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Recital de Sonetos II
Entrada de blog en MundoPoesía — poesía, reflexiones y prosa libre de nuestra comunidad literaria.
Imagen espantosa de la muerte, sueño cruel, no turbes más mi pecho, mostrándome cortado el nudo estrecho, consuelo solo de mi adversa suerte.
Busca de algún tirano el muro fuerte, de jaspe las paredes, de oro el techo, o el rico avaro en el angosto lecho haz que temblando con sudor despierte.
El uno vea popular tumulto romper con furia las herradas puertas, o al sobornado siervo el hierro oculto;
el otro, sus riquezas descubiertas con llave falsa o con violento insulto: y déjale al Amor sus glorias ciertas.
Yo os quiero confesar, don Juan, primero, que ese blanco y carmín de doña Elvira no tiene de ella más, si bien se mira, que el haberle costado su dinero.
Pero también que confeséis yo quiero que es tanta la beldad de su mentira, que en vano a competir con ella aspira belleza igual en rostro verdadero.
¿Qué, pues, que yo mucho perdido ande por un engaño tal, ya que sabemos que nos engaña igual Naturaleza?
Porque ese cielo azul que todos vemos ni es cielo ni es azul; ¿y es menos grande, por no ser realidad, tanta belleza?
Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra, que me llevare el blanco día, y podrá desatar esta alma mía hora, a su afán ansioso linsojera;
mas no de esotra parte en la ribera dejará la memoria en donde ardía; nadar sabe mi llama la agua fría, y perder el respeto a ley severa;
Alma a quien todo un Dios prisión ha sido, venas que humor a tanto fuego han dado, médulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejarán, no su cuidado; serán ceniza, mas tendrán sentido. Polvo serán, mas polvo enamorado.
D.Francisco de Quevedo.
DEFINIENDO EL AMOR
Es hielo abrasador, es fuego helado, es herida, que duele y no se siente, es un soñado bien, un mal presente, es un breve descanso muy cansado.
Es un descuido, que nos da cuidado, un cobarde, con nombre de valiente, un andar solitario entre la gente, un amar solamente ser amado.
Es una libertad encarcelada, que dura hasta el postrero paroxismo, enfermedad que crece si es curada.
Éste es el niño Amor, éste es tu abismo: mirad cuál amistad tendrá con nada, el que en todo es contrario de sí mismo.
D. Francisco de Quevedo.
¡Cómo de entre mis manos te resbalas! ¡Oh, cómo te deslizas, edad mía! ¡Qué mudos pasos traes, oh muerte fría, pues con callado pie todo lo igualas!
Feroz de tierra el débil muro escalas, en quien lozana juventud se fía; mas ya mi corazón del postrer día atiende el vuelo, sin mirar las alas.
¡Oh condición mortal! ¡Oh dura suerte! ¡Que no puedo querer vivir mañana, sin la pensión de procurar mi muerte!
Cualquier instante de la vida humana es nueva ejecución, con que me advierte cuán frágil es, cuán mísera, cuán vana.
D. Francisco de Quevedo.
A UNA DAMA QUE APAGÓ UNA BUJÍA, Y LA VOLVIÓ A ENCENDER EN EL HUMO SOPLANDO
La lumbre, que murió de convencida con la luz de tus ojos, y apagada, por si en el humo se mostró enlutada, exequias de tu llama ennegrecida.
Bien pudo blasonar su corta vida, que la venció beldad tan alentada, que con el firmamento en estacada rubrica en cada rayo una herida.
Tú, que la diste muerte, ya piadosa de tu rigor, con ademán travieso la restituyes vida más hermosa.
Resucitóla un soplo tuyo impreso en humo, que en tu boca es milagrosa, aura que nace con facción de beso.
D. Francisco de Quevedo.
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LOPE DE VEGA
Un soneto me manda hacer Violante
Un soneto me manda hacer Violante,
que en mi vida me he visto en tal aprieto;
catorce versos dicen que es soneto:
burla burlando van los tres delante.
Yo pensé que no hallara consonante
y estoy a la mitad de otro cuarteto;
mas si me veo en el primer terceto
no hay cosa en los cuartetos que me espante.
Por el primer terceto voy entrando
y parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.
Ya estoy en el segundo, y aún sospecho
que voy los trece versos acabando;
contad si son catorce, y está hecho.
Ya no quiero más bien que sólo amaros
Ya no quiero más bien que sólo amaros
ni más vida, Lucinda, que ofreceros
la que me dais, cuando merezco veros,
ni ver más luz que vuestros ojos claros.
Para vivir me basta desearos,
para ser venturoso conoceros,
para admirar el mundo engrandeceros
y para ser Eróstrato abrasaros.
La pluma y lengua respondiendo a coros
quieren al cielo espléndido subiros
donde están los espíritus más puros.
Que entre tales riquezas y tesoros
mis lágrimas, mis versos, mis suspiros
de olvido y tiempo vivirán seguros.
Pastor que con tus silbos amorosos Pastor que con tus silbos amorosos me despertaste del profundo sueño; Tú, que hiciste cayado de ese leño en que tiendes los brazos poderosos,
vuelve los ojos a mi fe piadosos, pues te confieso por mi amor y dueño y la palabra de seguirte empeño tus dulces silbos y tus pies hermosos.
Oye, pastor, pues por amores mueres, no te espante el rigor de mis pecados, pues tan amigo de rendidos eres.
Espera, pues, y escucha mis cuidados; ¿pero cómo te digo que me esperes, si estás, para esperar, los pies clavados?
Boscán, tarde llegamos. ¿Hay posada?
-Boscán, tarde llegamos. ¿Hay posada? -Llamad desde la posta, Garcilaso. -¿Quién es? -Dos caballeros del Parnaso. -No hay donde nocturnar palestra armada.
-No entiendo lo que dice la criada. Madona, ¿qué decís? -Que afecten paso, que obstenta limbos el mentido ocaso y el sol depingen la porción rosada.
-¿Estás en ti, mujer? -Negóse al tino el ambulante huésped. -¡Que en tan poco tiempo tal lengua entre cristianos haya!
Boscán, perdido habemos el camino; preguntad por Castilla, que estoy loco o no habemos salido de Vizcaya.
Pasé la mar cuando creyó mi engaño
Pasé la mar cuando creyó mi engaño que en él mi antiguo fuego se templara; mudé mi natural porque mudara naturaleza el uso, y curso el daño.
En otro cielo, en otro reino extraño, mis trabajos se vieron en mi cara, hallando, aunque otra edad tanta pasara, incierto el bien y cierto el desengaño:
el mismo amor me abrasa y atormenta y de razón y libertad me priva. ¿Por qué os quejáis del alma que le cuenta?
¿Que no escriba, decís, o que no viva? Haced vos con mi amor que yo no sienta que yo haré con mi pluma que no escriba.
¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, que a mi puerta, cubierto de rocío, pasas las noches del invierno escuras?
¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío si de mi ingratitud el yelo frío secó las llagas de tus plantas puras!
Cuántas veces el ángel me decía: ¡Alma, asómate agora a la ventana, verás con cuánto amor llamar porfía!
¡y cuántas, hermosura soberana: Mañana le abriremos -respondía- para lo mismo responder mañana!