sombrero, con la prohibición de quitárselo, bajo la misma pena que los ciudadanos del condado.
Las imágenes de aldeanos labrando las tierras con cubos en la cabeza, yendo a lavar al río, vendiendo en el mercadillo, dialogando en cualquier esquina ; y foráneos observando con la misma encubada, o asistiendo a misa de tal manera, era surrealista, si por aquel entonces existiera tal término.
El cura decidió comunicar al obispado la conducta de sus feligreses, la imposibilidad de representar el sagrado ritual, dadas las risas y los interminables golpes que se daban unos a otros en mitad del oficio, con el consecuente estruendo y algarabía general. Pero no obtuvo solución alguna. El obispado insistió en que el señor del condado de Cabestro era muy poderoso para llevarle la contraria. Que se esperara a que pasara la moda.
Pero la moda no pasaba y el verano se adentraba.
En invierno el cubo había sido casi beneficioso, por el frío y la lluvia, aunque molesto cuando el agua caía sin cesar; pero ahora, en un verano caluroso como ninguno, el dichoso cubo calentaba la sesera en exceso, incrementando aún más los nervios y organizándose unas peleas que daba miedo verlas.
El señor conde, siempre con sus ideas prósperas, decidió organizar unas justas para descargar adrenalinas; duelos entre los que tuvieran problemas entre sí, que a estas alturas eran casi todos los plebeyos, menos el herrero, que continuaba amontonado monedas con tal prosperidad fortuita.
Una raya en el suelo de tierra, que dividía el territorio de los contendientes con un círculo del que no podían salir si no querían perder, era el campo de batalla. Una cachiporra a cada uno y a golpear al contrario hasta que se rindiera o cayera desfallecido. En tan singular duelo se admitían que apostasen los contendientes. Primero empezaron por jugarse a las mujeres, pero pronto se cansaron, pues nadie quería ganar, por lo que decidieron apostar aperos de labranza, ganado, mulas, objetos útiles para la vida diaria y hasta los más preciados bienes: la tierra que poseían. Era normal ver correr la sangre cuello abajo y los cubos tan abollados que ya estaban tan encajados en la cabeza que era prácticamente imposible sacárselos. Otros se dedicaban a chocar los cubos como si ciervos en celo fueran.
La tranquilidad de las aldeas del condado se fue a la porra. Ahora todo eran atronadores ruidos de hojalata, creciendo estratósfericamente los dolores de encéfalo, por lo que el sanador de turno también incrementaba las riquezas extraordinariamente.
La vida en el condado de los cabezas de hojalata, que es como empezaba a nombrarse dicho territorio, iba aposentándose en la normalidad (si normalidad es acostumbrarse a vivir de tal manera), salvo algunos incidentes y malestares, como las fiestas de palacio, donde ya no se lucían peinados ni sombreros a la última moda; o esos músicos encubados, donde la oquedad de la hojalata recogía en ocasiones los ecos del violín, bandurria o pianola de turno, y que desvirtuaban al mejor músico. Aunque para otros quehaceres era un clara ventaja, como para ese amante que ahora era difícil descubrir la identidad, que no tenía ahora por qué tomar tantas precauciones como antaño, pues todos los cubos eran iguales, menos aquellos que estaban aporreados a mansalva y que distinguían a sus poseedores como gente gamberra, peleona, o gente de justas, jugadora. Decíamos que los amantes deambulaban más tranquilamente por las calles, no teniendo, en muchos casos, que esperar al refugio de la oscuridad de la noche, por lo que se veían entrar y salir cabezas de hojalata de las casas a cualquier hora del día o de la noche.
Pero he aquí que al conde de Cabestro se le avino un problema enorme: el rey le había comunicado la intención de visitarle pronto; y al rey no podía obligarlo a cubrir la excelencia de su cabeza con un cubo de hojalata.
Paseaba de lado a lado del gran salón del palacio que daba a la calle central de la aldea, pasando de vez en cuando por la ventana, con las manos enlazadas en la espalda y meditando en alto, por lo que resonaban las mismas palabras dos o tres veces dentro del cubo y en sus oídos, según la inclinación o postura que tomara el cuerpo.
—¡Esto no puede ser er...! Este dichoso hijo mío debe desistir de cubrirse la cabeza eza! ¡El rey ey!, ¡va a venir enir... Señor ñor...!
En tal estado meditativo se encontraba cuando hizo acto de presencia el cubo de su primogénito y, bajo él, el primogénito mismo.
—¡Hola hijo ijo!, a ti quería verte erte. El rey llega ega. Has de acabar con esta situación ación.
—Yo a nadie obligué padre. ¿Y por qué eligió un cubo tan grande? Le hace eco.
—En algo he de distinguirme irme... Dime ime, ¿desistirás de tu actitud itud? ¿Me harás ese favor avor?
—No padre, la mujer que deseaba me rechazó y juré que jamás ninguna persona volverían a ver mi rostro.
—¡Por Dios ios... con las mujeres que hay ay! ¿Quién ha sido ido?, que la mandaré emparedar dar...
—No padre, no le diré quién es.
—¡Hijo ijo, viene el rey ey! ¡No podemos presentarnos ante él así sí...!
En esta encrucijada se hallaba la conversación cuando un soldado mensajero penetró estruendosamente en la sala, cayendo de bruces y tirando dos jarrones, de porcelana con flores, que embellecían la puerta; amén de pillarse los dedos entre las baldosas y la lanza de la mano derecha, y torcerse la muñeca izquierda con el escudo.
—¿Qué maneras son estas de entrar trar, soldado ado? —Dijo el conde de Cabestro.
—Perdone mi señor, es que tengo la cabeza pequeña y me baila en ella el cubo de hojalata, por lo que a veces mi visión es torpe —contestó el soldado mensajero, incorporándose lentamente.
—¡Será posible ible...! ¡Hágase construir uno más pequeño eño, so atontado ado!
—Sí, mi señor, así lo haré.
—¡Bueno eno! ¿Qué le trae ante mi grandiosa persona con tanto jaleo leo?
—¡El rey, mi señor, el rey está llegando al condado!
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