Julius 12
Poeta que considera el portal su segunda casa
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Mediante el tono insoportable de la alteración divergente, algo así como abundar en el malhumor a raíz del tapón de espuma que subía y bajaba de modo incesante a través de la garganta-, logró transmitir por el teléfono celular, la noticia del accidente de Julio O., ocurrido en el radio del malecón frente al principal restaurante especialista en mariscos de Mar del Plata.
Pero en lugar de preocuparse por su compañero herido (que en esos momentos recibía las primeras atenciones quirúrgicas en una de sus piernas con fractura expuesta), reprochó: "¿ y quién lo mandó a meterse en líos?" y mirando con desorientación al ayudante, quien lo había ayudado a pintar la habitación del hotel y el cual, ya advertido de lo intrincado del asunto, (afiliándose al gremio de alcahuetes), lo había interiorizado aunque- de modo espontáneo- exagerando los escabrosos detalles del accidente. Entretanto, Gutiérrez - que no lograba disimular su irritación- se enfrascaba en desencajar el singular espesor de la saliva de su garganta ( lo cual solamente surtió efecto un segundo antes del ahogo) y, al unísono, surgió un espontáneo brote de bravura que podría haberlo salvado de unos cuantos machucones cuando, de pronto, ocurrió el inoportuno y aspaventoso desvío de su derrotero.
Todo aquel escándalo ( indudablemente accidental), había comenzado con la embestida repentina del tablón que insuficientemente sostenido por los amarres se soltó de pronto y, a gran velocidad, originó el extraño recorrido desde el techo y el desvío al deslizarse hacia el lateral del andamiaje, arrastrando consigo las alfajías en dirección a los ventanales donde terminaron estrellándose y haciéndolos trizas; todo lo cual dejó varias zonas de la pared ya lijadas, pero sin pintar.
Además, cabe aclarar, que al desparramarse como en un vendaval por lo ventanales destrozados, varios de los objetos utilitarios (pinceles, rodillos, tachos medio llenos de pintura), originaron el malogrado despliegue, cuyo impulso durante la caída, atravesaron a gran velocidad la abertura del gran ventanal, con lo cual Gutiérrez, viéndose también en ese mortal peligro, quedó en un desmayo.
Por suerte, ambos ayudantes, mediante malabares circenses, lograron contener milagrosamente su enorme cuerpo barajándolo como a un baloncesto. Fue gran suerte para el atribulado Gutiérrez ser contenido en esa forma e intentó disimular el barullo cacareando con petulancia, aunque esbozando en su gorda y ancha cara varias incógnitas e interrogantes: sin embargo, aún apresado en el ataque de un equívoco mareo , (que lo tenía brincando como en una embarcación perdida en alta mar), en el transcurso del mañoso bailoteo se había ingeniado para mantener aferradas las alfajías; a las cuales, durante el azaroso trayecto se le sumaron varios objetos dispersos que, con cada una de las suculentas patadas que les había aplicado durante la errática marcha hacia el ventanal, despertó a las cotorras de las jaulas decorativas de abajo: dando origen a un conjunto intemperante de pintores, (cabe mencionar la caída estrepitosa de Gutiérrez con los ayudantes) que en forma similar al de los canguros, debieron saltar todos a uno sobre la baranda, y ya en caída libre sobre el balcón, arribaron al pituco ámbito del Café donde fueron ovacionados con un gran tole… Es decir con un barullo descomunal por las roturas ocasionadas en las porcelanas del desayuno, que se hallaban sobre las mesitas marmóreas de la galería, lo cual obligó a los clientes del hotel a escapar de los acogedores sillones y «rataplán»; por todo lo cual perdió la orgullosa prestancia: "el prolijo matiz del decorado» en un descomunal descalabro similar al de un cuento potencial del absurdo.
Gutiérrez, atontado, por generar abajo, un impacto inobjetablemente volcánico, había incorporado en su alma los atributos del toro-conserje frustrado. De manera que una vez salido del despegue, derramando la ansiedad ontológica, sumada a los rasgos metafóricos de su cara enrojecida por el bochinche, quedó como un gran flan desparramado en el suelo, hasta que trabajosamente, de a uno por vez, lograron levantarse; y él como un oficial de brigada hizo la venia para despedirse: sin olvidar disculparse ante los clientes - y sobre todo ante el dueño del Hotel, quien, hirviente de furia escuchó al empleado - que trastabillaba- solicitar días de asueto con el fin de reponerse...
continua página 69
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¿Y quién, sino Laura,(después del hostigamiento de su medio hermano Julián, a quien a partir del primer ataque incestuoso le quitó de cuajo su aprecio y lo odió para siempre haciendo trizas el lazo familiar, lo cual además, equivalía a negar toda validez al parentesco ); sería después de Gutiérrez la primera en plegarse al desacuerdo?
La sola mención de Julián proponiéndole viajar para ver a Julio O. en el viaje al hospital de Mar del Plata, la asqueo por dos terribles motivos. Aunque, sospechó que por intermedio de su hermana Inés ya estuviesen enterados del abuso algunos de los familiares ( entre ellos Marta Cariaquillo la cual en cuanto lo supo hirviendo de rabia deploro a su marido Julián rebajándole al nivel de abusador y degenerado, ( desde ese momento se propuso firmemente divorciarse), pues a esas alturas era triste e incontrastable, que el truhan se había aprovechado del estado de desvalimiento de Laura para forzarla en la primer relación incestuosa y como un animal cebado,- en circunstancias de apremio-, merodeando prosiguió en el obcecado acecho. En tal forma que modificando su papel aparentó asumir el protectorado ocultando ulteriormente su estado compulsivo: más allá de que Laura agudizó la resistencia poniéndose en estado de alerta y con todas las precauciones. La trampa maniquea elaboraba reincidir en futuros abusos cada vez que fuese posible. Lo cual coincidía con el primer acto incestuoso ocurrido durante la madrugada de la balacera que ahuyentó a los asaltantes, y en los que Julián , recién llegado, y al fingir consuelo, también maquinaba aprovecharse del gran susto y los temblores que la acosaban; y después de acostar en sus camitas a los niños, ( habiendo ya pasando la madrugada del asalto), al salir ella de la habitación le tendió la celada, la anuló con un pañuelo para frenar los gritos y la dominó fuertemente con su peso.
Pues bien, en este grave asunto, él proyectaba en una u otra forma repetir la tramoya, al ofrecerse llevarla a Mar del Plata ocultando el fin ulterior - como se dijo más arriba-, detrás de la falsa idea altruista, de manera de reiterar el callejón sin salida: de modo tal que, como ocurrió en la infausta madrugada, creaba las condiciones que a Julián se le antojaban con la excusa maquiavélica del amor sin barreras, intentando siniestramente poseer a Laura en un nuevo acto de violación cuantas veces se le antojara durante el largo viaje, usando la camioneta 4 x 4, y sobre el asiento enorme con su cuerpazo incansable y su falso amor asqueroso. Era así que Julián, denigrante y obcecado, usaría su patología sexual abyecta, predominando y mancillando a su medio hermana cuando se le antojase.
Empero Laura, ya en estado de alerta, comenzó a precaverse, buscando resguardo en excusas más estiradas o más lacias clausurando la puerta de la entrada a la habitación: y, cuando él salió a cerrar la camioneta, atrancó la entrada. Por otro lado la sola mención del marido que, desde el mes anterior no daba señales de vida, no la dejaba dormir; atribulada por su ausencia pues en ese caso él no hubiera permitido aquel desmán salvaje del sinvergüenza medio hermano) de manera que proseguía apilando contrariedades, y temblando: con tantos bollos en el horno naturalmente los desacuerdos la agotaban: principalmente, después de los desfases durante casi una década de matrimonio: en la que a ella le repelía y le causaba urticaria sumar más riesgos debido a la actual intención de Julián. Ella recorría mentalmente todos los factores negativos y no más enfocar los desacuerdos habidos con su marido, consideró válida su decisión de no ir. Sin duda, le sobraban motivos para no hacerse cargo de Julio O., pero puntualizó que la principal limitación era el cuidado de sus hijos pequeños, quienes obviamente requerían de su responsabilidad: de modo que, desde que se había enterado del accidente, barajó la posibilidad de negarse a viajar como lo más prudente. No obstante, la mala noticia, curiosamente, la situó otra vez en el calendario de los resquemores odiosos hacia Julio O., aunque en algún instante sintiera por ello remordimiento, se le nublara la mente y tiñese de algún rubor sus cachetes. Pero ¡sin duda, todas las situaciones empeoraban durante aquella noche tronante hasta el espanto! De manera que (después de Gutiérrez), habló con Inés y esta, con envidiable tranquilidad, le aconsejó : «no te muevas de la casa con este clima repetido de ciclones. Yo me resignare, hasta que amaine el vendaval y mañana podré acompañarte. Además, (después de todo lo que me contaste que te pasó esta noche del asalto y de la violación), quiero que hagas tu mejor esfuerzo y recapacites hasta tranquilizarte. También quiero decir que no te preocupes si no te quedan reservas»
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— Hermanita, - interrumpió a Inés: tengo comida y dinero. En mi mente solo ruego verte. Sabes que después del intento de violentar la puerta, me puse sobresaltada y frenética. Cada madrugada exploro todos los rincones: me acerco a la puerta de entrada, apoyo mi oído y espío por el ojo de la cerradura. Cada amanecer me levanto ante el menor ruido (que siempre parece sospechoso), aunque solo sea algún gato el que cruza por el techo de zinc; pero últimamente, debido al asqueroso abuso de Julián, en los momentos de soledad, me afectan ataques de pánico. ¿Por qué insiste en rondarme pidiendo lo mismo cada vez?
— ¿Laura? ¿Me escuchas?, la comunicación distorsiona. ¿Escuchas? ¡Si, Julián, insiste con su infamia, denunciaremos al energúmeno por degenerado! Hola Laura… ¿Escuchas? En cuanto la comunicación se normalice, vuelvo a llamarte. (Pero había empezado el compás de espera y debería soportar estoicamente el tormentoso castigo del cielo a lo largo de esa noche.)
Hablar, quedaría pendiente, en el cielo el zafarrancho de truenos continuaba incesante y arreciaban con inusitada furia: en consecuencia, crecían las complicaciones.
Al rato, Laura optó por llamar a su cuñado. Pero fue Ludían (a quien nunca conocería) quien le respondió: _«por favor, aguarde: ya le paso con Miguel»
— Hola… Sí. Laura, escucho.
— Te llamo a esta hora porque tu hermano sufrió un accidente aunque desconozco la gravedad… Me refiero al compañero de trabajo de Julio, llamado Gutiérrez, que fue el primero en avisar…
— ¿Pero qué pasó... ¿Es grave? -- repuso Miguel O., anonadado.
— Hasta ahora sé que lo internaron en el hospital de Mar del Plata, ante los primeros estudios los traumatólogos evaluaban una cirugía de urgencia…- explicó Laura
— Entonces… ¡Pásame el número de Gutiérrez!- Dijo Miguel O.
Laura deletreó el celular con el prefijo de Mar del Plata y se despidieron. De inmediato Miguel O. insistió en los llamados a Gutiérrez pero sin suerte. Por el momento la línea solo respondería con sonidos monótonos e incoherentes, probablemente a causa del pésimo clima permanecería inhabilitada.
— Mi hermano está internado. Lo operan lo antes posible. ¿Qué le pasó? —dijo hablando con un interlocutor imaginario—. Por fin miró a Ludían dubitativo.
Ella lo escuchó pensativa y preguntó: ¿No hay más datos?
Él negó con la cabeza:— Llamé a emergencias del Hospital, pero, con la saturación de la línea, no se logra información inmediata. Incluso le pedí a mi cuñada que intente comunicarse nuevamente con el compañero de Julio: pero ella no contesta.
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Mientras la cordobesa preparó pacientemente la cena, Miguel O. Escuchaba música instrumental proveniente del living:
Apenas hubo un impase después de cenar, se abocó con los preparativos. Puso atención en los estruendos de la tormenta y pensó: «No creo que semejante lluvia vaya a parar». Se preparó para salir. Ludían, abrazándolo con intensidad; lo despidió morigerando con sus besos la contrariedad de la partida. Miguel O. no olvidó decir que mantendrían comunicaciones mientras fuese posible: el automóvil combinaba Spotify con la función de recibir llamadas, también repasó mentalmente las charlas en el Café del día anterior y de cuando salieron acompañándolo hasta el automóvil.
Pero hablar con Luis era como hablar con su sombra, aun teniéndolo frente a frente, se manifestaba sombrío y depresivo, indagaba exhaustivamente en un mundo diferente (o al menos diverso) y, muchas, muchas veces se ponía serio, tanto que lo que tuviese que decir terminaba de un modo dramático. Naturalmente, tal actitud no era agradable: no resultaba atractivo para nadie con su parsimonia neutral; sin embargo, y a cambio, cada uno de sus variados amigos podían confiar en él.
Continuará
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Recordó la tarde que estuvo en vena para referir a Ludían, las complicaciones por las que pasaba Julio O. luego que Tío Lucas lo despidió de la confitería. Advirtió que sería en vano asumir la defensa de su hermano menor, ya que el Tío Lucas echaba chispas. Tal vez debía dejar pasar algún tiempo.
Y por otra parte le aparecían ideas que podían ayudar a Julio O.
Mediante el tono insoportable de la alteración divergente, algo así como abundar en el malhumor a raíz del tapón de espuma que subía y bajaba de modo incesante a través de la garganta-, logró transmitir por el teléfono celular, la noticia del accidente de Julio O., ocurrido en el radio del malecón frente al principal restaurante especialista en mariscos de Mar del Plata.
Pero en lugar de preocuparse por su compañero herido (que en esos momentos recibía las primeras atenciones quirúrgicas en una de sus piernas con fractura expuesta), reprochó: "¿ y quién lo mandó a meterse en líos?" y mirando con desorientación al ayudante, quien lo había ayudado a pintar la habitación del hotel y el cual, ya advertido de lo intrincado del asunto, (afiliándose al gremio de alcahuetes), lo había interiorizado aunque- de modo espontáneo- exagerando los escabrosos detalles del accidente. Entretanto, Gutiérrez - que no lograba disimular su irritación- se enfrascaba en desencajar el singular espesor de la saliva de su garganta ( lo cual solamente surtió efecto un segundo antes del ahogo) y, al unísono, surgió un espontáneo brote de bravura que podría haberlo salvado de unos cuantos machucones cuando, de pronto, ocurrió el inoportuno y aspaventoso desvío de su derrotero.
Todo aquel escándalo ( indudablemente accidental), había comenzado con la embestida repentina del tablón que insuficientemente sostenido por los amarres se soltó de pronto y, a gran velocidad, originó el extraño recorrido desde el techo y el desvío al deslizarse hacia el lateral del andamiaje, arrastrando consigo las alfajías en dirección a los ventanales donde terminaron estrellándose y haciéndolos trizas; todo lo cual dejó varias zonas de la pared ya lijadas, pero sin pintar.
Además, cabe aclarar, que al desparramarse como en un vendaval por lo ventanales destrozados, varios de los objetos utilitarios (pinceles, rodillos, tachos medio llenos de pintura), originaron el malogrado despliegue, cuyo impulso durante la caída, atravesaron a gran velocidad la abertura del gran ventanal, con lo cual Gutiérrez, viéndose también en ese mortal peligro, quedó en un desmayo.
Por suerte, ambos ayudantes, mediante malabares circenses, lograron contener milagrosamente su enorme cuerpo barajándolo como a un baloncesto. Fue gran suerte para el atribulado Gutiérrez ser contenido en esa forma e intentó disimular el barullo cacareando con petulancia, aunque esbozando en su gorda y ancha cara varias incógnitas e interrogantes: sin embargo, aún apresado en el ataque de un equívoco mareo , (que lo tenía brincando como en una embarcación perdida en alta mar), en el transcurso del mañoso bailoteo se había ingeniado para mantener aferradas las alfajías; a las cuales, durante el azaroso trayecto se le sumaron varios objetos dispersos que, con cada una de las suculentas patadas que les había aplicado durante la errática marcha hacia el ventanal, despertó a las cotorras de las jaulas decorativas de abajo: dando origen a un conjunto intemperante de pintores, (cabe mencionar la caída estrepitosa de Gutiérrez con los ayudantes) que en forma similar al de los canguros, debieron saltar todos a uno sobre la baranda, y ya en caída libre sobre el balcón, arribaron al pituco ámbito del Café donde fueron ovacionados con un gran tole… Es decir con un barullo descomunal por las roturas ocasionadas en las porcelanas del desayuno, que se hallaban sobre las mesitas marmóreas de la galería, lo cual obligó a los clientes del hotel a escapar de los acogedores sillones y «rataplán»; por todo lo cual perdió la orgullosa prestancia: "el prolijo matiz del decorado» en un descomunal descalabro similar al de un cuento potencial del absurdo.
Gutiérrez, atontado, por generar abajo, un impacto inobjetablemente volcánico, había incorporado en su alma los atributos del toro-conserje frustrado. De manera que una vez salido del despegue, derramando la ansiedad ontológica, sumada a los rasgos metafóricos de su cara enrojecida por el bochinche, quedó como un gran flan desparramado en el suelo, hasta que trabajosamente, de a uno por vez, lograron levantarse; y él como un oficial de brigada hizo la venia para despedirse: sin olvidar disculparse ante los clientes - y sobre todo ante el dueño del Hotel, quien, hirviente de furia escuchó al empleado - que trastabillaba- solicitar días de asueto con el fin de reponerse...
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¿Y quién, sino Laura,(después del hostigamiento de su medio hermano Julián, a quien a partir del primer ataque incestuoso le quitó de cuajo su aprecio y lo odió para siempre haciendo trizas el lazo familiar, lo cual además, equivalía a negar toda validez al parentesco ); sería después de Gutiérrez la primera en plegarse al desacuerdo?
La sola mención de Julián proponiéndole viajar para ver a Julio O. en el viaje al hospital de Mar del Plata, la asqueo por dos terribles motivos. Aunque, sospechó que por intermedio de su hermana Inés ya estuviesen enterados del abuso algunos de los familiares ( entre ellos Marta Cariaquillo la cual en cuanto lo supo hirviendo de rabia deploro a su marido Julián rebajándole al nivel de abusador y degenerado, ( desde ese momento se propuso firmemente divorciarse), pues a esas alturas era triste e incontrastable, que el truhan se había aprovechado del estado de desvalimiento de Laura para forzarla en la primer relación incestuosa y como un animal cebado,- en circunstancias de apremio-, merodeando prosiguió en el obcecado acecho. En tal forma que modificando su papel aparentó asumir el protectorado ocultando ulteriormente su estado compulsivo: más allá de que Laura agudizó la resistencia poniéndose en estado de alerta y con todas las precauciones. La trampa maniquea elaboraba reincidir en futuros abusos cada vez que fuese posible. Lo cual coincidía con el primer acto incestuoso ocurrido durante la madrugada de la balacera que ahuyentó a los asaltantes, y en los que Julián , recién llegado, y al fingir consuelo, también maquinaba aprovecharse del gran susto y los temblores que la acosaban; y después de acostar en sus camitas a los niños, ( habiendo ya pasando la madrugada del asalto), al salir ella de la habitación le tendió la celada, la anuló con un pañuelo para frenar los gritos y la dominó fuertemente con su peso.
Pues bien, en este grave asunto, él proyectaba en una u otra forma repetir la tramoya, al ofrecerse llevarla a Mar del Plata ocultando el fin ulterior - como se dijo más arriba-, detrás de la falsa idea altruista, de manera de reiterar el callejón sin salida: de modo tal que, como ocurrió en la infausta madrugada, creaba las condiciones que a Julián se le antojaban con la excusa maquiavélica del amor sin barreras, intentando siniestramente poseer a Laura en un nuevo acto de violación cuantas veces se le antojara durante el largo viaje, usando la camioneta 4 x 4, y sobre el asiento enorme con su cuerpazo incansable y su falso amor asqueroso. Era así que Julián, denigrante y obcecado, usaría su patología sexual abyecta, predominando y mancillando a su medio hermana cuando se le antojase.
Empero Laura, ya en estado de alerta, comenzó a precaverse, buscando resguardo en excusas más estiradas o más lacias clausurando la puerta de la entrada a la habitación: y, cuando él salió a cerrar la camioneta, atrancó la entrada. Por otro lado la sola mención del marido que, desde el mes anterior no daba señales de vida, no la dejaba dormir; atribulada por su ausencia pues en ese caso él no hubiera permitido aquel desmán salvaje del sinvergüenza medio hermano) de manera que proseguía apilando contrariedades, y temblando: con tantos bollos en el horno naturalmente los desacuerdos la agotaban: principalmente, después de los desfases durante casi una década de matrimonio: en la que a ella le repelía y le causaba urticaria sumar más riesgos debido a la actual intención de Julián. Ella recorría mentalmente todos los factores negativos y no más enfocar los desacuerdos habidos con su marido, consideró válida su decisión de no ir. Sin duda, le sobraban motivos para no hacerse cargo de Julio O., pero puntualizó que la principal limitación era el cuidado de sus hijos pequeños, quienes obviamente requerían de su responsabilidad: de modo que, desde que se había enterado del accidente, barajó la posibilidad de negarse a viajar como lo más prudente. No obstante, la mala noticia, curiosamente, la situó otra vez en el calendario de los resquemores odiosos hacia Julio O., aunque en algún instante sintiera por ello remordimiento, se le nublara la mente y tiñese de algún rubor sus cachetes. Pero ¡sin duda, todas las situaciones empeoraban durante aquella noche tronante hasta el espanto! De manera que (después de Gutiérrez), habló con Inés y esta, con envidiable tranquilidad, le aconsejó : «no te muevas de la casa con este clima repetido de ciclones. Yo me resignare, hasta que amaine el vendaval y mañana podré acompañarte. Además, (después de todo lo que me contaste que te pasó esta noche del asalto y de la violación), quiero que hagas tu mejor esfuerzo y recapacites hasta tranquilizarte. También quiero decir que no te preocupes si no te quedan reservas»
Página 70.
— Hermanita, - interrumpió a Inés: tengo comida y dinero. En mi mente solo ruego verte. Sabes que después del intento de violentar la puerta, me puse sobresaltada y frenética. Cada madrugada exploro todos los rincones: me acerco a la puerta de entrada, apoyo mi oído y espío por el ojo de la cerradura. Cada amanecer me levanto ante el menor ruido (que siempre parece sospechoso), aunque solo sea algún gato el que cruza por el techo de zinc; pero últimamente, debido al asqueroso abuso de Julián, en los momentos de soledad, me afectan ataques de pánico. ¿Por qué insiste en rondarme pidiendo lo mismo cada vez?
— ¿Laura? ¿Me escuchas?, la comunicación distorsiona. ¿Escuchas? ¡Si, Julián, insiste con su infamia, denunciaremos al energúmeno por degenerado! Hola Laura… ¿Escuchas? En cuanto la comunicación se normalice, vuelvo a llamarte. (Pero había empezado el compás de espera y debería soportar estoicamente el tormentoso castigo del cielo a lo largo de esa noche.)
Hablar, quedaría pendiente, en el cielo el zafarrancho de truenos continuaba incesante y arreciaban con inusitada furia: en consecuencia, crecían las complicaciones.
Al rato, Laura optó por llamar a su cuñado. Pero fue Ludían (a quien nunca conocería) quien le respondió: _«por favor, aguarde: ya le paso con Miguel»
— Hola… Sí. Laura, escucho.
— Te llamo a esta hora porque tu hermano sufrió un accidente aunque desconozco la gravedad… Me refiero al compañero de trabajo de Julio, llamado Gutiérrez, que fue el primero en avisar…
— ¿Pero qué pasó... ¿Es grave? -- repuso Miguel O., anonadado.
— Hasta ahora sé que lo internaron en el hospital de Mar del Plata, ante los primeros estudios los traumatólogos evaluaban una cirugía de urgencia…- explicó Laura
— Entonces… ¡Pásame el número de Gutiérrez!- Dijo Miguel O.
Laura deletreó el celular con el prefijo de Mar del Plata y se despidieron. De inmediato Miguel O. insistió en los llamados a Gutiérrez pero sin suerte. Por el momento la línea solo respondería con sonidos monótonos e incoherentes, probablemente a causa del pésimo clima permanecería inhabilitada.
— Mi hermano está internado. Lo operan lo antes posible. ¿Qué le pasó? —dijo hablando con un interlocutor imaginario—. Por fin miró a Ludían dubitativo.
Ella lo escuchó pensativa y preguntó: ¿No hay más datos?
Él negó con la cabeza:— Llamé a emergencias del Hospital, pero, con la saturación de la línea, no se logra información inmediata. Incluso le pedí a mi cuñada que intente comunicarse nuevamente con el compañero de Julio: pero ella no contesta.
Página 71
Mientras la cordobesa preparó pacientemente la cena, Miguel O. Escuchaba música instrumental proveniente del living:
Apenas hubo un impase después de cenar, se abocó con los preparativos. Puso atención en los estruendos de la tormenta y pensó: «No creo que semejante lluvia vaya a parar». Se preparó para salir. Ludían, abrazándolo con intensidad; lo despidió morigerando con sus besos la contrariedad de la partida. Miguel O. no olvidó decir que mantendrían comunicaciones mientras fuese posible: el automóvil combinaba Spotify con la función de recibir llamadas, también repasó mentalmente las charlas en el Café del día anterior y de cuando salieron acompañándolo hasta el automóvil.
Pero hablar con Luis era como hablar con su sombra, aun teniéndolo frente a frente, se manifestaba sombrío y depresivo, indagaba exhaustivamente en un mundo diferente (o al menos diverso) y, muchas, muchas veces se ponía serio, tanto que lo que tuviese que decir terminaba de un modo dramático. Naturalmente, tal actitud no era agradable: no resultaba atractivo para nadie con su parsimonia neutral; sin embargo, y a cambio, cada uno de sus variados amigos podían confiar en él.
Continuará
Página 72.
Recordó la tarde que estuvo en vena para referir a Ludían, las complicaciones por las que pasaba Julio O. luego que Tío Lucas lo despidió de la confitería. Advirtió que sería en vano asumir la defensa de su hermano menor, ya que el Tío Lucas echaba chispas. Tal vez debía dejar pasar algún tiempo.
Y por otra parte le aparecían ideas que podían ayudar a Julio O.
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