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El bienaventurado engaño

Adalberto Martin USA

Poeta recién llegado
El bienaventurado engaño


Dulce soñar, dulce herida,
que al alma cautiva y ciega,
pues cuando el bien se me niega
hallo en la sombra la vida
que la verdad me reniega.

¡Oh, qué dulce acongojarme
en el reino de lo incierto!
Si he de vivir en desierto,
mejor es el engañarme
que el estar lúcido y muerto.

Soñaba que yo soñaba,
duplicando la ilusión;
mientras la vana razón
en el aire se quedaba,
reinaba mi corazón.

Era un sueño tan profundo
que el mismo sueño fingía,
y en esa paz poseía
lo que me deniega el mundo
con su luz y su agonía.

Dulce gozar el engaño,
miel que en la sombra se bebe;
que, si el placer es tan breve,
no importa que sea extraño
si a la ventura me mueve.

Si un poco más me durara
este engaño de la mente,
la fortuna, siempre ausente,
conmigo se contentara
y fuera en mí el bien presente.

Mas la luz es mi enemiga
porque trae la verdad;
¡oh, bendita falsedad
que mi pena desobliga
con intensa suavidad!

Dulce no estar en mí mismo,
fuera del cuerpo y del daño;
que en el cristal del engaño
no se ve el profundo abismo
de este enorme desengaño.

Podía allí figurarme
cuanto bien yo deseaba;
lo que la mano negaba
llegaba a glorificarme
mientras la sombra duraba.

¡Qué ricas las sombras son
cuando el alma se desata!
La realidad nos maltrata,
pero en esta confusión
el oro suple a la plata.

Dulce placer que importuna,
pues su goce me advertía
que el sol pronto nacería;
¡qué importa la cruel fortuna
si el sueño me sonreía!

Temía siempre el momento
de volver a la conciencia,
pues es dura la sentencia
de recobrar el tormento
tras tan exigua indulgencia.

¡Oh sueño, si tú vinieras
con un paso más pesado,
y en mi pecho reposado
tus suaves alas pusieras,
no sería un desdichado!

Si fueras leve y sabroso,
más firme en tu fantasía,
el alma no sentiría
este despertar penoso
que me quita la alegría.

Asiéntate con reposo
en mi espíritu cansado;
no seas huésped prestado,
sino dueño poderoso
de este cuerpo atribulado.

Durmiendo, al fin, alcancé
la dicha que el sol me quita;
en la región infinita
del sueño, yo me encontré
con la gloria nunca escrita.

Fui favorecido allí,
en el reino del no ser;
tuve todo ese poder
que despierto nunca vi,
ni espero nunca tener.

Es justo, pues, que en mentira
busque el hombre ser dichoso,
si el destino riguroso,
cuando la certeza mira,
le niega todo el reposo.

Quien siempre fue desdichado
en la luz de la verdad,
encuentra en la oscuridad
el premio que le fue dado
por su propia voluntad.

Mienta el sueño, mienta el día,
que, si el bien es invención,
prefiero la confusión
de una dulce fantasía
a mi cierta perdición.

Adalberto Martín
 
El bienaventurado engaño


Dulce soñar, dulce herida,
que al alma cautiva y ciega,
pues cuando el bien se me niega
hallo en la sombra la vida
que la verdad me reniega.

¡Oh, qué dulce acongojarme
en el reino de lo incierto!
Si he de vivir en desierto,
mejor es el engañarme
que el estar lúcido y muerto.

Soñaba que yo soñaba,
duplicando la ilusión;
mientras la vana razón
en el aire se quedaba,
reinaba mi corazón.

Era un sueño tan profundo
que el mismo sueño fingía,
y en esa paz poseía
lo que me deniega el mundo
con su luz y su agonía.

Dulce gozar el engaño,
miel que en la sombra se bebe;
que, si el placer es tan breve,
no importa que sea extraño
si a la ventura me mueve.

Si un poco más me durara
este engaño de la mente,
la fortuna, siempre ausente,
conmigo se contentara
y fuera en mí el bien presente.

Mas la luz es mi enemiga
porque trae la verdad;
¡oh, bendita falsedad
que mi pena desobliga
con intensa suavidad!

Dulce no estar en mí mismo,
fuera del cuerpo y del daño;
que en el cristal del engaño
no se ve el profundo abismo
de este enorme desengaño.

Podía allí figurarme
cuanto bien yo deseaba;
lo que la mano negaba
llegaba a glorificarme
mientras la sombra duraba.

¡Qué ricas las sombras son
cuando el alma se desata!
La realidad nos maltrata,
pero en esta confusión
el oro suple a la plata.

Dulce placer que importuna,
pues su goce me advertía
que el sol pronto nacería;
¡qué importa la cruel fortuna
si el sueño me sonreía!

Temía siempre el momento
de volver a la conciencia,
pues es dura la sentencia
de recobrar el tormento
tras tan exigua indulgencia.

¡Oh sueño, si tú vinieras
con un paso más pesado,
y en mi pecho reposado
tus suaves alas pusieras,
no sería un desdichado!

Si fueras leve y sabroso,
más firme en tu fantasía,
el alma no sentiría
este despertar penoso
que me quita la alegría.

Asiéntate con reposo
en mi espíritu cansado;
no seas huésped prestado,
sino dueño poderoso
de este cuerpo atribulado.

Durmiendo, al fin, alcancé
la dicha que el sol me quita;
en la región infinita
del sueño, yo me encontré
con la gloria nunca escrita.

Fui favorecido allí,
en el reino del no ser;
tuve todo ese poder
que despierto nunca vi,
ni espero nunca tener.

Es justo, pues, que en mentira
busque el hombre ser dichoso,
si el destino riguroso,
cuando la certeza mira,
le niega todo el reposo.

Quien siempre fue desdichado
en la luz de la verdad,
encuentra en la oscuridad
el premio que le fue dado
por su propia voluntad.

Mienta el sueño, mienta el día,
que, si el bien es invención,
prefiero la confusión
de una dulce fantasía
a mi cierta perdición.

Adalberto Martín
La profunda añoranza del soñador por un mundo de ensueño.

Saludos
 

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