Melquiades San Juan
Poeta veterano en MP
Capítulo I
Autores:
Évano, Melquiades San Juan.
Melquiades San Juan.
Desde la entrada se encuentra esa tierra blanca, dicen que es balastro, de ese que se utilizaba antes en la construcción de los muros de las casas, antes, mucho antes del cemento. Se tiene que llegar caminando hasta aquí, se sube por toda la loma llena de pinos y oyameles, entre piedras cortadas por el cambio de clima y yerbajos necios de los que adoran las cabras. Este rumbo sigue así porque se olvidaron de él todas las rutas carreteras nuevas. Unas pasan muy lejos de aquí y es tan grande la montaña que abre la cordillera, que a medio mundo le da pereza venir por estos rumbos. Sube que te sube hasta que se empiezan a ver todos estos caminantes con las espaldas desnudas y sin rostro. Si lo tienen al menos no lo muestran a nadie, andan siempre lejos de los extraños durante el día pero cuando empieza a caer la noche ya se les ve caminar más cerca. A mi amigo Margarito le da risa cuando le digo que son extraterrestres: "No —dice mostrando su dentadura de burro calabacero (eso lo dice él de sí mismo, se compara a su burro Chus que es un goloso para las calabazas. Por aquí hay muchas calabazas por donde quiera, son extrañas, estas se dan en arbustos, no como las que conocemos nosotros que se dan en el suelo alimentadas por esa especie de cordón que llama guía mi amigo. Cuelgan y de noche parecen enanos que bailan con el viento frío que corre por entre la serranía)— ni son extraterrestres ni fantasmas, son como nosotros que parecemos gente, también quieren hablar, quieren contar cosas, contar". Luego de subir la última loma aparece ese valle blanco, extenso; un poco más adelante se ve su casa, es una casa alargada con techo de tejas blancas, los muros son blancos, hechos de la misma tierra que hay por todo el valle y de cal que por aquí hay mucha. La primera vez que vine por aquí llegué a lomo de burro siguiendo a Margarito, fue porque nos quedamos "picados" platicando en el jardín del pueblo, hablando de cosas sin sentido, chismes de pueblo, cosas de siempre. Cuando le dije que me iba porque no tenía donde quedarme él me invitó. Véngase —me dijo— le voy mostrar mi casa, nunca se la he mostrado a nadie de los del pueblo, esta gente es supersticiosa, aunque los invitará jamás vendrían por estos rumbos, tienen mucho miedo; cuando ven a los que se cruzan por el camino huyendo de la gente durante el día, se espantan, ya sabe: inventan cosas, dicen que son fantasmas, o demonios; eso ha sido muy bueno pues nadie se aventura a venir por estos rumbos por el miedo a no salir vivos de aquí.
La casa es extraña, tiene una puerta grande y muy antigua, la madera está rajada y todavía se aprecian en su superficie unas figuras de leones y de copas colmadas de vides. Hay unas gárgolas en el marco de cantera de la puerta, figuras horribles con los ojos vaciados, parece que te miran desde el fondo de quién sabe qué infierno, parece que están vivas, impresionan de verdad. Luego se abre a un jardín, ya no tiene flores, hay una fuente de cantera en el centro, rodeada de un piso, también de cantera, que se halla por toda la casa. Unas columnas hermosas e intactas a pesar del paso del tiempo, mucho tiempo. Las habitaciones son extremadamente largas, con techos muy altos. Dice mi amigo que eran de bóveda catalana pero con el tiempo y sin quien le ayudara a darle mantenimiento se cayeron, entonces sus ancestros , sus abuelos y luego sus padres han ido manteniéndolas con tejas de este lodo blanco pegajoso que cuecen para que no se diluya con la lluvia. La primera noche casi no dormimos, me estuvo enseñando sus libros antiguos, es toda una biblioteca de libros manuscritos, difíciles de comprender por la forma de la escritura arrastrada de la época de tintas de pluma de ave, en la que procuraban aprovechar la tinta residual. Muchos son libros de administración, la palabra oro aparece muchas veces, plata... Hay libros que son partes de guerra, listas de nombres de personas y de su origen, dice ahí cuándo llegaron y cuándo se marcharon, también datos de la forma en que murieron. Al día siguiente me mostró un cuarto que parecía haber albergado un arsenal, hay ahí un verdadero tesoro en cosas antiguas: arcabuses, lanzas, algunas ballestas y sus dardos, armaduras herrumbrosas y oxidadas, En el fondo pude ver varios cañones pequeños, propios para andar con ellos por la serranía. Hay mucha ropa antigua, alguna de ella conserva el color y se le ven las costuras hechas a mano. Toda es ropa de hombre, por aquí parece no haber vivido mujer alguna en esos tiempos. Él ha arrumbado todas esas cosas viejas en esa habitación grande. Los libros ocupan otra pieza. Usa unas piedras bofas del rumbo para conservarlas seca, y algunas resinas de árboles para mantener alejadas de todas esas cosas a los insectos.
Al fondo de la casa hay otra puerta vieja, esta es pequeña y sin tallado, apenas para que salga un vehículo. Esa puerta sale a lo que fue un granero y al lado están los establos. Piedras sueltas, lodo. Por ahí baja un roso de agua que desciende de la montaña y se sigue por el resto del valle. Amontonadas unas junto a otras las cabras y las borregas, unos burros andan sueltos por el amplio corral. Tiene unas cien cabezas de ganado.
Al día siguiente me llevó a conocer su huerto. Manzanas y duraznos que daba gusto verlos. La hierba crece en abundancia por ahí, tiene lo suficiente para mantener a sus animales bien alimentados.
Pasé una semana completa en ese lugar y disfruté de la belleza del sitio. Me sorprendía cuando mi amigo lanzaba silbidos a las sombras que de repente aparecían por el valle, siempre mostrando la espalda. La sombra parecía detenerse y levantar la mano a manera de saludo. Ese es Atanasio —decía—, un día, si es que sigue visitándome, a lo mejor le agarran confianza y vienen a platicar.
¿Son fantasmas? —le preguntaba.
No —decía él con desenfado—, son como usted y como yo, y con muchas ganas de contar sus cosas.
Seguí visitando a Margarito en diversas ocasiones. Le decía a mi mujer que iba a curarme un poco el alma de las angustias de la ciudad. Cuando le contaba cómo era el rumbo, la casa y esa extraña gente que se miraba cruzar a lo lejos, ella abría los ojos y sentía un poco de miedo. Margarito me había pedido que no contara a nadie, y menos a los del pueblo, de cómo era su casa: "No quiero que anden malas vidas husmeando por aquí, de cualquier forma, los que vienen por aquí sin ser invitados nunca vuelven". Esa confesión me hizo temer un poco y en mis siguientes viajes evité encontrarme con él. Un día me lo encontré a la salida del pueblo, yo iba caminando rumbo al riachuelo y él me silbó como solía hacerlo en su extraño valle, pegó la carrera para alcanzarme, cuando estuvo a mi lado me dijo: "Se parece usted a los errantes de mi rumbo, nomás le miro la espalda y hay que silbarle a usted para que voltee a verlo a uno". Esa noche volví a subir a la serranía y a ser huésped de su casa. Esa fue una noche extraña, fue por el mes de octubre, hacía una luna esplendorosa, la luz plateada bañaba todo el valle y rebotaba por los muros del jardín de su casa. La fuente parecía que derramaba un líquido plateado. Mi amigo había colocado muchas sillas en el patio alrededor de la fuente. Unas horas después de que oscureció empezaron los llamados a la puerta. Uno por uno fueron entrando los personajes que se reunirían ahí esa noche. Vestidos en forma muy extraña, a la usanza del siglo XVI, fueron ocupando las sillas y permanecían callados. Yo hacía verdaderos esfuerzos para mirarles el rostro pero no se podía, todos traían amplios sombreros adornados con plumas negras. La luz de la luna producía una misteriosa sombra debajo de las alas de los sombreros, nada se veía de sus caras. Margarito destapó unos toneles de madera de los que no había notado yo su presencia antes. Empezó a llevar vasos y copas. Antes de la media noche los caballeros aquellos se reunieron en grupos alrededor de una larga mesa antigua, hecha de madera muy gruesa. Echaban los dados y jugaban a las cartas, ahí escuché sus extrañas voces, voces incompletas, risas interrumpidas. Sobre las tablas se acumulaban hermosas monedas de oro y plata. Venía la jugada y duplicaban las apuestas. Era la única música: el tintinear de los metales y el sonido hueco de los tacones castigando el piso de granito. Jugaron toda la noche, casi al alba tomó cada quien sus monedas y se fueron retirando como llegaron.
Cuando partió el último, Margarito me miró con un gesto de burla en el rostro. Esperaba que yo le preguntara sobre sus invitados de esa noche. No hice ninguna pregunta, recordé aquello que me dijo: "los que vienen por estos rumbos sin ser invitados jamás vuelven". Yo era un invitado, eso me daba según yo cierta seguridad; consideré que ser prudente sería la otra, fui prudente.
Pasaron muchos meses antes de que volviera a encontrarme con mi extraño amigo, la verdad es que tenía algún temor de coincidir con él. Lo que había ocurrido la última noche fue para mí un suceso inexplicable, pensé en tantas cosas pero, al no tener éxito en mis deducciones opté que lo mejor era olvidarme del asunto y del pueblo aquél. Eso hice, Busqué a un propio para que se hiciera cargo de mis negocios en el lugar y desentenderme de todo aquello. Bien dice el dicho que "al ojo del amo engorda el caballo"; mis negocios, antes prósperos, pronto empezaron a dar muestras de quebranto. Pensé en venderlos antes de que las pérdidas significaran la desaparición de todo el capital invertido. Mi mujer estaba confundida, no se explicaba la razón por la cual abandonaba un proyecto en el que había invertido tanto empeño. No le quise decir nada para no preocuparla, pero también, para evitar ponerla en riesgo por tener conocimiento sobre ese asunto tan extraño que me había sucedido por esos rumbos.
Ese era el escenario previo al día en que recibí una llamada telefónica de mi amigo Margarito. Estaba pensando qué hacer con los negocios. El empleado al que encargué de su administración era el que me hacía una mejor oferta, la hacía a cambio de proveerle de una lista completa de mis proveedores y de ciertos "secretos" que tiene cada negocio, cosas que hasta el momento no había puesto a su alcance y sin las cuales no podría él abrir otro negocio de lo mismo ni manejar solo los que le había encomendado.
Esa noche había pensado ya un precio y actuar con él como su proveedor para mantenerlo siempre atado a mí. También había pensado abrir el mismo giro en otras latitudes, esta vez, me decía, evitaré meterme con pueblerinos desconocidos. Acababa de cerrar los ojos, dormitaba, ya hacia el amanecer, cuando recibí la llamada.
—Profesor, ¿es usted...? Soy Margarito, su amigo, estoy en la terminal de autobuses, acabo de llegar a la ciudad, ¿podría usted venir por mí? Hágame el favor, recuerde que muchas veces fue mi huésped; no está obligado, pero es usted la única persona que conozco fuera de mi pueblo, no tengo a nadie más a quién acudir.
***
A mi mujer y a mí nos gusta ir por los viejos caminos del país, esos que quedaron marginados del progreso que proporcionaron las nuevas autopistas a las grandes ciudades. Al principio, los habitantes no se dieron cuenta del efecto que tendría la economía al quedar aislados de las nuevas vías de comunicación. Al contrario, se mostraron felices de que el gran flujo de vehículos dejara a su pueblo en paz. Los que más disfrutaron del cambio fueron los perros, dormitaban en las noches, con la panza pegada sobre el asfalto de la carretera para aprovechar el residuo de calor que quedaba en ella, sobre todo en los meses donde gobernaba el frío. Las bolas de coches y autobuses que formaban un nudo en la entrada ya no están, apenas los autobuses que manejan el pasaje local y, cada seis horas, el que pasa a recoger a los esporádicos viajeros que necesitan ir a la ciudad capital, vendedores la mayoría de ellos. Los nuevos y cómodos autobuses foráneos ahora toman los accesos a la autopista y se pierden entretenidos en un espectáculo para ellos extraño, el ir y venir a velocidades altas, de todos los vehículos que van y vienen por sus ocho carriles. En esa circunstancia sucedió nuestro encuentro con el pueblo. Vimos las casas antiguas de una belleza y romanticismo sin igual. Ella me dijo que sería bueno explorar y, de comprobar que se contaba con los servicios adecuados para poder vivir cómodamente, que buscáramos una casa grande y en buen estado para venir a pasar en ella los fines de semana, o quizá semanas enteras. Como sucede en esos casos, intercambiamos ideas de cómo sería más propiciado establecer ahí nuestra residencia temporal. El pueblo era muy tranquilo, pequeño, apenas un jardín o platica principal y dos iglesias, un panteón viejo y uno nuevo, un río pequeño, dos escuelas primarias, una secundaria federal, una preparatoria particular controlada por el clero local. Según una esporádica informante local, el servicio de agua y luz es bueno: dos cosas que jamás faltan; las calles siempre limpias, lo difícil era conseguir una línea telefónica: no había habido por parte de la empresa una política de expansión pues la población no registraba mayores demandas. Concluimos en que lo mejor era poner uno de nuestros negocios ahí para que los gastos de nuestra estancia se sustentaran con él. Dimos un recorrido breve, platicamos con algunos habitantes, y luego de verificar que el lugar era una verdadera postal, por su belleza, nos fuimos a la ciudad más próxima para alojarnos. Un mes más tarde volví al pueblo a bordo de un autobús foráneo.
i. La casa de don José Arteaga.
Frente al jardín principal se dejaba apreciar sombría y temeraria. Largo el Portal antiguo de su frente, la puerta... qué decir, es la de las casas de su tiempo y alcurnia. Una casa con paredes anchas para resistir el ataque de la artillería de su tiempo. Hoy ocupa el corazón del pequeño poblado pero, antes, cuando todo esto era un vallecillo de cactus y arbustos espinosos tuvo que comportarse como un fuerte. Una manzana completa ocupa su construcción. La parte posterior registra algunos derrumbes. La gente, sobre todo borrachos se saltan por las noches para emborracharse con sus amigos muy a gusto. Algunas leyendas se han tejido sobre la casona de don José Arteaga con el tiempo. Dicen que espantan ahí, que se escuchan voces. Eso dicen los borrachos que la usan de vez en cuando para refugiarse en su vicio. Los borrachines no son los únicos que ingresan a la sombra de la noche, también lo hacen algunos ambiciosos que quieren probar suerte picoteando las paredes para tratar de hallarse con las ollas o baúles de oro que la gente cree que aún se encuentra en sus entrañas. Esa casa fue alguna vez fortaleza, en sus primeros años, luego fue casa del encomendero más poderoso de la zona, más tarde fue alhondiga para las cosechas que esperaban su traslado a las ciudades, también fue banco. Este sitio fue en una época centro comercial rural de las muchas haciendas que dependían de él para abastecerse y mover sus productos de primera. Durante las guerras de independencia, de la revolución, y la guerra cristera, la casa fue depósito de todo lo valioso que hubo por estos rumbos. Pocos sabían que de sus habitaciones partían dos túneles de esdcape, uno al convento que quedaba a unos 500 metros, y otro a la salida del pueblo a más de 3 kilómetros, la salida oculta en unas peñas entre el lomerío que inicia la subida a la serranía donde no vive nadie.
Está ahí sellada, pintada de olvido. La gente de este pueblo es muy lengua suelta, no tienen mucho que platicar, ni mucho que hacer, así que cuando tienen la oportunidad de platicar con un fuereño sueltan la lengua y cuentan más de lo que el extraño quiere saber. Esa casa está en venta. Debe mucho dinero al fisco. El último de los Arteaga se fue cuando el negocio se murió, cuando dejó de pasar la gente por el pueblo, cuando las vendedoras que ofrecían todo tipo de productos a los que pasaban por ahí dejaron de vender porque, al paso de los días, los coches dejaron de aparecer por la carretera. Cuando se le fue pasando la vida y las deudas fueron más grandes que los ingresos, entonces se fue, de repente vuelve, abre los cajones de los armarios, se lleva algunos objetos y se marcha.
El abogado que contraté para ver la compra de la casa me dijo que no la había embargado el municipio porque aún le faltaban uno o dos años para que el embargo procediera, que se podía hacer un juicio para adjudicarse la deuda y reclamar la propiedad como inmueble abandonado, y que cuando el dueño apareciera se le podría ofrecer la opción de que cubriera lo invertido en los impuestos caídos o, igualar con una suma mínima la diferencia que pudiera surgir entre el valor y sus adeudos. Yo quería que mi mujer viera la casa antes de tomar cualquier decisión, la casa es para la mujer y es ella la que debe decidir si le gusta o no. Una vez dado su visto bueno podríamos buscar el sitio ideal para instalar una de nuestras agencias e iniciar el negocio. Mi abogado en el pueblo se quedó con el encargo de localizar al último de los Arteaga para hablar con él y para que nos mostrara la casa por dentro a mi mujer y a mí, para ver si a ella le parecía adecuada.
El sujeto vino a nosotros y nos pusimos de acuerdo, en un mes ya habíamos cerrado el trato, cubierto los dineros acordados por la casona y ya estaba lista para su remodelación. Los fines de semana iba a ver cómo marchaba la obra. Pasaba la mañana sentado frente al jardín mirando el movimiento dominguero del pueblo. Junto al pequeño quiosco, en unas viejas bancas de hierro colado, muy gastado y sin ningún mantenimiento, se acomodaba la gente para chismear sobre lo que se podía. Poco había que platicar pero las tertulias siempre tenían un motivo. La presencia de un fuereño no pasó desapercibida, empecé a tener contacto con los lugareños, muy interesados todos en saber quién era yo y qué motivos tenía para comprar la casa. Ahí conocí a Margarito y nos fuimos haciendo conocidos. Los domingos por la tarde conducía de regreso a la casa pues en el pueblo aquél no había hospedaje, los visitantes esporádicos tenían un pariente que les ofrecía alojamiento.
Una vez comprada la casa adquirimos un predio, que había sido bodega en las afueras del pueblo, para establecer una agencia de nuestro negocio. El negocio empezó a prosperar poco a poco, al término de seis meses ya estaba en marcha.
Mariana quedó fascinada con los avances de la remodelación. No quiso cambiar los muebles porque hacían un juego perfecto con la casa. Ayudada de dos de sus mejores muchachas fue aderezándolo todo en espera de poder disfrutar pronto de su casa de descanso para breves temporadas. Luego decidió dejar de visitarla. Cuando le preguntaba cómo iba con sus arreglos se quedaba callada, pensativa. Me dio la impresión de que algo la había hecho cambiar de opinión, sentí que había cambiado de opinión, después sencillamente me dijo que ella jamás viviría en ese lugar.
La obra seguía su curso y por alguna razón no sentía interés en quedarme a pasar las noches en la casa. Quizá el desinterés de mi mujer influyó en ello, así que seguí con la costumbre de ir al pueblo los fines de semana, me hospedaba en un pueblo vecino y luego de chequear los asuntos del negocio me devolvía a la ciudad los fines de semana. Las primeras veces que pernocté en el pueblo fue a invitación de Margarito, en su extraña casa alejada del lugar.
***
-No me gusta ese sujeto —me dijo—. No lo traigas aquí.
Luego de salir del baño para ir a recoger a Margarito en la terminal de autobuses, mi mujer se acercó a mí preocupada. Algo tiene esa casa, no me gusta, hay que venderla una vez que esté terminada la remodelación.
Luego te platico.
Las calles de la ciudad estaban desiertas a esa hora de la mañana, durante todo el trayecto fui pensando en lo raro que era todo ese mundo pueblerino. La gente charlaba con uno pero se sentía siempre esa mirada misteriosa y canalla que no dejaba lugar a dudas de que detrás de lo que decían estaban muchos pensamientos, quizá los más verdaderos, que no expresaban. Qué diferente era toda esa gente a mi amigo Margarito, cuando menos su mirada no mostraba ese doblez, era una mirada sincera aunque su mundo era muy extraño, temerario. Se me quedó grabada en la mente esa noche de octubre con esa extraña fiesta, hasta yo me volví un extraño, contrariamente a mi hábito de socializar me quedé mudo, algo me decía que no debía hablar, solo observar. Ninguno de los participantes se dirigió a mí, tampoco a Margarito, era como si no existiéramos, como si en ese lugar y ese momento solo estuvieran ellos y los dos extraños fuéramos algo inexistente: un muro, una silla, la fuente o quizá la luz de la luna inundándolo todo. Sí, no sé por qué, quizá fue mi intuición la que me hizo actuar de esa manera, me quedé ajeno y callado. Talvez los ropajes de los sujetos, talvez el interés en su juego, se miraban tan interesados en sus juegos de azar... Iba pensando sobre esos temas durante el trayecto y tomé la decisión de hablar directamente con mi amigo sobre el tema, no permitirle evasivas o respuestas a medias. En esas conclusiones estaba cuando la estructura de la terminal de autobuses apareció ante mí, dejé el auto en el estacionamiento y me dirigí a los andenes para buscar a mi amigo.
Estaba ahí, solo, en una terminal completamente desierta. Cuando me reconoció vino rápidamente a mi encuentro.
—¡Amigo... cómo está, qué gusto! Hace tanto tiempo que no va usted por mis rumbos que llegué a pensar que no volvería. Perdón por la molestia pero, sabe, es causa de fuerza mayor, no me quedó más remedio que acudir a usted, su teléfono me lo proporcionó su encargado, tuve que inventarle un buen motivo, pero, en fin... ya estoy aquí. Sabe, él al principio pensó que quería comprar el negocio, pero lo convencí de que un pobre miserable como yo, pastor y ermitaño, de dónde va a sacar para comprar un negocio así, se me quedó viendo con recelo pero al fin accedió. Ya estoy aquí, y sabe, no quiero causarle ninguna molestia, solo ayúdeme porque yo no sé conducirme en estas ciudades grandes, si no es mucha molestia lléveme a una posada y yo cubriré mis gastos. ¿Posada...? En qué época vivirá este amigo, bueno, ahora les conocen más como hoteles, pero en fin. Lo hospedé en un hotel de regular clase en el centro de la ciudad, no llevaba más equipaje que la ropa que traía puesta, cuando lo inscribí, el empleado del mostrador le pidió alguna tarjeta de credito para llenar la tarjeta del hotel, mi amigo encogió los hombros y por toda respuesta metió su mano en el morral que siempre traia consigo y saco dos monedas: "Es oro —le dijo—, no traigo ningún tipo de moneda, solo esta. Cámbiame estas dos y te quedas con el cambio". El empleado revisó minuciosamente las dos monedas, las tanteó y luego las arrojó al piso. El sonido característico del preciado metal se hizo escuchar. Pese a eso el hombre aquel desconfió. Lo siento, le dijo, no puedo aceptarlas, necesita dejar dinero e efectivo, más tarde podrá cambiarlas o venderlas, por aquí hay muchos compradores de oro. Ahora solo le recibo una tarjeta o efectivo. Cubrí el monto de la habitación y Margarito recogió sus monedas. Son suyas me dijo, tómelas y cámbielas, más tarde cambiamos otras que traigo por aquí. La situación era incómoda, me parecía una descortesía de mi parte, duramos unos segundos discutiendo sobre el asunto pero él fue terminante: son suyas. Una vez alojado en el hotel quedamos en que volvería por él a media mañana, desayunaríamos y ya entonces me contaría sobre el asunto que lo había traído por estos rumbos.
Cuando volví a la casa mi mujer ya estaba tomando el desayuno. Me di cuenta de que quería decirme algo pero no sabía cómo empezar. Me ofreció un café y mientras lo saboreaba me dijo:
—Esa casa, ese espejo, los pasillos, las ventanas. Sabes, no voy a volver ahí. Hay algo malo en ese lugar..., bueno, no malo: extraño.
No respondí nada, siempre había sido esa la mejor forma de permitir que ella me dijera sus asuntos, así, sin interrumpirla en los más mínimo.
Sabes... en los espejos aparece gente mirándote cuando miras a otro lado, si los miras directamente no se refleja en ellos el mobiliario de la casa, se ven muebles y cosas extrañas, inusuales. Cuando dejas de ver por el espejo y miras el sitio que estaba reflejado en él no puedes ver bien qué es lo qué está ahí. Hay ventanas que no se ven cuando miras por el espejo, en su lugar ves cuadros borrosos, incomprensibles. He llegado a ver armaduras en los pasillos, como si fueran guardias apostados ahí, inmóviles. Cuando recorro los pasillos para ver cómo va la restauración aparecen piezas y piezas, es como un laberinto. Ya no sé si los trabajadores son los mismos, he visto hombres viejos trabajando en los muros y yo sé que contratamos puros albañiles jóvenes.
Se quedó pensativa una vez más. tomó un sorbo de té y siguió contándome sus preocupaciones.
—Una vez vi a Susana con la falda recogida arriba de la cintura, masturbándose delante de los trabajadores. La miraban con mucho morbo, como miran los que nunca han visto a una mujer desnuda. Eran muchos trabajadores, pensé que se habían subido al techo desde las casas vecinas, los había en el techo, todos hombres adultos, unos ya mayores, con barbas encanecidas. Tomé a la muchacha del brazo y la metí a la casa, los hombres nos siguieron dentro de la casa, no dejaban de mirarla, ella seguía tocándose en la entrepierna. Le di dos bofetadas, les ordené a las dos recoger todas nuestras cosas y nos regresamos. Tú andabas por los cerros con ese amigo tuyo.
No quiero que venga a la casa, no me gusta esa gente, es extraña. No me gustaría vivir en ese lugar después de lo que pasó.
No vendrá, se ha quedado en un hotel, más tarde iré a ver qué se le ofrece, por amabilidad, luego veré cómo me deslindo de él.
Cuando volví Margarito ya me estaba esperando en la sala del hotel. Le brillaron los ojos de alegría cuando me vio.
Descuide amigo, le pagaré muy bien por sus atenciones y su guía. Ayúdeme amigo, tengo encomiendas que cumplir, por eso estoy aquí; por lo pronto le pediría que me ayude a cambiar mi aspecto, quiero cortarme el pelo y vestir como gente de la ciudad. Para lo que tengo que hacer hace falta cambiar mi apariencia campesina, más que pueblerina.
El recepcionista del hotel nos informó de una muy buena estética que quedaba en la misma cuadra. Fuimos ahí y las muchachas que la atendían le quitaron los zapatos para arreglarle las uñas de manos y pies, más tarde una de ellas le hizo un buen corte de cabello. Cuando terminaron con él era un tipo de un aspecto diferente, de aspecto maduro pero muy bien parecido: ojos muy azules, cejas muy pobladas y un mentón ancho, con la quijada partida, como si hubiera sido sacado de una pintura. Una de las chicas no se contuvo y le dijo que era muy guapo, precioso, lindo. Cuando íbamos por la calle rumbo a una tienda de ropa le avisé que había un sitio donde podía cambiar alguna moneda de las que traía en el morral. Entramos y el dependiente se dirigió a mí como lo hacen los compradores de antigüedades.
—Oro —dijo Margarito—, quiero que me cambien oro por moneda. Cuando salimos del lugar mi amigo traía en sus bolsillos y en el morral una enrome cantidad de dinero.
—¿Las vendió bien? —le pregunté.
—No importa —me respondió—, tengo muchas, pero muchas de estas, y más que iremos a traer a mi casa antes de hacer el viaje que quiero hacer. Llegamos a la tienda de ropa y un encargado inmediatamente se acercó a mí. Me empezaba a gustar el juego de transformar a Margarito en un ser extrañamente citadino:
—Búsquele lo más elegante y moderno que tenga para este caballero, no se fije en el precio, muéstrele lo mejor que tenga.
—¿Como cuántas prendas? —preguntó el empleado—. Lo pensé un momento, luego le dije:
—Para vestirlo bien una semana completa.
Margarito se me quedó mirando, estaba confundido.
—¿Cómo que una semana?
—Sí, amigo, con todo ese dinero iremos mañana a ver a un buen sastre para que le tome medidas y de ahí en adelante...
Al vendedor no le pareció la idea de perder al cliente y empezó una perorata entre la inconveniencia de esperar tanto tiempo por la ropa, además... la marca, la diferencia es la marca.
Margarito estuvo de acuerdo con el vendedor, para lo que tenía que hacer no hacia falta tanto tiempo ni tanta ropa, una vez concluido el asunto él volvería a su vida, que tanto amaba, y san se acabó.
El personaje que tenía frente a mí no era el mismo que había conocido en el jardín de ese pueblo extraño. Era un tipo que más parecía un europeo de visita en el país, que alguien que apenas llegaba a la ciudad. Si mi mujer conociera a este tipo, que no lo conocía más que por referencias mías, seguro que disipaba todos los prejuicios que le habían surgido sobre él por mi causa.
Una vez ajuareado al estilo de la vida citadina nos fuimos a comer al restaurante del hotel donde se alojaba.
—Y bueno, Margarito, qué es lo que lo trae por aquí.
Mire usted, la historia que le voy a contar es un poco larga... Primero le hablaré de la casa que compró usted en el pueblo. Las casas no son como nosotros, antes de hacerlas se piensa bien para qué van a servir, nosotros nacemos al garete, la mayoría por accidente inesperado, pero las casas no. Y esa casa de usted, cuando se hizo esto no era más que llanos y cerros, zarzales por donde galopaban los caballos persiguiendo a los nativos para ponerlos en paz y para capturarlos, para tener quién trabajara tierras y minas. Esa casa fue pensada y hecha para ser varias cosas a la vez: cuartel, depósito de bienes y casa de gobierno. En sus patios internos hay todavía unas argollas donde se colgaba a los cobardes, a los ladrones, a los que había que castigar como ejemplo para los demas. ¿Sabe que costó muchas vidas hacerla? Pues sí, muchas, era necesario hacerla, este sitio no era destino de nada, no había suficiente agua, era un valle muy abierto y en esos tiempos albergaba a los nativos más feroces que ha tenido este país. Venían de todas partes y sorprendían a los soldados, nunca eran suficientes los defensores del lugar, pero era necesario para pacificar y avanzar rumbo a la ciudad Q y de ahí a todo el norte del país. Cuando vaya fíjese bien en cómo está construida y se dará cuenta que tiene forma de cuadros desde el jardín.
—Bueno... y qué tienen que ver esa casa con su viaje.
—Pues su casa y mis rumbos están muy relacionados. Desde su casa se ejercía el poder en toda esta zona, los desertores eran llevados ahí para ser colgados en el portal. A los nativos se les colgaba enfrente, ellos venían y atacaban el fuerte y se llevaban a sus muertos, dejaban en ese intento más cuerpos de los que rescataban. La gente de por mis rumbos era desertora, gente que huía del mando feroz de los capitanes, era morir a manos de los nativos o a mano del sus capitanes. Hubo ahí un capitán maldito, un tipo cruel. Si usted lee los libros de mi casa, en uno de ellos hallará testimonio de sus atrocidades. La gente huía del cuartel y se venía a refugiar en la serranía. Aquí logró sobrevivir cazando venados y por los árboles frutales. Hicieron amistad con algunos nativos que vivían por aquí y nada les faltaba, pero vivían con miedo, temían que una avanzada cruzara por aquí y los llevara presos por desertar, sabe, la pena era de muerte, lea los libros, ahí están los nombres de los capturados y de los que llegaban huyendo de una muerte segura. Cuando pasó el tiempo y todo se pacificó, cerca de aquí pasaba el camino de la zona minera. Los descendientes de los desertores se dieron cuenta y se volvieron asaltantes. Sabe, estas serranías, además de ser prácticamente intransitables, tienen cavernas muy altas. Se comunican desde el camino real, que había en aquellos tiempos para la vía del oro, con el vallecillo; salen a este y otros valles pequeños. Esos caminos de túneles nadie los conoce, la montaña es desafiante por eso hicieron las carreteras nuevas por otros rumbos, por eso por aquí nunca pasó nada. Un día, después de que haya hecho "esto que tengo que hacer", si se anima, lo llevo a recorrer esos túneles, verá que hermosos y cómodos de andar son, tienen ríos subterráneos y una pequeña cascada. Hay más cosas ahí, pero por ahora no le contaré más. Con eso es suficiente.
Sé que anda vendiendo de nuevo la casa, le diré algo, ahí hay oro enterrado, oro que trajeron los terratenientes en una época de las revueltas, esa vez murieron todos en esa casa, pero los salteadores no hallaron el oro, sigue ahí. Sabe, si me ayuda en lo que voy a hacer, le muestro los planos de su casa, están en los libros que vio en la mía, ahí hay mucha información de esos tiempos pues todos los que huían de ahí se refugiaban en la sierra y, ya moribundos, eran llevados primero al refugio.
Mientras conducía rumbo a casa digería toda la charla, el personaje siempre me había parecido un sujeto parlanchín y misterioso, largo en sus fantasías, pero esas monedas de oro que cambiaba como pesos... bueno, era cosa de pensarse mucho y descubrir qué era una mentira o una fantasía y qué tanto de todo ello era real.
Cuando llegué a casa encontré a mi mujer muy inquieta, estuvimos charlando un buen rato sobre el personaje que nos visitaba. Cuando supo de las monedas de oro se ofreció a cambiarle todas. Me apuraba: "Nada, háblale, dile que nos las cambie, yo se las compro todas". Lo mejor fue cuando le conté que en su casa ( las casas son de las mujeres) había un tesoro enterrado. A esa hora llamó a la persona que había encargado la venta de la casa y le dijo que ya no la ofreciera, que había cambiado de opinión, que luego se ponían de acuerdo con sus honorarios. Así es ella, desinteresada para las cosas y situaciones inconvenientes, pero un buen motivo la hace cambiar de actitud y enfrentar lo que sea para conseguirlo.
Esa noche yo no pude dormir, en mi mente aparecieron imágenes sucesivas que reproducían todo cuanto me había contado Margarito. Imaginé ese lugar inaccesible con puestos de guardia apostados para poner en alerta a los demás ante la presencia de las tropas. Imaginé una cabaña de madera en un risco elevado donde unos hombres jugaban a las cartas y a los dados para matar el tiempo, echado a sus pies imaginé a un hermoso perro dormitando al cobijo de sus amos. Una estela de humo partía de una probable chimenea , aunque el humo - pensé- debía ser manejado cuidadosamente pues en esos tiempos delataría la presencia de los forajidos, salteadores, seguro estoy de que así han de haber sido considerados en esos tiempos. No pocas partidas han de haber sido mandados en contra de ellos, me explicaba entonces el color blanco de la casa de Margarito, que a lo lejos se confunde con el suelo de esa parte del valle; imaginaba a la gente huyendo a refugiarse en las cavernas, atravesando hasta otros valles como si fueran una autopista natural. Una que otra vez me interrumpieron los ronquidos de mi mujer, nunca roncaba aunque tuviera el sueño muy profundo, pero ahora lo hacía, encendí la luz y no se despertó, la estuve observando a la luz de la lamparilla de noche y su rostro era el de una persona muy satisfecha, seguro que soñaba con su casa, albergando en ella, en su lugar secreto, todo ese oro colonial dejado en sus entrañas.
***
—Le compro lo que traiga, al mismo precio que le ofrecen los compradores de por aquí.
Margarito lo pensó un momento, luego aceptó. Subimos a su habitación y ellos se entendieron con el precio. Le solicité a mi amigo que me esperara, pues no podía permitir que mi mujer anduviera por ahí cargando el pesado fardo, con el riesgo de perderlo a causa de un asalto. Ella tuvo una mejor idea: "Por qué no nos acompaña, sirve que conoce nuestra casa. Si le gusta puede alojarse ahí (¡¡¡ !!!)". El amigo aceptó y durante el trayecto él y mi mujer mantuvieron una muy interesante plática, que a mí se me antojó el interrogatorio perfecto. En algún momento de la conversación se me antojaba una pregunta, ella la hacía de inmediato, no dejaba huecos, dudas en lo que quería saber; interrogaba perfectamente a su interlocutor para saber cuanto le interesaba. Sí, ella es así: maneja todo tipo de recursos a su favor, recuerdo que en una ocasión, ante un trato comercial de palabra que consideró inconveniente, sencillamente se echó para atrás y cuando el marchante le dijo: "Qué no tiene usted palabra", sencillamente respondió: "Señor, las mujeres no tenemos palabra". El hombre aquél no supo qué decir, por un tiempo dejó de comerciar con nosotros, pero ella, con su habilidad nata le convenció de que en los negocios no hay cosa más importante que la ganancia.
Cuando le contó de los pasillos, de los espejos, de la gente en el techo mirando a la muchacha tocarse entre las piernas, el amigo le dijo que todo eso que miraba era una visión entremezclada de una realidad antigua y la moderna. Me asombraban las respuestas del amigo, lúcidas e inteligentes, tras su antigua apariencia de un rudimentario anacoreta campirano siempre aparecía la otra faceta, la de un personaje inteligente nada ignorante. Alguien habituado a pensar.
Entiéndase señora que esa casa, en sus primeras épocas, cuando era más piedra que otra cosa, fue habitada por hombres. Por estos rumbos, por la peligrosidad de la zona, durante décadas no hubo mujeres, la mujer era un anhelo para todos esos personajes. En los libros que están en mi casa se cuenta de cómo los sacerdotes condenaban la práctica de vestir como mujer a los soldados más delgados del capitán Tinajero. Dice que hacía fiestas y los soldados esbeltos bailaban para la tropa, también los utilizaba como mujeres, y cuando se negaban a acceder a sus caprichos los colgaba por cualquier motivo, a los clérigos molestos los hacía desaparecer. En mi valle encontraron refugio algunos de ellos, pero algo sucedió con la moral de la gente que rodeaba a este personaje, también allá se hacían fiestas y algunos soldados se vestían como mujeres, a veces por oro, o quizá lo disfrutaban.
Mi mujer volvía la charla al asunto del tesoro, quería saber qué tan confiable era la historia; yo en cambio pensaba en los libros de las casa del amigo, cómo lamentaba no haberlos leído a fondo durante mis contadas visitas.
Sin sentirlo, ambos estábamos siendo atraídos mediante la charla a lo que más nos interesaba. Me pareció que leyó mi pensamiento cuando me volteó a ver y dijo: "Bueno, los libros y el oro están ahí, uno puede o no interesarse en ellos, si no se involucran con ellos no pasa nada, siempre es decisión nuestra, como todo en esta vida".
Me di cuenta de que Margarito estaba involucrándonos en un asunto muy interesante para él, que el dinero y toda la historia era solamente el anzuelo para atrapar nuestro interés. Una vez en casa mi mujer le mostró una de las habitaciones disponibles para los visitantes, a Margarito le gustó. Luego bajamos a la sala para continuar la charla. Mi mujer le ofreció comprar un poco más de monedas, las que él quisiese vender. Él lo pensó un rato y, luego, acomodándose de tal manera que entendiéramos que se dirigía a los dos nos dijo: "Miren, no tengo interés en vender ni las monedas ni los tejos, es más, les ofrezco una gran cantidad de ellos si me ayudan, no tienen que comprarlos, se los doy gustosamente, digamos que un porcentaje de lo que tengo en mi poder, o en mi conocimiento. A usted, señora, le permito mirar la información antigua que poseo para que conozca todos los sitios especiales para ocultar cosas en su casa, son varios, eran época muy difíciles en las que se construyó esa casa. Los centros de gobierno que apenas se establecían quedaban a semanas de caminos malos y poblados de nativos en plena rebeldía, el dominio de esa zona del país tardó muchas décadas, y después fueron los que quedaron fuera de la ley, soldados frustrados por no haber logrado la fortuna que esperaban. Como usted sabe, siempre hay favorecidos o desalmados que vienen a ser lo que se apoderan de todo lo que es valioso. Esa es la historia del lugar, tanto de la casa como del valle y sus misterios. Y lo que tengo que hacer está relacionado con ello. Mucha gente que vivió por esos rumbos era, en su mayoría, originaria de una zona de su país de origen. Yo soy descendiente de esa gente. Por su rango militar, mis ancestros heredaron tanto la confianza como la propiedad de ese fuertecillo donde vivo, se quedó latente el propósito, al paso de los siglos, de volver a su lugar de origen que es un pequeño pueblito en la madre patria, volver con la fortuna soñada para mejorar las vidas de sus habitantes, familiares todos ellos de nosotros. Ahí, en las montañas, hay suficiente metal guardado para cambiar las vidas de todo un pueblo".
—Y por qué sus ancestros no lo hicieron antes.
—Lo intentaron muchas veces, y no fue posible. Unas veces porque se involucraron con personajes ambiciosos, y otras por lo difícil que es encontrar personas que puedan ayudar en el intento pues el mecanismo es extraño.
Cuando dijo ambiciosos, mi mujer se mostró incomoda. Él, amablemente, le tranquilizó:
—Señora, si su marido me ayuda, le daré en recompensa oro suficiente para llenar esta habitación.
La vi hacer sus cálculos, la conocía, sé que pensó que eso era un terrible exceso, ella se conformaría con una buena cantidad, la suficiente para pasarla muy pero muy bien. Qué hacer, dónde meter tanto oro —pensaba—, cómo integrarlo a la economía cotidiana, cómo explicar su origen.
También Margarito le leyó el pensamiento.
—Señora, el oro se entierra, nunca deja de valer como cualquier otra moneda; se entierra y se hereda de generación en generación. Así le hace alguna gente del pueblo aquel. Tiene sus enterraditos por ahí y, para guardar las apariencias o matar el tiempo, tiene un oficio.
—Bueno, y qué es lo que tienes que hacer. Llevar todo ese oro a ese pueblo..., eso será más que difícil. Es como llevar droga de un país a otro. ¿Cómo pasarlo por las aduanas? ¿En qué: en avión, en un barco... cómo?
—No, no no no no... —dijo el hombre—, lo único que tengo que hacer es buscar un sitio en ese pueblo, un sitio que no haya sido trastocado al paso de los siglos, que haya permanecido sin cambios, donde exista una construcción amplia y resistente hoy en día, desde ahí entregar a las familias que son descendientes de los deudos que aparecen en una lista. Hay otro aspecto, también, que más tarde les contaré; ahora no es tiempo, no comprenderían muchas cosas.
—Creo que el verdadero problema no es ese. Es llevarlo hasta allá pero, en fin, usted sabrá.
Y, ¿cuál sería la labor de nosotros que mereciera tan grande recompensa?
La tarde nos sorprendió en medio de la charla, Margarito agradeció la invitación pero la desechó amablemente. Necesitaba más gente para "el proyecto", la habitación del hotel era más apropiada para ese propósito que quedar marginado en el ambiente familiar de una casa. Él —dijo— necesitaba reclutar a más gente de confianza.
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