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Éramos tan concecutivos.
afuera llovía en blanco y negro
y nosotros...
Nuestra mesa...
sus cuatro rodillas de pino,
su plano hojaldrado de instantes;
los vapores del té
ahumando el cielo raso.
Los cuadrados se imponían
como un mandato
en los senderos paralelos del mantel,
en tus crucigramas,
en...
¿Quién pensaría que la indignación delataría el verdadero temperamento de Caperucita?
—¡Qué ingrata esa vieja! Tantas atenciones y nunca quiso agradecerme. A ver cómo se la llevará con su senilidad.
¡Ay con el lobo!, solo un cuenco vacío ocupando la mesa.