Apenas dices mi nombre
y ya sé lo que imaginas,
porque el tiempo nos ha dado
una lengua compartida.
No hace falta que me busques,
ni que expliques lo que sientes,
si en el gesto más pequeño
se desvela lo que vive.
Hay un pacto en nuestras manos,
una forma de caricia
que no empieza ni termina,
solo fluye… y se eterniza.
Nos miramos y entendemos
lo que el mundo no adivina,
ese hilo que nos ata
sin cadena… y sin medida.
Y en la noche, cuando el cuerpo
ya no arde como ardía,
queda un calor que acompaña,
más profundo… más de vida.
Porque amar ya no es incendio
que devora y precipita,
es saber que en tu presencia
mi verdad se tranquiliza.