“Bienaventurados los pobres en el espíritu”, los que desprecian del mundo sus bienes, porque de ellos es el reino de los cielos; frase bíblica de humildad y desprendimiento que colocada en este nave infame de carga negrera ofende el sentido de enseñanza que transmite.
Arribó “La Libertad” al puerto en la serenidad de la noche, silenciosa se adentró al muelle como cuando se escabulle de sus malos actos el timador; luego de recorrer de rada en rada las costas occidentales de Africa a la caza de “Piezas de ébano”, eufemismo sórdido para tan penosa carga.
Sujeta por gruesas cadenas atadas al arganeo, el ancla es echada al fondo del mar, asegurando la nave para que no bornee.
A bordo los tripulantes se echarán a descansar, al clarear el día se inician las labores y las órdenes son repartidas.
Un marino abre el tambucho y, desde el portal de entrada de las bodegas donde yacen los esclavos, se cuela la claridad lastimando sus ojos, lóbregos días de silencio han adormecido sus instintos.
Un olor acre, agraz, indefinible y pestilente penetra cada rincón; un denso vaho nauseabundo hace al aire irrespirable. Encadenados, sudorosos los cuerpos, amontonados, rozando en sus desnudeces sus pieles con purulentas llagas y bubas, como amasijos mal olientes sobre sus propias excresencias, echados a la buena de Dios, parecieran esperar resignados como lazarinos el fin.
Látigo en mano desde la cubierta, el mayoral les ordena salir, sin entender palabra adivinan el mandato, algunos de puros enfermos y derribados por la fiebre y la debilidad ni siquiera intentan incorporarse, otros a duras penas lo hacen ayudados por los más fuertes. Mujeres y niños van ascendiendo de primeros, los encadenados en una suerte de contorsionismo logran pasar el estrecho pasadizo bajo la voz amenazante del mayoral.
Abajo quedan tirados a su suerte los desahuciados en un canto fúnebre de lamentos y gemidos, las bodegas serán baldeadas tratando de aplacar la mortecina que todo lo invade.
En la travesía desde África, treinta y cinco desdichados fueron arrojados en alta mar al no resistir el suplicio del encierro. Aún faltarán muchos que no alcanzaraán a ver el verdor de los bosques ni las azuladas aguas de las costas del “NUEVO MUNDO”, perecerán quizás con el delirio febril de alegres cacerías en las praderas africanas, agazapados bajo la sombra del boabad, en la espera de alguna presa, o quizás sentirán la presencia ilusoria de mujer e hijos de los que fueron separados.
En cubierta, atontados por el encierro, aspiran las fragancias marinas de primavera que la brisa les regala: como bálsamo sienten aquellos aires dándole un soplo de vida y por instantes desatan la fantasía frustrada de la libertad. Desarraigados de sus tierras y familias no son sino sombras fantasmales que gravitan sin sentido.
En un descuido fugaz, un negro fornido, con apariencia de guerrero, logra sacar del cinto de uno de los marinos el alfanje que le cuelga y, con un movimiento certero, se degolló; desplomándose, la sangre fluye a borbollones de su cuello y su cabeza rueda sobre el sucio entablado de cubierta; en su rostro, detenido, un rictus tenebroso impresiona.
Sorprendidos, el resto se alborota, invadidos por el pánico y en la batahola de gritos y llantos el mayoral intenta poner orden con el látigo, en tropel corren arrinconándose en una esquina de popa, de seguidas son cercados por marinos armados, al momento el cuerpo del degollado es arrojado al fondo del mar.
Asida por los cabellos la cabeza es sostenida por el mayoral y enseñada perversamente a los aterrados esclavos; un murmullo salido del rincón de popa se sobrepone a los gritos de los marinos y en una mezcolanza de lenguas y jergas enrevesadas parecieran salmodiar misteriosas teogonías africanas que encomiendan a sus deidades la pobre alma del desdichado que acaba de morir.
Un gélido escalofrío recorre al mayoral haciéndole retroceder, inmóvil, la escena se le vuelve borrosa, aterrados por la alucinante visión parecía que la cabeza sostenida por el mayoral no se hubiere desprendido del cuerpo lanzado al mar, como silueta etérea ven el cuerpo acercarse, solo cuando el mayoral soltó la cabeza se desvaneció la alucinación.
Estáticos sienten la pesadez de sus cuerpos y como la salmodia reposa en sus oídos.
Un raro aire los envuelve con un olor acre, el mismo que sintieron en los manglares africanos, el mismo que despide la serpiente TAGUR, que le basta con la mirada para matar a quien se le acerque a sus predios, y en un instante la víctima queda enteca al succionarla y se convierte en polvo, no dejando rastro alguno de su presa.
Las tripulantes aterradas salen despavoridos hacia el puente y un sobrestante en alocada carrera va en procura de algún sacerdote que conjure el misterioso sortilegio.
Acto seguido un anciano y piadoso clérigo trashumante fraile, andariego de lejanos caminos, sobreviviente de pestes, pelagras y fiebrunas en escondidas aldeas y boscosas regiones de las Indias, peregrino inmutable de la fe, aparece como espectro luminoso; enérgicamente, ordena trasladar a cubierta al resto de los esclavos que se encuentran en la bodega, cientos de estos desdichados han asistido y curado en la Plaza de la Cebada y en la amurallada Cartagena de Indias y defendido de las tropelías a los esclavizados.
Contrariados y bajo protesta los aterrados sobrestantes, luego de soltar las cadenas de las bronzas, suben en angarillas los despojos moribundos de esos miserables desamparados, puestos en hileras sobre cubierta en lamentos y retorcimientos sufren sus agonías.
Con mirada dulce y paterna los consuela, acariciando sus frentes no da muestra alguna de asco, acostumbrado al trato con lazarinos, pestosos y mendigos en recónditos lugares de pobreza, su alma y su cuerpo están curados.
Con santa abnegación humedece sus labios con un jirón de bayeta embebida en agua y, hablándoles en baja voz, los alienta y reconforta con su misericordia.
Con los ojos cerrados sienten su suave contacto, no entienden sus palabras pero la poderosa energía y bondad que emanan de sus manos los reanima.
De su raído talego saca algunas monedas y manda por frutas: naranjas, albérchigos y membrillos son sorbidos con fruición; sus lenguas cárdenas y correosas lamen las pulposas frutas y escurren sus jugos sobre sus arpados pechos.
Manda asear la bodega de la sentina, el vigor y la autoridad de sus palabras hace que obedezcan inmediatamente, incorporándose se dirige al rincón de popa, temblorosos y agazapados unos contra otros miran con asombro al enérgico fraile, sacando de su talego un pomo de agua bendita recita oraciones en latín y rocía el agua sobre sus cuerpos bendiciéndoles, incrédulos van inclinándose y le muestran adoración, desconocen el ritual pero quizás sientan semejanza con la adoración de sus dioses; milagrosamente los que están echados sobre cubierta que momentos antes eran despojos, comienzan débilmente a incorporarse e imitan al resto en su adoración.
La mayoría de los tripulantes han abandonado la nave temerosos y cuentan en el muelle que el fraile exorciza la embarcación pues Belcebú o Bucirago había poseído los cuerpos y las almas de los esclavos.
Baja a la bodega, abre los cerrojos de las puertas de camaranchón y sahúma de ámbar y mirra todo el lugar, esparce aguas de olor e inmóvil piensa en las miserias humanas. Absorto en sus pensamientos, se arrodilla y comienza a orar, se avergüenza de la codicia y la crueldad de sus semejantes y como se profana la fe, muchos inhumanos tratos han visto sus cansados ojos. Así en la clerical Tunja, desde la celda de la buhardilla del convento, una fría tarde de cortantes vientos de Páramo, ante el repentino barullo, asomase a la ventanilla y ve como atado a las grupas de dos caballos por los brazos era desmembrado hasta morir un negro esclavo capturado, luego de tres días de persecución por haber huido de los maltratos del mayoral, y su cabeza colgada a un árbol en una jaula en el camino real, como macabro anuncio para que sirviera de escarmiento; o como en Portobelo, otro negro esclavo era echado a una jauría de furiosos perros, destrozándolo hasta perder la humana forma, acusado de hurtar del tabernáculo del “Santísimo Sacramento” un collar perlado, trágica injusticia, pues al siguiente día aparecía la prenda dejada al descuido, por olvido del senil sacerdote, en el sagrario, sin causar remordimiento alguno. Y un tercero en Chuquisaca, quemado vivo junto a su mujer en la hoguera de la inquisición, ante los ojillos de vulpeja del inquisidor, que se solaza en su sevicia; torturados en los crueles suplicios del cepo hasta hacerlos confesar lo que el inquisidor quería, acusados de brujos dizque por hacer “Licenciosas ceremonias y ritos diabólicos, en los que preparan cocimientos extraños con sapos, lagartos, pelos de gato negro y misteriosas yerbas y polvos, invocando y adorando imágenes de espantos malignos y hasta al mismo demonio”.