Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
En toda villa que se precie hay un Casino. No es el casino de las películas americanas, no; es el casino de pueblo, sociedad recreativa, que sirve para justificar con un par de actos sociales, dos conferencias y los bailes de las fiestas y fin de año, unos locales abiertos para que los lugareños tengan donde jugar sin que los molesten, sus partidas de cartas. Así el julepe, el bacarrá, el tute subastado, tienen allí buen acomodo, sin que importunen ni las esposas, ni la autoridad gubernativa.
En nuestra Villa, también había una Sociedad Recreativa o Casino. Y estamos en el día de Fin de Año, lo pongo en mayúsculas, pues así se anunciaba en el cartel en que se ponía en conocimiento de los socios que se celebraría por la noche, después de las uvas, el fastuoso baile de Año Nuevo. Ni que decir tiene que se recomendaba la mínima etiqueta, las mujeres de traje largo y los hombres, al menos de corbata y chaqueta. A tal fin se habían engalanado los salones, que lucían lámparas brillantes y colgaduras nuevas. Aquella sería ocasión para deslumbrar las señoras de aquella sociedad , un tanto pueblerina, pero que quería brillar en los fastos de días así. Se pasearían vestidos, joyas, estolas, abrigos y pelearían las mujeres de los industriales por parecer más refinadas que las de los labradores.
Lucía lustroso el portero, con un abrigo de botones dorados y gorrilla, que le daban cierto aire de autoridad.
Nuestro Gorgonio, el Gorgonio de nuestro cuento, vivía en uno de los pueblos cercanos a la Villa; metido en años, simpático, dicharachero era el varón más feo de todo el contorno, extendiendo el contorno por muchos kilómetros a la redonda. Era, por supuesto socio del Casino y, lamentablemente, soltero. Decidió ir al baile y como no le gustaba andar sin compañía, pasó primero por una casa de citas, que otros dicen mancebía, donde pasaba buenos ratos con las mozas y visitaba con frecuencia (la mayor parte de los días). Con permiso de la “madame”, tomó del brazo a dos de las más amigas y, sin encomendarse a Dios ni al diablo, se fue al baile del Casino.
No es para menos el contar la algarabía de las dos mujeres, que se veían tratadas con tanta gracia y mucha cortesía. También es cierto que por la calle, mientras se dirigían al baile, no faltaron los comentarios: “¡Qué bien acompañado vas, Gorgonio!” y cosas por el estilo.
Llegados al fin, enfilaron la escalera, subieron el largo tramo y alcanzaron la puerta. Allí se presentó Gorgonio con sus dos damas de compañía. Y el portero, azorado, a pesar del abrigo y la gorrilla dice: “Oiga…” A lo que indica Gorgonio :”Hola mozo, ya sabes que soy socio y como todos los socios dispongo de dos invitaciones para el baile”.
A lo cual el portero, en un hilo de voz responde: “Ya lo sé Don Gorgonio, pero…” “¡Qué pero ni qué ocho cuartos!” clama el interfecto, “¡Qué pasa ahora!”
Colorado como un pimiento el pobre del portero asegura: “Es que viene usted acompañado por dos mujeres de dudosa reputación…” A lo cual con un aire de superioridad y una mirada como perdonándole la vida, Gorgonio replicó: “ Nada de dudosa reputación, ¡son putas, así que está muy claro lo que son!” y con la cabeza muy alta, pasó al interior.
En nuestra Villa, también había una Sociedad Recreativa o Casino. Y estamos en el día de Fin de Año, lo pongo en mayúsculas, pues así se anunciaba en el cartel en que se ponía en conocimiento de los socios que se celebraría por la noche, después de las uvas, el fastuoso baile de Año Nuevo. Ni que decir tiene que se recomendaba la mínima etiqueta, las mujeres de traje largo y los hombres, al menos de corbata y chaqueta. A tal fin se habían engalanado los salones, que lucían lámparas brillantes y colgaduras nuevas. Aquella sería ocasión para deslumbrar las señoras de aquella sociedad , un tanto pueblerina, pero que quería brillar en los fastos de días así. Se pasearían vestidos, joyas, estolas, abrigos y pelearían las mujeres de los industriales por parecer más refinadas que las de los labradores.
Lucía lustroso el portero, con un abrigo de botones dorados y gorrilla, que le daban cierto aire de autoridad.
Nuestro Gorgonio, el Gorgonio de nuestro cuento, vivía en uno de los pueblos cercanos a la Villa; metido en años, simpático, dicharachero era el varón más feo de todo el contorno, extendiendo el contorno por muchos kilómetros a la redonda. Era, por supuesto socio del Casino y, lamentablemente, soltero. Decidió ir al baile y como no le gustaba andar sin compañía, pasó primero por una casa de citas, que otros dicen mancebía, donde pasaba buenos ratos con las mozas y visitaba con frecuencia (la mayor parte de los días). Con permiso de la “madame”, tomó del brazo a dos de las más amigas y, sin encomendarse a Dios ni al diablo, se fue al baile del Casino.
No es para menos el contar la algarabía de las dos mujeres, que se veían tratadas con tanta gracia y mucha cortesía. También es cierto que por la calle, mientras se dirigían al baile, no faltaron los comentarios: “¡Qué bien acompañado vas, Gorgonio!” y cosas por el estilo.
Llegados al fin, enfilaron la escalera, subieron el largo tramo y alcanzaron la puerta. Allí se presentó Gorgonio con sus dos damas de compañía. Y el portero, azorado, a pesar del abrigo y la gorrilla dice: “Oiga…” A lo que indica Gorgonio :”Hola mozo, ya sabes que soy socio y como todos los socios dispongo de dos invitaciones para el baile”.
A lo cual el portero, en un hilo de voz responde: “Ya lo sé Don Gorgonio, pero…” “¡Qué pero ni qué ocho cuartos!” clama el interfecto, “¡Qué pasa ahora!”
Colorado como un pimiento el pobre del portero asegura: “Es que viene usted acompañado por dos mujeres de dudosa reputación…” A lo cual con un aire de superioridad y una mirada como perdonándole la vida, Gorgonio replicó: “ Nada de dudosa reputación, ¡son putas, así que está muy claro lo que son!” y con la cabeza muy alta, pasó al interior.
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