Trinity
Vampiro.
APOCALIPSIS MENTAL
Estaba allí sentada, esperando, pensando, deseando. Nadie quería aceptarlo, pero yo sabía que era hora del fin. Aún así, tal como ellos lo hacían, yo estaba como en un día normal, sentada en el muro que está subiendo las escaleras de una pequeña plaza ubicada al este de la ciudad, viendo a las personas fingir que no sentían temor aún cuando las plagas estaban sobre sus cabezas y las aves huían en parvadas buscando sobrevivir. Los veía detenidamente y justo cuando me acomodé, estirándome y apoyando ambas manos en el muro de manera que quedé casi acostada; sucedió. Miré hacia arriba en cuanto me di cuenta de que el sol se había ido y comenzaba a reinar la oscuridad, solo para entender que el proceso ya había comenzado y los relámpagos junto a los rayos luchaban en el cielo para saber quién era el mejor, el más poderoso, el más letal, el ganador; aquel que ahora había bajado para tocar la tierra cubierta de asfalto, haciendo correr a aquellos que desearon e intentaron que ese fuese un día normal.
Yo no me movía, sólo estaba disfrutando del paisaje que -obviando el miedo-, era realmente hermoso, un fenómeno en el que la naturaleza mostraba todo su esplendor y su poder. De pronto, mis pensamientos son interrumpidos por un temblor que me lleva a bajar la mirada del cielo para encontrar el suelo cercano moviéndose y dividiéndose en dos, escuchando, al mismo tiempo, los gritos de quienes corren por sus vidas sin comprender que: no importa donde vayan porque no escaparán. Lava comenzó a salir del suelo como el agua de aquella fuente antes situada a unos metros del muro donde yo me encontraba, una fuente que ahora yacía en el subsuelo, mientras que mi lugar de descanso actual comenzaba a rodarse hacia otro lado y sin embargo, yo me mantenía en la misma posición evitando caer en desespero. En pocos segundos, los edificios se encontraban en llamas y muchos muertos eran dejados atrás por aquellos conocidos y desconocidos que pretendían simplemente luchar por sus vidas. Los terribles aullidos desesperados de otros a los que los había alcanzado una roca, el fuego, un relámpago o alguno de los vidrios y pedazos de metal provenientes de algún lado que viajaban a toda velocidad; eran la música de fondo.
Yo, los miraba con compasión; no porque sabía que iban -íbamos- a morir, sino porque muchos nunca apreciaron realmente su vida y ahora era tarde, tanto así que no eran capaces de apreciar su majestuosa muerte, aquella que les era brindada por la misma que les permitió nacer, crecer y reproducirse; la misma contra la que atentaron, a la que casi destruyeron y aquella que ahora les estaba devolviendo el favor; la gran madre, la poderosa, la sublime y hermosa: naturaleza. Al pensar en ello esbocé una sonrisa justo para darme cuenta cómo el calor comenzaba a penetrar poco a poco cada fibra de mi piel y el dolor crecía a cada segundo, me iba quemando de una manera tan insoportable, que mis pensamientos ahora se centraban en una sola cosa; ¡el deseo de morir!
Hasta ese instante no me había percatado que, el fuego que estaba a mi alrededor, ahora se encontraba rodeando cada uno de mis sentidos. Una explosión se oyó cerca de mi y al voltear, a mi espalda, encontré una combinación de objetos dispuestos a terminar con mi vida que fallan por un milímetro de distancia, todo eso en el instante en que estoy rodando sobre el muro desesperadamente por el ardor, concentrándome en deshacerme de tan cruel sensación, aún sabiendo que es algo imposible. Pero no sólo era eso, ya no se escuchaban los gritos de la gente que luchaba por escapar o de los que agonizaban; solamente se apreciaban los sonidos de la Décima Sinfonía de la destrucción y a mi alrededor, todo se concentraba en mí, el último rastro de humanidad existente en varios kilómetros de distancia.
Por un momento mi agonía era el único sonido perceptible por mis sentidos así como lo único palpable por mi piel, pero luego, los jueces infalibles de la naturaleza decidieron acabar con mi sufrir.
Un rayo, las filosas y mortales armas provenientes de otra explosión de algún edificio o construcción realizada por los mismos que ahora se encontraban entre los escombros, el viento que comenzaba a transformarse en huracán mientras la lluvia empezaba a descender con una ferocidad nunca antes vista, la lava que se abría paso sin dificultad alguna y la tierra que bailaba alguna canción de Death Metal justo bajo mis pies. Todo venía hacia mí y sabía que era cuestión de segundos para dejar de pensar, de sentir, para morir; así que cerré los ojos con resignación y sólo dejé una lágrima caer al tiempo en que se apagaban todos los gritos agónicos y ensordecedores de dolor en mi interior para esperar el contundente adiós.
Estaba allí sentada, esperando, pesando, deseando que ese día se cumplieran mis fantasías y asimilar el final que llegará en algún momento, a mí y a todos los que transitan por las calles creyéndose inmortales; aquel final que justo en ese momento, igual lo veía presentarse, aunque con disimulo, conocido como la patética pero poderosa: autodestrucción.
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