El alquiler impago.

dragon_ecu

Esporádico permanente
Gary BB Coleman - el cielo llora.


Carl se rascó la barba de tres días y dejó la botella sobre el mantel manchado.

Sentado a la mesa desvencijada bajo una luz oscilante por el viento que entraba por la ventana rota, regresó a ver a la puerta.

El chirrido de llaves y bisagras se sucedía como si un destartalado acordeón soltara notas por un fuelle roto.

Miró a Jenny que acababa de llegar de un turno de diez horas en la clínica, en tanto arqueaba las cejas con desdén.

—Llegas tarde— dijo Carl, preguntando de inmediato.

—¿Trajiste algo para cenar?

—Hola, Carl. Yo también me alegro de verte— respondió ella, dejando el bolso en el sofá. —He tenido una emergencia con un paciente.

Carl soltó una risa rasposa, seca.
La luz rodeaba con extraño brillo las partículas flotando cerca de su boca, como si de ella brotara polvo de papel de lija cada vez que hablaba.

—Emergencias. Siempre hay una excusa para los que tienen el sistema a su favor. Tú tienes tu sueldo, tu uniforme y tu título. A la gente como yo, el mundo simplemente nos tira la puerta en la cara.

Ella suspiró y se acercó a la cocina.

Sabía que no debía preguntar, pero lo hizo:

—¿Hablaste con el hombre del almacén? Dijo que necesitaba a alguien para el inventario.

Carl se puso de pie, con el rostro rojo sin definir si era por ofendido o por embriagado.

—¿Ese explotador? Me ofreció el mínimo y quería que empezara a las siete. Es un insulto. El tipo nació con suerte, heredó el negocio de su padre. No sabe lo que es la lucha. Me miraba como si yo fuera basura, solo porque no tengo sus zapatos de marca. No voy a dejar que me humillen por unas migajas.

—Carl, no tenemos para el alquiler. Yo no puedo con todo.

—Ahí estás de nuevo— dijo Carl, señalándola con un dedo amarillento por el vapeador.

—Culpándome. Como si fuera mi culpa estar hundidos. Que culpa tengo si nadie valora de verdad mi capacidad.

Jenny conocía bien las palabras que luego seguirían…

—Te encanta sentirte la mártir, ¿verdad? Te hace sentir superior mantenerme, para luego poder echármelo en cara cuando te conviene.

Carl se acercó a la ventana y miró hacia la calle, donde los coches pasaban bajo la lluvia.

—Mira a ese jueputa— dijo, señalando un toyota negro que esperaba el semáforo. Para luego soltar con rabia inyectada por la envidia.

—Ese tipo no ha trabajado un día de verdad en su vida. Seguro estafa a gente como yo. Y tú quieres que yo me rompa el lomo por el sueldo de un esclavo mientras ellos se ríen de nosotros.

—Solo quiero que ayudes, Carl— dijo Jenny casi suplicando.

—Yo ayudo manteniendo mi dignidad— sentenció Carl, volviendo a sentarse y abrir de nuevo su hocico.

—Pero claro, para una mente conformista como la tuya, la dignidad no paga las cuentas. Prefieres que me venda. Eres igual que ellos, juzgando desde tu pequeña parcela de comodidad.

Carl estiró la mano y vació el concho que guardaba la botella.

El líquido iba llevando consigo el aserrín de sus palabras, junto con alguna células de entendimiento y media garganta en carne viva.

—Dame diez dólares— dijo al fin.

—Tengo que ir a ver a un tipo que tiene un negocio de verdad. Nada de bodegas de mala muerte. Algo grande.

Ella buscó entreabriendo los ojos, para arrastrar un billete arrugado por sus manos desde el bolso.

Sabía que Carl no iría a ninguna entrevista.

Sabía que terminaría en el bar de la esquina.

Ya lo imaginaba quejándose con el camarero sobre la injusticia del universo y la falta de empatía de su propia sangre.

Lo veía como se endiosaba en esa barra, donde convertiría lo irrelevante en irreverente.

Carl guardó el dinero sin dar las gracias.

Se puso la chaqueta raída y salió a la noche, sintiéndose la persona más honesta y castigada de la ciudad.

Convencido de que su inacción era en realidad, un acto de resistencia heroica contra un mundo que no lo merecía.

Y además planeaba tardarse lo suficiente para que Jenny pueda pagar al casero, manteniéndose horizontal en la cama.
 
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