María Rentería
Luna en Acuario.
Había una vez un gran circo, en el que actuaban graciosos payasos que con sus chistes hacían reír a todos, valientes trapecistas que volaban por los aires haciendo piruetas y sosteniéndose unos a otros, un domador de leones y tigres, graciosos monos e inteligentes elefantes que hacían suertes con pelotas y bancos.
Entre los animales del circo, había una yegua muy hermosa que recientemente había dado a luz a Caballito. Caballito era un potrillo muy tierno y muy hermoso, que crecía feliz al lado de su mamá. Conforme iba pasando el tiempo, se hacía amigo de todos los animales del circo, y había un caballo grande y muy fuerte, que él admiraba porque era ayuda para una dama muy bella y valiente que hacía equilibrios sobre él. Caballito, cuando fuera grande, quería hacer ese número con la bella dama, pero aún no era tan grande y tan fuerte.
Pasaba el tiempo, y Caballito no crecía tan rápido como él quería. Un día le pidió a los monos que le ataran las patas y luego le pidió a uno de los elefantes que lo jalara de ellas para ver si se le estiraban. El elefante por supuesto, pensó que estaba un poco loco, y no le hizo caso. Había un mono que era muy travieso y un poco abusivo, y le dijo que si comía mucho, pero mucho, pero mucho mucho, se iba a volver grande y fuerte con más rapidez. Ese día, Caballito comió y comió, comió y comió todo lo que pudo, zanahorias, forraje, verduras… hasta que no pudo más. Después Caballito se sintió muy mal del estómago, porque a nadie le hace bien comer en exceso. Los animales del circo empezaban a burlarse de los esfuerzos de Caballito por crecer más rápido de lo que la naturaleza le permitía, y por un tiempo estuvo muy triste.
Un día, amaneciendo, Nina, la linda hija pequeña de la valiente dama que hacía equilibrios a caballo, fue a donde estaba Caballito y le empezó a cepillar el pelo, a hablarle al oído muy quedo y con lindas palabras y limpiarle las pezuñas. Desde ese momento, Nina pasaba mucho tiempo jugando con Caballito todos los días y llevándolo a pasear. El tiempo pasaba, y los músculos de Caballito crecían y se fortalecían, pero aún no tanto… hasta que una hermosa mañana llegó Nina con una pequeña silla de montar y se la colocó a Caballito en el lomo, amarrándola muy firme… y lo montó. Caballito estaba feliz, pues se sentía útil y cada vez más fuerte y primero despacito y luego cada vez más rápido, Nina cabalgaba a lomo de Caballito y su amistad crecía y se fortalecía.
Así pasaron días, meses y algunos años y Caballito fue creciendo igual que Nina, y él vio como ella empezaba a hacer suertes de equilibrio sobre unas cuerdas a unos cuantos centímetros del suelo, cada vez más alto… y a enseñarle a él como cabalgar rápido, pero tan gentil y firmemente que casi no moviera más que sus piernas y muy poquito o nada, su lomo… y un buen día, Nina, que era ya una bella adolescente, se puso de pie sobre Caballito, que también era ya un joven corcel, lo suficientemente grande y fuerte para sostener a Nina haciendo suertes sobre él, y así, jinete y caballo se movieron juntos como uno solo…
Caballito no cabía en sí de la emoción el día de su debut, el mismo día que la mamá de Nina y su caballo se retiraban del espectáculo. Caballito y Nina, juntos y tan felices, hicieron muy, pero muy bien su acto, y se volvieron la sensación del circo. En todo este tiempo, Caballito había aprendido que todos los plazos se cumplen, y que en la vida hay tiempo para lograr nuestras metas más anheladas. Y colorín colorado, este cuento se ha terminado.
Nota: este cuento lo escribí para una práctica escolar de mi hija que estudia para maestra de educación especial.
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