Julius 12
Poeta que considera el portal su segunda casa
«Prosigue en redacción» Pág. 38-
Desde el celular (regalo que Julio O., valoró especialmente), provenía «El Ocaso de los Dioses» de R. Wagner. Y si bien «el arte más grande es el arte de vivir», las composiciones sinfónicas contribuían a ello, mediante la peculiar belleza de los sonidos; y en tal reflexión ambos coincidían sin chistar.
— Gracias por venir— dijo Julio O., al abrazarle. Como en otras ocasiones, Miguel O., trajo un vino para compartir durante la velada.
— Huele muy bien— dijo indicando la fuente plomiza, humeante, olorosa, que conservaba semi-tapada junto a la hornalla encendida.
Sentado en una especie de silla temeraria, cuyas patas de madera quedaban incómodamente trabadas en los desniveles del desgastado a- machimbre, observó el rostro macilento de su hermano menor: la delgadez se había acentuado desde la última vez; aunque los hombros -- en contradicción— impresionaban por lo cada vez más angulosos y pesados, con lo cual, incluyendo la fase depresiva de esos meses, conjugaban evidentes desmejoras.
Julio O., además de ser el más alto, a diferencia de Miguel O., tenía rasgos angulosos y pronunciados como tallados con un cincel: tenìa en suma huesos prominentes, sobre todo destacaba en su cara el ancho y llamativo lineamiento de las cejas espesas. Por parte de lo demás: sus ojos grandes, (últimamente apagados, exhaustos), destacaban el martirio después de la separación traumática, aunque todavía residual y ambigua, de Laura, con quien acordaron distanciarse hasta que él lograse estabilizar o recomponer la cuestión laboral, en el enésimo intento, malogrado, de revertir la escasez.
Formalmente, para Laura, ese era el camino apropiado y aceptable. Entretanto, en el intento de paliar la última cesantía, Julio O., cada fin de semana se empeñaba por conseguir changas en restaurantes de poca monta en el sector de Retiro, sin salario mensual, pero con el cobro asegurado al final de cada día, con lo cual podía paliar las urgencias alimentarias de la familia. Hasta ese momento no hallaba otra respuesta a la carencia (que, por otra parte, se había generalizado con la estanflación). Por lo cual, aportar al sustento familiar era el compromiso vital que carecía de fecha de cancelación. Y que además, al ser ineludible, quedaba sobreentendido como la base del acuerdo principal hasta vislumbrar condiciones más favorables.
Concretamente, después de recomponer la cuestión laboral, cuya premisa consistía en estabilizar la apremiante situación de carencia con un trabajo seguro, como el del que malditamente había sido despedido por pasarse de listo en la confitería del Tío Lucas; Laura, a regañadientes, aceptó tratar de nuevo la complejidad de la convivencia a futuro, pero, con la salvedad de que intercediesen moderadores de la familia. Ella acentuó la propuesta de dos mediadores representando a cada parte; a quienes se suponía confiables y criteriosos. Julio O., objetó esta propuesta porque adonde encontraría algún mediador, que reuniese las exigencias que reclamaba Laura. Además, su tendencia al desánimo vaticinaba un comportamiento inapropiado, o peor aún, algún acto de inmadurez que viciase el acuerdo y lo trabase.
Página 39.
Julio O., no lograba objetivar la situación y, debido a la separación parcial, tampoco conseguía evitar las habituales caídas en el desánimo, ni tampoco las consecuentes fases depresivas. Por lo tanto, padecía- el no poder abrazar a sus pequeños cada noche, lo cual aumentaba sus momentos de fastidio. Además, estaba muy triste y no podía compartir con ellos una salida porque no podía tener la oportunidad de tener otro bebé con Laura durante los fines de semana.
A Miguel la idea o propuesta le pareció algo inexplicable- como cosas de locos-, sumar otro bebé a una familia destrozada, por las penurias económicas.
Miguel O., lo observaba con fijeza, sin disimulo, e indagando con preocupación en el aborrecimiento que causaba la inseguridad latente en su expresión. Para él, lo importante era que Julio O., pudiera superar la soledad de las semanas y en lo posible evitar que la tendencia al decaimiento se agravara. Esto hizo que el derrumbe anímico y sobre todo la proyección de sus problemas existenciales se volvieran a flor de piel. Al observar la situación desde el punto de vista crítico, la relación marital con Laura se volvía inconcebible, pues, proseguía exudando negatividad. Solo faltaba empujar un peñasco más desgastado para derrumbar la relación, o dirigirla hacia la separación definitiva: en tal caso ese sería el giro negativo más complicado de resolver. Sin embargo... ¡La sola mención del rompimiento matrimonial, con tres niños en edad escolar, a Miguel O., le resonó como un choque inconcebible con la vida misma! ¿Pero cuál sería el pensamiento encubierto de su cuñada Laura? ¿O sencillamente no existía nada que ocultar y en tal caso cabía desentenderse? Otro aspecto inquietante —referido a si el punto anterior se confirmaba y que no podría sospecharse es si en lo más discordante de la separación, es decir: cuando aún sobrevivían en el conventillo del Dock Sud, sé había generado el ensañamiento y la violencia, que determinó el posible final de la relación antes de que Laura aceptase convivir (" Por un tiempo"), mediante los buenos oficios de Julián, en la casona de la madre, situada en la calle Garay, en la zona de Boedo.
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— Tuviste novedad del Tío Lucas…— preguntó Julio O., que seguía aferrado al jadeo maniático habitual y que según una pizca de angustiada esperanza, se le antojó que podía ser una contribución para moderar su constante ansiedad.
— Hermano: sabes bien cuál será el resultado final de tu preocupación por él…— dijo Miguel O., bebiendo de un trago el agua fría que se sirvió.
— Tienes razón y ya no intentaré mencionarlo:— Se abstrajo entonces en los preparativos para la cena.
Miguel O., comprendía las complicaciones que afrontaba desde que había quedado cesante de la Confitería y supuso lo más probable: Por otro lado, en una separación no era extraño suponer desacuerdos constantes. Sin embargo, Julio O., _ con cierto remordimiento— dijo que desde el comienzo de la separación, ella no cesó en sus reclamos monetarios, así que prosiguieron conectados desde que ella fue primero por un tiempo de su hermana mayor; y luego al acordar un trato de convivencia prolongado en la Casona de su madre.
Por otro lado, Miguel O., recordaba un episodio, inconcluso desde la última visita: esto ocurrió antes de trabajar en la confitería del tío Lucas. Julio O., había quedado cesante en la fábrica industrial y aquella noche revivió la causa del despido con indignación:— Cuando le hice el planteo de la insalubridad… Ramírez, despectivo, respondió: «Yo solamente soy un producto de la Empresa»… Entonces, mirá: tuve que contenerme para no tirarlo por la alcantarilla de los residuos químicos. ¿Sabés qué sos Ramírez? —le dije:— Ramírez, vos sos una chupa, medias y lo demás… Ramírez debe haberme maldecido porque después que lo dejé plantado en el galpón y quise salir al patio, pisé las bolitas de acero que te juro, no las vi, y caí de rodillas como si hacerme pomada los meniscos fuera una bendición… Yo gritaba del dolor y ¿crees que Ramírez mosqueó…? Mi compañero, Juan, vino enseguida, me arrimó el banco y me hizo sentar… ¿Qué hago acá sentado Juan? ¿Querés que me rajen? —pregunté y dije: - míralo a Ese cómo ríe de mí. Y Juan, solícito, respondió:— Julio, no te muevas hasta que vengan de la enfermería«». Entonces le pregunté:— ¿Juan, vos hacés esto porque sos de palmada franca o porque sos de palmada falsa?
«Continuará»
Desde el celular (regalo que Julio O., valoró especialmente), provenía «El Ocaso de los Dioses» de R. Wagner. Y si bien «el arte más grande es el arte de vivir», las composiciones sinfónicas contribuían a ello, mediante la peculiar belleza de los sonidos; y en tal reflexión ambos coincidían sin chistar.
— Gracias por venir— dijo Julio O., al abrazarle. Como en otras ocasiones, Miguel O., trajo un vino para compartir durante la velada.
— Huele muy bien— dijo indicando la fuente plomiza, humeante, olorosa, que conservaba semi-tapada junto a la hornalla encendida.
Sentado en una especie de silla temeraria, cuyas patas de madera quedaban incómodamente trabadas en los desniveles del desgastado a- machimbre, observó el rostro macilento de su hermano menor: la delgadez se había acentuado desde la última vez; aunque los hombros -- en contradicción— impresionaban por lo cada vez más angulosos y pesados, con lo cual, incluyendo la fase depresiva de esos meses, conjugaban evidentes desmejoras.
Julio O., además de ser el más alto, a diferencia de Miguel O., tenía rasgos angulosos y pronunciados como tallados con un cincel: tenìa en suma huesos prominentes, sobre todo destacaba en su cara el ancho y llamativo lineamiento de las cejas espesas. Por parte de lo demás: sus ojos grandes, (últimamente apagados, exhaustos), destacaban el martirio después de la separación traumática, aunque todavía residual y ambigua, de Laura, con quien acordaron distanciarse hasta que él lograse estabilizar o recomponer la cuestión laboral, en el enésimo intento, malogrado, de revertir la escasez.
Formalmente, para Laura, ese era el camino apropiado y aceptable. Entretanto, en el intento de paliar la última cesantía, Julio O., cada fin de semana se empeñaba por conseguir changas en restaurantes de poca monta en el sector de Retiro, sin salario mensual, pero con el cobro asegurado al final de cada día, con lo cual podía paliar las urgencias alimentarias de la familia. Hasta ese momento no hallaba otra respuesta a la carencia (que, por otra parte, se había generalizado con la estanflación). Por lo cual, aportar al sustento familiar era el compromiso vital que carecía de fecha de cancelación. Y que además, al ser ineludible, quedaba sobreentendido como la base del acuerdo principal hasta vislumbrar condiciones más favorables.
Concretamente, después de recomponer la cuestión laboral, cuya premisa consistía en estabilizar la apremiante situación de carencia con un trabajo seguro, como el del que malditamente había sido despedido por pasarse de listo en la confitería del Tío Lucas; Laura, a regañadientes, aceptó tratar de nuevo la complejidad de la convivencia a futuro, pero, con la salvedad de que intercediesen moderadores de la familia. Ella acentuó la propuesta de dos mediadores representando a cada parte; a quienes se suponía confiables y criteriosos. Julio O., objetó esta propuesta porque adonde encontraría algún mediador, que reuniese las exigencias que reclamaba Laura. Además, su tendencia al desánimo vaticinaba un comportamiento inapropiado, o peor aún, algún acto de inmadurez que viciase el acuerdo y lo trabase.
Página 39.
Julio O., no lograba objetivar la situación y, debido a la separación parcial, tampoco conseguía evitar las habituales caídas en el desánimo, ni tampoco las consecuentes fases depresivas. Por lo tanto, padecía- el no poder abrazar a sus pequeños cada noche, lo cual aumentaba sus momentos de fastidio. Además, estaba muy triste y no podía compartir con ellos una salida porque no podía tener la oportunidad de tener otro bebé con Laura durante los fines de semana.
A Miguel la idea o propuesta le pareció algo inexplicable- como cosas de locos-, sumar otro bebé a una familia destrozada, por las penurias económicas.
Miguel O., lo observaba con fijeza, sin disimulo, e indagando con preocupación en el aborrecimiento que causaba la inseguridad latente en su expresión. Para él, lo importante era que Julio O., pudiera superar la soledad de las semanas y en lo posible evitar que la tendencia al decaimiento se agravara. Esto hizo que el derrumbe anímico y sobre todo la proyección de sus problemas existenciales se volvieran a flor de piel. Al observar la situación desde el punto de vista crítico, la relación marital con Laura se volvía inconcebible, pues, proseguía exudando negatividad. Solo faltaba empujar un peñasco más desgastado para derrumbar la relación, o dirigirla hacia la separación definitiva: en tal caso ese sería el giro negativo más complicado de resolver. Sin embargo... ¡La sola mención del rompimiento matrimonial, con tres niños en edad escolar, a Miguel O., le resonó como un choque inconcebible con la vida misma! ¿Pero cuál sería el pensamiento encubierto de su cuñada Laura? ¿O sencillamente no existía nada que ocultar y en tal caso cabía desentenderse? Otro aspecto inquietante —referido a si el punto anterior se confirmaba y que no podría sospecharse es si en lo más discordante de la separación, es decir: cuando aún sobrevivían en el conventillo del Dock Sud, sé había generado el ensañamiento y la violencia, que determinó el posible final de la relación antes de que Laura aceptase convivir (" Por un tiempo"), mediante los buenos oficios de Julián, en la casona de la madre, situada en la calle Garay, en la zona de Boedo.
Pág.— 40
— Tuviste novedad del Tío Lucas…— preguntó Julio O., que seguía aferrado al jadeo maniático habitual y que según una pizca de angustiada esperanza, se le antojó que podía ser una contribución para moderar su constante ansiedad.
— Hermano: sabes bien cuál será el resultado final de tu preocupación por él…— dijo Miguel O., bebiendo de un trago el agua fría que se sirvió.
— Tienes razón y ya no intentaré mencionarlo:— Se abstrajo entonces en los preparativos para la cena.
Miguel O., comprendía las complicaciones que afrontaba desde que había quedado cesante de la Confitería y supuso lo más probable: Por otro lado, en una separación no era extraño suponer desacuerdos constantes. Sin embargo, Julio O., _ con cierto remordimiento— dijo que desde el comienzo de la separación, ella no cesó en sus reclamos monetarios, así que prosiguieron conectados desde que ella fue primero por un tiempo de su hermana mayor; y luego al acordar un trato de convivencia prolongado en la Casona de su madre.
Por otro lado, Miguel O., recordaba un episodio, inconcluso desde la última visita: esto ocurrió antes de trabajar en la confitería del tío Lucas. Julio O., había quedado cesante en la fábrica industrial y aquella noche revivió la causa del despido con indignación:— Cuando le hice el planteo de la insalubridad… Ramírez, despectivo, respondió: «Yo solamente soy un producto de la Empresa»… Entonces, mirá: tuve que contenerme para no tirarlo por la alcantarilla de los residuos químicos. ¿Sabés qué sos Ramírez? —le dije:— Ramírez, vos sos una chupa, medias y lo demás… Ramírez debe haberme maldecido porque después que lo dejé plantado en el galpón y quise salir al patio, pisé las bolitas de acero que te juro, no las vi, y caí de rodillas como si hacerme pomada los meniscos fuera una bendición… Yo gritaba del dolor y ¿crees que Ramírez mosqueó…? Mi compañero, Juan, vino enseguida, me arrimó el banco y me hizo sentar… ¿Qué hago acá sentado Juan? ¿Querés que me rajen? —pregunté y dije: - míralo a Ese cómo ríe de mí. Y Juan, solícito, respondió:— Julio, no te muevas hasta que vengan de la enfermería«». Entonces le pregunté:— ¿Juan, vos hacés esto porque sos de palmada franca o porque sos de palmada falsa?
«Continuará»
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