2000+1

OscarCortazar

Poeta recién llegado
No sé en qué mes del año 2000, pero vi el reportaje en un noticiario televisivo: Joseph Kibweteere, al suicidarse junto con los miembros de su secta en Uganda, profetizó que el mundo se acabaría en el año 2000, por superstición suya o bien de otras personas. En el México de antes del nuevo milenio el 2000 era considerado por algunos portador de un presagio funesto, el fin del mundo, desacierto ya aplacado, pero que entonces estaba tan vivo en el pensamiento de algunos, que maliciaban cambios nada positivos para el inicio del milenio. Para entonces yo había elegido un libro almanaque como objeto fetiche, como mascota: lo recuerdo de colores oscuro, verde, blanco y de tamaño mediano, maltratado en las esquinas por el uso, moviéndose a veces en la mochila que llevaba a la escuela primaria, entre libretas y libros. Optando por dejarme fluir en la vida, como alguien que había atravesado triunfalmente la línea del año 1999, quise atravesar ligeramente y con los cinco sentidos bien aguzados el nuevo milenio. En cambio, para el año 2000, a pesar de que la pléyade de problemas políticos y sociales no conseguía ser resuelta, soplaba aun en el país una esperanza, era mi buen año: o mejor dicho, un par de años, gracias a una suerte ascendente y de misma señal, cuando apareció mi pasión por los videojuegos.
A principios del milenio, la propia industria de los videojuegos estaba en un punto álgido en México y el mundo. Aquella industria llevaba ya una veintena de años, pero en esos 2001 y 2002 -para mí los años de su confirmación y madurez como avanzadilla tecnológica- había llegado a un culmen de creatividad. Ya un lustro antes por lo menos, en ciertos locales del centro de la ciudad, yendo a jugar diversos videojuegos que eran de acción, retos y peleas, fue mi amigo de la infancia Meño quien, finalizando cierto juego en la maquinita, me daba la señal de que yo tenía que jugar a como diera lugar. Durante los intervalos de mi infancia, en un local de las calles de mi colonia otro amigo lanzaba una acre agudeza cuando determinada maquinita fallaba: «el juego se pausó y ya no funciona», me decía. Internamente yo sólo podía refunfuñar y frustrarme, era mi única resignación. Y sostengo que mi presente y futura aversión hacia quienes denigran los videojuegos, mi intolerancia hacia sus argumentos negativos, encuentra una razón preeminente en la perspicacia de que los videojuegos son un mero entretenimiento, incluso desestresante.
Es fácil imaginar el entusiasmo de la juventud por la evolución de los aparatos, por los aparatos nuevos. Y me detengo en la cuestión del internet para dar una idea lo más extensa posible de la llegada de aquel internet prehistórico en esas épocas, esa época mía, mejor dicho. En mi adolescencia, como buen curioso, no podía estar en contra de los adelantos tecnológicos: so pena de sentirme como aislado de lo nuevo, como excluido de una especie de celebración en la que, entre la pléyade de proveedores de internet de los nuevos ciber cafés, el brillar de las pantallas en las computadoras, el esplendor de las nacientes páginas web, destacaban, llamativos, los primeros sitios de correo electrónico que el sistema Windows alentaba. Estudiantes y profesionistas, burócratas y universitarios, seducidos por lo novedoso de la red de redes, se acomodaban para navegar en las páginas, y las páginas eran rudimentarias, como todos los programas y equipos. En la televisión los comediantes, presentadores y animadores (aún no existían los influencers y youtubers), brindaban sus peroratas hacia las nuevas generaciones, hacia el país. Y quizás existiese una cierta similitud entre comediante y animador; similitud debida al hecho de que, en ese momento, los chistes de los comediantes estaban en la memoria de muchos, solo por ser chistes subidos de tono, que rara vez existieron en los años 70 u 80. Tiempo atrás estuvieron en la memoria del publico las graciosas historias de La carabina de Ambrosio, que ciertos comediantes habían interpretado por años, que para aquellos de mi edad o más, todavía hoy resultan graciosas y de humor inteligente, inolvidables (una de las cuales, reclamado por lo que quiero contar aquí y ahora, me viene a menudo a la memoria: La palabra canta): parodias de poemas famosos, llevados al extremo del ridículo. Y luego siempre ahí la cancioncilla de entrada, casi una banda sonora, una melodía añeja que se agregaba al baile de una mujer voluptuosa. Mi afecto por una programación ahora muy lejana.
Estaba el predominio del televisor, casi un objeto ritualístico, con su emisión del himno nacional por las mañanas al iniciar las transmisiones. Un objeto del cual saboreaba aromas, olfateaba vahos, vislumbraba colores y sonidos, ruidos y señales. Televisor Hitachi de fabricación japonesa y tamaño grande: veía series, películas, caricaturas (también pasaban programas varios): todo en casa marchaba, hay que decirlo, derecho, lo contario de torcido, con esa primicia en tecnología.
11 de septiembre de 2001. Los noticiarios transmitían y transmitían: no se cansaban de plasmar el ataque y derrumbe de las torres gemelas en Nueva York, y días después la acusación y señalamiento del grupo terrorista culpable del atentado: Al-Qaeda.
Y he aquí que en Estados Unidos, donde gobernaba el presidente George W. Bush, la guerra celebrada por los republicanos se volvió un circo mediático: reporteros con cámaras grababan a marines, tanques de guerra y helicópteros en el desierto. La recargada frase que pronunció Bush rezaba: «Quien no está con nosotros está contra nosotros». Era el año 2001. 2000+1.
En Afganistán el ejército norteamericano hostigaba a sus enemigos. Los jerarcas políticos del mundo se reunían asiduamente para liquidar a los afganos culpables: es decir, para derrotar a los terroristas y capturar a sus cabecillas. A todo el mundo llegaban imágenes de ello: imágenes simples, infografías y videos cortos. ¿Con qué emoción debí ver entonces esas imágenes en celular que no se me olvidan, de la muerte de un soldado americano a causa del disparo de un francotirador a lo lejos? El grupo de soldados estaba apostado en una barda, y quien recibió el disparo tenía uniforme de camuflaje pálido, abatido en medio de un paisaje seco
 
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No sé en qué mes del año 2000, pero sí vi el reportaje en un noticiario televisivo: Joseph Kibweteere, al suicidarse junto con los miembros de su secta en Uganda, profetizó que el mundo se acabaría en el año 2000, por superstición suya o bien de otras personas. En el México de antes del nuevo milenio el 2000 era considerado por algunos portador de un presagio funesto, el fin del mundo, desacierto ya aplacado, pero que entonces estaba tan vivo en el pensamiento de algunos, que maliciaban cambios nada positivos para el inicio del milenio. Para entonces yo había elegido un libro almanaque como objeto fetiche, como mascota: lo recuerdo de colores oscuro, verde, blanco y de tamaño mediano, maltratado en las esquinas por el uso, moviéndose a veces en la mochila que llevaba a la escuela primaria, entre libretas y libros. Optando por dejarme fluir en la vida, como alguien que había atravesado triunfalmente la línea del año 1999, quise atravesar ligeramente y con los cinco sentidos bien aguzados el nuevo milenio. En cambio, para el año 2000, a pesar de que la pléyade de problemas políticos y sociales no conseguía ser resuelta, soplaba aun en el país una esperanza, era mi buen año: o mejor dicho, un par de años, gracias a una suerte ascendente y de misma señal, cuando apareció mi pasión por los videojuegos.
A principios del milenio, la propia industria de los videojuegos estaba en un punto álgido en México y el mundo. Aquella industria llevaba ya una veintena de años, pero en esos 2001 y 2002 -para mí los años de su confirmación y madurez como avanzadilla tecnológica- había llegado a un culmen de creatividad. Ya un lustro antes por lo menos, en ciertos locales del centro de la ciudad, yendo a jugar diversos videojuegos que eran de acción, retos y peleas, fue mi amigo de la infancia Ariel quien, finalizando cierto juego en la maquinita, me daba la señal de que yo tenía que jugar a como diera lugar. Durante los intervalos de mi infancia, en un local de las calles de mi colonia otro amigo lanzaba una acre agudeza cuando determinada maquinita fallaba: «el juego se pausó y ya no funciona», me decía. Internamente yo solo podía refunfuñar y frustrarme, era mi única resignación. Y sostengo que mi presente y futura aversión hacia quienes denigran los videojuegos, mi intolerancia hacia sus argumentos negativos, encuentra una razón preeminente en la perspicacia de que los videojuegos son un mero entretenimiento, incluso desestresante.
Es fácil imaginar el entusiasmo de la juventud por la evolución de los aparatos, por los aparatos nuevos. Y me detengo en la cuestión del internet para dar una idea lo más extensa posible de la llegada de aquel internet prehistórico en esas épocas, esa época mía, mejor dicho. En mi adolescencia, como buen curioso, no podía estar en contra de los adelantos tecnológicos: so pena de sentirme como aislado de lo nuevo, como excluido de una especie de celebración en la que, entre la pléyade de proveedores de internet de los nuevos ciber cafés, el brillar de las pantallas en las computadoras, el esplendor de las nacientes páginas web, destacaban, llamativos, los primeros sitios de correo electrónico que el sistema Windows alentaba. Estudiantes y profesionistas, burócratas y universitarios, seducidos por lo novedoso de la red de redes, se acomodaban para navegar en las páginas, y las páginas eran rudimentarias, como todos los programas y equipos. En la televisión los comediantes, presentadores y animadores (aún no existían los influencers y youtubers), brindaban sus peroratas hacia las nuevas generaciones, hacia el país. Y quizás existiese una cierta similitud entre comediante y animador; similitud debida al hecho de que, en ese momento, los chistes de los comediantes estaban en la memoria de muchos, solo por ser chistes subidos de tono, que rara vez existieron en los años 70 u 80. Tiempo atrás estuvieron en la memoria del publico las graciosas historias de La carabina de Ambrosio, que ciertos comediantes habían interpretado por años, que para aquellos de mi edad o más, todavía hoy resultan graciosas y de humor inteligente, inolvidables (una de las cuales, reclamado por lo que quiero contar aquí y ahora, me viene a menudo a la memoria: La palabra canta): parodias de poemas famosos, llevados al extremo del ridículo. Y luego siempre ahí la cancioncilla de entrada, casi una banda sonora, una melodía añeja que se agregaba al baile de una mujer voluptuosa. Mi afecto por una programación ahora muy lejana.
Estaba el predominio del televisor, casi un objeto ritualístico, con su emisión del himno nacional por las mañanas al iniciar las transmisiones. Un objeto del cual saboreaba aromas, olfateaba vahos, vislumbraba colores y sonidos, ruidos y señales. Televisor Hitachi de fabricación japonesa y tamaño grande: veía series, películas, caricaturas (también pasaban programas varios): todo en casa marchaba, hay que decirlo, derecho, lo contario de torcido, con esa primicia en tecnología.
11 de septiembre de 2001. Los noticiarios transmitían y transmitían: no se cansaban de plasmar el ataque y derrumbe de las torres gemelas en Nueva York, y días después la acusación y señalamiento del grupo terrorista culpable del atentado: Al-Qaeda.
Y he aquí que en Estados Unidos, donde gobernaba el presidente George W. Bush, la guerra celebrada por los republicanos se volvió un circo mediático: reporteros con cámaras grababan a marines, tanques de guerra y helicópteros en el desierto. La recargada frase que pronunció Bush rezaba: «Quien no está con nosotros está contra nosotros». Era el año 2001. 2000+1.
En Afganistán el ejército norteamericano hostigaba a sus enemigos. Los jerarcas políticos del mundo se reunían asiduamente para liquidar a los afganos culpables: es decir, para derrotar a los terroristas y capturar a sus cabecillas. A todo el mundo llegaban imágenes de ello: imágenes simples, infografías y videos cortos. ¿Con qué emoción debí ver entonces esas imágenes en celular que no se me olvidan, de la muerte de un soldado americano a causa del disparo de un francotirador a lo lejos? El grupo de soldados estaba apostado en una barda, y quien recibió el disparo tenía uniforme de camuflaje pálido, abatido en medio de un paisaje seco
Han existido varios hechos históricos sin precedentes que han marcado para siempre a la humanidad.

Saludos
 

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