Paolo Luna
Poeta adicto al portal
La puerta del cementerio
te da frío y la bienvenida.
Adentro los caminos callan,
desquebrajados.
Las paredes agrietadas
recuerdan su destino
y guardan el pasado.
Por todos lados
los pinos agachados
miran caer las lágrimas,
oyen los quejidos
que son tal vez,
los que destruyen poco a poco los muros.
El cielo gris ayuda,
el sol no sirve de nada,
el silencio susurra con los panteones,
como tratando de encontrar al viento.
El silencio,
el frio,
el silencio.
Los panteones comentan callados,
que los pobres y los ricos también son diferentes
adentro del cementerio;
debajo de las lápidas.
Que los pobres tienen para mármol,
en un cuadro de sesenta por sesenta;
que los ricos tienen para mármol,
en un rectángulo
de dos metros por tres
y hacia arriba.
Y el silencio cuenta
y el frio calla.
Afuera del camposanto,
las paredes también se cubren de flores,
se cubren de lápidas,
se mezcla el aroma floral
con el polvo del mármol.
La niña con un clavel,
la anciana con un ramo,
las pulseras de oro y diamantes,
los collares de chaquiras y cuero.
Pasa un reloj digital,
se detiene un reloj de oro.
El ruido de la ciudad de los vivos
contrasta con el silencio
de la ciudad de los muertos.
Y las paredes comentan calladas
que los pobres y los ricos son diferentes
afuera del cementerio,
encima de las lápidas peatonales
de los andenes deteriorados.
Que los ricos tienen oro de dieciocho kilates;
que los pobres tienen oro
y filigrana.
Y hacia abajo.
Y el ruido comenta,
y el ruido calla.
Y el ruido
y el frío
y el ruido.
te da frío y la bienvenida.
Adentro los caminos callan,
desquebrajados.
Las paredes agrietadas
recuerdan su destino
y guardan el pasado.
Por todos lados
los pinos agachados
miran caer las lágrimas,
oyen los quejidos
que son tal vez,
los que destruyen poco a poco los muros.
El cielo gris ayuda,
el sol no sirve de nada,
el silencio susurra con los panteones,
como tratando de encontrar al viento.
El silencio,
el frio,
el silencio.
Los panteones comentan callados,
que los pobres y los ricos también son diferentes
adentro del cementerio;
debajo de las lápidas.
Que los pobres tienen para mármol,
en un cuadro de sesenta por sesenta;
que los ricos tienen para mármol,
en un rectángulo
de dos metros por tres
y hacia arriba.
Y el silencio cuenta
y el frio calla.
Afuera del camposanto,
las paredes también se cubren de flores,
se cubren de lápidas,
se mezcla el aroma floral
con el polvo del mármol.
La niña con un clavel,
la anciana con un ramo,
las pulseras de oro y diamantes,
los collares de chaquiras y cuero.
Pasa un reloj digital,
se detiene un reloj de oro.
El ruido de la ciudad de los vivos
contrasta con el silencio
de la ciudad de los muertos.
Y las paredes comentan calladas
que los pobres y los ricos son diferentes
afuera del cementerio,
encima de las lápidas peatonales
de los andenes deteriorados.
Que los ricos tienen oro de dieciocho kilates;
que los pobres tienen oro
y filigrana.
Y hacia abajo.
Y el ruido comenta,
y el ruido calla.
Y el ruido
y el frío
y el ruido.