Entonces nos despertamos y nos vemos las caras. Así al mismo tiempo, como si fuéramos un mono que contempla su cara en un charco después de haber evolucionado. Pero tú suspiras. Me sonríes, y sin vacilar acaricias mi mejilla. Y ahí es cuando quisiera ser el mono que contempla, ese primate ignorante que se conforma con tirar, follar, culear, reproducir sus flagelos sexuales en diferentes vulvas, sin arrepentimiento. Te amo, te digo, o tal vez, también acarició tu mejilla. De cualquier manera siento que te miento. Me justifico con el campesino que pretende tener un alma porque llora. Yo sufro, me dice el Mono Yo sufro y no tengo alma, dice y desaparece. Te amo.