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Desde el legajo cósmico, infranqueable, vaciamos apenas
pequeños caminantes.
La luz antigua nos alcanza
disputa la conciencia
con la llama voluntaria
El fotón alado renuncia a los segundos,
el tiempo hace un picnic al borde del abismo y nos redime.
En lápidas humeantes esculpe la niña desaparecida su propio nombre.
Descendida del bosque abundante en fieras que claman por tu sangre y
les sabe mejor cuajada en la boca que te han perforado.
Prepara el aire entre tus huesos
recuéstate en el infantil regazo
aullando por si acaso.
En la cama más estrecha del mundo
combatimos robles, espinos, cipreses y
arrayanes.
Si me voy, si oscurezco el camino
el pino enmudece
el roble otrora fuerte
quiebra su lucha
pierde su suerte.
Si te vas, por la vera del camino
cargarás el espino
podrás el sencillo arrayán
que fue testigo en la...
Tu amor sin permanencias
de visitas de tomar el té
remontando la esencia y
el fracaso desnudo
que se esconde en la estancia.
Somos el nombre de la noche, amor,
el frenético sabor de todo lo que hay
estrella fugaz en cielo bicolor.
Un verbo vegetal inunda mis axilas
la palta que ahora soy se agolpa en los cajones
palo de rosa o pino ordinario.
Un verbo vegetal anida en la cáscara arrugada que envuelve mi pulpa.
Ahora me venden por kilo, racimo o unidad.
Despierto en la mesa, aletargada, a cuadros el mantel.
Blandos, vacíos, de algodón.
Alforjas para el juego hermético;
Perderse el niño sentado, taciturno,
encantado, agitando los piecitos.
Está sentado en el muro abyecto
blando, vacío, de hormigón
mientras el árbol, con su verde piedad de aire mueve las ramas
sólo por acaso, por esperanza por...
Dejar fluir el día en las manos
del diente de león
que no miente en las narices de los niños, como el sádico abusador.
La máquina ingeniosa, vegetal,
aloja en su ingenioso vuelo, eterna,
la espuma llagada que no viene de ningún mar.
Futilidad del destino durmiendo satisfecho a nuestro lado
ignorando, tan seguro, el pánico diario del ser humano.
Célebre peregrino de lo errado,
el destino encuentra nuestros rostros enlozados más no ceja en acercarnos mansamente sus eternos dados.
En brotes y en malvones te observé lavando ropa, secando al sol lo yermo de tus días.
El pañuelo que cubría el aroma exuberante de tortilla con chorizo aún se estira en mis cajones.
Casi monjil, despojado de arritmias era tu paso por el dormitorio matrimonial, más de tu marido que tuyo.
Volví a...