Era una noche extraña, casi surrealista, una codorniz se empeñaba en cantarle a la luna; por eso cuando Pedro entró en la que un día fuera su casa, no le extrañó el graznido del cuervo negro que habita en el cuadro del salón, ¡nunca le gustó aquél cuadro! Todo parecía artificial esa noche, hasta la lámpara de pie, a la que le habían cambiado el sombrero, le hacía señas para que se sentara al piano empeñado en tocar solo. A pesar del alboroto, observó que Lucía dormía plácidamente, se acercó a la cama despacio, su decisión era tardía pero firme, la despertó con suavidad, Lucía abrió, desmesuradamente, los ojos; presa del pánico lanzo un grito y cayó inconsciente. Una noche más Pedro se alejó entristecido, tampoco esta noche le había podido confesar lo suyo.
La luna saludaba a la aurora cuando Pedro se adentró por el sendero de los cipreses.
La luna saludaba a la aurora cuando Pedro se adentró por el sendero de los cipreses.
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