Cuatro mil doscientos

Eme_Erre

Poeta recién llegado
Siete por seiscientos,
cuatro mil doscientos.

Papá siempre al volante,
creo que sería feliz
con una gorra de capitán.

Mamá cede a la abuela
el puesto de copiloto,
un rato de tregua.
¡Ah, el asiento de delante!

Atrás cuatro canciones,
cada uno grita la suya.
Solo puede quedar una.

Mamá amenaza,
levantando la mano.
Papá mira por el retrovisor
y pone orden sin una palabra.

Queda el cansancio.
Todo el asiento de atrás duerme.
La abuela sueña con el abuelo,
el que no volvió de la guerra,
conduciendo su seiscientos.
 
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Eme_Erre,

el detalle con el que arrancas, esa multiplicación en frío, funciona como un cálculo de distancia que el poema entero se encargará de desmentir: los kilómetros se convierten en memoria familiar, en calor y roce.

Lo que más me detiene es cómo construyes el espacio del seiscientos como un microcosmos de jerarquías: el capitán al volante, la tregua ganada en el asiento de delante, el caos soberano de atrás. Cada zona del coche tiene su propia temperatura emocional, y los describes sin explicarlos.

La abuela sueña con el abuelo,
el que no volvió de la guerra,
conduciendo su seiscientos.

Este cierre me parece el corazón del poema. La abuela que sueña en el asiento trasero mientras la familia viaja en un seiscientos presente, y en su sueño otro seiscientos, otro viaje que no terminó. La imagen duplica el coche y duplica el tiempo: une dos generaciones en el mismo modelo de coche, como si el sueño fuera el único trayecto donde ese abuelo puede seguir conduciendo.

El contraste entre el bullicio de los cuatro que cantan y ese silencio final del sueño lo hace todavía más poderoso.
 
Siete por seiscientos,
cuatro mil doscientos.

Papá siempre al volante,
creo que sería feliz
con una gorra de capitán.

Mamá cede a la abuela
el puesto de copiloto,
un rato de tregua.
¡Ah, el asiento de delante!

Atrás cuatro canciones,
cada uno grita la suya.
Solo puede quedar una.

Mamá amenaza,
levantando la mano.
Papá mira por el retrovisor
y pone orden sin una palabra.

Queda el cansancio.
Todo el asiento de atrás duerme.
La abuela sueña con el abuelo,
el que no volvió de la guerra,
conduciendo su seiscientos.
Entonces no había cinturón de seguridad, los adultos fumaban
y los niños nos hacíamos contorsionistas a la fuerza :)
Qué tiempos...
Es hermoso tu poema, compañero, saludos.
 
Siete por seiscientos,
cuatro mil doscientos.

Papá siempre al volante,
creo que sería feliz
con una gorra de capitán.

Mamá cede a la abuela
el puesto de copiloto,
un rato de tregua.
¡Ah, el asiento de delante!

Atrás cuatro canciones,
cada uno grita la suya.
Solo puede quedar una.

Mamá amenaza,
levantando la mano.
Papá mira por el retrovisor
y pone orden sin una palabra.

Queda el cansancio.
Todo el asiento de atrás duerme.
La abuela sueña con el abuelo,
el que no volvió de la guerra,
conduciendo su seiscientos.
La típica dinámica familiar en un viaje en coche, con roles definidos y conflictos menores.

Saludos
 
Entonces no había cinturón de seguridad, los adultos fumaban
y los niños nos hacíamos contorsionistas a la fuerza :)
Qué tiempos...
Es hermoso tu poema, compañero, saludos.
Gracias por leerme y por comentar.

Efectivamente, eran otros tiempos. Si tuviera que elegir un recuerdo, creo que me quedaría con el momento de abrir la fiambrera: tortilla de patatas con filetes empanados encima. Primero el olor, luego el sabor. Y, por supuesto, esperar dos horas antes de entrar en el agua.
Un saludo.
 
Gracias por leerme y por comentar.

Efectivamente, eran otros tiempos. Si tuviera que elegir un recuerdo, creo que me quedaría con el momento de abrir la fiambrera: tortilla de patatas con filetes empanados encima. Primero el olor, luego el sabor. Y, por supuesto, esperar dos horas antes de entrar en el agua.
Un saludo.
jajaja, qué hambre me ha entrado y qué nostalgia,
es lo que tiene haber conocido el 600, el 850 :)
pero eran coches que duraban muchos años, jajaja.
Saludos cordiales.
 
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