Alter Ego

duf9991

Poeta adicto al portal
¿Quién me dice que actué mal?
¿Con qué derecho?
El sol sale y se pone, va y viene
y nunca una voz escucha
que le exija una perenne presencia.
Hay días en que la luna se esconde
tras el manto añil del cielo borrascoso
y ningún grito enajenado quiebra el éter
censurando su partida.
¿Por qué entonces gritáis mi nombre,
necia y despótica hembra,
hacia el extenso cosmos
como si en mi rostro una mueca de pena
hubiera de mostrarse,
como si tuviese que esconderme
de tus gritos hacia el índigo?


Me escondo. Mil ojos me condenan,
sangrientos,
mil Medusas con mil cabezas me aplastan
con miradas de reproche infernal,
volviendo piedra mi moral.
Sé que he actuado mal
sé que las estrellas susurran tras de mí,
y en las noches ni la noche me cobija
y enojado el viento ya no sopla para mí.
Perdóname, dulce y lisonjera damisela,
que he robado tu cordura y tu nombre
y tu ser.
No derrames ya tu llanto sobre el pasto,
ni reflejes tu tristeza en el riachuelo,
no llores por mí, que no valgo la pena
que no soy nadie para ti.


¡Nadie puede convencerme!
¡No veas la paja en mi ojo,
Dios condenador, aunque no tengas viga
en el tuyo!
que yo soy libre como el ave
soberano como el mar
soy un liberto exento de las cadenas
de tu cuerpo,
soy un siervo que observa el brote de sus alas
y sale al encuentro con la anárquica atmósfera
que tus ojos antes me vedaban.
¡Pobre de mí! Era un Prometeo encadenado
a la condena de tu voz,
era un marino encantado por la dulzura
de tu canto.
¡Lástima es lo que han de tener
los astros de mi!
¡Llorar debería el cielo,
con una tormenta de lágrimas gigantes
desolado, compungido por mi dolor!
Soy dueño de mis pies
que caminan donde quieren.
¡Que todos se olviden de mí,
y mi nombre empolvado quede
en el libro de sus memorias!


Me carcome la culpa.
Miro hacia el abismo.
Dos mil monstruos luciferinos
con dos mil dientes cada uno
se alimentan de mi culpa,
y mil águilas hambrientas
devoran mi hígado pecaminoso.
¡Pido perdón al Dueño Inmortal
pídole me devuelva la dignidad
ruégole el perdón de mi amada
implórole clemencia a la mujer
¡Perdóname mujer, que mis penas
se las lleve el viento,
que tu dolor fluya como la lava
que tu sonrisa pueble tu cara.
Soy malo, soy malo
corrompido por el vulgo,
llévales a ellos ante Hades
quémalos a ellos, quémalos.


¡Oh,
el álter ego de mi vida
la dicotomía infinita
el binomio absoluto
el dualismo supremo
la indecisión tiránica
el juicio nunca absolutorio,
nunca…!
 
¿Quién me dice que actué mal?
¿Con qué derecho?
El sol sale y se pone, va y viene
y nunca una voz escucha
que le exija una perenne presencia.
Hay días en que la luna se esconde
tras el manto añil del cielo borrascoso
y ningún grito enajenado quiebra el éter
censurando su partida.
¿Por qué entonces gritáis mi nombre,
necia y despótica hembra,
hacia el extenso cosmos
como si en mi rostro una mueca de pena
hubiera de mostrarse,
como si tuviese que esconderme
de tus gritos hacia el índigo?


Me escondo. Mil ojos me condenan,
sangrientos,
mil Medusas con mil cabezas me aplastan
con miradas de reproche infernal,
volviendo piedra mi moral.
Sé que he actuado mal
sé que las estrellas susurran tras de mí,
y en las noches ni la noche me cobija
y enojado el viento ya no sopla para mí.
Perdóname, dulce y lisonjera damisela,
que he robado tu cordura y tu nombre
y tu ser.
No derrames ya tu llanto sobre el pasto,
ni reflejes tu tristeza en el riachuelo,
no llores por mí, que no valgo la pena
que no soy nadie para ti.


¡Nadie puede convencerme!
¡No veas la paja en mi ojo,
Dios condenador, aunque no tengas viga
en el tuyo!
que yo soy libre como el ave
soberano como el mar
soy un liberto exento de las cadenas
de tu cuerpo,
soy un siervo que observa el brote de sus alas
y sale al encuentro con la anárquica atmósfera
que tus ojos antes me vedaban.
¡Pobre de mí! Era un Prometeo encadenado
a la condena de tu voz,
era un marino encantado por la dulzura
de tu canto.
¡Lástima es lo que han de tener
los astros de mi!
¡Llorar debería el cielo,
con una tormenta de lágrimas gigantes
desolado, compungido por mi dolor!
Soy dueño de mis pies
que caminan donde quieren.
¡Que todos se olviden de mí,
y mi nombre empolvado quede
en el libro de sus memorias!


Me carcome la culpa.
Miro hacia el abismo.
Dos mil monstruos luciferinos
con dos mil dientes cada uno
se alimentan de mi culpa,
y mil águilas hambrientas
devoran mi hígado pecaminoso.
¡Pido perdón al Dueño Inmortal
pídole me devuelva la dignidad
ruégole el perdón de mi amada
implórole clemencia a la mujer
¡Perdóname mujer, que mis penas
se las lleve el viento,
que tu dolor fluya como la lava
que tu sonrisa pueble tu cara.
Soy malo, soy malo
corrompido por el vulgo,
llévales a ellos ante Hades
quémalos a ellos, quémalos.


¡Oh,
el álter ego de mi vida
la dicotomía infinita
el binomio absoluto
el dualismo supremo
la indecisión tiránica
el juicio nunca absolutorio,
nunca…!


tantas preguntas, que sin duda serán resueltas.
 

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