Nada Vratovic
Poeta recién llegado
Erik vivía en el último piso de un edificio alto, antiguo y sucio. Por dentro, a pesar del aparente abandono de la fachada, todo era mármol y lámparas anaranjadas que envolvían los pasillos en el ambiente de los palacios de Las Mil y una Noches.
Él estaba atrapado en un ataúd de pastillas y vacío. La única luz que entraba en su habitación era la de la ventana, y la estancia se hundía en sombras cuando el día moría.
Se tumbaba sobre la cama con los brazos tras la cabeza y sumido en un silencio que nacía desde sus huesos. Miraba a la nada, más allá de los mapas de humedad del techo, desterrado a la maldición del mutismo.
A veces yo le llevaba flores y me echaba a su lado. Encendía la pequeña lámpara del escritorio en un intento por alejar a los fantasmas que rondaban su aura marchita. Apenas decíamos nada. Erik se limitaba a dejarse arrastrar fuera de su cuerpo, a viajar por sus cicatrices como si fuesen carreteras, y yo permanecía allí hasta que regresaba, para asegurarme de que no se perdiese por el camino.
No me importaba que no hablase; disfrutaba contemplándole. En sus ojos orbitaban estrellas-islas ajenas al resto de universos, flotando en medio de una intimidad que nadie podía corromper.
Esa fue la primera vez que experimenté la adoración. Una adoración virginal independiente de mi sexo, forjada en el pecho y los ojos. Sin ansia animal. Acudía a él como quien acude a misa, para susurrarle mis pecados y buscar la redención en su silencio.
Y, debido a esa sensación de calma, olvidaba que era un maleficio lo que hacía que Erik estuviese así.
Sobre la mesilla de noche estaba siempre un pequeño cuenco con pastillas de colores que algún amigo suyo le conseguía, seguramente gratis, por compasión, por amor. Lo único en lo que Erik creía para paliar el dolor. «Sin esas pastillas, ¿qué sería de mí? Los demonios me devorarían», decía el brillo tembloroso de sus ojos.
- - Los demonios ya te han devorado. Esto que eres ahora no es más que una cáscara.
Pero Erik seguía en su ataúd de Blancanieves.
- - Si viviéramos en un cuento, yo debería de empuñar una espada y traspasar el corazón de la bruja-dragón con ella. Así despertarías, y luego follaríamos sobre tu ataúd de cristal, o sobre un lecho lamido por el musgo y las enredaderas. Y del cadáver del dragón surgirían las flores de tu resurrección. Besaría todo tu cuerpo, desde los párpados a los pies, para borrar los restos de la maldición... Pero los cuentos de hadas no existen. Este embrujo no desaparecerá con un beso casto ni con un duelo a muerte contra la perra que te ha dejado así.
- -¡No son pastillas lo que necesitas! ¡Ni un santuario fuera del cuerpo! Necesitas dolor, pasión, rabia... Necesitas gritar y desgarrar.
- - Eso es... purga tu furia.
Me desabroché los botones del vestido. Mis pechos pedían atención. Erik los rozó, al principio dubitativo, pasando las yemas de los dedos por la piel blanca y sobre los pezones endurecidos. Luego el agarre cobró fuerza. Colocó las manos en torno a ellos y besó y lamió con una rabia que se iba diluyendo en el sentimiento primitivo: desolación. Gemía contra mi pecho y sus propios besos. Yo le pasé los brazos sobre los hombros, me tendí bajo su cuerpo y abrí las piernas, convertida en su altar, convertida en todo lo que necesitara.
La última mujer a la que Erik había tocado le había abandonado en aquel ataúd de Blancanieves, rodeado de pastillas y fantasmas hambrientos, solo. Le había dejado salir de su cuerpo en busca de consuelo cuando el peso de la piel y los huesos se hizo insoportable. Le había dejado perderse en el camino.
- - Yo siempre te traeré de vuelta.
Su rostro de duende empapado en placer era una visión extraordinaria; jamás había imaginado antes que su serenidad natural pudiese ensuciarse, y eso hacía que sus gemidos, sus muecas y sus movimientos pareciesen aún más obscenos.
A medida que Erik se acercaba al cúlmen me embestía con más fuerza, me apretaba contra sí casi con desesperación, y yo me sentía palpitar al ritmo de su miembro. Los ecos del orgasmo nos llamaban. Hundió el rostro en mi cuello y en mis rizos, que se habían esparcido por todas partes como tentáculos. Deseé que aquel momento durase para siempre, la orilla desde la que puedes visualizar el éxtasis. Ya empezaba a recorrernos. Erik se derramó en mi interior mientras yo moría mi pequeña muerte multicolor. Luego nos quedamos quietos, rígidos, apretados el uno contra el otro y apuñalados por un sexo que había ido más allá de los caprichos de la carne. Había sido un exorcismo. Los cadáveres de sus fantasmas y demonios se iban deshaciendo entre los pétalos de mi cuerpo.
Esa noche fue la primera en mucho tiempo que Erik logró dormir sin escapar al vacío, sin pastillas ni pesadillas. Durmió echado sobre mi pecho. Yo enredaba los dedos en sus cabellos castaños que se ondulaban como los de las estatuas grecorromanas. Una vez rota la maldición de su bruja-dragón, el santo regresó. Su piel olía a sagrado. Y así, con los ojos cerrados y esas pestañas larguísimas derrotadas, no parecía tener edad ni mácula alguna. Quién diría que toda su inocencia escondía erecciones rabiosas y palabras que harían ruborizarse al Marqués de Sade; que sus labios aún conservaban el sabor de mi entrepierna, y que su miembro seguía hinchado de placer, acurrucado contra mi muslo, a la espera de un siguiente asalto.