GoreKore
Poeta recién llegado
Muerte y desgracia lleva el hombre a sus espaldas,
blasfemia sale de la boca de sus captores,
será entonces, cuando el que prometió da,
después del sacrificio, la oscuridad.
Palabras del pactante Mors,
quien decoro el infierno para mi llegar
un abismo se me avecinaba y mi caída seria eterna.
Para mí no había salvación, solo muerte,
A todos los que odié,
a esos infelices que siempre mofaron de mí,
riendo a carcajadas, a los que siempre soñé desangrándose,
con sus cabezas reventándose y con sus rostros desfigurados.
A esos que siempre tuvieron razones
para clasificar a todos los demás como inferiores.
Siendo yo diferente a ellos y aun más a los otros.
Quizás solo buscaba la manera de vengar mi pasado.
De cualquier forma alguien tenía que pagar por ello.
Y no seria yo quien fuera el deudor.
Recordando aquella guerra inútil. Sin un fin mutuo,
en cambio mil gentes luchaban, cientos muriendo
por un odio desbocado y otros por razones obvias.
Muerte, llanto y dolor, se sentía el pavor
de aquellas inocentes personas, cuyas almas daban gritos,
aun crujiendo sus dientes, suplicando clemencia.
Sus esperanzas se despedazaban junto a sus extremidades.
Desesperación por doquier. Gritos mezclados,
no muy glamorosamente, con risas.
Y a carcajadas ese asesino, mutilando a sus víctimas.
Y estas, penosas, cumpliendo su ciclo.
Almas que iban y venían por todo el campo,
recorriendo su camino hacia el blanco.
Una defensa áspera y dura como la roca,
manteniendo su paso. Un paso no muy firme,
pero estable, dando así una dura batalla.
Y el hombre al mando ordenando, naturalmente,
el avance de sus tropas, con desesperación anulando
al enemigo. Su corazón inmundo, inundado de ira
demuestra una vez más cual cazador impaciente
esta frente a su presa. Ambos bandos abatidos
por el gran furor de los cañones.
Riñas, peleas, el valiente y el fuerte.
Yo, testigo de tal calamidad, yo, autor de tanta maldad.
El traidor muere y yo reia en su ausencia. Y así me encontraba,
un oscuro paisaje, una noche fría. Era el recuerdo de mi amada
lo que me mataba lentamente. Aun no lo superaba
Íbamos camino a ese muro sangriento,
titán que nos separaba de la realidad.
Como cuando un día las balas nos rozaban los cuerpos,
y la gente se retorcía de dolor en el suelo.
Fue como un infierno, un trayecto estrecho,
pero, como el Dante que fue y volvió, así mismo lo superamos.
Recordando que corríamos de un lado a otro,
huyendo de nuestras pesadillas que se habían hecho realidad.
Corríamos de aquellos jinetes que desataron a la guerra,
y nosotros pagaríamos por ello. Tal como paso en la tercera
guerra, pero ahora cuarta era esta, la que nos socavo el aliento,
la que, sin descanso, nos hizo huir de nuestro temor.
Temor al enemigo, que acechaba. Era nuestra obra,
nuestra mano divina y creadora, la que plagio el poder,
la que nos señaló, la que nos aplastó y de nuevo nos moldeo.
Nos implantó una nueva filosofía y hubo un cambio.
De igual manera murieron todos,
juzgados por sus propios pecados.
Aquellos que luchamos y vencimos,
aquellos que ahora son fantasmas
en nuestras propias memorias
y en nuestras lágrimas descansan,
y que en nuestra inocencia se note
la marca del autor de esta calamidad.
Hoy moriremos y mañana también.
blasfemia sale de la boca de sus captores,
será entonces, cuando el que prometió da,
después del sacrificio, la oscuridad.
Palabras del pactante Mors,
quien decoro el infierno para mi llegar
un abismo se me avecinaba y mi caída seria eterna.
Para mí no había salvación, solo muerte,
A todos los que odié,
a esos infelices que siempre mofaron de mí,
riendo a carcajadas, a los que siempre soñé desangrándose,
con sus cabezas reventándose y con sus rostros desfigurados.
A esos que siempre tuvieron razones
para clasificar a todos los demás como inferiores.
Siendo yo diferente a ellos y aun más a los otros.
Quizás solo buscaba la manera de vengar mi pasado.
De cualquier forma alguien tenía que pagar por ello.
Y no seria yo quien fuera el deudor.
Recordando aquella guerra inútil. Sin un fin mutuo,
en cambio mil gentes luchaban, cientos muriendo
por un odio desbocado y otros por razones obvias.
Muerte, llanto y dolor, se sentía el pavor
de aquellas inocentes personas, cuyas almas daban gritos,
aun crujiendo sus dientes, suplicando clemencia.
Sus esperanzas se despedazaban junto a sus extremidades.
Desesperación por doquier. Gritos mezclados,
no muy glamorosamente, con risas.
Y a carcajadas ese asesino, mutilando a sus víctimas.
Y estas, penosas, cumpliendo su ciclo.
Almas que iban y venían por todo el campo,
recorriendo su camino hacia el blanco.
Una defensa áspera y dura como la roca,
manteniendo su paso. Un paso no muy firme,
pero estable, dando así una dura batalla.
Y el hombre al mando ordenando, naturalmente,
el avance de sus tropas, con desesperación anulando
al enemigo. Su corazón inmundo, inundado de ira
demuestra una vez más cual cazador impaciente
esta frente a su presa. Ambos bandos abatidos
por el gran furor de los cañones.
Riñas, peleas, el valiente y el fuerte.
Yo, testigo de tal calamidad, yo, autor de tanta maldad.
El traidor muere y yo reia en su ausencia. Y así me encontraba,
un oscuro paisaje, una noche fría. Era el recuerdo de mi amada
lo que me mataba lentamente. Aun no lo superaba
Íbamos camino a ese muro sangriento,
titán que nos separaba de la realidad.
Como cuando un día las balas nos rozaban los cuerpos,
y la gente se retorcía de dolor en el suelo.
Fue como un infierno, un trayecto estrecho,
pero, como el Dante que fue y volvió, así mismo lo superamos.
Recordando que corríamos de un lado a otro,
huyendo de nuestras pesadillas que se habían hecho realidad.
Corríamos de aquellos jinetes que desataron a la guerra,
y nosotros pagaríamos por ello. Tal como paso en la tercera
guerra, pero ahora cuarta era esta, la que nos socavo el aliento,
la que, sin descanso, nos hizo huir de nuestro temor.
Temor al enemigo, que acechaba. Era nuestra obra,
nuestra mano divina y creadora, la que plagio el poder,
la que nos señaló, la que nos aplastó y de nuevo nos moldeo.
Nos implantó una nueva filosofía y hubo un cambio.
De igual manera murieron todos,
juzgados por sus propios pecados.
Aquellos que luchamos y vencimos,
aquellos que ahora son fantasmas
en nuestras propias memorias
y en nuestras lágrimas descansan,
y que en nuestra inocencia se note
la marca del autor de esta calamidad.
Hoy moriremos y mañana también.
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