CHARLA PARA VOLVER UNA ESQUINA
La escena tiene lugar frente a un espejo que refleja la imagen de un personaje dúplice: un géminis. El monólogo tiene lugar en un momento del año en el que el azimut obtenido desde Logroño (capital) intercepta el perihelio más o menos violentamente. En ese preciso momento el géminis se desdobla y puede ocurrir los siguiente:
-Buenas tardes, monseñor.
-Buenos días, mi sargento.
-Pues nada, que iba a comprar cangrejos y me he dicho si usted podría monologar un rato conmigo.
-Naturalmente, querido primo; ya sabes cuanto me alegra monologar contigo.
-¿Me permite fumar su paternidad?
-Cómo no, mi general. Ahí tiene usted una botellita de auténtico orujo de Ourense; sírvase usted mismo.
-Pues hablando de autobuses, hay que ver como está el servicio, señoría. Mi señora esposa, que ya sabe que se atiene al dicho “Yo soy como Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como”, viendo la enorme disponibilidad de mano de obra barata para atender a los servicios religiosos, va y me dice: “Oye, porque no le dices a tu amigo el Cardenal si necesita una doncella para que le lleve los faldones de las capas pluviales, que siempre se los pone perdidos de barro.” Y eso quería decirle, mi querido sochantre.
-Pues la verdad es que me vienes al pelo, pequeño recluta. Precisamente ahora, con eso de los recortes que la sociedad civil quiere imponer al santo clero, mi negocio de lavacapas ha decaído enormemente. Bueno, y por la sequía pertinaz que nos recuerda viejos y queridos tiempos. Así que si esa señora que me dices tiene a bien decapar las capas me evitará tener que recurrir al gremio de los toreros, que me dejan las suyas de paseo, inclusive las de faena si no están muy ensangrentadas, a unos precios razonables, pero onerosos para estipendios tan escasos como los del personal de oficina.
-Mi querido eclesiástico; mi señora es una lavacapas “in péctore” para su señoría. Cuente con ella. Y hablando de todo un poco, esto, lo de los emolumentos ¿qué porcentaje me reservaría su eminencia?
-¡Oh! Nefanda cuestión me planteas, Satanás. Corrupción pura y dura. ¿Como osas equipararme con los deleznables artífices de la ruina moral y económica de este país, pidiéndome participación en mis sagrados beneficios?
-Perdone, buen hombre. Tampoco le he puesto la pistola al pecho. No creí que los del Gürtel estuviesen en nómina de su eminencia. Pero una pequeña participación...
-Ahí la has cagao, sargentillo. En nuestras sacrosantas instituciones, el ejército y la iglesia, el cáncer de las comisiones bajo cuerda está extirpado ya hace tiempo. Sal del espejo, cacho delincuente, y deja ahora mismo el orujo, que me sale a riñón la copa.
-Tampoco es para ponerse así; al fin y al cabo no eres más que un sacristán de m...
El perihelio había dejado de ser tal y el azimut ya no lo alcanzaba. Así que la magia del espejo se difuminó y los dos géminis volvieron a ser uno, el parado número 4.327.321, que una vez más había fracasado en su intento de encontrar empleo.
(A modo y estilo de aquellos inolvidables "Diálogos para besugos" que publicaba "La codorniz". Ah, ¿qué no sabes que es (era) La codorniz? Te lo cuento a la vuelta de la esquina...)
La escena tiene lugar frente a un espejo que refleja la imagen de un personaje dúplice: un géminis. El monólogo tiene lugar en un momento del año en el que el azimut obtenido desde Logroño (capital) intercepta el perihelio más o menos violentamente. En ese preciso momento el géminis se desdobla y puede ocurrir los siguiente:
-Buenas tardes, monseñor.
-Buenos días, mi sargento.
-Pues nada, que iba a comprar cangrejos y me he dicho si usted podría monologar un rato conmigo.
-Naturalmente, querido primo; ya sabes cuanto me alegra monologar contigo.
-¿Me permite fumar su paternidad?
-Cómo no, mi general. Ahí tiene usted una botellita de auténtico orujo de Ourense; sírvase usted mismo.
-Pues hablando de autobuses, hay que ver como está el servicio, señoría. Mi señora esposa, que ya sabe que se atiene al dicho “Yo soy como Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como”, viendo la enorme disponibilidad de mano de obra barata para atender a los servicios religiosos, va y me dice: “Oye, porque no le dices a tu amigo el Cardenal si necesita una doncella para que le lleve los faldones de las capas pluviales, que siempre se los pone perdidos de barro.” Y eso quería decirle, mi querido sochantre.
-Pues la verdad es que me vienes al pelo, pequeño recluta. Precisamente ahora, con eso de los recortes que la sociedad civil quiere imponer al santo clero, mi negocio de lavacapas ha decaído enormemente. Bueno, y por la sequía pertinaz que nos recuerda viejos y queridos tiempos. Así que si esa señora que me dices tiene a bien decapar las capas me evitará tener que recurrir al gremio de los toreros, que me dejan las suyas de paseo, inclusive las de faena si no están muy ensangrentadas, a unos precios razonables, pero onerosos para estipendios tan escasos como los del personal de oficina.
-Mi querido eclesiástico; mi señora es una lavacapas “in péctore” para su señoría. Cuente con ella. Y hablando de todo un poco, esto, lo de los emolumentos ¿qué porcentaje me reservaría su eminencia?
-¡Oh! Nefanda cuestión me planteas, Satanás. Corrupción pura y dura. ¿Como osas equipararme con los deleznables artífices de la ruina moral y económica de este país, pidiéndome participación en mis sagrados beneficios?
-Perdone, buen hombre. Tampoco le he puesto la pistola al pecho. No creí que los del Gürtel estuviesen en nómina de su eminencia. Pero una pequeña participación...
-Ahí la has cagao, sargentillo. En nuestras sacrosantas instituciones, el ejército y la iglesia, el cáncer de las comisiones bajo cuerda está extirpado ya hace tiempo. Sal del espejo, cacho delincuente, y deja ahora mismo el orujo, que me sale a riñón la copa.
-Tampoco es para ponerse así; al fin y al cabo no eres más que un sacristán de m...
El perihelio había dejado de ser tal y el azimut ya no lo alcanzaba. Así que la magia del espejo se difuminó y los dos géminis volvieron a ser uno, el parado número 4.327.321, que una vez más había fracasado en su intento de encontrar empleo.
(A modo y estilo de aquellos inolvidables "Diálogos para besugos" que publicaba "La codorniz". Ah, ¿qué no sabes que es (era) La codorniz? Te lo cuento a la vuelta de la esquina...)