A un transformador

Emil

Poeta recién llegado
Indefenso,
solitario,
gris,
recostado sobre el cielo
azul
de la maÑana
cuando la grÚa, claro,
mÁs fuerte que tÚ,
por el momento
te levantÓ
hacia el cielo
para transplantarte
a tu lugar de orÍgen.
Estabas triste
quizÁ por la partida.
No tomabas conciencia,
casi
que te alejaba para llevarte
hacia el torrente
de la energÍa
transformada.
Llegaste a mi
en una tarde
y me dijeron: EstÁ herido.
Una tremenda puÑalada de luz,
perforÓ el corazÓn de tus bobinas.
El bramido de tu medio
lo decÍa.
Y en el crujido de abejas
dejabas el lamento
de tu herida.
Te levantÉ;
estudiÉ tu cuerpo
de robot
y mis manos acariciaron
tus conductos;
y tus venas de cobre
ensombrecidas por el fuego
en silencio,
retorcidas,
fueron mudos testigos
de tu herida.
DespuÉs,
cobre y martillo,
vendas y tacos,
golpes en los dÍas
del taller.
EncintÉ tus estructuras,
calentÉ el aceite
y recostÉ tu cuerpo,
tiernamente,
y cual fantasma
producto racional
del hombre dominante,
fue descendiendo
hacia la cuba.
Hoy te marchaste.
MaÑana te verÉ
en la columna de un tendido.
Me pararÉ debajo
para mirarte.
Y de tu altar,
dominador del rayo,
transformador de la potencia,
compleja maquinaria,
alma mineral,
cuerpo metÁlico,
dentadura de radiador,
guardiÁn conservador
de la energÍa,
payaso con sombrero
y con paragÜas,
curioso con ventana de poeta,
me sonreirÁs
dÁndome gracias.
QuizÁs, por la partida.
Y esa tarde,
tÚ te quedarÁs:
Me irÉ yo.
Hacia mi vida.
 

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