(Prosa poética)
Debo entender que todo es efímero.
Lo son los castillos que la lluvia diseña en mis ventanas, a los que abandona cuando, aliada con el viento, decide
apropiarse de mis miedos y esparcirlos en otro lugar.
También lo es la noche con su cielo de diamantes, y el nocturno astro que, de pronto, se deshace en pedrerías y
lentejuelas en ese lago fatal donde naufragan los sueños.
Fueron efímeras, para mí, sus manos, en el momento en que las perdí para siempre aquella madrugada junto a su voz última, apagada y suplicante.
Y es efímera la vida que, en un instante, se pulveriza por correr despavorida al compás enloquecido de las horas.